Todo lo que nos pudieran ofrecer es humor. Palabras vacías que hasta que el jefe no materializara poniendo a Ein Hauch sobre la mesa del director de la sucursal bancaria y solicitando todo el oro del banco no eran más que las promesas de un trajeado que acaba de manchar sus pantalones delante de media isla. Debió ponerse pantalones marrones. No es nuestro problema. Sin embargo, sí que había problemas: ¿Qué hacer?
Sohem coincidía de nuevo en que moverse era la mejor opción. Mientras reajustaba sus vértebras con un sonoro chasquido, aceptaba de manera poco explícita que preferiría estirar dando un paseo. Le faltó añadir que estiraría los músculos de los hombros agitando su kanabo de lado a lado y que si alguien perecía por estar en mitad del movimiento de la masa de acero sería culpa de esa persona, no de él. Pero, aunque me satisfacía su respuesta, no lo hacía la muletilla sobre que no nos acercáramos a la casa de subastas para evitar a los Tenryubitos. Primero de todo, me asombraba que una persona como Sohem, cuya inteligencia no era el rasgo principal de su repertorio, conociera y tuviera a bien saber qué o quiénes y cuán peligrosos son los Dragones Celestiales. Ya habíamos tenido un par de conversaciones donde esto se dejaba entrever y era más que evidente que el jefe tenía una animadversión para con esta gente. Desconocía los motivos por los que un guerrero de la talla de Sohem querrían evitar a esas personas, pero, comenzaba sospechar que había algo detrás que no estaba entendiendo. ¿Qué podía atormentar tanto al imparable jefe de Magna para parecer casi aterrado por el simple hecho de cruzarse con ellos? ¿Acaso ya estuvo en su presencia? ¿Es posible que él mismo fuera uno de los esclavos con los que estos linajes divinos traficaban? Supuse que me quedaría sin saberlo pues, sin tiempo para más, el jefe reanudó sus órdenes poniendo la disyuntiva sobre si deberíamos separarnos o ir juntos.
Cualquiera de las dos opciones era buena. — Si vamos juntos tenemos el problema de siempre. Pese a que no nos dañaremos, nos contrarrestaremos. — pensé mientras el jefe explicaba el plan y ponía sobre la mesa la idea de llamar a Joe, nuestro amigo en común en la Marina. Sohem proponía reclamar al Marine que nos pagara por el inconveniente de haber tenido que derrotar al Patriota y extorsionar de alguna manera al pobre Joe para que nos pague por encima del precio de Wanted en caso de necesitarnos para pelear contra algún pirata bajo su mando directo. Además, proponía que le cobráramos una cuantiosa suma por los Patriotas en caso de volver a derrotar a otro. Esto último parecía más una pregunta para el joven inventor que para mí.
A veces me asombraba la suerte de Sohem pues, estaba seguro de que no podía haberse hecho eco de mi argucia. Un dichoso golpe de suerte en el mejor momento para el hombre bajo la máscara. — Si el espectáculo sigue, actuemos. — pensé mientras me alejaba un par de pasos de escena. — ¡Llamaré a Joe entonces! — dije alzando la voz mientras introducía la mano izquierda en el bolsillo y hacía el gesto de marcaje. — Joe, ¡amigo! Viktor al habla. — dije volviendo hacia la posición donde mis compañeros estaban. — Creo que nos hemos encontrado con uno de vuestros juguetes y nos preguntábamos si va todo bien. — expuse al Marine que, ya debía, si era suficientemente avispado (y así lo consideraba) de todo lo que habíamos hablado. — Hemos pensado que, ya que estamos de paso por Sabaody y que el ambiente está caldeado, quizá os vengan bien espadas y garrotes. — dije con cierto tono irónico que Joe conocía bien de mí mientras me acercaba, aún más, al jefe y acercaba el caracol a una posición entre ambos. — Estoy con Sohem, por si queréis comentar tema de berries entre jefes. Yo voy a ir “calentando”. — dije dejándole hablar a Sohem para que nos indicaran a por quién o dónde debíamos movernos.
El escenario estaba comenzando a dispersarse de gente y todo lo que parecía haber acontecido en aquel lugar se disipaba como una tormenta de verano. Tan pronto inició, tan pronto finalizó y dejo sus pruebas, con los impactos del robot en el suelo. Mas no había alma en el lugar que pareciera inmutarse por esto más allá del momento en el que los aplausos cesaron. Sin embargo, mi atención no estaba en la muchedumbre agradecida, sino en las palabras de Joe, del cual esperaba algo fácil: un objetivo. Casi podía sentir al lobo blanco relamerse esperando saborear la sangre de otra presa. Sensación que antaño me hastiaba, pero ahora parecía casi alentarme a pelear. No sé si me reconocía a mí mismo, pero...
