23-01-2025, 02:21 AM
(Última modificación: 23-01-2025, 11:26 AM por Max D. Bambú.
Razón: Agregar los códigos de las técnicas, que se me pasó.
)
Nada pudo detenerle en su brutal avance hacia Kovashi. Los cubos se apelotonaban inútilmente delante de sus piernas, sus brazos y su torso buscando estorbarle lo máximo posible. El paisaje fluctuaba de maneras imposibles, como si pretendiese ser algo más que un juego de espejos cúbicos. Sin embargo, movido por la furia y el ardor del combate, los cubos que se interponían entre Kovashi y Don Bambú terminaban por pulverizarse, convirtiéndose en una suerte de humeante polvareda. Este fue el mismo destino que sufrieron el resto de entidades cúbicas cuando la palma del panda impactó contra la cara del peliblanco, golpeándole con una potencia brutal e incontenida. En cuanto Panda se reposicionó a cinco metros de Kovashi pudo observar con una mezcla de rabia, satisfacción y tristeza cómo el mundo que su ex-camarada se había creado colapsaba ante el mínimo enfrentamiento. Una lluvia de polvo infinito caía sobre el campo de batalla y se dispersaba inmediatamente ante la menor de las brisas. No así los sedimentos que la acompañaban, que se dedicaban a rellenar irregularmente el hueco al que una vez pertenecieron. Allí, entre el polvo y la tristeza, Kovashi maldecía e insultaba mientras buscaba a Don Bambú para encararlo, pero el golpe que le había dado había sido demasiado para él, de modo que terminó por necesitar apoyarse en el suelo mientras su mirada parecía bailar de un lado a otro en la dirección general de Bambú. Era la primera vez que le hacía arrodillarse en el suelo, pero bien sabía de sobre que aquello estaba lejos de terminar. Podía sentir que la fuerza de Kovashi era muy similar a la suya y el panda sabía que podía aguantar muchos más golpes como aquel. Kovashi volvió al tema de Derya buscando hacerle daño de una manera u otra, pero sus palabras no podían hacerle más daño. Llamaría a Derya. Vaya si la llamaría. Y le contaría todo lo que había ocurrido, incluyendo aquella pelea que tuvo un día con el espectro de lo que una vez fue Kovashi.
El samurái trasladó a lo que pudo reconocer como Shishui a su diestra, sujetando con aquel brazo metálico ambas espadas mientras buscaba con la zurda el suelo. Recordaba cuánto le gustaba aquella espada a su viejo amigo. Se pasaba las tardes lustrándola, admirando los reflejos de la luz del sol y luego de la luna en su azulada superficie. Le hablaba, como si la espada estuviera dotada de alguna clase de espíritu. Se decía que los mejores espadachines podían escuchar los ecos del alma que los maestros herreros impregnaron en ellas. Se preguntó si podía escuchar la voz de Shishui en aquel momento y qué le estaría diciendo. En el mismísimo instante en el que Kovashi tocó el suelo con su mano izquierda, Don Bambú supo que tenía que actuar. Tres cubos se estaban formando, uno a los pies del samurái y otros dos a sus laterales, cuando el mink se lanzó hacia delante a una velocidad mucho mayor ahora que el terreno no le estaba entorpeciendo. Sin hacer caso alguno de los cubos a los laterales de Kovashi, llevó su mano derecha hacia la vaina de las espadas que ahora el peliblanco sujetaba con una sola mano metálica. Sin embargo, este no era el menor de los problemas del samurái. El enorme brazo izquierdo del panda ya estaba levantado y alrededor de su mano brillaba una gigantesca bola de luz eléctrica. La mirada del panda brillaba con las llamas de la ira. —¡MAXIMUM LUNA! —Pero no era de nuevo la cara de Kovashi lo que buscaba. Su brazo se catapultó a toda velocidad hacia aquella mejora tecnológica que el peliblanco se había permitido a costa de vender la fruta de Nadja. Un sólo impacto no bastaría para inutilizar aquella maravilla de la tecnología moderna, pero Don Bambú no aspiraba a golpearlo una sola vez. Todavía con su mano derecha aprisionando aquellas dos espadas, el brazo izquierdo del panda se retiró unos centímetros para volver a golpear en el mismo punto la estructura metálica del brazo, más o menos a la altura de lo que sería el codo de un brazo normal. Intentó arrancarle las armas y dejarle indefenso, quizás con un brazo menos. Kovashi nunca sería capaz de llevar a cabo su venganza únicamente con el poder de su akuma, aunque uno no debía subestimar nunca su creatividad. Por eso dio un par de pasos hacia atrás y esperó a ver qué treta tenía entre sus manos. —Lo siento, ¿te he interrumpido? Vamos uno a uno entonces. —
El samurái trasladó a lo que pudo reconocer como Shishui a su diestra, sujetando con aquel brazo metálico ambas espadas mientras buscaba con la zurda el suelo. Recordaba cuánto le gustaba aquella espada a su viejo amigo. Se pasaba las tardes lustrándola, admirando los reflejos de la luz del sol y luego de la luna en su azulada superficie. Le hablaba, como si la espada estuviera dotada de alguna clase de espíritu. Se decía que los mejores espadachines podían escuchar los ecos del alma que los maestros herreros impregnaron en ellas. Se preguntó si podía escuchar la voz de Shishui en aquel momento y qué le estaría diciendo. En el mismísimo instante en el que Kovashi tocó el suelo con su mano izquierda, Don Bambú supo que tenía que actuar. Tres cubos se estaban formando, uno a los pies del samurái y otros dos a sus laterales, cuando el mink se lanzó hacia delante a una velocidad mucho mayor ahora que el terreno no le estaba entorpeciendo. Sin hacer caso alguno de los cubos a los laterales de Kovashi, llevó su mano derecha hacia la vaina de las espadas que ahora el peliblanco sujetaba con una sola mano metálica. Sin embargo, este no era el menor de los problemas del samurái. El enorme brazo izquierdo del panda ya estaba levantado y alrededor de su mano brillaba una gigantesca bola de luz eléctrica. La mirada del panda brillaba con las llamas de la ira. —¡MAXIMUM LUNA! —Pero no era de nuevo la cara de Kovashi lo que buscaba. Su brazo se catapultó a toda velocidad hacia aquella mejora tecnológica que el peliblanco se había permitido a costa de vender la fruta de Nadja. Un sólo impacto no bastaría para inutilizar aquella maravilla de la tecnología moderna, pero Don Bambú no aspiraba a golpearlo una sola vez. Todavía con su mano derecha aprisionando aquellas dos espadas, el brazo izquierdo del panda se retiró unos centímetros para volver a golpear en el mismo punto la estructura metálica del brazo, más o menos a la altura de lo que sería el codo de un brazo normal. Intentó arrancarle las armas y dejarle indefenso, quizás con un brazo menos. Kovashi nunca sería capaz de llevar a cabo su venganza únicamente con el poder de su akuma, aunque uno no debía subestimar nunca su creatividad. Por eso dio un par de pasos hacia atrás y esperó a ver qué treta tenía entre sus manos. —Lo siento, ¿te he interrumpido? Vamos uno a uno entonces. —
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