[Entrenamiento] Heavy is the Crown
#2
Capítulo 6: Como hojas movidas por el viento
 
 
El día de inicio del último entrenamiento coincidió con una tempestad implacable sobre Sabaody, similar a la que viví el primer día que llegué. El retumbar de los truenos hacía vibrar los cimientos del hangar abandonado en el Groove 24, y las filtraciones de agua salada del manglar comenzaban a inundar el suelo del sótano, creando una fina capa de agua reflectante que duplicaba los destellos dorados de las antorchas que iluminaban las estancias.
  
Hacía cuatro días que Glittera me había mandado a los aposentos a recomponer mi maltrecho cuerpo, pero una verdadera reina no se queda echada en los laureles esperando a que el cuerpo se le entumezca. Pasé esas jornadas en un retiro estricto, aplicando ungüentos aromáticos en los gemelos para bajar la inflamación y batidos détox, pero sin dejar jamás que la musculatura se enfriara por completo. Cada mañana, mientras el temporal azotaba las planchas de hierro del techo, me dedicaba a estirar los músculos en la penumbra de mi camarote, manteniendo la espalda recta, ensayando la mirada de reojo y puliendo la pisada sobre los tacones para que el cuerpo no olvidase el rigor del relevé. La resistencia se trabaja en silencio, y yo no iba a regresar a los escenarios con las carnes flojas ni la actitud oxidada.
 
El agua del manglar se colaba ya por las uniones de las raíces, transformando el fango del suelo en un espejo líquido y traicionero que me obligaba a andar con una elegancia milimétrica, a menos que quisiera arruinarme el dobladillo de del vestido. No obstante mi mente, turbada por todo el tiempo que había convivido con aquella excesiva cantidad de humedad, mugre y desorden, comenzaba a ver la belleza refugiada en aquel recóndito lugar, hogar de una okama poderosa y orgullosa.
  
—Creo que me está asalvajando este entrenamiento —reflexioné mientras me deslizaba por los pasillos del astillero hasta alcanzar por fin la zona de entrenamiento, lugar al que había sido convocado.
  
Glittera me esperaba en el centro de aquel estanque improvisado, imperturbable bajo la tormenta. Llevaba una peluca perfectamente esculpida que desafiaba la humedad del ambiente (y de paso, la gravedad en sí misma) y unos abanicos de seda morada sujetos a las muñecas por sendos cordones de terciopelo rojo. Su maquillaje de ojos, un ahumado denso con destellos de purpurina plateada, atrapaba la luz de los relámpagos que se colaban por las grietas del techo.
  
—Vaya, la desaparecida ha decidido honrarnos con su presencia —soltó la maestra, abriendo uno de sus abanicos con un golpe seco que resonó por todo el hangar—. Me alegra ver que esos días de aislamiento no te han ablandado el porte, Aspros. Porque hoy no venimos a repasar los pasos básicos ni a corregir la postura del cuello. El escenario está inundado, el cielo se está cayendo y es el momento de ver si tienes la fuerza necesaria para sostener el clímax de este espectáculo. La tercera técnica avanzada es el Keri pointe.
  
La maestra se elevó en un relevé majestuoso en mitad del sótano inundado. El agua de la tormenta, que ya cubría por completo nuestros empeines formando un espejo oscuro, apenas se onduló bajo la presión de sus botas. Su rostro, de mandíbula marcada y pómulos esculpidos, adquirió una seriedad inusual que contrastaba con el brillo de la purpurina plateada de sus ojos. Con una lentitud dramática y perfecta, extendió su pierna derecha hacia el frente en una línea horizontal exacta, apuntando con la punta de su tacón hacia una columna maciza de hierro naval que servía de contrapeso estructural en el hangar.
  
—El Keri pointe —explicó, modulando su voz para que se impusiera al rugido de los truenos exteriores— es la concentración absoluta de toda tu masa en la menor superficie posible. No es una patada de impacto común para quebrar costillas; es un estilete diseñado para perforar defensas. Reúnes la inercia del giro, la velocidad de tu zancada y todo el peso de tu orgullo en el espacio de una moneda. Si tu alineación es recta, puedes atravesar el blindaje de un acorazado de la Marina o quebrar la guardia más firme. Pero si tu tobillo se desvía un solo grado, la resistencia devolverá la fuerza del golpe y destrozará tus propios huesos.
  
Bajó la pierna con un movimiento limpio, haciendo que las pulseras doradas de sus muñecas tintinearan contra sus abanicos de seda morada. Sus ojos azul verdoso se clavaron en los míos con una exigencia fría.
  
