10-02-2026, 09:41 AM
Tras la exploración inicial y el ataque sorpresa de las avispas, Stroud se detuvo frente al lago con un gesto que no necesitó palabras para imponerse, y su atención se centró en la superficie quieta del agua como si allí se escondiera la pieza más peligrosa del rompecabezas. No era solo cautela; era una lectura instintiva de un lugar que parecía demasiado tranquilo incluso para los estándares de Little Garden. Indicó con su postura que aquel espejo turbio era lo que más le preocupaba, y luego buscó la reacción de sus compañeros, empezando por Bertram, cuya experiencia con presas y terrenos traicioneros solía ofrecer un ángulo práctico y directo. El arquero examinó las manchas violáceas que habían visto en los cuerpos del camino y dejó claro, con la seriedad que lo caracterizaba, que aquello no coincidía con nada que hubiera encontrado antes en animales abatidos o muertos por causas naturales, y que la explicación más razonable apuntaba a algún tipo de enfermedad o veneno que se estaba extendiendo de manera silenciosa. Esa observación añadió un peso nuevo al ambiente, como si el aire se hubiera vuelto un poco más espeso. Kibai, fiel a su manera de confirmar las cosas con acciones más que con suposiciones, rompió una ramita cercana y la introdujo con cuidado en el agua del lago, observando cómo las pequeñas ondas se abrían paso hasta morir en la orilla, para luego oler las gotas que quedaban adheridas a la madera, buscando pistas en aquello que no siempre se ve pero sí se percibe. Su gesto fue metódico, casi ritual, una forma de escuchar al entorno con sentidos distintos a los habituales. Moja, por su parte, permaneció en silencio, atento a cada palabra y a cada movimiento, procesando la información con esa calma que lo volvía tan difícil de leer, pero no menos implicado en la decisión que se avecinaba.
Antes de continuar con la marcha, Stroud decidió tomar una precaución que, aunque sencilla, podía marcar una diferencia importante en un entorno donde incluso los detalles más pequeños se convertían en amenazas persistentes. Sacó su cantimplora y un pequeño paquete de tabaco, y con movimientos prácticos mezcló ambos hasta formar una pasta oscura y de olor intenso, previamente machacada con paciencia hasta lograr esa consistencia espesa y uniforme. No era un gesto improvisado, sino una costumbre aprendida en campañas anteriores, cuando los insectos habían demostrado ser tan peligrosos como cualquier enemigo visible. Se restregó aquella mezcla por el cuello y la frente, soportando el aroma fuerte sin inmutarse, y después la ofreció al resto del grupo con la misma naturalidad con la que se reparte una herramienta necesaria. Kibai aceptó, aunque su expresión dejó claro que el olor le resultaba especialmente desagradable, y aun así cumplió con el ritual sin quejarse, consciente de que la incomodidad momentánea era un precio pequeño comparado con las picaduras que podían evitarse. Bertram también aplicó el ungüento con cuidado, y mientras lo hacía recordó una vieja costumbre de su familia, mencionando cómo su abuelo solía preparar pequeñas bolsas con plantas aromáticas para mantener alejados a los insectos, una solución más amable al olfato pero nacida de la misma necesidad de convivir con entornos hostiles. Ese recuerdo no trajo nostalgia ligera, sino una confirmación silenciosa de que, en distintos lugares y tiempos, la gente siempre había tenido que inventar defensas contra lo que la naturaleza lanzaba sin aviso. Moja, fiel a su estilo reservado, aceptó la pasta y se la aplicó sin mostrar reacción alguna, como si el olor fuerte fuera solo otro detalle irrelevante dentro de un conjunto de riesgos mayores. Cuando terminaron, el aire alrededor del grupo quedó impregnado de esa mezcla áspera y terrosa, un perfume poco heroico pero eficaz, y durante unos instantes el lago y la selva parecieron observarlos con la misma indiferencia antigua. Con esa precaución añadida, la División 60 se sintió un poco mejor preparada para seguir adelante.
