25-08-2025, 04:11 AM
(Última modificación: 25-08-2025, 04:14 AM por Kenzo D. Fujiwara.)
Julie se agitaba con desesperación, su cuerpo suspendido en el aire por aquella colosal mano que la mantenía atrapada sin esfuerzo alguno. Pataleaba frenéticamente, buscando cualquier ángulo que pudiera permitirle golpear a su captor, mientras sus puños, ensangrentados y debilitados tras haber perdido su arma, golpeaban con fuerza cada vez menor contra la piel curtida de Sigurd. La presión en su cráneo era insoportable, como si el gigante pudiera aplastarla en cualquier momento solo con cerrar un poco más la mano. Sus jadeos se volvían cada vez más desesperados, y en sus ojos se mezclaban el miedo y la incredulidad por la situación en la que había acabado, tan humillante y cruel. Sin embargo, por más que se esforzaba, cada intento por liberarse resultaba inútil; la fuerza del gigantón era abrumadora, un muro de acero imposible de atravesar. Por otro lado, los Kogane no Kiba, que hasta entonces habían luchado con cierta mesura, se encendieron de fervor. La visión de su vicecapitán midiendo fuerzas contra aquel coloso, y la sensación de que el caos estaba a su favor los empujó hacia una violencia aún mayor. De repente, la isla entera pareció sumirse en un frenesí imparable. Las llamas comenzaron a devorar con más avidez las casas de madera, levantando columnas de humo negro que oscurecían el cielo. Los piratas gritaban como bestias enardecidas, sus espadas brillaban con reflejos rojos y naranjas al ritmo del fuego, y los cazadores de recompensas que aún resistían se vieron obligados a retroceder, acorralados entre la furia de aquellos hombres y el avance indomable del incendio. Cada calle se convertía en un campo de batalla improvisado, donde el metal chocaba contra el metal y los cuerpos caían sin cesar. El aire se llenó del olor a carne chamuscada, a sudor y a sangre, envolviendo todo en una atmósfera sofocante. Y de fondo, la bandera de los Kogane no Kiba, ondeando con orgullo.
Las palabras del gigante, aunque retumbaron como un trueno en el aire, se perdieron entre el caos del campo de batalla. Los piratas, cegados por la euforia de la destrucción, estaban demasiado ocupados saqueando, hiriendo y prendiendo fuego a todo cuanto encontraban como para prestar atención a la amenaza que acababa de pronunciar aquel coloso de sombrero ancho. El estrépito de las casas derrumbándose bajo las llamas, los gritos de los aldeanos que corrían buscando refugio y el incesante choque del metal se mezclaban en un torbellino ensordecedor, haciendo que la voz de Sigurd no llegara a todos por igual. Para la mayoría, solo existía el frenesí del saqueo, la gloria efímera de aplastar a los cazadores de recompensas y la promesa de arrancar de la isla hasta el último tesoro. Sin embargo, hubo uno que sí escuchó con claridad. Nezumi, todavía jadeante tras haber enfrentado al gigantón, sintió cómo aquellas palabras se le clavaban en la mente como espinas invisibles. El vicecapitán, tan seguro de sí mismo momentos atrás, empezó a notar un vacío frío en el estómago. No podía engañarse: la magnitud de su enemigo superaba con creces cualquier duelo anterior que hubiera librado. Miró de reojo a su alrededor y, por primera vez en mucho tiempo, la sensación de soledad lo golpeó con crudeza. Sus hombres seguían descontrolados, atacando por puro instinto, sin orden ni disciplina; no vendrían a socorrerlo. Julie, atrapada y luchando inútilmente contra el agarre del coloso, tampoco parecía ser la aliada que pudiera darle un respiro. Y John Stern… sí, su capitán, aquel monstruo despiadado al que seguía sin cuestionar, debía de estar en alguna parte de la isla, masacrando por puro placer, regodeándose en el caos que había provocado. Nezumi intentó aferrarse a esa idea, repitiéndose que Stern llegaría tarde o temprano, como un depredador hambriento que irrumpía para rematar la presa. Pero cuanto más lo pensaba, más crecía en él la incertidumbre de si estaría dispuesto a compartir ese combate o, peor aún, si querría enfrentarse a ese gigante en absoluto. Por primera vez, su mano tembló sobre la empuñadura de sus espadas, y el miedo comenzó a filtrarse en su mirada felina, quebrando la arrogancia que hasta ese momento había sostenido su espíritu.
Nezumi, a pesar de la punzada helada del miedo que recorría su espalda como un escalofrío interminable, no podía permitirse flaquear del todo. Había escuchado las palabras del coloso, y aunque le habían calado más hondo de lo que quería admitir, decidió apostar por la única carta que conocía: la osadía. Si había logrado herirlo una vez, ¿por qué no repetirlo? Sus piernas, tensas como resortes, se impulsaron hacia adelante con pasos firmes, cada uno resonando sobre la tierra como el preludio de una embestida que ansiaba repetir el éxito anterior. Sin embargo, aquel instante de determinación se encontró con la cruda realidad de la diferencia de tamaños y velocidades. El gigantesco brazo de Sigurd descendió con un movimiento implacable, y el filo de su hacha describió un arco mortal cargado de furia contenida. Nezumi alcanzó a ver la trayectoria con claridad, pero sus músculos, aunque rápidos, no fueron lo suficiente como para igualar la brutalidad de esa acometida. El acero cortó la carne en un instante, dibujando en su antebrazo derecho una línea sangrante que ardió como fuego vivo. Apenas tuvo tiempo de reponerse cuando la segunda estocada, igual de despiadada, abrió otro tajo que le obligó a retroceder un par de pasos, tambaleándose. El dolor era agudo, punzante, y sin embargo, el vicecapitán no emitió un quejido. Sus dientes rechinaron al apretarse con fuerza, y sus labios, tensos y ensangrentados, se curvaron en una sonrisa desafiante. No era una mueca de victoria, sino de desafío, de un hombre que, aunque herido, se negaba a mostrar debilidad frente a un monstruo que lo superaba en todo. Entonces, una chispa de ingenio cruzó por su mente. Atacar de frente sería una condena segura, pero había otra salida: manipular la situación. Alzó la voz, firme pero con un matiz astuto, mientras mantenía esa sonrisa ladeada, como si los cortes en su carne no significaran nada. -Oye… eres fuerte, realmente lo eres- Dijo con tono casi admirativo, sin apartar la mirada del gigante. ¿Qué te parece si nos unimos y creamos nuestra leyenda?- No era rendición, tampoco un cumplido sincero. Era una estrategia. Nezumi apostaba a que incluso los monstruos buscaban aliados para engrandecer sus historias, y si lograba sembrar una duda en ese coloso, tal vez la balanza se inclinaría a su favor.
