08-08-2025, 03:04 AM
(Última modificación: 08-08-2025, 03:43 AM por Kenzo D. Fujiwara.)
El choque inicial fue tan brutal que el aire mismo pareció vibrar con el impacto de los golpes. Magnus, con su inquebrantable determinación, y Sigurd, el coloso de siete metros cuyo torso desnudo brillaba con el sudor bajo el inclemente sol, se movían como dos murallas vivientes en medio de un mar de enemigos. A cada paso que daban, el suelo crujía, levantando polvo y barro de aquel lugar en el que hace apenas unas horas había un ambientado torneo de gremios. Los piratas de John Stern, hombres curtidos por el mar y la violencia, caían uno tras otro, ya fuera derribados por un tajo certero de Magnus o por el demoledor alcance de los puños, hacha y embates de Sigurd. Y, sin embargo, la marea parecía inagotable; cada vez que un cuerpo se desplomaba, dos más aparecían para llenar el hueco, como si la banda entera fuera una hidra de carne y acero. El estruendo de las armas resonaba como un tambor de guerra, mezclándose con los gritos de dolor y las órdenes desesperadas de los piratas para mantener sus posiciones. Sigurd, moviéndose con una sorprendente agilidad para su tamaño, barría grupos enteros con un solo movimiento de su brazo, haciendo que los hombres salieran despedidos como muñecos de trapo. Magnus, por su parte, mantenía un ritmo más calculado, cada golpe preciso, cada esquiva medida al milímetro, pero con la misma ferocidad implacable. El suelo se teñía de manchas oscuras, y el aire se llenaba del olor metálico de la sangre, del sudor y de la pólvora. Y aunque el enemigo parecía no tener fin, en los ojos de ambos guerreros brillaba la misma chispa: una mezcla de rabia, adrenalina y el silencioso pacto de resistir, de no retroceder ni un solo paso, aunque la marea fuera infinita. Cada golpe era una declaración, un grito sin voz que afirmaba que, mientras quedara aliento en sus cuerpos, esa línea no sería cruzada.
El estruendo de la batalla se veía interrumpido por un rugido que no provenía de ninguna arma, sino de una voz humana, profunda y firme, que atravesó el bullicio como una tromba. Aquel tono grave y potente exigía paso, y los combatientes, aun en el frenesí, sintieron cómo la vibración recorría el aire, obligándolos a girarse hacia su origen. Sigurd, siempre ávido de un reto digno, elevó su voz con la misma determinación, pidiendo también que despejaran el camino. No lo hacía por cortesía, sino por el hambre de encontrar un rival que no se quebrara bajo un solo golpe, alguien que pudiera devolverle la misma intensidad que él ofrecía. La tensión se apoderó de un pequeño sector del campo de batalla; los gritos y el choque de armas parecieron menguar durante unos segundos, como si el mundo contuviera la respiración. Y entonces, emergió de entre el tumulto una figura imponente: un hombre calvo, de musculatura pétrea y hombros anchos, con una barba frondosa que le caía hasta el pecho, tan espesa como la melena de un león. En su cinto descansaban dos espadas, envainadas pero listas para reclamar sangre. El recién llegado detuvo su avance frente a Sigurd, alzando la vista con un brillo de admiración en sus ojos, aunque no carente de ese filo competitivo que solo los guerreros auténticos poseen. Una carcajada, ruda y estruendosa, brotó de su garganta mientras exclamaba. -¡Eres enorme! ¡Tremenda bestia! ¡JUAS, JUAS, JUAS!-. Sus palabras retumbaron, y para reforzar la burla, dio un manotazo tan contundente en la espalda de uno de sus propios hombres que el desafortunado cayó de bruces contra el suelo, aturdido. La tensión se volvió electricidad pura entre ambos titanes. El hombre, sin perder la sonrisa, inclinó ligeramente el torso hacia adelante y añadió con un tono casi desafiante. -¿Y si dejas de reventar a mis subordinados y te enfrentas a mí?- Sin esperar respuesta, sus manos se movieron con una precisión letal, desenvainando las dos espadas en un solo y fluido gesto que reflejó la luz del sol. La invitación había sido lanzada; el duelo, inevitable.
