[Entrenamiento de Haki] Tres pasos para alcanzar la gloria
#2
Capítulo 6: De cristal

Por fortuna, mi suerte con el alojamiento había cambiado. Tras adentrarme en los manglares más comerciales, encontré un pequeño hostal de mala muerte en el Manglar 22 donde el tabernero, acostumbrado a los rostros más extravagantes y peligrosos del Grand Line, no hizo preguntas sobre mi identidad ni sobre mi llamativa apariencia. Pude disfrutar de un baño decente y de una cama que, aunque crujía, me permitió descansar los músculos de cara al nuevo entrenamiento. Mi temporada en Sabaody estaba siendo de todo menos tranquila, haciendo que desease unas merecidas vacaciones en cuanto todo estuviese encauzado.

Al día siguiente, regresé a la plataforma con las energías renovadas. Seiji ya me esperaba, sentado sobre una caja de contrabando mientras limpiaba con desgana el filo de un puñal largo. Al verme llegar con mi habitual porte regio, guardó el arma y me dedicó esa sonrisa apática que ya había aprendido a descifrar.

—Te veo de mejor humor, Aspros. Se nota que has dormido bajo techo —dijo, poniéndose en pie sin ninguna prisa—. Pero espero que no te hayas ablandado demasiado, princesa.
—Una REINA jamás pierde el brillo, querido —repliqué, adoptando una postura elegante con una mano en la cadera—. En el Nuevo Mundo he visto cómo funciona el haki de armadura, incluso he llegado a dominar las bases. Pero lo que hiciste ayer... ese revestimiento metálico, es lo que necesito para destrozar las defensas de la Marina.

Seiji caminó hacia mí, deteniéndose a un par de metros. Su aura gélida volvió a volverse densa, pesada como el plomo.
 
—Lo que tú dominas es solo la aplicación física de tu fuerza espiritual, el contacto directo —explicó, levantando su mano derecha. Ante mis ojos, la piel de sus dedos comenzó a oscurecerse, adquiriendo un tono azabache brillante, con una textura que recordaba al acero pulido—. Esto es el Endurecimiento. No es solo golpear; es concentrar tu Haki de forma tan densa que transformas tu propia carne en un arma indestructible. Aumenta tu densidad, tu potencia y tu defensa exponencialmente. Si eres lo suficientemente fuerte, puedes cubrir tu cuerpo entero, aunque consume una cantidad enorme de energía.
—Tú si que consumes una cantidad enorme de energía— pensé.
 
Se giró hacia la mesa y tomó una botella de cristal grueso, llena de un licor oscuro.
 
—Y luego está esto: el Imbuimiento —continuó Seiji. Sostuvo la botella por el cuello. De repente, el color negro azabache de su mano comenzó a extenderse por el cristal, como si fuera tinta invisible que teñía la botella hasta volverla completamente opaca y metálica—. Puedes transferir tu voluntad a cualquier objeto que toques, o incluso a elementos creados por habilidades si mantienes una conexión con ellos. Una simple botella se convierte en un arma capaz de resistir el choque contra una espada de grado y herir a un usuario de Logia. El arma no se romperá, porque tu Haki la protege…hasta cierto punto, claro está.

El brillo negro desapareció de la botella tan rápido como había llegado, devolviéndole su transparencia mundana. Seiji me la tendió con total indiferencia.

—Hagamos una prueba preliminar para ver qué tan blanda es tu voluntad. Toma la botella. Quiero que intentes canalizar tu Haki en ella. Endurécela, tórnala negra. Si no puedes imbuir un objeto inerte, tus piernas no aguantarán el peso del Okama Kempo imbuido en Haki cuando choques contra un oponente de verdad.

Acepté el desafío con una sonrisa afilada. Tomé la botella de cristal, sintiendo su tacto frío. Cerré los ojos por un instante y me concentré. Visualicé la energía espiritual que residía en mi interior, esa fuerza de voluntad que me había llevado a coronarme Reina y a cruzar los mares por mi tripulación. Empujé esa energía hacia mis manos, intentando que fluyera más allá de mi piel, hacia el vidrio.

—¡Vamos...! —murmuré, apretando los dientes.
 