—Para aprender la precisión de esta punta no usaremos metal inanimado, Aspros, ni te haré patear sacos de arena. Eso es un cliché malo de película barata, y aquí esa palabra está prohibida. En este sótano flotan los restos de madera del Yarukiman que la tormenta ha arrastrado. El agua está llena de hojas secas y pequeños fragmentos de corteza que giran en las corrientes. Tu objetivo es saltar, mantenerte suspendida y, antes de tocar el suelo, atrapar una sola hoja flotante en el aire apretándola firmemente entre las plantas de tus dos pies, juntándolas en un plano perfecto. Si la hoja se rompe, es que has usado demasiada fuerza bruta; si se desliza, es que tus plantas no se han alineado. Solo cuando consigas retener una hoja intacta en mitad del aire comprenderás cómo se juntan los apoyos para el verdadero golpe.
—¿Habrá algún entrenamiento que no esté relacionado con la pestilencia? —me pregunté mientras escuchaba las indicaciones de Glittera—. Lo dudo marichocho.
  
Nos colocamos en los extremos opuestos de la estancia inundada. El ambiente estaba cargado de la electricidad estática del temporal, y el agua fría nos rozaba los tobillos a cada paso. Era una prueba pura de control muscular, flexibilidad y colocación. Respiré hondo, asimilando la geometría que Glittera exigía. Olvidé el frío del agua que empapaba los bajos de mi vestuario y la tensión acumulada en mis gemelos tras los días de marcha vertical. En mi mente solo existía el eje central de mi cuerpo y la simetría de mis extremidades.
  
Glittera arrojó un puñado de hojas secas de manglar hacia la corriente de aire que entraba por las grietas del techo. Las hojas comenzaron a descender describiendo giros erráticos sobre el agua reflectante. Me impulsé hacia delante utilizando los recursos que había adquirido en los entrenamientos anteriores. Mis pasos cortos y rápidos sobre la superficie inundada levantaron una estela de salpicaduras finas. Al llegar bajo la trayectoria de una de las hojas, flexioné las rodillas y salté con fuerza hacia el techo del hangar, elevándome por encima de la línea del agua.
  
En el punto álgido del salto, cuando el cuerpo experimenta ese instante de ingravidez antes de la caída, encogí las piernas hacia el pecho. Con los ojos fijos en el pedazo de corteza que flotaba frente a mí, junté las plantas de mis dos botas en un plano único, buscando el centro exacto del objeto. Las suelas de cuero rígido chocaron entre sí con un impacto seco. El exceso de velocidad y la falta de tacto comprimieron la hoja seca con demasiada violencia; el crujido se escuchó claramente en el sótano y los fragmentos desmenuzados cayeron al agua como polvo marrón. Perdí el equilibrio al descender y mi bota derecha se hundió en el fango del suelo, salpicando mi propio rostro. Extendí mis dedos de forma dramática y empleé la palma de mi mano derecha para apartar parte del lodo de mi cara, que mostraba una expresión de puro asco y espanto.
  
—¡Demasiado tosca! ¡Estás aplastando un insecto, no cerrando una puerta! —gritó Glittera, abriendo uno de sus abanicos con un chasquido rotundo—. Tus piernas deben actuar al unísono, como las dos hojas de una tijera de sastre. Si una llega antes que la otra, el objeto saldrá despedido. Vuelve arriba.
  
El proceso se repitió durante las horas siguientes bajo la luz parpadeante de las antorchas de brea. El cansancio en la parte interna de los muslos comenzó a manifestarse debido al esfuerzo constante de alinear los pies en el aire de manera perfectamente simétrica. Hubo intentos donde la hoja simplemente salía despedida hacia un lado porque mi pie izquierdo empujaba más que el derecho; en otras ocasiones, la falta de velocidad hacía que mis suelas se cerraran cuando la hoja ya había pasado de largo, cayendo de rodillas sobre el suelo inundado.
  
Fue hacia el final de la tarde, cuando el agua del sótano ya nos llegaba casi a media pantorrilla debido a la intensidad de la tempestad, cuando logré dominar la cadencia del movimiento. Vi descender una hoja ancha, humedecida por la resina, que caía con un bamboleo pesado y tristón. Me impulsé desde una de las planchas de hierro que aún quedaban firmes, ganando la altura necesaria. En el aire, bloqueé mi cadera, mantuve el torso erguido con la disciplina de una reina y llevé las dos piernas hacia el frente al mismo tiempo, cerrando las plantas de las botas con una presión firme pero elástica, deteniendo el descenso de la hoja justo en el centro geométrico de mis suelas.
  
Al caer de pie sobre el agua, las plantas seguían unidas, aprisionando la frágil hoja. Separé los pies despacio: la hoja cayó al estanque intacta, sin un solo rasguño en sus nervaduras. Glittera observó el agua, cerró su abanico con un golpe seco contra su palma y me dedicó una mirada de aprobación que rompió la rigidez de su rostro.
  
—Has encontrado el eje, Aspros. Ahora que tus pies saben trabajar juntos, es el momento de aplicar esa simetría contra un objetivo real.
  
La maestra se colocó en el centro de la sala, adoptando una guardia baja y firme. Cruzó sus antebrazos frente a su pecho, apretando sus dientes pintados de borgoña, y fijó sus pies en el suelo embarrado.
  
