19-07-2026, 03:52 PM
Capítulo 10: Un mal sueño
La noche en el hostal no trajo el descanso de las jornadas anteriores, sino un viaje hacia los rincones más oscuros de mi memoria. Envuelto entre las sábanas, mi mente comenzó a trazar las líneas de un recuerdo que creía haber enterrado bajo capas de maquillaje y orgullo.
El aire apestaba a pólvora y lluvia. A mi lado, Kenzo, el miembro más joven y pequeño de los Alas Negras, respiraba con dificultad, con su pequeño cuerpo cubierto de hollín y heridas. Nos habíamos topado con una división especial de la Marina, una fuerza de élite que nos superaba en número y disciplina. Lo dimos todo, combinando mi Okama Kempo con el ímpetu de Kenzo, pero la derrota fue aplastante. Vi a Kenzo caer al suelo, inconsciente, mientras un enorme oficial de la Marina se preparaba para darle el golpe de gracia.
El pánico y la rabia se mezclaron en mi pecho, rompiendo cualquier rastro de mi compostura habitual. Una sensación volcánica, un rugido silencioso, nació desde lo más profundo de mi ser y estalló hacia el exterior. No fue un ataque físico. Fue una onda de choque invisible que congeló el escenario. El oficial de la Marina se detuvo en seco, con los ojos desorbitados, paralizado por pura curiosidad. Aquello me dejó reflexionando durante años sobre la verdadera naturaleza de ese poder extraño que dormía en mí.
Desperté de golpe con las primeras luces del amanecer, con un sudor perlado decorando mi frente. Me senté en la cama y miré mis manos. Ese poder... era el Haoshoku Haki. La capacidad de dominar la voluntad ajena, la misma que había usado de forma inconsciente para infundir miedo en los marines y que utilizaba de vez en cuando de manera inconsciente para domar a las bestias salvajes de Momoiro o hacer que mis rivales besasen el suelo durante las rebajas de primavera.
Al llegar al Manglar 2, Seiji no me esperaba en la plataforma. Su silueta destacaba mucho más arriba, sentado con las piernas colgando sobre una de las ramas más altas de un Yarukiman gigante, contemplando el horizonte donde el mar se unía con el cielo. Trepé con la agilidad que me caracterizaba, acomodando mis ropajes al sentarme a unos metros de él. La vista desde allí arriba era magnífica; el archipiélago parecía un delicado lienzo de burbujas.
—Has estado recordando el momento en que despertó, ¿verdad? —preguntó Seiji sin apartar la vista del horizonte, con su habitual tono desinteresado—. Lo huelo en tu agitación.
—Perder el control de esa manera… de forma tan poco hermosa —respondí, abriendo mi abanico a medias—. ¿Es ese el poder del que hablabas ayer?
Seiji soltó una risa ligera, fría y carente de calor.
—El Haoshoku Haki. A diferencia de los otros dos que has pulido, este no se puede entrenar mediante el desgaste físico. Nace de la propia ambición. Yo lo descubrí en el Nuevo Mundo, en un pueblo portuario que se negó a pagar mi tarifa de protección. El alcalde, un viejo testarudo con una voluntad excedida hasta los límites, me escupió a la cara. Iba a cortarle la cabeza, pero la mera idea de que un don nadie desafiara mi autoridad me causó tal repugnancia que mi voluntad estalló. No tuve que mover un dedo. El viejo y la mitad de su guardia cayeron de rodillas, temblando, paralizados por el miedo.
Seiji se giró hacia mí, y por un instante, su mirada reflejó esa crueldad fría y calculadora que lo convertía en un líder despiadado.
—Tú controlas la dominación básica: intimidar animales, hacer que los débiles den un paso atrás o sigan órdenes simples cuando estás en calma. Pero eso es pasivo, Aspros. Un verdadero rey no pide espacio en…¿la pasarela? Como bien dices tú; aplasta las mentes de los que sobran para que el escenario sea solo suyo. Mañana daremos el siguiente paso: la Incapacitación. Aprenderás a usar ese rugido para limpiar el mapa de ruidos innecesarios. Disfruta de las vistas hoy, mañana el aire será mucho más espeso.