Las palabras del gigante, aunque retumbaron como un trueno en el aire, se perdieron entre el caos del campo de batalla. Los piratas, cegados por la euforia de la destrucción, estaban demasiado ocupados saqueando, hiriendo y prendiendo fuego a todo cuanto encontraban como para prestar atención a la amenaza que acababa de pronunciar aquel coloso de sombrero ancho. El estrépito de las casas derrumbándose bajo las llamas, los gritos de los aldeanos que corrían buscando refugio y el incesante choque del metal se mezclaban en un torbellino ensordecedor, haciendo que la voz de Sigurd no llegara a todos por igual. Para la mayoría, solo existía el frenesí del saqueo, la gloria efímera de aplastar a los cazadores de recompensas y la promesa de arrancar de la isla hasta el último tesoro. Sin embargo, hubo uno que sí escuchó con claridad. Nezumi, todavía jadeante tras haber enfrentado al gigantón, sintió cómo aquellas palabras se le clavaban en la mente como espinas invisibles. El vicecapitán, tan seguro de sí mismo momentos atrás, empezó a notar un vacío frío en el estómago. No podía engañarse: la magnitud de su enemigo superaba con creces cualquier duelo anterior que hubiera librado. Miró de reojo a su alrededor y, por primera vez en mucho tiempo, la sensación de soledad lo golpeó con crudeza. Sus hombres seguían descontrolados, atacando por puro instinto, sin orden ni disciplina; no vendrían a socorrerlo. Julie, atrapada y luchando inútilmente contra el agarre del coloso, tampoco parecía ser la aliada que pudiera darle un respiro. Y John Stern… sí, su capitán, aquel monstruo despiadado al que seguía sin cuestionar, debía de estar en alguna parte de la isla, masacrando por puro placer, regodeándose en el caos que había provocado. Nezumi intentó aferrarse a esa idea, repitiéndose que Stern llegaría tarde o temprano, como un depredador hambriento que irrumpía para rematar la presa. Pero cuanto más lo pensaba, más crecía en él la incertidumbre de si estaría dispuesto a compartir ese combate o, peor aún, si querría enfrentarse a ese gigante en absoluto. Por primera vez, su mano tembló sobre la empuñadura de sus espadas, y el miedo comenzó a filtrarse en su mirada felina, quebrando la arrogancia que hasta ese momento había sostenido su espíritu.
Nezumi, a pesar de la punzada helada del miedo que recorría su espalda como un escalofrío interminable, no podía permitirse flaquear del todo. Había escuchado las palabras del coloso, y aunque le habían calado más hondo de lo que quería admitir, decidió apostar por la única carta que conocía: la osadía. Si había logrado herirlo una vez, ¿por qué no repetirlo? Sus piernas, tensas como resortes, se impulsaron hacia adelante con pasos firmes, cada uno resonando sobre la tierra como el preludio de una embestida que ansiaba repetir el éxito anterior. Sin embargo, aquel instante de determinación se encontró con la cruda realidad de la diferencia de tamaños y velocidades. El gigantesco brazo de Sigurd descendió con un movimiento implacable, y el filo de su hacha describió un arco mortal cargado de furia contenida. Nezumi alcanzó a ver la trayectoria con claridad, pero sus músculos, aunque rápidos, no fueron lo suficiente como para igualar la brutalidad de esa acometida. El acero cortó la carne en un instante, dibujando en su antebrazo derecho una línea sangrante que ardió como fuego vivo. Apenas tuvo tiempo de reponerse cuando la segunda estocada, igual de despiadada, abrió otro tajo que le obligó a retroceder un par de pasos, tambaleándose. El dolor era agudo, punzante, y sin embargo, el vicecapitán no emitió un quejido. Sus dientes rechinaron al apretarse con fuerza, y sus labios, tensos y ensangrentados, se curvaron en una sonrisa desafiante. No era una mueca de victoria, sino de desafío, de un hombre que, aunque herido, se negaba a mostrar debilidad frente a un monstruo que lo superaba en todo. Entonces, una chispa de ingenio cruzó por su mente. Atacar de frente sería una condena segura, pero había otra salida: manipular la situación. Alzó la voz, firme pero con un matiz astuto, mientras mantenía esa sonrisa ladeada, como si los cortes en su carne no significaran nada. -Oye… eres fuerte, realmente lo eres- Dijo con tono casi admirativo, sin apartar la mirada del gigante. ¿Qué te parece si nos unimos y creamos nuestra leyenda?- No era rendición, tampoco un cumplido sincero. Era una estrategia. Nezumi apostaba a que incluso los monstruos buscaban aliados para engrandecer sus historias, y si lograba sembrar una duda en ese coloso, tal vez la balanza se inclinaría a su favor.
NEZUMI
Julie Dontine
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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