—Muéstrame de lo que eres capaz.
  
No dudé. Arranqué a correr por el estanque, utilizando la velocidad de esprint del relevé para levantar una cortina de agua a mi paso. Al llegar a la distancia justa, ejecuté un salto seco hacia el frente, proyectando todo mi cuerpo de manera horizontal, paralelo a la superficie líquida. En mitad del aire, junté las plantas de mis dos botas con la misma precisión que había ensayado con las hojas secas, concentrando toda la inercia del avance en el plano liso de mis suelas. El movimiento fue limpio, directo y libre de cualquier adorno innecesario.
  
—¡¡Okama Kenpo: Keri pointe!!
  
El impacto de las dos plantas juntas contra los antebrazos cruzados de la maestra fue un estallido seco que resonó en las paredes de madera del hangar como el disparo de un cañón naval. Una onda de choque circular barrió la superficie del sótano, desplazando el agua acumulada en una ola concéntrica que golpeó los muros y apagó las antorchas de brea, dejándonos en una penumbra iluminada únicamente por los relámpagos que se filtraban por el techo. Sentí la enorme resistencia de los músculos de Glittera a través de mis suelas; la presión física se transmitió por mis tobillos y rodillas, pero la alineación de mis piernas era tan recta y simétrica que mi estructura ósea soportó el golpe sin desviarse un milímetro. La fuerza concentrada de la patada doble no buscaba romper su guardia alta, sino desplazar su centro de gravedad utilizando todo el impulso de mi peso corporal en un solo punto.
  
La tremenda energía remanente del impacto rompió la adherencia de las botas de la maestra contra el suelo embarrado. Glittera se vio obligada a retroceder, patinando sobre el agua del sótano durante varios metros mientras sus suelas levantaban dos surcos de espuma blanca, hasta que logró frenar su avance apoyando una mano en el suelo para estabilizar su silueta. Caí de pie sobre el agua de manera firme, manteniendo los brazos cruzados y la cabeza alta, controlando la fatiga mientras el agua se asentaba a mi alrededor.
  
El sótano quedó en silencio, con el único sonido del agua goteando desde las vigas superiores. Glittera se enderezó despacio, sacudiéndose las gotas de agua de su chaqueta morada con un gesto afectado de sus manos llenas de anillos. Miró las marcas húmedas que mis suelas habían dejado en sus antebrazos, volvió a colocarse uno de los abanicos en la cintura, mientras que se abanicaba elegantemente con el otro, y me dedicó una sonrisa amplia y teatral.
  
—Una línea perfecta, Aspros. Has aprendido a golpear con todo tu peso sin perder la elegancia ni desarmar tu propia estructura. Tus pies ya no solo se mueven rápido; ahora saben dónde y cómo presionar para abrirse paso en cualquier escenario. La función de hoy ha sido un éxito rotundo, cariño —Glittera hizo una pausa dramática, cerrando su abanico con un golpe seco que cortó el aire húmedo del sótano. Su mirada se volvió más seria, despojada de la teatralidad de antes—. Has dominado la base de mi disciplina y has demostrado tener la madera que se necesita para llevar estas técnicas con orgullo. Sin embargo, no te confundas: lo que tienes ahora es la estructura, el esqueleto del movimiento. Te falta un largo camino de perfeccionamiento, semanas y meses de combate real en los mares más peligrosos para que estos pasos salgan de tus músculos de forma tan natural como el pintarse la raya del ojo. El Okama Kenpo no se termina de aprender en un hangar; se pule con los años, con cada herida y con cada victoria.
  
La maestra caminó hacia su mesa de mapas, colocándose de espaldas a mí mientras reajustaba los botes de su tocador con parsimonia.
  
—Por ahora, tu tiempo de castigo conmigo ha terminado. Quédate todo el tiempo que necesites para sanar, recomponer tu vestuario y asimilar todo lo que te he grabado a fuego en las piernas. Este lugar es seguro. Descansa todo lo que quieras antes de dar tu siguiente paso en tu aventura y regresar con tu tripulación. Pero cuando decidas marcharte y cruzar esa puerta hacia el Nuevo Mundo, más te vale que cada zancada tuya haga temblar la pasarela de ese mar. La Nueva Era te está esperando, majestad, y un cisne nunca pasa desapercibido.
 
...
 
Capítulo 7: Sacando la basura
 
 
El sol de Sabaody tardó varios días en quebrar la capa de nubes que opacaba su brillo, pero cuando lo hizo, transformó el Groove 24. El lodo del suelo del astillero comenzó a secarse en costras cuarteadas y las raíces colosales del Yarukiman exhalaron el exceso de humedad en forma de una bruma cálida que olía a sal y resina vegetal. La tempestad había terminado, dando paso a esa luz brillante y tamizada por el follaje alto que caracteriza al archipiélago. Pasé esas jornadas de tregua en un retiro estrictamente dedicado a la reconstrucción de mi porte y elegancia naturales. Tras el castigo físico al que Glittera había sometido mis piernas, los primeros dos días los dediqué a permanecer horizontal en la penumbra, con sendas rodajas de pepino ocultando mis ojos hinchados del cansancio. Me sentaba ahora en un cajón de embalaje exterior, bajo un rayo de sol que se filtraba por las vigas rotas del hangar, aplicando manteca de cacao en los tobillos y repasando las costuras de mis botas de batalla con hilo de pescar encerado.
  