Una vez que terminaron con los preparativos, Stroud tomó el control de la situación con la calma firme de quien entiende que cada decisión en terreno incierto es una apuesta contra lo invisible. Indicó que continuarían por aquel nuevo camino separándose en dos grupos que avanzarían en paralelo, manteniendo una distancia prudente que no superaría los diez metros, suficiente para cubrir más terreno sin perder la posibilidad de apoyarse si algo salía mal. A la derecha quedarían él y Moja, formando una pareja sobria y disciplinada, mientras que por la izquierda avanzarían Bertram y Kibai, combinando la mirada atenta del arquero con los sentidos agudos del mink leopardo. Kibai, consciente de la necesidad de mantener la coordinación en un entorno tan cargado de obstáculos visuales y sonidos engañosos, sacó de la palma de su mano otra cantidad de avispas, dejando que se dispersaran con un patrón que solo él parecía comprender, creando así una red viva que serviría para transmitir información y alertas entre ambos flancos. Aquello añadía una capa extra de tensión al avance, porque cada zumbido lejano podía ser tanto una señal aliada como un simple eco de la selva. Moja, siempre atento al deber más que a las palabras, hizo saber a Stroud que cubriría la retaguardia, manteniéndose a unos dos metros de distancia, con los sentidos alerta ante cualquier crujido sospechoso o cambio en el ritmo del entorno. Ese pequeño espacio entre ambos no era un descuido, sino una elección calculada para reaccionar con rapidez si algo intentaba sorprenderlos desde atrás. El camino, aunque más marcado que el anterior, seguía mostrando señales inquietantes: raíces gruesas como serpientes dormidas, troncos caídos cubiertos de hongos de colores antinaturales y el lejano murmullo del lago filtrándose entre los árboles como un recordatorio constante de que no estaban solos. Cada paso era medido, cada respiración contenida, y aunque avanzaban en silencio, la coordinación entre los cuatro era tan tangible como la humedad en el aire, una coreografía tensa que prometía tanto descubrimientos como peligros aún ocultos.
Tras avanzar por aquel sendero cada vez más definido, la presencia humana empezó a hacerse innegable de una forma casi inquietante. Primero fueron las huellas, superpuestas unas a otras, algunas profundas y torpes, otras más ligeras y desordenadas, como si quienes las dejaron hubieran corrido sin un rumbo claro. Luego aparecieron los papeles esparcidos por el suelo, humedecidos por la bruma del lago y manchados de barro, con bordes rotos y letras casi borradas que sugerían informes, mapas o simples anotaciones arrancadas con prisa. Entre la maleza surgían fragmentos de cristal que reflejaban la luz de forma irregular, como pequeños ojos rotos, y restos de barriles abiertos o reventados, algunos aún con un olor metálico y agrio que se mezclaba con el de la vegetación. A medida que se acercaban, el silencio se volvía más pesado, como si incluso los insectos gigantes hubieran decidido guardar distancia. Frente a ellos se alzaba lo que quedaba del campamento de la División 86, o más bien su esqueleto destrozado.
Las tiendas estaban rasgadas en múltiples direcciones, con lonas colgando como piel arrancada, y los instrumentos modernos que alguna vez debieron servir para medir, comunicar o analizar yacían hechos pedazos, con engranajes torcidos, placas de metal dobladas y cables colgando como nervios expuestos. En varios troncos cercanos podían verse marcas profundas de garras, surcos irregulares que no parecían obra de herramientas, y en el suelo había rastros de sangre seca que formaban líneas confusas, como si alguien hubiera sido arrastrado o hubiera intentado huir. Algunos cofres estaban volcados, sus contenidos desparramados y pisoteados, y había zonas donde la tierra parecía removida por una lucha desesperada. El aire mismo parecía cargado de un eco de violencia reciente, y aunque no se escuchaba nada, la escena transmitía la sensación de que aquello no había sido un simple ataque rápido, sino una destrucción metódica y cruel. Cada detalle reforzaba la idea de que la División 86 no solo había sido derrotada, sino borrada con una furia que aún parecía latir entre los restos del campamento.
Antes de continuar con la marcha, Stroud decidió tomar una precaución que, aunque sencilla, podía marcar una diferencia importante en un entorno donde incluso los detalles más pequeños se convertían en amenazas persistentes. Sacó su cantimplora y un pequeño paquete de tabaco, y con movimientos prácticos mezcló ambos hasta formar una pasta oscura y de olor intenso, previamente machacada con paciencia hasta lograr esa consistencia espesa y uniforme. No era un gesto improvisado, sino una costumbre aprendida en campañas anteriores, cuando los insectos habían demostrado ser tan peligrosos como cualquier enemigo visible. Se restregó aquella mezcla por el cuello y la frente, soportando el aroma fuerte sin inmutarse, y después la ofreció al resto del grupo con la misma naturalidad con la que se reparte una herramienta necesaria. Kibai aceptó, aunque su expresión dejó claro que el olor le resultaba especialmente desagradable, y aun así cumplió con el ritual sin quejarse, consciente de que la incomodidad momentánea era un precio pequeño comparado con las picaduras que podían evitarse. Bertram también aplicó el ungüento con cuidado, y mientras lo hacía recordó una vieja costumbre de su familia, mencionando cómo su abuelo solía preparar pequeñas bolsas con plantas aromáticas para mantener alejados a los insectos, una solución más amable al olfato pero nacida de la misma necesidad de convivir con entornos hostiles. Ese recuerdo no trajo nostalgia ligera, sino una confirmación silenciosa de que, en distintos lugares y tiempos, la gente siempre había tenido que inventar defensas contra lo que la naturaleza lanzaba sin aviso. Moja, fiel a su estilo reservado, aceptó la pasta y se la aplicó sin mostrar reacción alguna, como si el olor fuerte fuera solo otro detalle irrelevante dentro de un conjunto de riesgos mayores. Cuando terminaron, el aire alrededor del grupo quedó impregnado de esa mezcla áspera y terrosa, un perfume poco heroico pero eficaz, y durante unos instantes el lago y la selva parecieron observarlos con la misma indiferencia antigua. Con esa precaución añadida, la División 60 se sintió un poco mejor preparada para seguir adelante.
