05-08-2025, 04:22 AM
Sin una palabra de más, el grandullón alzó la pastilla entre sus dedos como si fuera apenas unas migas de pan. No dudó. Sus movimientos fueron decididos, sin teatralidad ni vacilación. La metió en su boca y la tragó con un leve gesto de su garganta, como si no fuera más que una rutina diaria. No preguntó qué era, ni qué efectos tendría. No necesitaba hacerlo. Aquello podía ser fe en Magnus, o quizá una confianza casi arrogante en su propia resistencia, como si estuviera convencido de que su cuerpo podía soportarlo todo, incluso el veneno. De cualquier manera, el gesto fue elocuente. Sigurd no era un hombre de discursos largos o pensamientos enredados: era acción pura, músculo, voluntad y presencia. Y allí, bajo el humo que ennegrecía el cielo, su figura gigante se mantenía erguida, aún cansada, aún con el peso del combate anterior sobre los hombros, pero firme como una montaña que se niega a ceder ante la tormenta. La breve pausa que siguió se vio interrumpida cuando Magnus terminó su arenga a los suyos, infundiendo algo de orden entre tanto caos. No fue mucho después cuando la voz del gigante retumbó por encima del estruendo de las llamas y los gritos lejanos. Su voz, profunda y rasposa, no era un rugido, pero sí un eco ineludible, como si el propio suelo se tomara un momento para escucharle. No eran palabras elaboradas, ni adornadas con metáforas o promesas vacías. No era necesario. Lo que decía, lo decía con una convicción tan sencilla como aterradora. No solo había que luchar. No solo había que vencer. Había que enviar un mensaje. Ordenó, sin rastro de duda, que se destruyeran los barcos de los Kogane no Kiba. Que ardieran sus velas, que el mar se tiñera con la ceniza de sus maderas, que comprendieran —los que aún vivieran— que no habría retorno, ni ruta de escape, ni misericordia. Aquello no sería una batalla. Sería un encierro. Una jaula que se cerraba con fuego y furia. Los cazarrecompensas se miraron entre sí, asustados. El coloso no solo quería ganar. Quería dejar huella.
Como si cada palabra de su propio discurso hubiese encendido una mecha en su interior, Sigurd no esperó ni un segundo más. El suelo tembló con cada pisada suya mientras el coloso comenzaba a correr, y no como quien huye del fuego, sino como quien se lanza directo a él con los brazos abiertos. Su cuerpo, aún marcado por el cansancio, parecía haber olvidado el desgaste apenas la adrenalina se apoderó de sus músculos. El sombrero de ala ancha, ajado por el viento y el humo, se mantenía firme en su cabeza, casi como una corona salvaje sobre un rey sin reino. Cada zancada cubría metros enteros, y su imponente figura, sin camiseta y con la piel reluciente por el sudor y el calor de las llamas, parecía la encarnación misma de la furia de los dioses antiguos. No rugía, no gritaba. Solo corría con la determinación ciega de quien ha decidido marcar la historia con sangre. Detrás de él, sin embargo, la escena contrastaba como una fotografía congelada. Los cazarrecompensas, aún en tierra firme, dudaban. Habían escuchado las palabras. Habían sentido el peso de la presencia del gigante. Pero ver a esa mole lanzarse hacia las filas enemigas sin titubeos era otra cosa. Era como ver una avalancha avanzar y no saber si unirse a ella o apartarse. Miraron entonces al único rostro que aún podía devolverles el sentido: Magnus. El líder mantenía una sonrisa torcida en el rostro, una mezcla de orgullo, locura y fervor que solo un verdadero guerrero conoce. Su mano se alzó, y con ella, su espada. -¡¿A qué esperáis?! ¡A COMERNOS A ESOS CABRONES!- Bramó, la voz reventando como un trueno entre los muros derruidos. Y sin más, el líder se lanzó también al frente, con una velocidad impensable para un hombre de su contextura. En apenas unos segundos, ya había adelantado al mismísimo Sigurd, movido por una mezcla de orgullo y hambre de batalla. Fue el primero en hacer contacto. Su espada trazó un arco limpio en el aire, como una guadaña llevándose la cosecha. Tres piratas no tuvieron tiempo ni de gritar. El golpe los barrió como si fueran muñecos de trapo, dejando en el suelo un reguero de sangre y acero. La batalla, ahora sí, había comenzado.