Por un segundo, una ligera película invisible rodeó el cristal, haciéndolo vibrar. Un leve tinte grisáceo intentó extenderse por la base de la botella, pero en cuanto traté de forzar la concentración para que se volviera completamente negra y sólida, la energía se volvió inestable. La presión de mi propio Haki, mal canalizada, chocó contra la rigidez del cristal en lugar de fusionarse con él. La botella estalló en mil pedazos entre mis manos, esparciendo fragmentos de vidrio y licor por toda la plataforma. Me quedé estática, con las manos vacías y las palmas ligeramente enrojecidas por la energía liberada.

Seiji soltó una carcajada fría y seca, cruzándose de brazos.

—Demasiado brusco, Aspros. Has intentado aplastar el objeto con tu Haki en lugar de revestirlo y endurecerlo. Tu fuerza está ahí, pero eres como un pintor que embadurna el lienzo a golpes en lugar de trazar una línea firme. Si golpeas así a un enemigo, te romperás las manos antes de romper su armadura.

Me sacudí los restos de cristal de las manos con un gesto dramático, sosteniéndole la mirada con pura determinación. Mi orgullo artístico estaba herido, y eso solo me hacía más peligrosa.
 
—Solo estaba tanteando, maestro —dije, esbozando una sonrisa retadora mientras adoptaba de nuevo mi postura de combate—. Trae otra botella. O mejor aún... usa tus propios puños de acero. Mi Okama Kempo no se detendrá hasta que mis piernas brillen con el mismo color de la noche.


Capítulo 7: Las herramientas adecuadas
 
La humedad de la mañana se pegaba a la madera del Manglar, mientras yo desplegaba mi abanico con un golpe seco de muñeca. No era un accesorio cualquiera; era una pieza de gran envergadura, decorada con motivos extravagantes que complementaban a la perfección mi estética. Seiji, de pie frente a mí, observó el objeto con una mezcla de aburrimiento y fría curiosidad.
 
—Un abanico —comentó, arqueando una ceja—. Espero que esa pieza de papel y varillas aguante algo más que una brisa, Aspros, porque hoy no voy a contenerme.
—Un artista sabe elegir sus herramientas, maestro —repliqué, adoptando una postura defensiva, cruzando el abanico ante mi pecho mientras mi otra mano se alzaba con gracia—. Este abanico ha visto más batallas de las que imaginas.
—Ya veremos. Si no logras imbuirlo, terminarás recogiendo astillas con los dientes.
 
Seiji se movió. Su apatía desapareció en un parpadeo, sustituida por esa crueldad eficiente que lo caracterizaba. Lanzó un puñetazo directo a mi rostro, y su antebrazo ya venía tintado de ese negro metálico y brillante.
 
Haciendo uso del Haki de Observación que había pulido los días anteriores, capté la línea de su intención un instante antes de que el golpe se materializara. Flexioné las piernas y me deslicé hacia la derecha en una pirueta perfecta, dejando que su puño rasgara el aire. Pero Seiji no me dio tregua; aprovechando la inercia, lanzó una patada lateral con la espinilla completamente endurecida, buscando partirme las costillas.
 
No tenía espacio para esquivar de nuevo. Coloqué el abanico cerrado en vertical para bloquear el impacto, concentrándome con todas mis fuerzas. «¡Fluye...!», me ordené internamente, empujando mi voluntad hacia las varillas del abanico. Una capa invisible de Haki lo rodeó, pero no fue suficiente para solidificarlo. El choque me desplazó tres metros hacia atrás sobre las tablas de madera. El impacto vibró a través de mis brazos y oí el crujido peligroso de la estructura del abanico. Mis dientes se apretaron por el esfuerzo. Si volvía a recibir un golpe directo sin endurecer el objeto, mi preciada herramienta quedaría destruida. Sin hablar de lo que podría pasarme a mí.
 
—Sigues dudando —dijo Seiji, avanzando con parsimonia, rodeándome como un depredador—. Ves venir el golpe con tu observación, pero cuando te defiendes, separas tu mente de tu arma. El Imbuimiento exige que consideres el abanico como una extensión de tu propio cuerpo. Si tu cuerpo es de acero, tu abanico también debe serlo.
 
Volvió a arremeter. Los siguientes minutos se convirtieron en una coreografía frenética de supervivencia. Yo no atacaba; toda mi energía estaba dividida entre predecir sus movimientos con el Kenbunshoku para realizar esquives milimétricos y colocar el abanico en los ángulos precisos para desviar, que no bloquear, sus devastadores puñetazos de acero. Cada vez que el abanico rozaba sus extremidades endurecidas, saltaban chispas invisibles de presión y el papel sufría.
 