Una vez que terminaron con los preparativos, Stroud tomó el control de la situación con la calma firme de quien entiende que cada decisión en terreno incierto es una apuesta contra lo invisible. Indicó que continuarían por aquel nuevo camino separándose en dos grupos que avanzarían en paralelo, manteniendo una distancia prudente que no superaría los diez metros, suficiente para cubrir más terreno sin perder la posibilidad de apoyarse si algo salía mal. A la derecha quedarían él y Moja, formando una pareja sobria y disciplinada, mientras que por la izquierda avanzarían Bertram y Kibai, combinando la mirada atenta del arquero con los sentidos agudos del mink leopardo. Kibai, consciente de la necesidad de mantener la coordinación en un entorno tan cargado de obstáculos visuales y sonidos engañosos, sacó de la palma de su mano otra cantidad de avispas, dejando que se dispersaran con un patrón que solo él parecía comprender, creando así una red viva que serviría para transmitir información y alertas entre ambos flancos. Aquello añadía una capa extra de tensión al avance, porque cada zumbido lejano podía ser tanto una señal aliada como un simple eco de la selva. Moja, siempre atento al deber más que a las palabras, hizo saber a Stroud que cubriría la retaguardia, manteniéndose a unos dos metros de distancia, con los sentidos alerta ante cualquier crujido sospechoso o cambio en el ritmo del entorno. Ese pequeño espacio entre ambos no era un descuido, sino una elección calculada para reaccionar con rapidez si algo intentaba sorprenderlos desde atrás. El camino, aunque más marcado que el anterior, seguía mostrando señales inquietantes: raíces gruesas como serpientes dormidas, troncos caídos cubiertos de hongos de colores antinaturales y el lejano murmullo del lago filtrándose entre los árboles como un recordatorio constante de que no estaban solos. Cada paso era medido, cada respiración contenida, y aunque avanzaban en silencio, la coordinación entre los cuatro era tan tangible como la humedad en el aire, una coreografía tensa que prometía tanto descubrimientos como peligros aún ocultos.
Tras avanzar por aquel sendero cada vez más definido, la presencia humana empezó a hacerse innegable de una forma casi inquietante. Primero fueron las huellas, superpuestas unas a otras, algunas profundas y torpes, otras más ligeras y desordenadas, como si quienes las dejaron hubieran corrido sin un rumbo claro. Luego aparecieron los papeles esparcidos por el suelo, humedecidos por la bruma del lago y manchados de barro, con bordes rotos y letras casi borradas que sugerían informes, mapas o simples anotaciones arrancadas con prisa. Entre la maleza surgían fragmentos de cristal que reflejaban la luz de forma irregular, como pequeños ojos rotos, y restos de barriles abiertos o reventados, algunos aún con un olor metálico y agrio que se mezclaba con el de la vegetación. A medida que se acercaban, el silencio se volvía más pesado, como si incluso los insectos gigantes hubieran decidido guardar distancia. Frente a ellos se alzaba lo que quedaba del campamento de la División 86, o más bien su esqueleto destrozado.
Campamento de la División 86
Las tiendas estaban rasgadas en múltiples direcciones, con lonas colgando como piel arrancada, y los instrumentos modernos que alguna vez debieron servir para medir, comunicar o analizar yacían hechos pedazos, con engranajes torcidos, placas de metal dobladas y cables colgando como nervios expuestos. En varios troncos cercanos podían verse marcas profundas de garras, surcos irregulares que no parecían obra de herramientas, y en el suelo había rastros de sangre seca que formaban líneas confusas, como si alguien hubiera sido arrastrado o hubiera intentado huir. Algunos cofres estaban volcados, sus contenidos desparramados y pisoteados, y había zonas donde la tierra parecía removida por una lucha desesperada. El aire mismo parecía cargado de un eco de violencia reciente, y aunque no se escuchaba nada, la escena transmitía la sensación de que aquello no había sido un simple ataque rápido, sino una destrucción metódica y cruel. Cada detalle reforzaba la idea de que la División 86 no solo había sido derrotada, sino borrada con una furia que aún parecía latir entre los restos del campamento.
Resumen
Campamento de la División 86
Bélico
Próximo turno
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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