03-09-2025, 12:21 PM
En medio del fragor de la batalla, con el aire cargado de humo, gritos y acero chocando, la voz de Nezumi sonó como un recurso desesperado, un último intento de inclinar la balanza de la muerte a su favor. Sus palabras buscaban tejer una alianza imposible, disfrazada bajo la ilusión de grandeza compartida, pero en realidad era un grito ahogado de alguien que sabía lo cerca que estaba del abismo. Frente a él, el coloso de siete metros, torso desnudo y músculos tensos bajo la luz de las llamas que devoraban la isla, permaneció un instante en silencio. Su sombra proyectada era casi monstruosa, deformada por la danza del fuego, y sus facciones permanecían ocultas bajo la visera amplia del sombrero mexicano que apenas se movía con el viento caliente de la devastación. Pero lo que ocurrió después no fue ni la aceptación ni el rechazo explícito que Nezumi esperaba. Sin un gesto, sin una palabra, el gigante giró sobre sus talones con una calma aterradora y comenzó a marcharse, sus pasos pesados sacudiendo el suelo, alejándose del vicecapitán como si este no fuese más que un insecto que había dejado de interesarle. El silencio de Sigurd pesó más que cualquier grito, más que cualquier ataque. Esa indiferencia, brutal y deshumanizante, heló a Nezumi en lo más profundo. El pirata quedó clavado en el sitio, con la boca entreabierta y el ceño arrugado en una mueca de incomprensión. ¿Cómo reaccionar a aquello? Esperaba una respuesta violenta, quizá la muerte inmediata, o incluso un diálogo que lo situara en algún terreno conocido. Pero esa huida… esa negativa a reconocerlo siquiera, era peor que cualquier golpe. Nezumi, que se alimentaba del enfrentamiento, del choque de egos y de la adrenalina, se sintió reducido a la nada, como si hubiera dejado de existir en la mente del gigantón. Y en esa confusión, rodeado por el caos de la batalla, comprendió que su vida había sido perdonada, no por misericordia, sino porque para Sigurd simplemente no merecía la pena acabar con ella.
El coloso, sin mostrar el menor rastro de compasión en su semblante endurecido por la vida en el mar, acomodó a Julie sobre su hombro como si no fuera más que un saco de arroz. El cambio de posición liberó la presión brutal que ejercía su gigantesca mano contra la cabeza de la muchacha, permitiéndole aspirar aire con desesperación. Julie jadeó como si acabara de escapar de las profundidades del océano, sus pulmones ardiendo por la falta de oxígeno. La tos resonó áspera, quebrada, mezclada con lágrimas involuntarias que se formaban en sus ojos por el ahogo recién sufrido. La vergüenza de verse reducida a esa vulnerabilidad la golpeó con fuerza, pero más aún lo hacía el miedo helado que le recorría la espina dorsal al sentir la piel áspera y curtida del hombro del gigante bajo su cuerpo. No tardó en recuperar parte de su espíritu combativo, pues aunque la situación era desesperada, Julie no era alguien que se resignara con facilidad. Entre tosidos, apretó los puños y comenzó a golpear con furia el hombro y la espalda de Sigurd, buscando liberarse. Sus movimientos eran desesperados, pero contra la muralla de carne y músculo que la sostenía, apenas lograba hacer más que el equivalente a un insecto revoloteando sobre un toro de lidia. Cada impacto de sus pequeños puños en la piel del bucanero apenas generaba un eco leve, un cosquilleo intrascendente en comparación con el dolor que todavía ardía en sus manos tras haber perdido su bo. La desesperación dio paso a la ira, y de su garganta brotó un grito cargado de rabia y amenaza, resonando incluso por encima del estruendo del caos que envolvía la isla en llamas. -¡SUÉLTAME, MALDITO BASTARDO! ¡JOHN STERN TE MATARÁ COMPLETAMENTE! ¡SUÉLTAME!- Su voz desgarrada temblaba entre la furia y la impotencia, sabiendo que nombrar a su capitán era tanto un grito de advertencia como de auxilio. Sin embargo, lo que más la consumía era la falta de reacción del gigante: ni sus golpes, ni sus gritos, ni siquiera el nombre de Stern parecían importarle lo más mínimo. Su indiferencia era la condena más cruel, un muro inquebrantable contra el cual se estrellaban sus esfuerzos inútiles.