El sudor corría por mi frente, pero mi concentración se agudizaba con el peligro. Empecé a entenderlo. No se trataba de forzar la energía hacia fuera como hice con la botella, sino de dejar que mi propia esencia fluyera y se fundiera con la estructura del abanico, como el color se extiende por el papel de un cuadro.
 
Seiji lanzó un golpe descendente con el puño cerrado, una fuerza brutal dispuesta a aplastarme contra la plataforma. Mi Haki de Observación me mostró la trayectoria exacta. Esta vez no esquivé. Di un paso adelante, plantando firmemente mis tacones en la madera, y alcancé el clímax de mi concentración. Sentí el latido de mi propia voluntad, el orgullo de la Reina de los Okama, y lo proyecté directamente en el abanico.
 
En el instante previo al impacto, un brillo oscuro, denso y aceitoso brotó de mis manos y se extendió como tinta negra como la noche por todo el abanico, cubriendo el papel y las varillas por completo, otorgándole una apariencia sólida y puramente metálica. El puño ennegrecido de Seiji chocó de lleno contra el abanico completamente imbuido y endurecido. Una onda de choque sacudió la plataforma, levantando ráfagas de viento y haciendo crujir las raíces del manglar. Pequeñas centellas de energía estallaron en el punto de contacto, pero el abanico no se rompió. Resistió el envite como una muralla de hierro impenetrable.
 
Bajo la sombra del abanico negro, mis ojos brillaron con un triunfo absoluto. Seiji mantuvo el puño apoyado contra mi defensa durante un segundo, observando el revestimiento azabache que cubría mi arma. Lentamente, retiró el brazo y el color negro desapareció de su piel. Su rostro recuperó esa expresión relajada y desinteresada, pero en sus ojos se leía que el experimento había sido un éxito.
 
—Nada mal, espantapájaros —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia su silla de mimbre—. Has dejado de hacer el tonto. Eso es un Imbuimiento decente. Tu abanico ya puede cortar el acero si te lo propones.
 
Respiré hondo, permitiendo que el color negro se desvaneciera de mi abanico, devolviéndole su diseño original. Lo cerré con un movimiento elegante y rápido, apuntando hacia él con una sonrisa llena de suficiencia.
 
—Te lo dije, marichocho. Un artista siempre elige las herramientas adecuadas.


Capítulo 8: Limonada

Habían pasado tres días desde que logré ennegrecer mi abanico, de endurecerlo como el acero. Durante esas jornadas, Seiji me obligó a imbuir todo tipo de objetos —desde astillas de madera hasta pesadas cadenas de contrabando— para refinar la velocidad de la transición y el aguante de mi energía espiritual. El control de la tinta azabache ya se sentía natural en mis manos, pero mi estilo de combate principal, el Okama Kempo, dependía de mis piernas. Necesitaba que el Endurecimiento se fundiera con la velocidad de mis patadas.
 
Esa mañana, el manglar amaneció cubierto por una densa capa de niebla marina. Seiji estaba de pie junto a una pila de enormes boyas metálicas de anclaje, esferas de hierro macizo que la Marina utilizaba para los barcos de guerra, de casi dos metros de diámetro cada una.
 
—Has aprendido a pintar tus herramientas, Aspros —dijo Seiji, dándole una patada perezosa a una de las boyas, que produjo un eco metálico y pesado—. Pero tu estilo consiste en dar saltos y contorsionarte como un bufón. Si tus piernas siguen siendo de carne tierna, te las romperás a la primera de cambio.
 
Adopté una pose dramática, cruzando los brazos y alzando el mentón.
 
—Mis piernas son obras de arte que sostienen el peso de un reino, querido. ¿Cuál es tu brillante idea? ¿Patear esas esferas ordinarias? Qué falta de originalidad.
 
Seiji sonrió de esa forma suya, ligera y carente de cualquier empatía. De pronto, cubrió su mano con un Endurecimiento perfecto, clavó los dedos en el hierro de una de las boyas y, con una facilidad pasmosa, la lanzó rodando con fuerza hacia el foso que quedaba entre las raíces del manglar. La boya quedó atrapada en una red de lianas gruesas suspendida sobre el vacío, balanceándose de un lado a otro como un péndulo gigante.
 