Glittera tampoco se quedaba atrás. Con el buen tiempo, trasladó su tocador improvisado a la entrada del sótano, aprovechando la luz natural para limpiar sus joyas de oro con un paño de gamuza y retocar los cierres de sus corsés morados. El refugio, que durante la tormenta parecía una tumba de hierro, recuperó su aire de camerino de vanguardia. Entre costura y costura, compartíamos tazas de té de hierbas amargas que la maestra preparaba en una pequeña cocina de queroseno, manteniendo una conversación donde el respeto se medía en pullas sutiles y comentarios sobre la falta de estilo de la piratería moderna.
  
—Debo admitir, Aspros, que tus tobillos han resistido mejor de lo que auguraba mi peor pronóstico —comentó Glittera, entornando los ojos mientras pulía un anillo de rubí—. Estaba convencida de que para el tercer día tendrías las pantorrillas tan hinchadas que parecerían dos troncos de Water 7. Hay que ver lo que hace una buena base de maquillaje para disimular la falta de entrenamiento natural.
—El maquillaje hace milagros, querida, deberías saberlo mejor que nadie —respondí sin levantar la vista de mi bota, tensando el hilo con los dientes—. Después de todo, llevas usando esa misma sombra de ojos desde el siglo vacío y todavía confías en que la penumbra de este sótano juegue a tu favor. Mis pantorrillas están perfectas; lo que me sorprende es que tus rodillas no hayan emitido una orden de arresto contra ti tras esa demostración en el árbol. El crujido se escuchó hasta en la base de la Marina.
  
Glittera soltó una carcajada dramática, abriendo su abanico morado para abanicarse con indignación fingida.
  
—¡Qué osadía! Mis articulaciones están tan aceitadas como los cañones de un buque de guerra, reina destronada. Lo tuyo en la pared no era relevé, era el desespero de una gata escalando una cortina porque ha visto un ratón. Menos mal que el tronco del Yarukiman es generoso con sus relieves, porque si llega a ser una superficie lisa, habrías terminado decorando el suelo como un cuadro abstracto de tinta derramada.
—Una gata con corona, por favor —repiqué, esbozando una sonrisa de suficiencia mientras colocaba la bota en el suelo y daba un golpe seco con el tacón para comprobar la firmeza—. Al menos mi coreografía mantiene al público atento. Tú te mueves tanto en ángulos de noventa grados que a veces olvido si estoy entrenando con una maestra del Okama Kenpo o con una escoba. Un poco más de soltura en la cadera no te vendría mal a tu edad.
—A mi edad, cariño, una ya no necesita contonearse para llamar la atención; basta con ponerse de pie y dejar que los diamantes hablen —sentenció Glittera, guiñándome un ojo con malicia antes de volver a su té—. Pero celebro que te quede lengua. Al menos sé que cuando te enfrentes a los salvajes del Nuevo Mundo, si tus piernas fallan, podrás aburrirlos a muerte con tu arrogancia real.
  
Cada mañana, antes de que el calor apretase, caminaba hasta el Groove colindante para conseguir el periódico matutino. Me sentaba en el borde del muelle abandonado, cruzando las piernas con un ángulo estricto, y desdoblaba las páginas crujientes buscando cualquier mención a la bandera de los Alas Negras o a mi capitán. El mar estaba revuelto; las noticias hablaban de movimientos de la Marina en las líneas del Nuevo Mundo y de las escaramuzas habituales de la peor generación, pero sobre nuestra tripulación solo había un silencio espeso. No me preocupaba; conocía la fuerza de nuestro capitán. Estaban moviéndose bajo el radar, esperando el momento oportuno, y mi obligación era estar lista para cuando la señal llegara.
  
A la par, dediqué las tardes a estudiar las rutas marítimas en los viejos mapas de navegación de Glittera. Evalúe las opciones para salir de Sabaody: las líneas de los barcos de suministro que abastecían a los astilleros ilegales o los botes de los cazarrecompensas despistados que solían amarrar en los Grooves periféricos. Estaba perfilando mi partida cuando el destino decidió ponerme una la última prueba. Sucedió al sexto día de calma, justo cuando el sol de la tarde empezaba a teñir la resina de los árboles de un tono cobrizo.
  
