21-08-2025, 05:47 AM
Alrededor del gigantesco Sigurd, de Nezumi y de Julie, el aire se cargaba de expectación mientras la batalla alcanzaba un punto cada vez más tenso. Los pasos de los curiosos retumbaban sobre las piedras irregulares del suelo, formando un círculo amplio que no dejaba de cerrarse poco a poco, como si la multitud no pudiera resistirse a contemplar con sus propios ojos aquel espectáculo brutal. Piratas y cazadores, enemigos en cualquier otro contexto, se hallaban ahora mezclados, hombro con hombro, con la mirada fija en los tres combatientes que habían convertido aquel claro en una arena improvisada. El sudor perlaba los rostros curtidos de los espectadores, no por el esfuerzo, sino por la intensidad de la escena: golpes que resonaban como martillazos, choques que hacían vibrar la tierra, y un silencio contenido que estallaba en rugidos cada vez que un movimiento parecía inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Aunque hasta ese momento los piratas de John Stern habían conseguido conectar más ataques, arrancando jadeos de esfuerzo a sus propios músculos y levantando momentáneos destellos de esperanza entre los suyos, nadie se atrevía a confiar demasiado en esa aparente ventaja. Todos sabían, en lo más profundo de sus instintos, que enfrentarse a un gigante no era lo mismo que medir fuerzas con cualquier otro adversario. El cuerpo descomunal de Sigurd, desnudo hasta la cintura y coronado por aquel sombrero mexicano que proyectaba sombras extrañas sobre su rostro, se alzaba como una montaña viviente en medio del campo de batalla. Cada respiración suya parecía anunciar un poder contenido, una furia que, llegado el momento, sería liberada sin compasión. Y aunque Julie había conseguido levantar un murmullo de admiración con su osadía, y Nezumi había demostrado la rapidez de un depredador curtido, nadie olvidaba que el coloso apenas comenzaba a reaccionar. El ambiente era un pulso entre dos certezas opuestas: la aparente superioridad de los golpes acumulados por los piratas y la incómoda sospecha de que aquello no era más que un prólogo, un aperitivo del verdadero despertar de la bestia. Y en ese equilibrio frágil, todos contenían el aliento, aguardando el instante en que el gigante decidiera mostrar de qué estaba hecho realmente.
Los dos hombres se quedaron frente a frente, clavando sus miradas como si cada una fuese un filo más peligroso que las armas que portaban. Nezumi respiraba con dificultad, el sudor cayendo en gotas gruesas por su frente, testimonio del enorme esfuerzo que le suponía contener los embates de aquel coloso. Cada choque con el hacha de Sigurd había sido como detener una avalancha, un acto que desafiaba el sentido común y que desgastaba no solo su cuerpo, sino también su espíritu. Sus brazos ardían, los músculos tensos hasta el límite, y aunque su sonrisa aún se mantenía en su rostro como un reflejo de orgullo y desafío, en sus ojos se delataba el peso del cansancio. Sigurd, en contraste, respiraba profundo, con el pecho descubierto subiendo y bajando como el de una bestia que apenas comenzaba a calentarse. Su piel estaba marcada por los constantes ataques de Julie, pequeñas heridas y magulladuras que resaltaban en la superficie, pero en lugar de doblegarlo parecían darle un aire más fiero, como si aquellos golpes no lo debilitaran, sino que lo recordaran del verdadero poder que dormía dentro de sí. Sigurd lo miraba con un brillo particular en los ojos, no de burla ni desprecio, sino de genuina admiración. Veía en Nezumi a un guerrero capaz de plantarle cara, un hombre que había soportado lo que pocos en el mundo podían soportar. En su mente, aquello era motivo de respeto, una chispa de igualdad en un mundo donde la diferencia de tamaño y fuerza solía bastar para decidir el resultado de un enfrentamiento. Pero Nezumi, pese a saberse objeto de esa mirada, no podía devolverla de la misma manera. En su interior, un escalofrío le recorría la espalda al comprender que había puesto ya sobre la mesa sus mejores técnicas defensivas, su disciplina más refinada, y aun así, lo que percibía frente a él era la calma previa a una tormenta mayor. Sigurd aún no había mostrado todo lo que tenía, y esa certeza pesaba más que cualquier golpe recibido. En ese silencio tenso, el miedo y la admiración se entrelazaban, creando una atmósfera en la que uno se sabía al borde de su límite y el otro, al borde de comenzar de verdad.
