12-05-2026, 03:46 AM
(Última modificación: 12-05-2026, 03:47 AM por Jolyne Jones.)
Gracias al haki de observación, me di cuenta de que el robot que tenía delante no era solo un montón de placas bien puestas. Aquella cosa estaba viva, o al menos en parte. Tenía aura, una muy pequeñita pero era indudable que estaba, justo en el centro de su brillante pecho. Y muy dentro de él, en esa aura se podía sentir un resquicio de lo que era la presencia o el alma de un humano... vamos, que no es que hubiera una persona dentro utilizando un disfraz, ni siquiera un enano moviendo las articulaciones con palos, si no que estaba hablando de que era un cascarón con voluntad propia aunque fuera un pequeño retazo como un manojo de hierba. ¿Que cómo era eso posible? No tenía la menor idea ni de cómo o por qué pasaba, o cómo explicarlo. Esa lógica desafiaba por completo todos mis conocimientos sobre naturaleza y lo agreste, y no eran pocos. Las semillas daban tomates, las vacas daban terneros y Jimba daba disgustos, así era el ciclo de la vida. No conocía que pudiese haber robots de por medio, y menos que pudiese sentir una especie de porción de persona dentro de un robot. Era como si supiera que hay una rodaja de sandía dentro de una caja.
Cuando aquel robot terminó la frase, comenzó a andar hacia mí con calma y decisión, y esa era la grieta que necesitaba para actuar. Así fue que aprovechando que había predicho su trayectoria descendente y había apuntado disimuladamente con mi rifle hacia esa posición, y dado que todavía el cañón de mi rifle estaba apuntando precisamente ahí, a su muslo derecho, cuando comenzó a moverse hacia mí, apreté el gatillo antes de que fuera demasiado tarde. Nada más hacerlo, un impacto del proyectil de mi arma se alojó de inmediato en el muslo derecho de la maquina y, aprovechando el momento y la situación, jugué la mejor carta de mi mano haciendo que una nube negra recorriese mis hombros y las escamas pasasen a recubrir mi torso, sumado a una alteración de mi tamaño y otras modificaciones corporales reptilianas mientras me alejaba de la plataforma tras girar sobre mí misma y tomando una buena bocanada de aire para poder aguantar la respiración. Con esto, mis capacidades de sigilo y ocultación camaleónicas se incrementaban exponencialmente hasta el punto de hacerme prácticamente imperceptible. Prácticamente indetectable. Como el ratón que se esconde del búho en la fría noche de invierno. Y realmente con esa invisibilidad y mi nueva posición, esperaba que así no pudiera detectarme y se marchase al cansarse de esperarme.
Me había mantenido quieta prestando atención a los movimientos e intenciones del robot desde el momento en el que apareció, buscando desesperadamente una grieta por la que colarme en el pajar de madrugada y poder salvar el pellejo, que le tenía aprecio. Tras intentar un acercamiento más amable con él mediante el diálogo y mi arte del engaño, rogué en silencio al espíritu del pato del estanque que, por tercera vez en su vida, me concediera un deseo y aquella chatarra se fiara de mis palabras. Y por suerte para mí, parecía que la petición había dado sus frutos, ya que aquel robot volvió a emitir dos pitidos aceptando mi trato verbalmente. Fue la primera vez que pude respirar tranquila, aunque sabía que la cosa no había hecho más que empezar. ¿O es que acaso un zorro y una gallina podían tener una colaboración pacífica? Ni por todas las cabras del East Blue iba a dejar que ese robot se me acercara o hiciera cualquier movimiento extraño, y menos ahora que había conseguido la ventaja. Sabía de lo que era capaz de hacer y apreciaba tener todas mis extremidades en su sitio... y que siguieran ahí mucho más tiempo. Pobre Tobías.
Cuando aquel robot terminó la frase, comenzó a andar hacia mí con calma y decisión, y esa era la grieta que necesitaba para actuar. Así fue que aprovechando que había predicho su trayectoria descendente y había apuntado disimuladamente con mi rifle hacia esa posición, y dado que todavía el cañón de mi rifle estaba apuntando precisamente ahí, a su muslo derecho, cuando comenzó a moverse hacia mí, apreté el gatillo antes de que fuera demasiado tarde. Nada más hacerlo, un impacto del proyectil de mi arma se alojó de inmediato en el muslo derecho de la maquina y, aprovechando el momento y la situación, jugué la mejor carta de mi mano haciendo que una nube negra recorriese mis hombros y las escamas pasasen a recubrir mi torso, sumado a una alteración de mi tamaño y otras modificaciones corporales reptilianas mientras me alejaba de la plataforma tras girar sobre mí misma y tomando una buena bocanada de aire para poder aguantar la respiración. Con esto, mis capacidades de sigilo y ocultación camaleónicas se incrementaban exponencialmente hasta el punto de hacerme prácticamente imperceptible. Prácticamente indetectable. Como el ratón que se esconde del búho en la fría noche de invierno. Y realmente con esa invisibilidad y mi nueva posición, esperaba que así no pudiera detectarme y se marchase al cansarse de esperarme.
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