Glittera estaba al fondo de la estancia, de espaldas a la entrada, concentrada en el encaje de una de sus enorme enaguas, cuando la pesada puerta de madera del hangar fue empujada hacia dentro con un golpe seco. Cuatro hombres entraron sin pedir permiso, levantando el polvo del suelo con sus botas gastadas. Eran el tipo de macarras habituales de los suburbios de Sabaody: chaquetas de cuero mugrientas, pantalones de lona reforzada y esa mirada de suficiencia ruda de quienes creen que el mundo les debe algo. Dos de ellos llevaban machetes de abordaje colgados del cinto; los otros dos sostenían barras de hierro pesadas, de las que se usan para desguazar barcos. Y ninguno parecía saber lo que era un cepillo de dientes.
  
—Vaya... el soplo era bueno —dijo el que parecía liderar el grupo, un tipo corpulento con una cicatriz que le cruzaba la ceja, clavando los ojos en la mesa de mapas repleta de anillos y abalorios dorados—. Nos dijeron que una okama vieja guardaba un tesoro de mapas y oro en este agujero. Dejad las cosas donde están y quizás os permitamos salir a pie de este Groove.
  
Glittera no se movió de inmediato. Terminó de dar la puntada que estaba ejecutando, dejó la aguja sobre la mesa con una parsimonia insultante y se dio la vuelta despacio, elevando el mentón con una soberbia que llenó la estancia. Sus pendientes de aro dorados emitieron un tintineo limpio.
  
—Cariño, el único crimen que reconozco en esta sala es vuestra combinación de colores —soltó la maestra, recorriendo a los intrusos con una mirada de profundo desprecio—. Entrar en el camerino de una dama con esas botas llenas de barro y esas caras sin afeitar es una ordinariez que no pienso tolerar. Aspros, el público ha venido sin entrada. Es hora de limpiar.
  
El tipo de la cicatriz gruñó, asestando un tajo al aire con su machete mientras ordenaba a sus hombres avanzar. Los dos más cercanos, armados con barras de hierro, arremetieron directamente contra mí, asumiendo que mi silueta estilizada sería un blanco fácil.
  
—¿De verdad vais a abalanzaros en manada contra una pobre chica indefensa, delicada y con los tobillos destrozados? ¡Qué hombres tan rudos! Supongo que vencer a una dama desarmada es lo único que mantiene a flote vuestra frágil masculinidad, marichochos.
  
El primero levantó el metal, lanzando un golpe descendente con la intención de romperme la clavícula. No me moví hasta el último milisegundo, midiendo la inercia de su avance con el ritmo que Glittera me había enseñado. Cuando la barra estuvo a punto de rozar las plumas de mi tocado, clavé el tacón izquierdo en el suelo batido y arqueé la columna hacia atrás con una confianza ciega, ejecutando el salto mortal hacia atrás en el sitio exacto. En mitad de la rotación, suspendida boca abajo en el aire, el rostro del macarra quedó expuesto, congelado en una expresión de sorpresa al ver cómo su golpe impactaba contra la nada. Aprovechando la fuerza centrífuga del giro, encogí la pierna derecha y descargué un latigazo seco con la punta de mi tacón directo a su mandíbula. El Ohikae na fouetté conectó con un impacto limpio; el sonido de sus dientes chocando entre sí resonó en el hangar y la fuerza del golpe lo mandó al suelo de espaldas, desorientado y con los ojos en blanco antes de que yo completase la vuelta y aterrizase sobre mis dos tacones con perfecta estabilidad.
  
—¡Parad por favor, solo soy una chica guapa con pequeños sueños! —dije centrando ahora mi atención en el otro vándalo que me había intentado encarar—. A mi no me gusta pelear…
  
El segundo atacante, al ver a su compañero caer, intentó retroceder para buscar espacio hacia las paredes del hangar, buscando apoyo en la gran raíz del Yarukiman que subía hacia el techo. No le di tiempo a recomponer la guardia. Flexioné las rodillas y utilicé el Chi to ase to namida relevé para ganar velocidad instantánea. En lugar de correr por el suelo, salté directamente hacia la superficie vertical de la raíz, clavando las puntas de mis botas en la corteza rugosa. Subí por la madera a zancadas rápidas y continuas, desafiando la gravedad mediante la pura velocidad del impacto perpendicular. Al alcanzar los cuatro metros de altura, quedé justo por encima de su flanco. Me impulsé con un paso seco hacia el vacío, cayendo sobre él en un descenso limpio. El macarra levantó la barra de hierro para cubrirse, pero la velocidad de mi caída fue mayor; mi tacón derecho golpeó su hombro con la fuerza de un pistón, derribándolo contra las planchas de acero del suelo, donde quedó desarmado y quejoso.
  
Mientras tanto, el líder del grupo y el último de los rufianes habían acorralado a Glittera junto a la mesa de mapas. El tipo de la cicatriz lanzó una estocada horizontal con el machete, buscando el cuello de la maestra. Glittera ni siquiera parpadeó; esquivó el filo con un movimiento sutil de la cabeza, abrió uno de sus abanicos de seda morada con un chasquido rotundo y bloqueó la muñeca del atacante con un impacto seco de sus brazaletes de oro, desestabilizando su postura en un segundo.
El último macarra, un sujeto flaco pero fibroso, vio la oportunidad y se lanzó hacia el costado de Glittera con una navaja desplegada, intentando aprovechar su distracción.
  