La tensión en el aire se volvió casi palpable cuando aquella voz aguda, cargada de furia y autoridad, cortó el murmullo del gentío como una cuchilla afilada. El estruendo de los pasos y el griterío del público parecieron desvanecerse por un instante, como si todos contuvieran la respiración ante la escena que se desplegaba. Entre los cuerpos que se agolpaban para presenciar la inminente confrontación, una figura femenina surgió con la agilidad de un depredador al acecho. Julie, de movimientos felinos y mirada tan afilada como la hoja de un cuchillo recién templado, se impulsó con su bō, ejecutando un salto que la llevó a sobrevolar cabezas y chocar contra el aire con la precisión de quien domina la distancia como una extensión natural de su cuerpo. Su aterrizaje fue seco y elegante, quedando justo entre el colosal Sigurd y el fornido Nezumi, una barrera de carne y determinación que no parecía temer a ninguno de los dos. El pirata calvo, visiblemente irritado por la interrupción, apretó la mandíbula y escupió palabras impregnadas de veneno. -Maldita perra… Julie, ¿por qué no te vas a limpiar alguna cocina o cuidar a algún chiquillo?- La frase resonó con un desprecio tan viejo como la enemistad que parecía unirlos. Julie no se dignó a mirarlo siquiera. En cambio, giró sobre sus talones, dejando su espalda expuesta a Nezumi sin rastro de temor, y fijó sus ojos en el gigante. A cinco metros de distancia, Sigurd era un muro viviente de músculos tensos y altura imponente, su piel desnuda brillando bajo la luz mientras aquel sombrero ancho le otorgaba un aire aún más intimidante. -Oye, calvo...- Dijo con voz grave pero medida, dirigiéndose a Nezumi sin apartar la vista del coloso. -Este tipo es mucho más fuerte de lo que parece. No creo que puedas solo contra él. Ni yo tampoco. ¿Qué tal si unimos fuerzas para derrotarlo… y luego lo vendemos al esclavista y repartimos ganacias a medias?- Su propuesta, tan fría como práctica, arrancó de Nezumi una sonrisa amplia y peligrosa. El pirata soltó una carcajada ronca antes de asentir lentamente. -Me parece bien. Y así, en un instante, la confrontación dejó de ser un duelo para transformarse en una cacería en la que dos depredadores habían encontrado un objetivo común.
Julie no dudó ni un instante. Sus ojos, encendidos por una mezcla de determinación y astucia, se fijaron en la monumental figura de Sigurd. El aire a su alrededor parecía tensarse con cada paso que daba, y sus movimientos eran tan calculados como la de una fiera midiendo a su presa. Con un ágil impulso hacia adelante, acortó dos metros de los cinco que la separaban del colosal oponente, su bo firmemente asido entre las manos. La madera resonó al golpear el suelo, un sonido seco que sirvió de ancla para la maniobra que estaba por ejecutar. Usó la vara como una palanca perfecta, el extremo hundiéndose contra la tierra polvorienta, y con la fuerza de sus piernas y la coordinación de alguien que había repetido ese movimiento decenas de veces, proyectó su cuerpo hacia arriba en un arco limpio y veloz. El viento silbó a su alrededor mientras sobrevolaba los hombros desnudos del gigantón, su silueta recortándose un instante contra la luz antes de aterrizar, con la gracia de una acróbata experimentada, justo detrás de él. El olor del sudor y la piel curtida del gigante quedó impregnado en el aire por un instante, un recordatorio tangible de la amenaza que representaba. Por otro lado, mientras Julie ejecutaba su maniobra, Nezumi, con una mueca torcida que combinaba burla y concentración, comenzó a cerrar la distancia que lo separaba del mismo objetivo. Sus pies se movían con una rapidez inesperada para su complexión, levantando nubes de polvo con cada pisada. El filo de su arma, ya desenvainada, reflejaba destellos de luz en un vaivén amenazante, como si el acero estuviera ansioso por probar carne. Contaba cada paso, midiendo el momento exacto para actuar. Cuando el último tramo lo dejó a tan solo un metro de la descomunal pierna izquierda de Sigurd, giró la cadera con precisión y descargó un corte horizontal a la altura de la espinilla. El movimiento no fue un arrebato, sino una ejecución controlada. Un tajo pensado para tantear, para abrir la primera grieta en la montaña que tenían enfrente, y al mismo tiempo, un mensaje claro de que no pensaba desperdiciar energías en gestos inútiles. Todo, desde la coordinación con Julie hasta la economía de su ataque, revelaba que aquel calvo no era un simple bruto de taberna, sino un depredador paciente.