Sin añadir una palabra más, Seiji se impulsó hacia adelante y saltó al vacío con una ligereza pasmosa, desapareciendo entre las ramas inferiores como un espectro perezoso. Me quedé a solas en las alturas, con las piernas colgando sobre el abismo y el viento agitando mis cabellos. Oteé el horizonte lejano, donde las burbujas de Sabaody estallaban contra el cielo, y dejé que mi mente regresara al sueño de la noche anterior. La debilidad que Kenzo y yo mostramos aquella vez no volvería a repetirse. Pensé en mi capitán, encadenado en algún bastión de la Marina, esperando un destino trágico que yo me encargaría de reescribir con mis propias manos. El mundo entero temblaba ante el Gobierno y sus alianzas, pero mientras acariciaba el borde de mi abanico cerrado, comprendí que las reglas de este mar caótico estaban hechas para ser quebrantadas por quienes poseíamos la voluntad de una corona.
El aire apestaba a pólvora y lluvia. A mi lado, Kenzo, el miembro más joven y pequeño de los Alas Negras, respiraba con dificultad, con su pequeño cuerpo cubierto de hollín y heridas. Nos habíamos topado con una división especial de la Marina, una fuerza de élite que nos superaba en número y disciplina. Lo dimos todo, combinando mi Okama Kempo con el ímpetu de Kenzo, pero la derrota fue aplastante. Vi a Kenzo caer al suelo, inconsciente, mientras un enorme oficial de la Marina se preparaba para darle el golpe de gracia.
El pánico y la rabia se mezclaron en mi pecho, rompiendo cualquier rastro de mi compostura habitual. Una sensación volcánica, un rugido silencioso, nació desde lo más profundo de mi ser y estalló hacia el exterior. No fue un ataque físico. Fue una onda de choque invisible que congeló el escenario. El oficial de la Marina se detuvo en seco, con los ojos desorbitados, paralizado por pura curiosidad. Aquello me dejó reflexionando durante años sobre la verdadera naturaleza de ese poder extraño que dormía en mí.
Desperté de golpe con las primeras luces del amanecer, con un sudor perlado decorando mi frente. Me senté en la cama y miré mis manos. Ese poder... era el Haoshoku Haki. La capacidad de dominar la voluntad ajena, la misma que había usado de forma inconsciente para infundir miedo en los marines y que utilizaba de vez en cuando de manera inconsciente para domar a las bestias salvajes de Momoiro o hacer que mis rivales besasen el suelo durante las rebajas de primavera.
Al llegar al Manglar 2, Seiji no me esperaba en la plataforma. Su silueta destacaba mucho más arriba, sentado con las piernas colgando sobre una de las ramas más altas de un Yarukiman gigante, contemplando el horizonte donde el mar se unía con el cielo. Trepé con la agilidad que me caracterizaba, acomodando mis ropajes al sentarme a unos metros de él. La vista desde allí arriba era magnífica; el archipiélago parecía un delicado lienzo de burbujas.
—Has estado recordando el momento en que despertó, ¿verdad? —preguntó Seiji sin apartar la vista del horizonte, con su habitual tono desinteresado—. Lo huelo en tu agitación.
—Perder el control de esa manera… de forma tan poco hermosa —respondí, abriendo mi abanico a medias—. ¿Es ese el poder del que hablabas ayer?
Seiji soltó una risa ligera, fría y carente de calor.
—El Haoshoku Haki. A diferencia de los otros dos que has pulido, este no se puede entrenar mediante el desgaste físico. Nace de la propia ambición. Yo lo descubrí en el Nuevo Mundo, en un pueblo portuario que se negó a pagar mi tarifa de protección. El alcalde, un viejo testarudo con una voluntad excedida hasta los límites, me escupió a la cara. Iba a cortarle la cabeza, pero la mera idea de que un don nadie desafiara mi autoridad me causó tal repugnancia que mi voluntad estalló. No tuve que mover un dedo. El viejo y la mitad de su guardia cayeron de rodillas, temblando, paralizados por el miedo.
Seiji se giró hacia mí, y por un instante, su mirada reflejó esa crueldad fría y calculadora que lo convertía en un líder despiadado.
—Tú controlas la dominación básica: intimidar animales, hacer que los débiles den un paso atrás o sigan órdenes simples cuando estás en calma. Pero eso es pasivo, Aspros. Un verdadero rey no pide espacio en…¿la pasarela? Como bien dices tú; aplasta las mentes de los que sobran para que el escenario sea solo suyo. Mañana daremos el siguiente paso: la Incapacitación. Aprenderás a usar ese rugido para limpiar el mapa de ruidos innecesarios. Disfruta de las vistas hoy, mañana el aire será mucho más espeso.