Magnus desapareció entre la maraña de enemigos como un cuchillo que se hunde en la carne blanda. No hubo gritos de esfuerzo, ni desafíos lanzados al viento, solo el sonido del acero cantando con cada tajo, y los quejidos apagados de los hombres que caían sin comprender siquiera qué les había golpeado. Rodeado por más de una docena de piratas, parecía bailar entre ellos con una fluidez que desmentía su porte robusto. Cada movimiento era medido, elegante, brutal. Su espada, una extensión natural de su brazo, se movía con precisión quirúrgica, cortando músculos, tendones y esperanzas por igual. Los enemigos atacaban con rabia, con pánico, como hombres que sabían que debían vencer o morir. Pero sus armas apenas rozaban el aire, como si el propio Magnus fuera un espectro al que no podían tocar. Sus botas pisaban el suelo empapado de sangre con firmeza, y su respiración se mantenía serena, constante, como la de un predador acostumbrado a la caza. A varios metros de distancia, sin embargo, la escena era distinta. Un aura de tensión empezaba a envolver el terreno como un manto espeso. Allí estaba Sigurd, y aunque la fuerza que había exhibido era incuestionable, ahora se hallaba en una situación que ponía a prueba incluso a alguien de su tamaño descomunal. Alrededor del coloso, una oleada de cuarenta piratas se había cerrado como un anillo de dientes y cuchillas. Sus ojos, pequeños desde su perspectiva, brillaban con una mezcla de miedo y osadía; no atacaban aún, sabían que aquel gigante no era un oponente cualquiera. Los más cercanos sudaban con los puños apretados, conteniendo el temblor en las piernas, esperando una señal, una apertura, un error. Pero Sigurd no parecía intimidado. De pie entre los cuerpos humeantes y las brasas de lo que alguna vez fue un almacén, el sombrero todavía proyectando sombra sobre su rostro curtido, el gigante miraba a sus enemigos como quien observa a un rebaño de ovejas que aún no saben que están en el matadero. Entonces, la tensión se partió con una sola voz. Desde el fondo del caos, más allá de las llamas y las columnas de humo, una voz grave, profunda y poderosa se alzó sobre el estruendo. -¡¡¡¡Allá voy!!!! ¡¡¡ABRIDME PASO!!!- Se escuchaba en la lejanía. No se trataba de un grito de furia, ni de una amenaza vacía. Era una orden. Un anuncio. Un rugido que pedía paso como si el propio suelo debiera ceder ante él. Y con esa voz, la batalla cambió de tono. Porque quien estaba por llegar no era cualquier pirata.