—No vas a patearlas en el suelo —declaró Seiji, señalando el vacío—. Vas a saltar sobre las lianas. Quiero que realices tus acrobacias y uses la inercia del péndulo de hierro. Tienes que patear la boya en mitad del aire para desviar su trayectoria antes de que te aplaste contra el tronco. Pero hay un truco: la red de lianas está impregnada de savia resinosa del Yarukiman. Si no endureces la planta de tus pies y tus espinillas en el momento exacto del impacto, la resina te atrapará las botas y la boya de hierro te romperá las piernas. ¿Te parece lo suficientemente original?
 
Observé el péndulo de metal balanceándose con violencia sobre el abismo, cubierto de esa sustancia pegajosa. El ejercicio era una locura que requería una precisión abrumadora entre la observación de la trayectoria y el endurecimiento físico.
 
—Vaya... un escenario verdaderamente inspirador—murmuré, ajustando mi postura.
 
Seiji se apoyó en la barandilla de madera, cruzándose de brazos, mirándome como quien observa a un animal de laboratorio, como a un caballo de caderas que galopa por su apuesta ganadora.
 
—No te confundas con este despliegue, espantapájaros. No me importa si terminas con las piernas rotas en el fondo del foso. Para mí, solo eres un instrumento. Un juguete útil que estoy puliendo para que vayas al Nuevo Mundo y generes el caos que mis negocios necesitan. Si te rompes aquí, simplemente buscaré otra pieza. Pero reconozco que me molestaría e inspira en mí una terrible pereza esa posibilidad.
 
La crueldad de sus palabras habría intimidado a cualquiera, pero yo solo pude reprimir una carcajada. Desplegué mi abanico ordinario por un segundo para tapar mi boca, mirándolo con ojos llenos de una astucia altiva.
 
—¿Un instrumento? Qué poca visión artística tienes —repliqué, cerrando el abanico con un chasquido seco—. No te equivoques conmigo. Sé perfectamente lo que pretendes, pero para mí, tú no eres un titiritero. Eres simplemente un limón. Un limón amargo, frío y cruel que he decidido exprimir hasta sacarle la última gota de jugo para hacerme una deliciosa limonada. Te estoy usando para aprender, y cuando tenga todo tu conocimiento, me iré a salvar a mi capitán con la copa llena.
 
Por primera vez, la sonrisa de Seiji se congeló un instante, sus ojos calculadores captando el fuego inquebrantable de mi orgullo.
 
—Entonces demuestra que no eres un limón podrido, su majestad —dijo, recuperando su tono apático.
 
Sin perder un instante, salté de la plataforma hacia el vacío del manglar. El viento rugió en mis oídos mientras caía hacia la red de lianas. Mi Haki de Observación se activó instantáneamente: vi la inmensa boya de hierro balanceándose hacia mí como un meteorito. 
 
«¡Ahora!», me grité.
 
Apoyé mi pie izquierdo en una de las lianas resinosas, concentrando mi voluntad en la bota. Una capa de Haki invisible me protegió de quedar atrapada en la savia pegajosa. Impulsándome con una pirueta perfecta en el aire, giré sobre mi propio eje y lancé una patada de látigo con mi pierna derecha directo hacia el centro de la masa de hierro.
 
En pleno vuelo, visualicé la energía espiritual fluyendo por mis venas, acumulándose en mi espinilla. La piel y la tela de mi bota se tiñeron de un negro azabache brillante, sólido como el diamante. Mi pierna endurecida chocó contra la boya de metal en mitad del aire. Una onda de choque invisible expandió la niebla a nuestro alrededor. El hierro crujió bajo la potencia de mi Okama Kempo imbuido, y la trayectoria de la enorme esfera se desvió drásticamente, pasando a milímetros de mi rostro.
 
Caí de pie sobre la plataforma superior tras rebotar en las lianas, permitiendo que el color negro se desvaneciera de mi pierna con elegancia. Me sacudí el polvo de los hombros y miré a Seiji con una sonrisa de pura suficiencia.
 
—Un sabor excelente, vagabundo. Trae la siguiente boya. Esta limonada aún necesita un poco más de azúcar.


Capítulo 9: La dureza que se espera de mí

Los últimos días habían sido diferentes. Tras la intensidad del ejercicio con las boyas de hierro, mi cuerpo había llegado al límite de su resistencia física. Sabía que un artista exhausto no puede dar una buena función, por lo que bajé el ritmo. Pasé las jornadas en el hostal del Manglar 22 y en la plataforma de Seiji realizando estiramientos, meditando y permitiendo que mis músculos se recuperaran del cansancio acumulado. Seiji, con su habitual apatía calculadora, no se opuso; sabía que un instrumento roto no le servía de nada para sus planes en el Nuevo Mundo.
 