—¡Aspros, el cierre de la función! —bramó la maestra sin perder la compostura.
  
Me impulsé desde el suelo con un salto largo y horizontal, cruzando el espacio inundado de luz que separaba las dos zonas del hangar. En mitad del aire, alineé mi cadera con el torso, mantuve los brazos pegados al cuerpo con la rigidez de una monarca y junté las plantas de mis dos botas de batalla en un plano geométrico perfecto, apuntando directo al pecho del agresor flaco antes de que tocara a mi maestra.
  
—¡¡Okama Kenpo: Keri pointe!!
  
El impacto de las dos suelas unidas contra su esternón fue un estallido seco que cortó el aire del refugio. La energía concentrada en ese único milímetro cuadrado no buscaba cortar, sino transmitir toda la potencia de mi peso corporal. El hombre salió despedido de forma horizontal, cruzando seis metros por el aire antes de estrellarse contra la puerta de madera del hangar, rompiendo el tablón central con el impacto y quedando tendido en el exterior del Groove, completamente inconsciente. El silencio regresó al refugio de inmediato, interrumpido solo por los lamentos sordos de los dos primeros que intentaban arrastrarse hacia la salida. Me mantuve firme en el sitio del aterrizaje, cruzando los brazos sobre el pecho y sacudiendo el polvo de mi capa con un sutil movimiento de hombros, manteniendo la barbilla alzada con una sonrisa de absoluta suficiencia.
  
Glittera soltó la muñeca del líder, quien cayó de rodillas sujetándose el brazo fracturado por el bloqueo. La maestra se alisó los pliegues de su vestido morado con una delicadeza extrema, guardó su abanico en la cintura con un golpe preciso y caminó hacia mí en un relevé impecable que hacía vibrar sus pendientes. Se acercó hacia donde yo me encontraba, caminando en un relevé impecable sobre los charcos de agua reflectante, manteniendo un paso firme, grácil y pausado. Se detuvo a escasos centímetros de mi posición, examinando mi postura de arriba abajo con sus grandes ojos azul verdoso. Tras unos instantes de silencio dramático, su sonrisa borgoña se ensanchó, mostrando una hilera de dientes perfectos en un gesto de auténtico orgullo travesti.
  
—Una línea divina, Aspros. Has arrasado sin siquiera despeinarte o estropear tu maquillaje—su voz recuperó ese tono melódico y teatral, cargado de un respeto real—. Has integrado los tres pasos en el ritmo de la batalla con la soltura que exige tu nombre y posición. La técnica está en su sitio, el porte es el adecuado y la actitud es impecable. Has defendido este santuario como se merece.
  
Se dio la vuelta hacia la mesa de mapas, cogiendo uno de los pergaminos náuticos que yo había estado estudiando antes del altercado y extendiéndolo frente a mí con un gesto grandilocuente.
  
—Ya no tienes nada más que aprender en este sótano, cariño. Tu cuerpo está listo y tus pies saben cómo mandar en el mar. Coge esa ruta, busca a tus nakama, haz que el Nuevo Mundo entienda lo que significa el verdadero estilo. La función de aprendizaje ha terminado, majestad. Ahora sal ahí fuera y quédate con todo el escenario.
  
Hizo una breve pausa, mirando de reojo los cuerpos caídos en el suelo embarrado, y arrugó la nariz con una mueca de fastidio antes de volver a clavar sus ojos azul verdoso en los míos.
  
—Pero antes de pasar a los agradecimientos formales y de que te pongas demasiado sentimental, cariño, hazme el favor de sacar la basura de mi santuario. No pienso tolerar que estos cuatro mamarrachos desorganizados me arruinen la estética del vestíbulo ni impregnen el hangar con ese olor a tabaco barato y desesperación. Échalos al canal exterior, con el resto del desguace portuario. A ver si el agua salada les devuelve algo del sentido común que les faltó al entrar aquí.
  
Sonreí de reojo, arrastrando a los intrusos por las solapas de sus chaquetas de cuero mugrientas sin el menor miramiento, arrojándolos fuera del perímetro del Groove 24 como quien sacude el polvo de una alfombra vieja.
 
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Capítulo 8: Bye Glitter
 
 
Al regresar de arrojar a aquellos desdichados al fango exterior, el hangar recuperó una calma tensa. La adrenalina del combate comenzó a disiparse, dejando espacio a un cansancio sordo que entumecía mis articulaciones y mi mente. Miré a Glittera, que ya se había sentado de nuevo frente a su tocador para revisar si la trifulca había movido un solo milímetro de su perfecta peluca.
  