El golpe de Julie contra la pierna de Sigurd no fue más que una chispa en medio de una tormenta, pero aquella chispa bastó para desatar en el gigante una reacción peligrosa. El coloso giró sobre sí mismo con la naturalidad de un depredador herido, sus pasos resonando en el suelo como martillazos que hacían temblar las piedras bajo sus pies. Su mirada, antes encendida por la admiración hacia Nezumi, se tornó ahora en un fuego amenazante dirigido hacia la joven pirata. Sus ojos, duros y cargados de una ira latente, parecían clavar cuchillas invisibles sobre Julie, quien en ese instante sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. El mensaje en la expresión de Sigurd era claro: la estaba apartando de lo que para él era un duelo sagrado, un combate que disfrutaba con un respeto casi guerrero, y su intromisión había tocado un nervio sensible. No necesitó hablar mucho más; su cuerpo entero, desde los músculos tensos hasta la rigidez de su mandíbula, transmitía aquella advertencia mortal. Julie, por un momento, retrocedió un paso, dubitativa. El instinto le gritaba que no estaba frente a un adversario común, sino ante una fuerza de la naturaleza, alguien que, si lo deseaba, podía aplastarla en un abrir y cerrar de ojos. El miedo estuvo a punto de paralizarla, pero ese mismo instante se convirtió en su detonante. Con los dedos aferrándose con más fuerza al largo bo que sostenía entre sus manos, levantó el mentón y dejó escapar una voz firme que no tembló a pesar del nudo en su estómago. Declaró con orgullo su nombre y su rango, proclamando ante todos quién era y a quién representaba. -Soy Julie Dontine, vicecapitana de los piratas Kogane no Kiba.- Había aceptado su destino, fuese cual fuese, con el pecho descubierto y la voluntad de una auténtica guerrera. Si debía morir allí, lo haría con honor, sin doblegarse ante el miedo. -Si tengo que morir aquí lo haré orgullosa por mi capitán.- Y esa determinación quedó sellada en su siguiente acción: avanzó con ímpetu aquellos dos metros que los separaban, con las piernas firmes a pesar de la amenaza latente en la figura del gigantón, y con un movimiento decidido lanzó un nuevo y poderoso golpe contra la pierna izquierda de Sigurd, buscando lo mismo que antes: desestabilizarlo, derrumbarlo, y dejarlo expuesto ante Nezumi.