El estruendo de la batalla se veía interrumpido por un rugido que no provenía de ninguna arma, sino de una voz humana, profunda y firme, que atravesó el bullicio como una tromba. Aquel tono grave y potente exigía paso, y los combatientes, aun en el frenesí, sintieron cómo la vibración recorría el aire, obligándolos a girarse hacia su origen. Sigurd, siempre ávido de un reto digno, elevó su voz con la misma determinación, pidiendo también que despejaran el camino. No lo hacía por cortesía, sino por el hambre de encontrar un rival que no se quebrara bajo un solo golpe, alguien que pudiera devolverle la misma intensidad que él ofrecía. La tensión se apoderó de un pequeño sector del campo de batalla; los gritos y el choque de armas parecieron menguar durante unos segundos, como si el mundo contuviera la respiración. Y entonces, emergió de entre el tumulto una figura imponente: un hombre calvo, de musculatura pétrea y hombros anchos, con una barba frondosa que le caía hasta el pecho, tan espesa como la melena de un león. En su cinto descansaban dos espadas, envainadas pero listas para reclamar sangre. El recién llegado detuvo su avance frente a Sigurd, alzando la vista con un brillo de admiración en sus ojos, aunque no carente de ese filo competitivo que solo los guerreros auténticos poseen. Una carcajada, ruda y estruendosa, brotó de su garganta mientras exclamaba. -¡Eres enorme! ¡Tremenda bestia! ¡JUAS, JUAS, JUAS!-. Sus palabras retumbaron, y para reforzar la burla, dio un manotazo tan contundente en la espalda de uno de sus propios hombres que el desafortunado cayó de bruces contra el suelo, aturdido. La tensión se volvió electricidad pura entre ambos titanes. El hombre, sin perder la sonrisa, inclinó ligeramente el torso hacia adelante y añadió con un tono casi desafiante. -¿Y si dejas de reventar a mis subordinados y te enfrentas a mí?- Sin esperar respuesta, sus manos se movieron con una precisión letal, desenvainando las dos espadas en un solo y fluido gesto que reflejó la luz del sol. La invitación había sido lanzada; el duelo, inevitable.