Comienza el espectáculo.
Sohem coincidía de nuevo en que moverse era la mejor opción. Mientras reajustaba sus vértebras con un sonoro chasquido, aceptaba de manera poco explícita que preferiría estirar dando un paseo. Le faltó añadir que estiraría los músculos de los hombros agitando su kanabo de lado a lado y que si alguien perecía por estar en mitad del movimiento de la masa de acero sería culpa de esa persona, no de él. Pero, aunque me satisfacía su respuesta, no lo hacía la muletilla sobre que no nos acercáramos a la casa de subastas para evitar a los Tenryubitos. Primero de todo, me asombraba que una persona como Sohem, cuya inteligencia no era el rasgo principal de su repertorio, conociera y tuviera a bien saber qué o quiénes y cuán peligrosos son los Dragones Celestiales. Ya habíamos tenido un par de conversaciones donde esto se dejaba entrever y era más que evidente que el jefe tenía una animadversión para con esta gente. Desconocía los motivos por los que un guerrero de la talla de Sohem querrían evitar a esas personas, pero, comenzaba sospechar que había algo detrás que no estaba entendiendo. ¿Qué podía atormentar tanto al imparable jefe de Magna para parecer casi aterrado por el simple hecho de cruzarse con ellos? ¿Acaso ya estuvo en su presencia? ¿Es posible que él mismo fuera uno de los esclavos con los que estos linajes divinos traficaban? Supuse que me quedaría sin saberlo pues, sin tiempo para más, el jefe reanudó sus órdenes poniendo la disyuntiva sobre si deberíamos separarnos o ir juntos.
Cualquiera de las dos opciones era buena. — Si vamos juntos tenemos el problema de siempre. Pese a que no nos dañaremos, nos contrarrestaremos. — pensé mientras el jefe explicaba el plan y ponía sobre la mesa la idea de llamar a Joe, nuestro amigo en común en la Marina. Sohem proponía reclamar al Marine que nos pagara por el inconveniente de haber tenido que derrotar al Patriota y extorsionar de alguna manera al pobre Joe para que nos pague por encima del precio de Wanted en caso de necesitarnos para pelear contra algún pirata bajo su mando directo. Además, proponía que le cobráramos una cuantiosa suma por los Patriotas en caso de volver a derrotar a otro. Esto último parecía más una pregunta para el joven inventor que para mí.
A veces me asombraba la suerte de Sohem pues, estaba seguro de que no podía haberse hecho eco de mi argucia. Un dichoso golpe de suerte en el mejor momento para el hombre bajo la máscara. — Si el espectáculo sigue, actuemos. — pensé mientras me alejaba un par de pasos de escena. — ¡Llamaré a Joe entonces! — dije alzando la voz mientras introducía la mano izquierda en el bolsillo y hacía el gesto de marcaje. — Joe, ¡amigo! Viktor al habla. — dije volviendo hacia la posición donde mis compañeros estaban. — Creo que nos hemos encontrado con uno de vuestros juguetes y nos preguntábamos si va todo bien. — expuse al Marine que, ya debía, si era suficientemente avispado (y así lo consideraba) de todo lo que habíamos hablado. — Hemos pensado que, ya que estamos de paso por Sabaody y que el ambiente está caldeado, quizá os vengan bien espadas y garrotes. — dije con cierto tono irónico que Joe conocía bien de mí mientras me acercaba, aún más, al jefe y acercaba el caracol a una posición entre ambos. — Estoy con Sohem, por si queréis comentar tema de berries entre jefes. Yo voy a ir “calentando”. — dije dejándole hablar a Sohem para que nos indicaran a por quién o dónde debíamos movernos.
El escenario estaba comenzando a dispersarse de gente y todo lo que parecía haber acontecido en aquel lugar se disipaba como una tormenta de verano. Tan pronto inició, tan pronto finalizó y dejo sus pruebas, con los impactos del robot en el suelo. Mas no había alma en el lugar que pareciera inmutarse por esto más allá del momento en el que los aplausos cesaron. Sin embargo, mi atención no estaba en la muchedumbre agradecida, sino en las palabras de Joe, del cual esperaba algo fácil: un objetivo. Casi podía sentir al lobo blanco relamerse esperando saborear la sangre de otra presa. Sensación que antaño me hastiaba, pero ahora parecía casi alentarme a pelear. No sé si me reconocía a mí mismo, pero...
Comienza el espectáculo.
Resumen
Inventario
Haki
Gastos y daños
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