Como si cada palabra de su propio discurso hubiese encendido una mecha en su interior, Sigurd no esperó ni un segundo más. El suelo tembló con cada pisada suya mientras el coloso comenzaba a correr, y no como quien huye del fuego, sino como quien se lanza directo a él con los brazos abiertos. Su cuerpo, aún marcado por el cansancio, parecía haber olvidado el desgaste apenas la adrenalina se apoderó de sus músculos. El sombrero de ala ancha, ajado por el viento y el humo, se mantenía firme en su cabeza, casi como una corona salvaje sobre un rey sin reino. Cada zancada cubría metros enteros, y su imponente figura, sin camiseta y con la piel reluciente por el sudor y el calor de las llamas, parecía la encarnación misma de la furia de los dioses antiguos. No rugía, no gritaba. Solo corría con la determinación ciega de quien ha decidido marcar la historia con sangre. Detrás de él, sin embargo, la escena contrastaba como una fotografía congelada. Los cazarrecompensas, aún en tierra firme, dudaban. Habían escuchado las palabras. Habían sentido el peso de la presencia del gigante. Pero ver a esa mole lanzarse hacia las filas enemigas sin titubeos era otra cosa. Era como ver una avalancha avanzar y no saber si unirse a ella o apartarse. Miraron entonces al único rostro que aún podía devolverles el sentido: Magnus. El líder mantenía una sonrisa torcida en el rostro, una mezcla de orgullo, locura y fervor que solo un verdadero guerrero conoce. Su mano se alzó, y con ella, su espada. -¡¿A qué esperáis?! ¡A COMERNOS A ESOS CABRONES!- Bramó, la voz reventando como un trueno entre los muros derruidos. Y sin más, el líder se lanzó también al frente, con una velocidad impensable para un hombre de su contextura. En apenas unos segundos, ya había adelantado al mismísimo Sigurd, movido por una mezcla de orgullo y hambre de batalla. Fue el primero en hacer contacto. Su espada trazó un arco limpio en el aire, como una guadaña llevándose la cosecha. Tres piratas no tuvieron tiempo ni de gritar. El golpe los barrió como si fueran muñecos de trapo, dejando en el suelo un reguero de sangre y acero. La batalla, ahora sí, había comenzado.
Magnus desapareció entre la maraña de enemigos como un cuchillo que se hunde en la carne blanda. No hubo gritos de esfuerzo, ni desafíos lanzados al viento, solo el sonido del acero cantando con cada tajo, y los quejidos apagados de los hombres que caían sin comprender siquiera qué les había golpeado. Rodeado por más de una docena de piratas, parecía bailar entre ellos con una fluidez que desmentía su porte robusto. Cada movimiento era medido, elegante, brutal. Su espada, una extensión natural de su brazo, se movía con precisión quirúrgica, cortando músculos, tendones y esperanzas por igual. Los enemigos atacaban con rabia, con pánico, como hombres que sabían que debían vencer o morir. Pero sus armas apenas rozaban el aire, como si el propio Magnus fuera un espectro al que no podían tocar. Sus botas pisaban el suelo empapado de sangre con firmeza, y su respiración se mantenía serena, constante, como la de un predador acostumbrado a la caza. A varios metros de distancia, sin embargo, la escena era distinta. Un aura de tensión empezaba a envolver el terreno como un manto espeso. Allí estaba Sigurd, y aunque la fuerza que había exhibido era incuestionable, ahora se hallaba en una situación que ponía a prueba incluso a alguien de su tamaño descomunal. Alrededor del coloso, una oleada de cuarenta piratas se había cerrado como un anillo de dientes y cuchillas. Sus ojos, pequeños desde su perspectiva, brillaban con una mezcla de miedo y osadía; no atacaban aún, sabían que aquel gigante no era un oponente cualquiera. Los más cercanos sudaban con los puños apretados, conteniendo el temblor en las piernas, esperando una señal, una apertura, un error. Pero Sigurd no parecía intimidado. De pie entre los cuerpos humeantes y las brasas de lo que alguna vez fue un almacén, el sombrero todavía proyectando sombra sobre su rostro curtido, el gigante miraba a sus enemigos como quien observa a un rebaño de ovejas que aún no saben que están en el matadero. Entonces, la tensión se partió con una sola voz. Desde el fondo del caos, más allá de las llamas y las columnas de humo, una voz grave, profunda y poderosa se alzó sobre el estruendo. -¡¡¡¡Allá voy!!!! ¡¡¡ABRIDME PASO!!!- Se escuchaba en la lejanía. No se trataba de un grito de furia, ni de una amenaza vacía. Era una orden. Un anuncio. Un rugido que pedía paso como si el propio suelo debiera ceder ante él. Y con esa voz, la batalla cambió de tono. Porque quien estaba por llegar no era cualquier pirata.
MAGNUS RILSSEN
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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