Nezumi, jadeando con el pecho encendido por la fatiga, percibió aquel instante como un regalo del destino. El titán le había dado la espalda, distraído por la impertinencia de Julie, y ese tiempo en el que le hablaba a su nakama era oro para alguien como él. No era un romántico del combate honorable, no veía el duelo como un ritual sagrado donde debía prevalecer la gloria; su mundo estaba marcado por la crudeza del mar, donde los débiles eran devorados y la astucia era la única ley que importaba. Nezumi no jugaba a ser pirata: él lo era, con todo el veneno y la crudeza que implicaba aquel título. Su mente procesó la oportunidad sin dudar y su cuerpo, impulsado por el instinto de supervivencia, se lanzó hacia adelante con la agilidad de un depredador que huele sangre fresca. Su mano derecha, firme como un látigo mortal, levantó la hoja reluciente, y con un giro seco imprimió toda su fuerza en un tajo horizontal, dirigido con precisión quirúrgica a la misma pierna izquierda que Julie había intentado derribar segundos atrás. La sincronía no era casualidad: si ella había buscado desequilibrar, él buscaba rematar esa grieta en la defensa del coloso, quebrar aquello que sostenía su imponente figura y dejar al gigante tambaleando. El acero silbó al cortar el aire, un sonido agudo que resonó en medio del clamor expectante del corro de piratas y cazadores que observaban. Los ojos de Nezumi brillaban con una mezcla de determinación y frialdad. No pensaba en la reacción de Sigurd, ni en la posible represalia de aquel monstruo de siete metros; solo pensaba en el resultado inmediato, en la ventaja táctica que estaba a punto de arrancar con su golpe. El sudor resbalaba por su frente, mezclándose con la sangre seca en sus mejillas, mientras sus músculos tensos lo empujaban con todo lo que le quedaba. En aquel instante, la diferencia entre vivir o morir se reducía a la precisión de ese corte y a la fuerza con la que su hoja pudiera abrir camino en la carne del gigante. Aquello no era un gesto deshonroso para él, sino la esencia misma de lo que significaba sobrevivir como un verdadero pirata.
Los dos hombres se quedaron frente a frente, clavando sus miradas como si cada una fuese un filo más peligroso que las armas que portaban. Nezumi respiraba con dificultad, el sudor cayendo en gotas gruesas por su frente, testimonio del enorme esfuerzo que le suponía contener los embates de aquel coloso. Cada choque con el hacha de Sigurd había sido como detener una avalancha, un acto que desafiaba el sentido común y que desgastaba no solo su cuerpo, sino también su espíritu. Sus brazos ardían, los músculos tensos hasta el límite, y aunque su sonrisa aún se mantenía en su rostro como un reflejo de orgullo y desafío, en sus ojos se delataba el peso del cansancio. Sigurd, en contraste, respiraba profundo, con el pecho descubierto subiendo y bajando como el de una bestia que apenas comenzaba a calentarse. Su piel estaba marcada por los constantes ataques de Julie, pequeñas heridas y magulladuras que resaltaban en la superficie, pero en lugar de doblegarlo parecían darle un aire más fiero, como si aquellos golpes no lo debilitaran, sino que lo recordaran del verdadero poder que dormía dentro de sí. Sigurd lo miraba con un brillo particular en los ojos, no de burla ni desprecio, sino de genuina admiración. Veía en Nezumi a un guerrero capaz de plantarle cara, un hombre que había soportado lo que pocos en el mundo podían soportar. En su mente, aquello era motivo de respeto, una chispa de igualdad en un mundo donde la diferencia de tamaño y fuerza solía bastar para decidir el resultado de un enfrentamiento. Pero Nezumi, pese a saberse objeto de esa mirada, no podía devolverla de la misma manera. En su interior, un escalofrío le recorría la espalda al comprender que había puesto ya sobre la mesa sus mejores técnicas defensivas, su disciplina más refinada, y aun así, lo que percibía frente a él era la calma previa a una tormenta mayor. Sigurd aún no había mostrado todo lo que tenía, y esa certeza pesaba más que cualquier golpe recibido. En ese silencio tenso, el miedo y la admiración se entrelazaban, creando una atmósfera en la que uno se sabía al borde de su límite y el otro, al borde de comenzar de verdad.