Pero el descanso había terminado.
 
La mañana del séptimo día se presentó clara, con los rayos de sol filtrándose en hilos dorados a través de la frondosa copa del Yarukiman. El aire estaba en calma, un silencio tenso que precedía a la gran función final. Seiji me esperaba en el centro de la zona de entrenamiento, pero esta vez no estaba apoyado en la barandilla. Su postura era recta, sus manos estaban fuera de los bolsillos y su aura gélida se extendía por todo el lugar, erizando los vellos de mi piel.
 
—Te veo recuperado, Aspros —dijo, y por primera vez en todo el entrenamiento, no había desdén en su voz, sino una seriedad fría y matemática—. Has descansado, has pulido la teoría y has exprimido el limón. Hoy es el examen final. No habrá reglas, no habrá límites. Usa todo lo que el entorno te ofrezca, porque yo haré lo mismo. Si caes al foso, te quedarás allí.
 
Desplegué mi abanico con un chasquido elegante, adoptando una pose de Okama Kempo perfectamente equilibrada. Mis ojos se fijaron en él con una determinación feroz.
 
—El escenario está listo y la Reina ha vuelto a su máximo esplendor, Seiji. No pienses que voy a contenerme.
—No lo espero —respondió.
 
En una fracción de segundo, Seiji desapareció de mi vista. Mi Haki de Observación se activó al instante, y mi mente registró una línea nítida de pura intención hostil que venía desde arriba. Reaccionando antes de que mis ojos pudieran procesarlo, di un salto mortal hacia atrás. El puño endurecido de Seiji impactó contra las tablas donde yo había estado, astillando la madera y levantando una nube de fragmentos.
 
Aún en el aire, utilicé mi Kenbunshoku para leer su siguiente movimiento. Vi que pretendía usar los escombros flotantes para bloquear mi caída. Concentrando mi voluntad, imbuí mi abanico en Haki, volviéndolo negro como la noche, y di un tajo ascendente. Una ráfaga de viento cortante reforzada por el Busoshoku barrió las astillas y obligó a Seiji a cruzar sus antebrazos ennegrecidos para bloquear el ataque.
 
El sonido metálico resonó en todo el manglar. Aprovechando el impulso, aterricé sobre una de las lianas gruesas que colgaban del árbol. Seiji, sin perder un ápice de su calma, pateó un tronco suelto que estaba en la plataforma, dirigiéndolo hacia mi posición. Mi Haki de Observación me advirtió de la trayectoria del tronco, pero también captó algo más: Seiji no tenía la intención de golpearme con la madera; su verdadera intención era forzarme a saltar para cazarme en el aire. Aquello era un peligro combinado.
 
—¡Una coreografía muy burda, maestro! —exclamé.
 
En lugar de saltar, endurecí mi pierna derecha con un azabache brillante y denso. Esperé al momento exacto y pateé el tronco de frente, partiéndolo en dos mitades que cayeron al vacío del foso. Al mismo tiempo, extendí mi abanico imbuido hacia una de las burbujas gigantes que flotaban cerca, usándola como un trampolín improvisado. Me impulsé en su superficie elástica con una agilidad sorprendente, cayendo en picado hacia Seiji con un giro de 360 grados.
 
—¡Okama Kempo: Keri Pointe! —bramé, descargando un fuerte golpe descendente con ambas piernas, impregnadas de toda mi voluntad y poder de endurecimiento.
 
Seiji alzó su brazo derecho, completamente revestido de Haki. Nuestras extremidades endurecidas chocaron en mitad de la plataforma con una violencia devastadora. Una onda de choque masiva barrió la niebla y agitó las aguas del foso. Del punto de impacto entre mi bota negra y su antebrazo azabache comenzaron a brotar y esparcirse densos rayos negros de energía pura, el testimonio de que nuestras voluntades chocaban con una fuerza equiparable en ese instante. El suelo de madera bajo nosotros se agrietó por completo.
 
Sostuvimos el choque durante unos segundos agónicos, mirándonos fijamente. El rostro de Seiji seguía relajado, pero sus ojos brillaban con una chispa de auténtico reconocimiento. Finalmente, ambos retrocedimos de un salto, rompiendo el contacto y aterrizando con elegancia en extremos opuestos de la destrozada plataforma.
 