—No ha estado mal, Aspros, no ha estado nada mal —comentó sin mirarme, usando una pinza de plata para recolocarse un aplique brillante—. Pero tienes las costuras del vestido hechas un desastre. Vas a remendar esa indumentaria, vas a dejar que esos tendones recuperen su elasticidad y, solo cuando tu porte vuelva a ser digno de tu nombre, te daré el visto bueno para que te largues a buscar a tu querido capitán.
  
No protesté. El consejo era tan sensato como estricto. Pasé las siguientes jornadas en un retiro absoluto dentro del hangar del Groove 24, permitiendo que el tiempo estabilizara lo que mis músculos habían aprendido a la fuerza. Fueron días de quietud reparadora: por las mañanas desarmaba mis botas para limpiar el cuero de la salitre del manglar, y por las tardes me sentaba a coser los encajes rotos bajo la luz tamizada de las raíces superiores. Compartí con Glittera las últimas raciones de té amargo, manteniendo esa tregua sofisticada donde las pullas servían para afilar el ingenio antes de la gran separación. Estudié los mapas con calma, tracé las corrientes y esperé a que la fatiga me abandonase.
  
Fue al cabo de casi una semana, cuando la luna de Sabaody se mostró plena y el viento del sur comenzó a soplar con la fuerza idónea para la navegación, cuando supe que el momento había llegado. Descendí por última vez al sótano para recoger mis pertenencias. Al regresar a la estancia central, busqué mi baúl de viaje de madera reforzada y herrajes de bronce, que milagrosamente había permanecido a salvo de las inundaciones en su rincón elevado. Lo abrí con un movimiento seco. De su interior extraje mi fiel espejo de mano con marco de plata y un labial de color morado intenso, el último regalo que Margarita me había entregado antes de que nuestras rutas se separaran. Con mano firme, despojada ya del temblor residual del cansancio muscular extremo, redibujé el contorno de mis labios. Me sacudí las solapas del jubón y me coloqué mi sombrero de ala ancha, aportándome de nuevo ese aire de misterio aristocrático.
  
Miré a mi maestra, que ahora se apoyaba contra el borde de su mesa de mapas reordenando sus frascos de perfume con una parsimonia estudiada, y le ejecuté una reverencia de ballet perfecta; un descenso sutil pero cargado de un respeto real que nacía de lo más profundo de mi corazón.
  
—Gracias, Glittera. Gracias a ti me siento más cerca de alcanzar mis objetivos —le dije, dedicándole un guiño cómplice que hizo brillar mi sombra de ojos bajo la luz de la tarde—. El mundo exterior no está preparado para el glamour que los Alas Negras van a desatar en cuanto volvamos a desplegar las velas.
—Oh, por favor, ahórrate los discursos de pasarela, majestad —replicó ella, cerrando su abanico de seda con un golpe seco que resonó en las maderas de la estancia—. Bastante tengo con haber soportado tus quejas de cisne herido durante semanas como para ahora tener que aguantar una escena de melodrama de taberna. Si vas a marcharte, hazlo ya, antes de que se me ocurra cobrarte el alquiler de las vigas que me has astillado con esos aterrizajes tan toscos. Tus nakamas deben estar esperándote en alguna parte de ese mar, y dudo mucho que tengan la paciencia que yo he tenido para enseñarte a caminar como una persona decente.
—No te preocupes, querida. Dejo tus mapas y tu ego intacto, que ya es bastante decir —respondí, cargando el pesado baúl de madera sobre mi hombro derecho con una nueva y soberbia fuerza física que antes no poseía.
  
Caminé hacia la salida del hangar, haciendo resonar mis tacones reforzados por última vez en aquel sótano húmedo. El sonido ya no era el de una fugitiva cargada de dudas y perseguida por la incertidumbre; era el compás firme, rítmico y peligroso de una reina pirata lista para reclamar su destino en los mares más hostiles del mundo. Cuando salimos a la superficie, la noche ya había caído por completo sobre Sabaody, pero era una noche limpia, despojada de las nubes que habían dominado la semana. Los árboles se alzaban como titanes silenciosos bajo el firmamento estrellado, y sus características burbujas de resina flotaban perezosamente hacia el cielo nocturno, reflejando el brillo de la luna como pequeñas perlas flotantes que iluminaban los Grooves residenciales. El aire ya no era frío; traía la calidez salina de las corrientes que subían desde la costa y el susurro constante de la marea rompiendo contra los acantilados de la isla.
  
Glittera decidió acompañarme a través de los caminos de madera que conectaban los Grooves periféricos. No lo hacía de manera discreta; caminaba a mi lado con la espalda erguida, haciendo que sus pesados pendientes de oro y sus pulseras marcasen una cadencia constante en la oscuridad de los muelles abandonados. El baúl pesaba sobre mi hombro, pero mi nueva postura en relevé distribuía la carga con tanta naturalidad que la caminata se sentía como un desfile privado bajo la luz de la luna.
  