Sin añadir una palabra más, Seiji se impulsó hacia adelante y saltó al vacío con una ligereza pasmosa, desapareciendo entre las ramas inferiores como un espectro perezoso. Me quedé a solas en las alturas, con las piernas colgando sobre el abismo y el viento agitando mis cabellos. Oteé el horizonte lejano, donde las burbujas de Sabaody estallaban contra el cielo, y dejé que mi mente regresara al sueño de la noche anterior. La debilidad que Kenzo y yo mostramos aquella vez no volvería a repetirse. Pensé en mi capitán, encadenado en algún bastión de la Marina, esperando un destino trágico que yo me encargaría de reescribir con mis propias manos. El mundo entero temblaba ante el Gobierno y sus alianzas, pero mientras acariciaba el borde de mi abanico cerrado, comprendí que las reglas de este mar caótico estaban hechas para ser quebrantadas por quienes poseíamos la voluntad de una corona.
Capítulo 11: Un montón de extras
Necesitaba una noche de descanso absoluto; la revelación de mi propio Haki del Conquistador y la inminente prueba requerían que mi mente estuviera tan despejada como el lienzo de un pintor antes de trazar su obra maestra.
A la mañana siguiente, me puse en marcha temprano. Sin embargo, el camino de regreso al manglar se convirtió en un desfile de la peor decadencia humana. Al cruzar los límites de los distritos proscritos, me topé con un par de cazarrecompensas de aspecto mugriento apaleando a un anciano en un callejón para robarle cuatro monedas rancias; unas calles más allá, dos bandas de piratas borrachos se destripaban mutuamente entre las raíces, destrozando el entorno sin más motivo que el aburrimiento y la crueldad ciega. Observé aquellas escenas con una mueca de profunda repugnancia, ocultando mi desdén tras el abanico. Qué mundo tan asqueroso, tan carente de arte, elegancia o cualquier sentido de la estética. Una pasarela de piojosos que solo sabían arrastrarse por el lodo. Aquello no hizo más que avivar el fuego en mi pecho: si el mundo era una inmundicia gobernada por la brutalidad, con más razón debía alzarme con la fuerza de una auténtica reina para rescatar a mi capitán y proteger lo único que de verdad importaba.
Con ese humor agrio y altivo, llegué finalmente a la base de operaciones. El sol apenas empezaba a calentar las raíces del Yarukiman cuando aparecí por los alrededores. Al regresar a la plataforma principal de entrenamiento, me encontré con un escenario desconcertante. Seiji no estaba solo. A su alrededor, atados en grupos con gruesas cadenas, había una treintena de cazarrecompensas de los manglares proscritos y piratas de baja estofa, todos ellos de pie, enfurecidos y maldiciendo.
Seiji se dejó caer en su silla de mimbre, observando el panorama con su habitual apatía. Al verme llegar, esbozó una sonrisa helada.
—Has tardado, Aspros. Estaba empezando a aburrirme —dijo, señalando con un gesto perezoso a la multitud encadenada—. Estos caballeros intentaron asaltar mi almacén anoche. Pensé en matarlos, pero recordé que hoy debía enseñarte una última lección. Son tu examen, para que luego digas que peco de originalidad.
—¿Qué significa esto, Seiji? —pregunté, cerrando mi abanico con un chasquido seco y frunciendo el ceño—. No me digas que quieres que los use de diana para mis patadas. Sería una vulgaridad. Además de que no quiero manchar mis tacones con sus mugrientos rostros… sin ofender —añadí, fingiendo una disculpa hacia el grupo de presos.
—Sé que sabes usar tu mirada para intimidar, reinita —explicó Seiji, poniéndose en pie con parsimonia—. Pero aquello es un truco cotidiano. El segundo nivel del Haoshoku es puramente combativo: la Incapacitación. Cuando tu fuerza de voluntad es considerablemente mayor que la de los que te rodean, no necesitas que obedezcan tus órdenes o sientan miedo. Puedes aplastar sus mentes directamente.
Se acercó al grupo de prisioneros. Su aura gélida se tensó.
—Si la diferencia de poder entre tu espíritu y el suyo es lo bastante grande, caerán como moscas. Los ciudadanos comunes y los piratas mediocres no tienen ninguna oportunidad contra la voluntad de un verdadero Conquistador. Quiero que desates ese rugido y los dejes inconscientes a todos. Ahora mismo, mi casa no es una guardería.
—Eres muy generoso al llamar a esto casa.
Los prisioneros empezaron a gritar insultos, desafiándome, creyendo que las cadenas eran su único problema. Me coloqué en el centro de la plataforma, frente a ellos, adoptando una postura erguida y aristocrática. Cerré los ojos por un segundo, conectando con el recuerdo de la noche, con la rabia de ver caer a Kenzo, con el orgullo inquebrantable que me convertía en la Reina de Kamabakka y en la mano derecha de los Alas Negras. «Yo no soy un instrumento. Yo soy quien dicta las reglas en la pasarela», me dije.