Sigurd avanzaba como una bestia indomable entre el caos que devoraba el pueblo, sorteando cuerpos, llamas y gritos con una destreza que resultaba sobrecogedora para alguien de semejante tamaño. Cada paso que daba retumbaba en el suelo como un tambor de guerra, obligando a piratas y cazadores a apartarse instintivamente de su camino, sin importar a qué bando pertenecieran. No había en él vacilación ni desvío de propósito: su objetivo estaba claro, y nada ni nadie podía interponerse. Julie, aún a horcajadas en su hombro, forcejeaba en vano, golpeando su espalda con la impotencia propia de un pájaro atrapado, pero para el coloso su resistencia era apenas una molestia imperceptible, como un roce pasajero contra la piel endurecida por años de vida brutal. El muelle de pescadores se desplegó frente a él como un respiro de calma entre el caos, aunque aquella calma era solo aparente: los tablones de madera crujían, algunos ya chamuscados por el fuego que se expandía desde el pueblo, y el aire estaba impregnado con el olor de sal y humo. Sigurd no se detuvo; su mirada, afilada bajo la sombra de su sombrero, recorrió las embarcaciones ancladas. Eran barcos humildes, frágiles en comparación con galeones de guerra o naves piratas, pero eso no le importaba. Lo único que necesitaba era un medio para alejarse, para romper con el cerco de sangre y destrucción que consumía la isla. Con un solo impulso, sus piernas se flexionaron y el gigantón saltó sobre una de las embarcaciones, un pequeño bote pesquero que se sacudió con violencia bajo el peso descomunal que lo aplastaba. Los tablones gimieron como si fueran a partirse en cualquier momento, pero resistieron lo suficiente. Julie gritó con un sobresalto al sentir el salto, como si hubiera quedado suspendida en el aire antes de que la embarcación crujiera bajo ellos. Sin perder tiempo, Sigurd empujó con una fuerza inhumana y el bote se deslizó hacia el mar abierto, alejándose del muelle con sorprendente rapidez. La espuma blanca se alzó a su alrededor, y en pocos segundos el caos del pueblo comenzó a quedar atrás, reduciéndose a un eco distante de llamas, gritos y acero, mientras el titán y su cautiva desaparecían rumbo a lo desconocido.
Nezumi observaba con el ceño fruncido cómo la enorme silueta de Sigurd desaparecía en dirección al muelle, llevando consigo a Julie como si no pesara más que una muñeca de trapo. Su orgullo se sentía herido, pero más aún lo corroía la certeza de que, en aquel enfrentamiento, había quedado reducido a un mero espectador incapaz de detener a semejante coloso. Con un gesto brusco de la mano ordenó a los suyos la retirada, y los soldados obedecieron sin discutir. La fatiga se notaba en cada rostro, en cada respiración entrecortada y en las manchas de sangre que teñían la tierra. El caos del combate comenzaba a disiparse, aunque no por completo: los gritos, el crepitar de las llamas y el choque esporádico de las armas aún se hacían escuchar como ecos de una batalla que se negaba a morir del todo. Sin embargo, el repliegue ordenado permitió que el peso de la ofensiva pirata comenzara a menguar. Por un instante, todo indicaba que la isla caería bajo las fauces de los Kogane no Kiba, que la marea pirata se impondría con su fuerza desmedida. Pero las defensas locales, organizadas bajo la férrea disciplina de Magnus y con la mirada siempre atenta del astuto Alex D’Artane, se mantuvieron firmes como un muro en medio del vendaval. Allí donde un grupo de bandidos prendía fuego, aparecía un contingente dispuesto a sofocar o contraatacar; allí donde la violencia parecía arrasar con todo, surgía la voz de un líder que mantenía viva la moral. Fue un pulso sangriento, pero al final los defensores lograron resistir lo suficiente para frenar el ímpetu de los invasores. No obstante, la noticia del secuestro no tardó en propagarse como pólvora encendida. John Stern, el capitán de los Kogane no Kiba, ya estaba al tanto de lo ocurrido. Para él, no era solo una ofensa: era una afrenta directa a su orgullo y a su autoridad. Que alguien, un bárbaro descomunal sin nombre ni estandarte, se hubiera atrevido a arrebatarle a una de sus vicecapitanes era algo que no toleraría. Su carácter, temido incluso por los suyos, auguraba una respuesta brutal. Y mientras los piratas se retiraban y los defensores respiraban con alivio, en el horizonte se gestaba la certeza de una persecución implacable, una cacería que teñiría de sangre el mar.