El golpe de Julie contra la pierna de Sigurd no fue más que una chispa en medio de una tormenta, pero aquella chispa bastó para desatar en el gigante una reacción peligrosa. El coloso giró sobre sí mismo con la naturalidad de un depredador herido, sus pasos resonando en el suelo como martillazos que hacían temblar las piedras bajo sus pies. Su mirada, antes encendida por la admiración hacia Nezumi, se tornó ahora en un fuego amenazante dirigido hacia la joven pirata. Sus ojos, duros y cargados de una ira latente, parecían clavar cuchillas invisibles sobre Julie, quien en ese instante sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. El mensaje en la expresión de Sigurd era claro: la estaba apartando de lo que para él era un duelo sagrado, un combate que disfrutaba con un respeto casi guerrero, y su intromisión había tocado un nervio sensible. No necesitó hablar mucho más; su cuerpo entero, desde los músculos tensos hasta la rigidez de su mandíbula, transmitía aquella advertencia mortal. Julie, por un momento, retrocedió un paso, dubitativa. El instinto le gritaba que no estaba frente a un adversario común, sino ante una fuerza de la naturaleza, alguien que, si lo deseaba, podía aplastarla en un abrir y cerrar de ojos. El miedo estuvo a punto de paralizarla, pero ese mismo instante se convirtió en su detonante. Con los dedos aferrándose con más fuerza al largo bo que sostenía entre sus manos, levantó el mentón y dejó escapar una voz firme que no tembló a pesar del nudo en su estómago. Declaró con orgullo su nombre y su rango, proclamando ante todos quién era y a quién representaba. -Soy Julie Dontine, vicecapitana de los piratas Kogane no Kiba.- Había aceptado su destino, fuese cual fuese, con el pecho descubierto y la voluntad de una auténtica guerrera. Si debía morir allí, lo haría con honor, sin doblegarse ante el miedo. -Si tengo que morir aquí lo haré orgullosa por mi capitán.- Y esa determinación quedó sellada en su siguiente acción: avanzó con ímpetu aquellos dos metros que los separaban, con las piernas firmes a pesar de la amenaza latente en la figura del gigantón, y con un movimiento decidido lanzó un nuevo y poderoso golpe contra la pierna izquierda de Sigurd, buscando lo mismo que antes: desestabilizarlo, derrumbarlo, y dejarlo expuesto ante Nezumi.
Nezumi, jadeando con el pecho encendido por la fatiga, percibió aquel instante como un regalo del destino. El titán le había dado la espalda, distraído por la impertinencia de Julie, y ese tiempo en el que le hablaba a su nakama era oro para alguien como él. No era un romántico del combate honorable, no veía el duelo como un ritual sagrado donde debía prevalecer la gloria; su mundo estaba marcado por la crudeza del mar, donde los débiles eran devorados y la astucia era la única ley que importaba. Nezumi no jugaba a ser pirata: él lo era, con todo el veneno y la crudeza que implicaba aquel título. Su mente procesó la oportunidad sin dudar y su cuerpo, impulsado por el instinto de supervivencia, se lanzó hacia adelante con la agilidad de un depredador que huele sangre fresca. Su mano derecha, firme como un látigo mortal, levantó la hoja reluciente, y con un giro seco imprimió toda su fuerza en un tajo horizontal, dirigido con precisión quirúrgica a la misma pierna izquierda que Julie había intentado derribar segundos atrás. La sincronía no era casualidad: si ella había buscado desequilibrar, él buscaba rematar esa grieta en la defensa del coloso, quebrar aquello que sostenía su imponente figura y dejar al gigante tambaleando. El acero silbó al cortar el aire, un sonido agudo que resonó en medio del clamor expectante del corro de piratas y cazadores que observaban. Los ojos de Nezumi brillaban con una mezcla de determinación y frialdad. No pensaba en la reacción de Sigurd, ni en la posible represalia de aquel monstruo de siete metros; solo pensaba en el resultado inmediato, en la ventaja táctica que estaba a punto de arrancar con su golpe. El sudor resbalaba por su frente, mezclándose con la sangre seca en sus mejillas, mientras sus músculos tensos lo empujaban con todo lo que le quedaba. En aquel instante, la diferencia entre vivir o morir se reducía a la precisión de ese corte y a la fuerza con la que su hoja pudiera abrir camino en la carne del gigante. Aquello no era un gesto deshonroso para él, sino la esencia misma de lo que significaba sobrevivir como un verdadero pirata.
NEZUMI
Julie Dontine
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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