NEZUMI
La tensión en el aire se volvió casi palpable cuando aquella voz aguda, cargada de furia y autoridad, cortó el murmullo del gentío como una cuchilla afilada. El estruendo de los pasos y el griterío del público parecieron desvanecerse por un instante, como si todos contuvieran la respiración ante la escena que se desplegaba. Entre los cuerpos que se agolpaban para presenciar la inminente confrontación, una figura femenina surgió con la agilidad de un depredador al acecho. Julie, de movimientos felinos y mirada tan afilada como la hoja de un cuchillo recién templado, se impulsó con su bō, ejecutando un salto que la llevó a sobrevolar cabezas y chocar contra el aire con la precisión de quien domina la distancia como una extensión natural de su cuerpo. Su aterrizaje fue seco y elegante, quedando justo entre el colosal Sigurd y el fornido Nezumi, una barrera de carne y determinación que no parecía temer a ninguno de los dos. El pirata calvo, visiblemente irritado por la interrupción, apretó la mandíbula y escupió palabras impregnadas de veneno. -Maldita perra… Julie, ¿por qué no te vas a limpiar alguna cocina o cuidar a algún chiquillo?- La frase resonó con un desprecio tan viejo como la enemistad que parecía unirlos. Julie no se dignó a mirarlo siquiera. En cambio, giró sobre sus talones, dejando su espalda expuesta a Nezumi sin rastro de temor, y fijó sus ojos en el gigante. A cinco metros de distancia, Sigurd era un muro viviente de músculos tensos y altura imponente, su piel desnuda brillando bajo la luz mientras aquel sombrero ancho le otorgaba un aire aún más intimidante. -Oye, calvo...- Dijo con voz grave pero medida, dirigiéndose a Nezumi sin apartar la vista del coloso. -Este tipo es mucho más fuerte de lo que parece. No creo que puedas solo contra él. Ni yo tampoco. ¿Qué tal si unimos fuerzas para derrotarlo… y luego lo vendemos al esclavista y repartimos ganacias a medias?- Su propuesta, tan fría como práctica, arrancó de Nezumi una sonrisa amplia y peligrosa. El pirata soltó una carcajada ronca antes de asentir lentamente. -Me parece bien. Y así, en un instante, la confrontación dejó de ser un duelo para transformarse en una cacería en la que dos depredadores habían encontrado un objetivo común.
Julie Dontine
Julie no dudó ni un instante. Sus ojos, encendidos por una mezcla de determinación y astucia, se fijaron en la monumental figura de Sigurd. El aire a su alrededor parecía tensarse con cada paso que daba, y sus movimientos eran tan calculados como la de una fiera midiendo a su presa. Con un ágil impulso hacia adelante, acortó dos metros de los cinco que la separaban del colosal oponente, su bo firmemente asido entre las manos. La madera resonó al golpear el suelo, un sonido seco que sirvió de ancla para la maniobra que estaba por ejecutar. Usó la vara como una palanca perfecta, el extremo hundiéndose contra la tierra polvorienta, y con la fuerza de sus piernas y la coordinación de alguien que había repetido ese movimiento decenas de veces, proyectó su cuerpo hacia arriba en un arco limpio y veloz. El viento silbó a su alrededor mientras sobrevolaba los hombros desnudos del gigantón, su silueta recortándose un instante contra la luz antes de aterrizar, con la gracia de una acróbata experimentada, justo detrás de él. El olor del sudor y la piel curtida del gigante quedó impregnado en el aire por un instante, un recordatorio tangible de la amenaza que representaba. Por otro lado, mientras Julie ejecutaba su maniobra, Nezumi, con una mueca torcida que combinaba burla y concentración, comenzó a cerrar la distancia que lo separaba del mismo objetivo. Sus pies se movían con una rapidez inesperada para su complexión, levantando nubes de polvo con cada pisada. El filo de su arma, ya desenvainada, reflejaba destellos de luz en un vaivén amenazante, como si el acero estuviera ansioso por probar carne. Contaba cada paso, midiendo el momento exacto para actuar. Cuando el último tramo lo dejó a tan solo un metro de la descomunal pierna izquierda de Sigurd, giró la cadera con precisión y descargó un corte horizontal a la altura de la espinilla. El movimiento no fue un arrebato, sino una ejecución controlada. Un tajo pensado para tantear, para abrir la primera grieta en la montaña que tenían enfrente, y al mismo tiempo, un mensaje claro de que no pensaba desperdiciar energías en gestos inútiles. Todo, desde la coordinación con Julie hasta la economía de su ataque, revelaba que aquel calvo no era un simple bruto de taberna, sino un depredador paciente.
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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