El coloso, sin mostrar el menor rastro de compasión en su semblante endurecido por la vida en el mar, acomodó a Julie sobre su hombro como si no fuera más que un saco de arroz. El cambio de posición liberó la presión brutal que ejercía su gigantesca mano contra la cabeza de la muchacha, permitiéndole aspirar aire con desesperación. Julie jadeó como si acabara de escapar de las profundidades del océano, sus pulmones ardiendo por la falta de oxígeno. La tos resonó áspera, quebrada, mezclada con lágrimas involuntarias que se formaban en sus ojos por el ahogo recién sufrido. La vergüenza de verse reducida a esa vulnerabilidad la golpeó con fuerza, pero más aún lo hacía el miedo helado que le recorría la espina dorsal al sentir la piel áspera y curtida del hombro del gigante bajo su cuerpo. No tardó en recuperar parte de su espíritu combativo, pues aunque la situación era desesperada, Julie no era alguien que se resignara con facilidad. Entre tosidos, apretó los puños y comenzó a golpear con furia el hombro y la espalda de Sigurd, buscando liberarse. Sus movimientos eran desesperados, pero contra la muralla de carne y músculo que la sostenía, apenas lograba hacer más que el equivalente a un insecto revoloteando sobre un toro de lidia. Cada impacto de sus pequeños puños en la piel del bucanero apenas generaba un eco leve, un cosquilleo intrascendente en comparación con el dolor que todavía ardía en sus manos tras haber perdido su bo. La desesperación dio paso a la ira, y de su garganta brotó un grito cargado de rabia y amenaza, resonando incluso por encima del estruendo del caos que envolvía la isla en llamas. -¡SUÉLTAME, MALDITO BASTARDO! ¡JOHN STERN TE MATARÁ COMPLETAMENTE! ¡SUÉLTAME!- Su voz desgarrada temblaba entre la furia y la impotencia, sabiendo que nombrar a su capitán era tanto un grito de advertencia como de auxilio. Sin embargo, lo que más la consumía era la falta de reacción del gigante: ni sus golpes, ni sus gritos, ni siquiera el nombre de Stern parecían importarle lo más mínimo. Su indiferencia era la condena más cruel, un muro inquebrantable contra el cual se estrellaban sus esfuerzos inútiles.