Llegamos finalmente a un pequeño embarcadero oculto en las raíces del Groove 27, un sector pesquero donde los barcos de carga solían amarrar fuera del control de los puestos avanzados de la Marina. Allí, mecido por la corriente suave, se encontraba el pequeño velero que había seleccionado para mi partida; una embarcación ligera de un solo mástil, sin insignias claras, ideal para deslizarse entre las patrullas del archipiélago sin levantar sospechas. Dejé el baúl sobre las maderas gastadas del muelle con un golpe sordo y me volví hacia mi instructora. La brisa nocturna agitaba las plumas de su tocado y los flecos de mi capa.
  
—Bueno, Aspros —dijo Glittera, creando una pausa dramática al cruzar los brazos sobre su corsé morado y observando el pequeño navío con una ceja alzada—. El transporte es un poco rústico para los estándares de la realeza, pero supongo que servirá para que no te hundas en el primer cambio de marea. Asegúrate de no estropear la madera de la cubierta con esos tacones nuevos; me ha costado mucho trabajo afilar tu precisión como para que ahora vayas rompiendo tablones por mero descuido.
—Este barco tiene la ventaja de no llamar la atención que, muy a mi pesar, es exactamente lo que necesito en este momento —respondí, acomodándome los guantes con parsimonia—. Y descuida, mis pasos ahora son tan limpios que ni siquiera notarías que he cruzado la cubierta, ni siquiera con esas enormes orejas que tienes.
  
Glittera soltó una breve risa ronca, una nota sofisticada que se perdió en el rumor del oleaje.
  
—Más te vale. Si me entero de la reina de los okama cae ante el enemigo porque se le dobló un tobillo en mitad de una pasarela, cruzaré el Red Line yo misma solo para confiscar tus pintalabios y borrarte el nombre de mi lista de alumnas aventajadas. No entreno a aficionadas, majestad.
—No tendrás esa satisfacción, querida —repiqué, esbozando una sonrisa afilada en la penumbra—. La próxima vez que escuches hablar de mí, será porque el nombre de mi tripulación está sonando con tanta fuerza que hasta tus joyas van a tintinear de la impresión.
  
Subí a bordo del velero de un solo salto limpio, acomodando el baúl de viaje junto al timón con una precisión exacta que no desestabilizó la flotación de la madera. Solté las amarras de cáñamo que ataban la proa al muelle, sintiendo de inmediato cómo la corriente del canal empezaba a empujar el casco hacia las aguas abiertas del archipiélago.
  
Glittera se mantuvo de pie en el extremo del muelle, con su silueta imponente recortada contra las burbujas flotantes que ascendían desde las raíces del manglar. Abrió su abanico de seda morada con un último chasquido rotundo, un sonido seco que pareció marcar el inicio de mi travesía, y me dedicó un sutil saludo con la cabeza, una concesión final de respeto entre dos reinas, un momento de comprensión mutua.
  
—Ve y recupera lo que es tuyo, Aspros —dijo, bajando la voz por primera vez en todo el trayecto, dejando que su tono melódico se mezclara con el viento de la noche—. Enséñale a ese mar que el verdadero estilo no se rinde ante nadie.
  
El velero comenzó a ganar velocidad, alejándose del muelle de madera vieja y adentrándose en la inmensidad oscura del océano exterior. Sabaody y las luces lejanas de sus Grooves comenzaron a reducirse, transformándose en un contorno de sombras y burbujas brillantes que se desvanecían en la distancia de la costa.
  
Me coloqué junto a la caña del timón, fijando la vista en el horizonte marino que se abría ante mí. No había mapas detallados que pudiesen predecir con exactitud lo que encontraría en las siguientes millas, ni importaba el nombre de las islas que se interpusieran en mi camino. El Nuevo Mundo estaba allí, caótico y violento, pero mi mente solo albergaba un propósito fijo: rescatar a mi capitán y reagrupar a la tripulación. Mis piernas ya no temblaban ante la perspectiva del terreno inestable. Llevaba conmigo el arte mortal que había pulido en el fango del sótano, la consistencia de mi disciplina y una voluntad indomable que se negaba a aceptar la derrota de los suyos. Y kilos de maquillaje.
  
El viento de la noche infló la vela con un crujido limpio, impulsando la proa a través de las olas plateadas.
  
—Espérame, capitán... —susurré hacia la inmensidad del mar, mientras mis tacones se fijaban firmemente en la cubierta en un relevé perfecto—. Los Alas Negras van a volver a desplegar sus alas.
[Imagen: rvCfBMF.png]

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¿Mi objetivo? Deslumbrar al mundo,
¿Mi bandera? El glamour querida, ¿Mi teléfono? Ya quisieras.



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[Entrenamiento] Heavy is the Crown - por Aspros - 14-06-2026, 07:31 PM
RE: [Entrenamiento] Heavy is the Crown - por Aspros - 14-06-2026, 07:34 PM

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