Abrí los ojos de golpe, clavando mi mirada en la multitud. Intenté proyectar mi voluntad de golpe, pero la energía se dispersó de forma caótica. Una ligera ráfaga de viento agitó el lugar, y aunque los piratas callaron por un segundo, se echaron a reír de inmediato.
—¡¿Qué ha sido eso?! —se burló uno de los líderes, un tipo corpulento con cicatrices en el rostro—. ¡Este nenaza no nos va a hacer nada!
—¡Silencio, orangután! —apreté los dientes, sintiendo una punzada de frustración que amenazaba mi elegancia. Seiji soltó una risa seca desde el fondo.
—Te estás concentrando en la fachada, Aspros. Estás intentando actuar como una reina en lugar de ser la reina. No me muestres tu pose; muéstrame el peso de tu ambición. Si tu voluntad no es un bloque sólido, ellos se reirán en tu cara. Y me da la sensación de que están tocando hueso con eso.
Respiré hondo, ignorando las burlas. Esta vez dejé de lado el drama superficial. Me concentré puramente en el Nuevo Mundo, en mi capitán encadenado esperando el hacha del verdugo, en mi negativa absoluta a fracasar. Un calor denso comenzó a emanar de mi pecho. El aire a mi alrededor comenzó a volverse pesado, espeso como el plomo, y ligeras grietas estallaron en la madera bajo mis pies.
—Silencio... —susurré.
Volví a clavar mis ojos en ellos. Esta vez, la marea invisible fue real. Una onda de choque de presión espiritual pura golpeó al grupo. Los insultos se extinguieron al instante. El color desapareció de sus rostros de forma fulminante. Varios de los piratas de la primera fila comenzaron a tambalearse, llevándose las manos a la cabeza mientras sufrían un mareo insoportable. Sus mentes luchaban desesperadamente por aferrarse a la realidad, manteniendo un esfuerzo agónico por permanecer conscientes en mitad de aquel infierno mental.
—¡No... no puedo respirar...! —gimió uno de los cazarrecompensas, hincando una rodilla en el suelo.
Mantuve la presión, forzando mi Haki hasta el límite, sintiendo cómo mi propio cerebro pulsaba por el esfuerzo titánico de someter a treinta voluntades a la vez. El sudor comenzó a resbalar por mi cuello, pero no aflojé. No podía permitirme flaquear ante los ojos de Seiji. El abismo entre mi espíritu y el suyo tenía que materializarse.
Finalmente, el muro de su resistencia se rompió. Uno a uno, con los ojos completamente en blanco y la saliva asomando por la comisura de los labios, los treinta hombres cayeron desplomados contra las maderas de la plataforma, completamente noqueados. Las cadenas tintinearon en el silencio sepulcral que volvió a reinar en el manglar. Todos estaban inconscientes. Relajé la postura de golpe, sintiendo un tremendo cansancio mental que me hizo tambalear un milímetro, aunque rápidamente abrí mi abanico con un movimiento teatral para disimularlo, abanicándome con una sonrisa sofisticada. Seiji observó los cuerpos desparramados en el suelo. Su mirada calculadora recorrió la escena y luego se posó en mí, asintiendo levemente con una fría aprobación.
—Te ha costado canalizarlo al principio, pero el resultado es innegable, Aspros. Has aplastado sus voluntades.
Los hombres poderosos habrían sentido la intensidad de tu Haki y se habrían mareado, pero estos... ya no son un estorbo. Tu Haoshoku ha alcanzado el nivel combativo.
—Me gusta dominar el escenario, maestro —repliqué, recuperando mi tono altivo—. Aunque admito que estos extras eran bastante tercos.
Hice ademán de recoger mis cosas, dispuesta a dar por terminada nuestra turbulenta sociedad y marcharme por fin hacia mi balandro para poner rumbo al rescate de mi capitán. Sin embargo, Seiji se levantó de su silla y me cerró el paso con una parsimonia implacable, cruzándose de brazos.
—No tan rápido, espantapájaros. No nos estamos despidiendo —dijo, mirándome con una seriedad gélida—. Has demostrado que tienes las herramientas, pero antes de que salgas a desatar el caos que necesito en el Nuevo Mundo, quiero asegurarme de que no dejes cabos sueltos. Vuelve mañana al amanecer. Hay algunos detalles que debemos ultimar antes de que te marches definitivamente de Sabaody.
Arqueé una ceja, intrigada y un tanto molesta por el retraso, pero puestos a elegir prefería descansar una noche más antes de partir. Cerré mi abanico con un chasquido seco.