Sigurd avanzaba como una bestia indomable entre el caos que devoraba el pueblo, sorteando cuerpos, llamas y gritos con una destreza que resultaba sobrecogedora para alguien de semejante tamaño. Cada paso que daba retumbaba en el suelo como un tambor de guerra, obligando a piratas y cazadores a apartarse instintivamente de su camino, sin importar a qué bando pertenecieran. No había en él vacilación ni desvío de propósito: su objetivo estaba claro, y nada ni nadie podía interponerse. Julie, aún a horcajadas en su hombro, forcejeaba en vano, golpeando su espalda con la impotencia propia de un pájaro atrapado, pero para el coloso su resistencia era apenas una molestia imperceptible, como un roce pasajero contra la piel endurecida por años de vida brutal. El muelle de pescadores se desplegó frente a él como un respiro de calma entre el caos, aunque aquella calma era solo aparente: los tablones de madera crujían, algunos ya chamuscados por el fuego que se expandía desde el pueblo, y el aire estaba impregnado con el olor de sal y humo. Sigurd no se detuvo; su mirada, afilada bajo la sombra de su sombrero, recorrió las embarcaciones ancladas. Eran barcos humildes, frágiles en comparación con galeones de guerra o naves piratas, pero eso no le importaba. Lo único que necesitaba era un medio para alejarse, para romper con el cerco de sangre y destrucción que consumía la isla. Con un solo impulso, sus piernas se flexionaron y el gigantón saltó sobre una de las embarcaciones, un pequeño bote pesquero que se sacudió con violencia bajo el peso descomunal que lo aplastaba. Los tablones gimieron como si fueran a partirse en cualquier momento, pero resistieron lo suficiente. Julie gritó con un sobresalto al sentir el salto, como si hubiera quedado suspendida en el aire antes de que la embarcación crujiera bajo ellos. Sin perder tiempo, Sigurd empujó con una fuerza inhumana y el bote se deslizó hacia el mar abierto, alejándose del muelle con sorprendente rapidez. La espuma blanca se alzó a su alrededor, y en pocos segundos el caos del pueblo comenzó a quedar atrás, reduciéndose a un eco distante de llamas, gritos y acero, mientras el titán y su cautiva desaparecían rumbo a lo desconocido.
Nezumi observaba con el ceño fruncido cómo la enorme silueta de Sigurd desaparecía en dirección al muelle, llevando consigo a Julie como si no pesara más que una muñeca de trapo. Su orgullo se sentía herido, pero más aún lo corroía la certeza de que, en aquel enfrentamiento, había quedado reducido a un mero espectador incapaz de detener a semejante coloso. Con un gesto brusco de la mano ordenó a los suyos la retirada, y los soldados obedecieron sin discutir. La fatiga se notaba en cada rostro, en cada respiración entrecortada y en las manchas de sangre que teñían la tierra. El caos del combate comenzaba a disiparse, aunque no por completo: los gritos, el crepitar de las llamas y el choque esporádico de las armas aún se hacían escuchar como ecos de una batalla que se negaba a morir del todo. Sin embargo, el repliegue ordenado permitió que el peso de la ofensiva pirata comenzara a menguar. Por un instante, todo indicaba que la isla caería bajo las fauces de los Kogane no Kiba, que la marea pirata se impondría con su fuerza desmedida. Pero las defensas locales, organizadas bajo la férrea disciplina de Magnus y con la mirada siempre atenta del astuto Alex D’Artane, se mantuvieron firmes como un muro en medio del vendaval. Allí donde un grupo de bandidos prendía fuego, aparecía un contingente dispuesto a sofocar o contraatacar; allí donde la violencia parecía arrasar con todo, surgía la voz de un líder que mantenía viva la moral. Fue un pulso sangriento, pero al final los defensores lograron resistir lo suficiente para frenar el ímpetu de los invasores. No obstante, la noticia del secuestro no tardó en propagarse como pólvora encendida. John Stern, el capitán de los Kogane no Kiba, ya estaba al tanto de lo ocurrido. Para él, no era solo una ofensa: era una afrenta directa a su orgullo y a su autoridad. Que alguien, un bárbaro descomunal sin nombre ni estandarte, se hubiera atrevido a arrebatarle a una de sus vicecapitanes era algo que no toleraría. Su carácter, temido incluso por los suyos, auguraba una respuesta brutal. Y mientras los piratas se retiraban y los defensores respiraban con alivio, en el horizonte se gestaba la certeza de una persecución implacable, una cacería que teñiría de sangre el mar.
NEZUMI
Julie Dontine
INFO
ACLARACIONES
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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