El silencio regresó al manglar, roto solo por el crujido de la madera dañada. Dejé que el Haki de mis piernas y de mi abanico se desvaneciera, respirando hondo pero manteniendo mi porte regio. Seiji se sacudió el polvo de la chaqueta. Se guardó las manos en los bolsillos y, tras unos segundos de escrutinio, esbozó una sonrisa que ya no era de superioridad, sino de fría aceptación.
 
—Debo reconocerlo, Aspros... lo llevas bien —dijo, asintiendo levemente—. Has integrado la observación y la armadura en tu ridículo estilo de combate de una forma notable. Ya no eres un simple espantapájaros. Eres un arma lista para ser disparada contra el Nuevo Mundo. Tu viaje será... satisfactorio para mis intereses.
—Te lo dije, Seiji —repliqué, cerrando mi abanico con un movimiento teatral y colocándolo en mi cintura—. Ahora tengo el poder para destrozar a cualquiera que se interponga en el rescate de mi capitán.
 
Seiji caminó unos pasos hacia mí, deteniéndose a una distancia prudencial. Su mirada se volvió extrañamente seria, perdiendo esa capa de indiferencia absoluta por un instante.
 
—Hay algo más, Aspros. Algo de lo que no te he hablado en todos estos días, pero que fue la verdadera razón por la que decidí no aplastarte en primera instancia en el puerto del manglar cuando nos conocimos.
 
Arqueé una ceja, intrigada por el cambio en su tono.
 
—¿Ah, sí? Pensé que solo te gustaba mi sentido de la moda.
—Cuando desaté mi Haki en el puerto y todos los civiles cayeron inconscientes, tú no solo te mantuviste en pie por tus habilidades físicas —explicó Seiji, cuyos ojos parecieron perforar mi mente—. En el momento en que me amenazaste y adoptaste tu postura, sentí un chispazo. Una vibración invisible que chocó contra mi propia voluntad. Fue sutil, un mero atisbo, pero inconfundible. Siento en ti…el Haki del Conquistador, Aspros.
 
Un vuelco me dio el corazón, no tanto por la revelación de mis capacidades, sino por el nivel de observación que Seiji podía llegar a alcanzar. Sabía de la existencia de ese poder, la cualidad de los elegidos, de aquellos que tienen las cualidades de un rey o una reina.
 
—El Haki de armadura y observación se pueden entrenar con golpes y sudor, pero el del Conquistador no se puede forzar —continuó Seiji, recuperando su sonrisa apática—. Nace de tu propio espíritu, de tu ambición y de tu negativa a ser sometido por nadie. Ese pequeño destello me demostró que tienes el potencial para liderar y arrastrar a las masas hacia el caos. Cuando vayas a salvar a tu capitán... deja que esa reina que llevas dentro grite.
 
Me quedé en silencio un momento, procesando sus palabras. Una sonrisa de pura superioridad y orgullo dibujó mis labios. Me di la vuelta, dándole la espalda de manera dramática mientras mi capa se agitaba con la brisa marina.
 
—Pensé que me dejarías marchar ya —comenté, esbozando una sonrisa de pura superioridad y orgullo—. En el fondo te agrado, marichocho.
 
Seiji negó con la cabeza, y su sonrisa apática regresó, cargada de una nueva y peligrosa expectación.
 
—Te dije que requería que tu viaje fuera un éxito absoluto para mis planes, y no voy a dejarte ir a medias. Un conquistador que no sabe usar su corona es solo un blanco más grande. Por eso, este será el último paso de nuestro entrenamiento. Mañana mismo empezaremos a desatar esa voluntad real tuya. Prepárate, reina, porque si sobrevivir a los dos primeros Hakis te pareció un infierno, este te obligará a demostrar si de verdad mereces llevar ese trono.
 
Miré a mi maestro fijamente, sintiendo cómo una chispa de ambición salvaje se encendía en mi pecho. Cerré el puño con fuerza, con una sonrisa que desafiaba al mismísimo destino. El clímax de mi preparación estaba por comenzar.
[Imagen: rvCfBMF.png]

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¿Mi objetivo? Deslumbrar al mundo,
¿Mi bandera? El glamour querida, ¿Mi teléfono? Ya quisieras.



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RE: [Entrenamiento de Haki] Tres pasos para alcanzar la gloria - por Aspros - 28-06-2026, 07:14 PM

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