El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto]
#21
Stroud avanzaba al frente con la determinación tensa que lo caracterizaba cuando la incertidumbre se convertía en amenaza palpable, y al cruzar el límite invisible que marcaba la entrada al campamento devastado, elevó la voz con firmeza, anunciando su presencia al aire inmóvil y exigiendo que cualquiera que aún permaneciera oculto se mostrara. Su llamado no fue una súplica, sino una declaración clara de autoridad y control, una forma de romper el silencio opresivo que envolvía las tiendas destrozadas y los restos dispersos. Sin embargo, la selva respondió con la misma quietud inquietante que los había acompañado desde el lago; ni una lona se movió más allá de lo que el viento ligero empujaba, ni una sombra se desprendió de los árboles cercanos. Ese vacío de respuesta pesó más que cualquier grito de auxilio. Tras unos segundos que parecieron prolongarse más de lo natural, Stroud ordenó que comenzaran a investigar en busca de pruebas, su mente ya orientada a reconstruir lo ocurrido a partir de fragmentos y señales. Moja, Kibai y Bertram lo siguieron sin vacilar, cada uno asumiendo un ángulo distinto del campamento como si se tratara de un tablero roto que debía analizarse pieza por pieza. El campamento, en su estado ruinoso, no solo contaba la historia de un ataque, sino la de una advertencia silenciosa, y cada miembro de la División 60 lo comprendía sin necesidad de palabras adicionales.

Stroud se inclinó sobre los cofres rotos que yacían desparramados como costillas abiertas entre la tierra removida, apartando con cuidado astillas y fragmentos de metal doblado antes de introducir las manos enguantadas en su interior. En dos de ellos encontró artefactos destrozados cuya función no logró descifrar; piezas de engranajes minúsculos, placas con inscripciones técnicas y tubos fracturados que aún conservaban un leve olor a aceite quemado. En otro cofre, más protegido por los restos de una lona caída, halló una serie de documentos encuadernados y sellados con marcas que sugerían clasificación estricta. El papel estaba manchado en los bordes, pero las hojas internas permanecían relativamente intactas, lo bastante como para dejar claro que su contenido era sensible y probablemente crucial para entender qué hacía la División 86 en aquel punto exacto de la isla. Mientras tanto, Moja recorría el perímetro con pasos lentos y medidos, examinando la disposición de las huellas superpuestas, las marcas profundas de garras en troncos cercanos y la sangre reseca que formaba patrones irregulares sobre la tierra endurecida; su mirada no era morbosa, sino analítica, reconstruyendo mentalmente trayectorias y momentos de resistencia. Kibai revisaba las mochilas desperdigadas con una mezcla de cautela y disgusto contenido, hasta que en una de ellas encontró un trozo de carne podrida cuyo hedor denso y dulzón indicaba que llevaba allí más tiempo del que sería prudente calcular; la presencia de ese alimento abandonado sugería interrupción abrupta, no retirada planificada. Por su parte, Bertram reunió los cuadernos dispersos, siete en total, analizándolos con dedos cuidadosos. En dos halló descripciones detalladas de la flora local acompañadas de dibujos minuciosos de plantas desconocidas, mientras que los otros cinco contenían informes internos sobre los marines de la división y protocolos operativos, fragmentos de una organización que ahora solo existía en ruinas.

Mientras continuaban revisando cada rincón del campamento devastado en busca de cualquier dato que pudiera arrojar algo de claridad sobre lo ocurrido, Stroud alzó la vista de los documentos clasificados y dejó que su mirada recorriera el perímetro una vez más, como si intentara sentir la presencia de aquello que había reducido la División 86 a un recuerdo sangriento. Con voz firme y tono contenido, advirtió a sus compañeros que, fuera lo que fuese lo que había causado semejante destrozo, no había garantía alguna de que se hubiera marchado definitivamente. Señaló que la posibilidad de un encuentro repentino era real y que debían asumir que el combate podía estallar sin previo aviso, ya fuera desde la espesura de los árboles o desde algún punto ciego entre las estructuras colapsadas. Sus palabras no estaban cargadas de pánico, sino de previsión; era la clase de advertencia que se formula para mantener la mente afilada, no para sembrar miedo. Stroud dejó claro que, si algo ocurría, debían reagruparse de inmediato en formación de combate, sin improvisaciones ni desorden, recordándoles implícitamente que la coordinación era su mayor ventaja frente a un enemigo que ya había demostrado una fuerza brutal y una capacidad de destrucción inquietante. En ese instante, el campamento dejó de ser solo una escena de investigación y se transformó en un posible campo de batalla, donde la línea entre el análisis y la supervivencia podía borrarse en un solo latido.

Y, en efecto, la advertencia de Stroud no tardó en materializarse en forma de amenaza palpable. No habían transcurrido ni dos minutos desde que reforzó la necesidad de mantenerse en alerta cuando el aire se rasgó con varios rugidos que no pertenecían a ninguna criatura común de la isla. Era un sonido agudo en su arranque, casi estridente, pero descendía después en una vibración grave que se sentía más en el pecho que en los oídos, cargado de una intención inequívocamente hostil. Las copas de los árboles se estremecieron con movimientos rápidos y coordinados, y el silencio previo se transformó en una tensión eléctrica que recorrió el campamento en ruinas. Moja fue el primero en distinguir las siluetas que se desplazaban entre los troncos, su atención constante permitiéndole captar el peligro antes de que cerrara el cerco por completo. Lo que emergió de entre la vegetación no fue una sola bestia, sino un grupo numeroso de dinosaurios de tamaño considerable, cada uno de entre dos y tres metros de altura, lo bastante grandes como para imponerse sin esfuerzo sobre un humano desprevenido. Sus cuerpos eran de un rojo oscuro intenso, atravesados por rayas horizontales aún más sombrías que recorrían sus flancos como cicatrices naturales, y sus ojos, pequeños pero brillantes, no mostraban furia descontrolada sino cálculo. Se movían con una coordinación inquietante, distribuyéndose alrededor del campamento destrozado hasta formar un círculo casi perfecto, bloqueando rutas de escape y midiendo distancias con pasos ligeros pero firmes. Sus garras, curvas y afiladas, dejaban marcas nuevas sobre la tierra ya removida, y sus colas se balanceaban con un ritmo contenido, como péndulos que marcaban la cuenta regresiva hacia un posible ataque. No se abalanzaron de inmediato; en cambio, observaron a la División 60 con una atención casi analítica, inclinando levemente las cabezas como si evaluaran resistencia, armas y posiciones.

La manada de dinosaurios


Resumen


Bélico


Próximo turno
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Alas Negras
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - por Kenzo D. Fujiwara - 14-02-2026, 05:13 AM

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