¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.]
#9
Julie había descargado aquel golpe con toda la fuerza de su cuerpo, sintiendo cómo sus brazos vibraban desde los hombros hasta las muñecas al impactar contra la cabeza del gigante. El sonido aún resonaba en sus oídos, como si hubiese golpeado una campana de hierro macizo. Esperaba, en lo más profundo de su ser, ver al menos una reacción clara: un tambaleo, una mueca de dolor, algún signo que confirmara que su esfuerzo no había sido en vano. Pero lo que obtuvo a cambio fue lo contrario a lo que jamás habría imaginado. El coloso, aquel titán de siete metros con el torso desnudo y curtido por mil batallas, permanecía imperturbable, como si el ataque no hubiera sido más que la caída de una gota de lluvia sobre una roca ancestral. El corazón de Julie dio un vuelco. Sus labios se entreabrieron en un gesto involuntario de sorpresa, y el aire que entró en sus pulmones se sintió pesado, como si hubiera inhalado polvo. Se mordió la lengua para contener un jadeo, intentando mantener la compostura frente a aquel ser que no parecía humano. Su bo, firme en sus manos, de pronto le resultaba frágil, casi ridículo frente a la magnitud del cuerpo que tenía delante. La madera se hundía en la presión de sus propios dedos sudorosos, mientras un leve temblor recorría sus muñecas. Tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se le formaba en la garganta; la idea de que ni siquiera un golpe directo había dejado marca en Sigurd era un pensamiento que la erosionaba por dentro, arrancándole pequeñas hebras de confianza. Aún peor que eso fue lo que vino después: la indiferencia. El gigante, con su sombrero ladeado y la sombra que este proyectaba sobre su rostro, ni siquiera se molestó en volverse a mirarla. No había ira en él, ni desprecio, ni reconocimiento… simplemente la ignoró, manteniendo la espalda erguida, el hacha aún en tensión contra Nezumi. Esa falta de reacción era una bofetada invisible, un recordatorio cruel de la distancia abismal que los separaba en poder. Julie sintió cómo sus pies parecían anclarse al suelo, presa de un miedo frío que se mezclaba con la frustración. ¿Qué clase de monstruo era aquel hombre, capaz de recibir un golpe tan brutal como si no fuese nada? Mientras apretaba los dientes y buscaba recomponerse, el silencio de Sigurd la envolvía más que cualquier rugido.

El aire se volvió más denso en cuanto el gigantón inició su movimiento. El brazo de Sigurd, musculoso y descomunal, se alzó con la lentitud de una montaña que empezaba a desplomarse, para luego acelerar con una brutalidad aterradora al descender su enorme hacha. El filo brilló bajo la luz como un relámpago contenido, surcando el espacio con un silbido grave que se mezclaba con el rugido del viento que él mismo levantaba al blandirla. El golpe descendente buscaba aplastar, quebrar huesos y piedra por igual, con la fuerza de alguien que conocía bien el poder de su propio cuerpo. Sin embargo, frente a aquella amenaza que parecía imposible de detener, Nezumi no flaqueó. El pirata, con los ojos brillantes por la adrenalina y una sonrisa desafiante, levantó su katana en el ángulo perfecto, interceptando el primer impacto en un instante calculado al milímetro. El estruendo del choque fue ensordecedor: metal contra metal, un rugido de chispas que iluminó fugazmente el duelo. El cuerpo de Nezumi tembló bajo la magnitud de la fuerza recibida, los músculos de sus brazos ardiendo por la tensión, las piernas clavadas como raíces en el suelo para no ser arrastrado por el golpe. El olor metálico del acero y el polvo que se levantaba con cada vibración invadían sus sentidos, pero sus labios seguían curvados en aquella sonrisa que revelaba, no miedo, sino la emoción del reto. Antes de que pudiera relajarse, la sombra del hacha volvió a cubrirlo: Sigurd, sin mostrar signos de cansancio, giró el arma en un arco rápido para su tamaño y lanzó un segundo ataque descendente, aún más feroz que el primero. Era como si el coloso no hubiera hecho más que probar la resistencia de su adversario, dispuesto ahora a quebrarla de raíz. El reflejo de Nezumi fue inmediato, casi instintivo. Su segunda espada se levantó con una precisión quirúrgica, cruzándose con la primera en una guardia doble que absorbió la furia del golpe. El choque resonó de nuevo, un segundo trueno que retumbó en el aire. El sudor perlaba la frente del pirata, pero sus ojos brillaban con intensidad, embelesados por aquel duelo que ponía a prueba cada fibra de su cuerpo y cada pensamiento de su mente. Frente a un enemigo tan colosal, el simple hecho de bloquear ya era una victoria en sí misma, y Nezumi lo disfrutaba.

El estrépito del último choque todavía resonaba en el aire cuando Julie, que había permanecido unos instantes contenida, reunió todo el coraje que quedaba en su cuerpo. Sus manos, temblorosas aún por el primer fracaso, se aferraron con fuerza al bo, los nudillos blancos bajo la presión. El corazón le latía con violencia en el pecho, pero su mirada ya no era la misma que antes; aquella mezcla de miedo y desconcierto había dado paso a una determinación férrea, como si dentro de ella se hubiese encendido una chispa que no pensaba dejar apagar. Observó la titánica figura de Sigurd, cuyo tamaño parecía borrar todo lo que había alrededor, y comprendió que esperar, rezar o retroceder no eran opciones. Su oportunidad estaba allí, en aquel instante, y si no la tomaba, ninguno de ellos sobreviviría. Con un grito ahogado, Julie avanzó, sus botas chapoteando en el barro teñido de sangre que cubría el campo. El aire cortaba su rostro, pero no detuvo su carrera. Cuando estuvo lo bastante cerca, flexionó las rodillas, giró con fuerza la cadera y descargó el bo contra la pierna derecha desnuda del coloso. El impacto resonó como el golpe de un tambor contra una roca: seco, contundente, dirigido no a herir, sino a desestabilizar. Julie sabía que no podía esperar atravesar aquella piel dura como hierro, pero sí podía, al menos, robarle un instante de equilibrio, el respiro necesario para que Nezumi pudiera actuar con la ferocidad que se le notaba ardiendo en los ojos. El crujido de madera contra carne retumbó alrededor, y aunque Sigurd parecía apenas inmutarse, la vibración del golpe se propagó por su pierna hasta el suelo, levantando una nube de polvo y barro. Julie jadeó, sintiendo en sus brazos el eco del choque, pero no retrocedió; se mantuvo firme, los pies clavados, los ojos fijos en la mole que había atacado, como si con su simple presencia y valentía intentara desafiar lo imposible. Era consciente de lo diminuta que se veía ante aquel monstruo humano, pero también sabía que el valor no se medía en altura ni en fuerza bruta, sino en la voluntad de no ceder. Y en ese instante, Julie no pensaba ceder.

NEZUMI


Julie Dontine


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Alas Negras
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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - por Kenzo D. Fujiwara - 18-08-2025, 08:41 AM

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