15-08-2025, 04:46 AM
El filo de Nezumi cortaba el aire en una trayectoria limpia y precisa, como si cada músculo de su brazo supiera exactamente dónde y cuándo moverse. Sin embargo, aquel ataque, tan afilado como la intención que lo impulsaba, se encontró con una respuesta tan contundente como inesperada. El acero chocó contra acero en un destello breve, seco y ensordecedor: Sigurd, sin siquiera dar un paso atrás, había desviado el golpe con un giro firme de su hacha, el enorme filo describiendo un arco que parecía ignorar por completo el peso y la dimensión del arma. El impacto resonó como un trueno breve, y en ese instante quedó claro que el gigantón no necesitaba velocidad para imponerse; la pura potencia y control que emanaba de cada movimiento eran suficientes para marcar la diferencia. Sin permitir que el eco del choque se disipara, Sigurd movió su torso con la fluidez de un coloso curtido en incontables batallas, y levantó el hacha sobre su hombro. Su mirada, apenas visible bajo el ala ancha de su sombrero, proyectaba una calma fría, casi animal, la de un depredador que sabe que su presa aún no ha agotado todas las rutas de escape. Entonces, el contraataque llegó como una ola de fuerza bruta: un tajo diagonal descendente, lanzado con ambas manos y toda la potencia que un cuerpo de siete metros podía concentrar en un solo movimiento. La hoja descendió con un rugido metálico, cortando el aire con un sonido grave que anticipaba destrucción. Nezumi, consciente de que un error significaría mucho más que una simple herida, clavó sus pies en la tierra, tensando cada fibra de su cuerpo. Su espada se alzó, sostenida solo por una mano, pero guiada por una precisión milimétrica. El acero se encontró de nuevo, y la sacudida recorrió el brazo de Nezumi como un relámpago de dolor y adrenalina. La presión era abrumadora, como si un muro de piedra estuviera cayendo sobre él, pero su postura aguantó. El sudor perlaba su frente, y un temblor leve recorría sus dedos, no de miedo, sino de esfuerzo extremo. A pesar del peso de la embestida, una chispa de desafío brilló en su mirada: el gigante no iba a aplastarlo tan fácilmente.
Mientras que el estruendo metálico del choque entre la espada de Nezumi y el hacha de Sigurd todavía vibraba en el aire cuando, a espaldas del coloso, la figura ágil y decidida de Julie Dontine decidió aprovechar aquella oportunidad fugaz. Sus ojos, enfocados con la precisión de una cazadora, midieron la distancia con instinto puro; sabía que si dudaba un segundo, el momento se perdería y el gigantón tendría tiempo de reaccionar. Sin vacilar, flexionó las piernas y se impulsó con un salto limpio y poderoso, su silueta recortándose brevemente contra la luz. En sus manos, el bo parecía una extensión natural de su cuerpo, y lo empuñaba con firmeza, aferrándolo con ambas manos como si en ese instante su fuerza se multiplicara. Mientras ascendía en aquel movimiento, su respiración se hizo más lenta, controlada, a pesar de que la adrenalina le bombeaba con violencia en las sienes. Podía sentir el calor del enfrentamiento, el olor del sudor mezclado con el polvo levantado por las pisadas de los combatientes. Su objetivo era claro: la cabeza de Sigurd, justo más allá del ala del sombrero mexicano que cubría parte de su rostro. No le importaba la diferencia abismal de tamaño; en su mente, no atacaba a un gigante, sino a un punto vulnerable en una muralla de carne y músculo. El bo descendió con todo el impulso que había acumulado, proyectando un golpe a dos manos que buscaba no solo la contundencia física, sino también el factor sorpresa. Desde esa posición elevada, Julie se sentía como un rayo en plena caída, enfocando toda su energía en un único impacto que pudiera desestabilizar al coloso o, al menos, arrancarle un instante de distracción que Nezumi pudiera aprovechar. El aire silbó cuando el arma cortó su trayectoria descendente, y por un instante todo alrededor pareció ralentizarse: el duelo de fuerza frente a frente entre Nezumi y Sigurd, el peso del bo bajando con violencia, y el instante previo al contacto, esa fracción de segundo en que el destino de la embestida quedaba suspendido entre éxito o fracaso. Julie, en ese instante, no pensaba en el riesgo; solo existía el golpe.
Las botas de Julie levantaron una nube de polvo al tomar tierra, y sus manos, aún firmes en el arma, ya buscaban la postura para un segundo ataque. No había tiempo para deleitarse en el golpe anterior; frente a ellos, aquel gigante de siete metros era como una montaña que no se desplomaba con facilidad. Julie, con el pulso acelerado pero la mirada encendida, giró levemente su bo, evaluando el momento preciso para su próximo movimiento, consciente de que un solo error podría significar ser aplastada bajo ese coloso. A pocos metros, Nezumi había permanecido anclado en un duelo de fuerza con Sigurd, sintiendo cada vibración del choque de sus armas como si el acero intentara transmitirle la esencia bruta de su rival. El gigantón no cedía ni un ápice, y ese hecho no intimidaba al pirata, sino que avivaba una chispa ardiente en su interior. La sonrisa se dibujó amplia en su rostro, no como gesto de burla, sino como declaración de desafío. Ante él no había un simple enemigo, sino un obstáculo digno de su acero, un reto que exigiría lo mejor de su técnica y su temple. Con un leve respiro, dejó que la tensión de sus hombros fluyera hacia abajo mientras su mano izquierda se movía casi por instinto. El sonido metálico del acero al salir de su vaina rompió el murmullo distante de la batalla, y en cuestión de un segundo, la segunda espada de Nezumi ya brillaba bajo la luz irregular que atravesaba el polvo en el aire. Ahora sostenía ambas armas con firmeza, el peso perfectamente equilibrado, listo para una ofensiva o una defensa inmediata. Los ojos del pirata permanecían fijos en Sigurd, analizando cada movimiento de sus músculos, cada cambio en la posición de sus pies. No se trataba solo de fuerza bruta, sino de anticipar el siguiente rugido, el siguiente golpe devastador. Julie y él compartían un entendimiento tácito: el combate apenas estaba comenzando, y aquel titán no caería sin que ellos entregaran hasta la última gota de su esfuerzo.
Mientras que el estruendo metálico del choque entre la espada de Nezumi y el hacha de Sigurd todavía vibraba en el aire cuando, a espaldas del coloso, la figura ágil y decidida de Julie Dontine decidió aprovechar aquella oportunidad fugaz. Sus ojos, enfocados con la precisión de una cazadora, midieron la distancia con instinto puro; sabía que si dudaba un segundo, el momento se perdería y el gigantón tendría tiempo de reaccionar. Sin vacilar, flexionó las piernas y se impulsó con un salto limpio y poderoso, su silueta recortándose brevemente contra la luz. En sus manos, el bo parecía una extensión natural de su cuerpo, y lo empuñaba con firmeza, aferrándolo con ambas manos como si en ese instante su fuerza se multiplicara. Mientras ascendía en aquel movimiento, su respiración se hizo más lenta, controlada, a pesar de que la adrenalina le bombeaba con violencia en las sienes. Podía sentir el calor del enfrentamiento, el olor del sudor mezclado con el polvo levantado por las pisadas de los combatientes. Su objetivo era claro: la cabeza de Sigurd, justo más allá del ala del sombrero mexicano que cubría parte de su rostro. No le importaba la diferencia abismal de tamaño; en su mente, no atacaba a un gigante, sino a un punto vulnerable en una muralla de carne y músculo. El bo descendió con todo el impulso que había acumulado, proyectando un golpe a dos manos que buscaba no solo la contundencia física, sino también el factor sorpresa. Desde esa posición elevada, Julie se sentía como un rayo en plena caída, enfocando toda su energía en un único impacto que pudiera desestabilizar al coloso o, al menos, arrancarle un instante de distracción que Nezumi pudiera aprovechar. El aire silbó cuando el arma cortó su trayectoria descendente, y por un instante todo alrededor pareció ralentizarse: el duelo de fuerza frente a frente entre Nezumi y Sigurd, el peso del bo bajando con violencia, y el instante previo al contacto, esa fracción de segundo en que el destino de la embestida quedaba suspendido entre éxito o fracaso. Julie, en ese instante, no pensaba en el riesgo; solo existía el golpe.
Las botas de Julie levantaron una nube de polvo al tomar tierra, y sus manos, aún firmes en el arma, ya buscaban la postura para un segundo ataque. No había tiempo para deleitarse en el golpe anterior; frente a ellos, aquel gigante de siete metros era como una montaña que no se desplomaba con facilidad. Julie, con el pulso acelerado pero la mirada encendida, giró levemente su bo, evaluando el momento preciso para su próximo movimiento, consciente de que un solo error podría significar ser aplastada bajo ese coloso. A pocos metros, Nezumi había permanecido anclado en un duelo de fuerza con Sigurd, sintiendo cada vibración del choque de sus armas como si el acero intentara transmitirle la esencia bruta de su rival. El gigantón no cedía ni un ápice, y ese hecho no intimidaba al pirata, sino que avivaba una chispa ardiente en su interior. La sonrisa se dibujó amplia en su rostro, no como gesto de burla, sino como declaración de desafío. Ante él no había un simple enemigo, sino un obstáculo digno de su acero, un reto que exigiría lo mejor de su técnica y su temple. Con un leve respiro, dejó que la tensión de sus hombros fluyera hacia abajo mientras su mano izquierda se movía casi por instinto. El sonido metálico del acero al salir de su vaina rompió el murmullo distante de la batalla, y en cuestión de un segundo, la segunda espada de Nezumi ya brillaba bajo la luz irregular que atravesaba el polvo en el aire. Ahora sostenía ambas armas con firmeza, el peso perfectamente equilibrado, listo para una ofensiva o una defensa inmediata. Los ojos del pirata permanecían fijos en Sigurd, analizando cada movimiento de sus músculos, cada cambio en la posición de sus pies. No se trataba solo de fuerza bruta, sino de anticipar el siguiente rugido, el siguiente golpe devastador. Julie y él compartían un entendimiento tácito: el combate apenas estaba comenzando, y aquel titán no caería sin que ellos entregaran hasta la última gota de su esfuerzo.
NEZUMI
Julie Dontine
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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