—Espero que esos detalles valgan la pena, Seiji. Nos vemos mañana.
Me di la vuelta y salté de la plataforma hacia las raíces del manglar, regresando al hostal bajo la luz del atardecer. La función final tendría que esperar un día más.
A la mañana siguiente, me puse en marcha temprano. Sin embargo, el camino de regreso al manglar se convirtió en un desfile de la peor decadencia humana. Al cruzar los límites de los distritos proscritos, me topé con un par de cazarrecompensas de aspecto mugriento apaleando a un anciano en un callejón para robarle cuatro monedas rancias; unas calles más allá, dos bandas de piratas borrachos se destripaban mutuamente entre las raíces, destrozando el entorno sin más motivo que el aburrimiento y la crueldad ciega. Observé aquellas escenas con una mueca de profunda repugnancia, ocultando mi desdén tras el abanico. Qué mundo tan asqueroso, tan carente de arte, elegancia o cualquier sentido de la estética. Una pasarela de piojosos que solo sabían arrastrarse por el lodo. Aquello no hizo más que avivar el fuego en mi pecho: si el mundo era una inmundicia gobernada por la brutalidad, con más razón debía alzarme con la fuerza de una auténtica reina para rescatar a mi capitán y proteger lo único que de verdad importaba.
Con ese humor agrio y altivo, llegué finalmente a la base de operaciones. El sol apenas empezaba a calentar las raíces del Yarukiman cuando aparecí por los alrededores. Al regresar a la plataforma principal de entrenamiento, me encontré con un escenario desconcertante. Seiji no estaba solo. A su alrededor, atados en grupos con gruesas cadenas, había una treintena de cazarrecompensas de los manglares proscritos y piratas de baja estofa, todos ellos de pie, enfurecidos y maldiciendo.
Seiji se dejó caer en su silla de mimbre, observando el panorama con su habitual apatía. Al verme llegar, esbozó una sonrisa helada.
—Has tardado, Aspros. Estaba empezando a aburrirme —dijo, señalando con un gesto perezoso a la multitud encadenada—. Estos caballeros intentaron asaltar mi almacén anoche. Pensé en matarlos, pero recordé que hoy debía enseñarte una última lección. Son tu examen, para que luego digas que peco de originalidad.
—¿Qué significa esto, Seiji? —pregunté, cerrando mi abanico con un chasquido seco y frunciendo el ceño—. No me digas que quieres que los use de diana para mis patadas. Sería una vulgaridad. Además de que no quiero manchar mis tacones con sus mugrientos rostros… sin ofender —añadí, fingiendo una disculpa hacia el grupo de presos.
—Sé que sabes usar tu mirada para intimidar, reinita —explicó Seiji, poniéndose en pie con parsimonia—. Pero aquello es un truco cotidiano. El segundo nivel del Haoshoku es puramente combativo: la Incapacitación. Cuando tu fuerza de voluntad es considerablemente mayor que la de los que te rodean, no necesitas que obedezcan tus órdenes o sientan miedo. Puedes aplastar sus mentes directamente.
Se acercó al grupo de prisioneros. Su aura gélida se tensó.
—Si la diferencia de poder entre tu espíritu y el suyo es lo bastante grande, caerán como moscas. Los ciudadanos comunes y los piratas mediocres no tienen ninguna oportunidad contra la voluntad de un verdadero Conquistador. Quiero que desates ese rugido y los dejes inconscientes a todos. Ahora mismo, mi casa no es una guardería.
—Eres muy generoso al llamar a esto casa.
Los prisioneros empezaron a gritar insultos, desafiándome, creyendo que las cadenas eran su único problema. Me coloqué en el centro de la plataforma, frente a ellos, adoptando una postura erguida y aristocrática. Cerré los ojos por un segundo, conectando con el recuerdo de la noche, con la rabia de ver caer a Kenzo, con el orgullo inquebrantable que me convertía en la Reina de Kamabakka y en la mano derecha de los Alas Negras. «Yo no soy un instrumento. Yo soy quien dicta las reglas en la pasarela», me dije.
Abrí los ojos de golpe, clavando mi mirada en la multitud. Intenté proyectar mi voluntad de golpe, pero la energía se dispersó de forma caótica. Una ligera ráfaga de viento agitó el lugar, y aunque los piratas callaron por un segundo, se echaron a reír de inmediato.
—¡¿Qué ha sido eso?! —se burló uno de los líderes, un tipo corpulento con cicatrices en el rostro—. ¡Este nenaza no nos va a hacer nada!
—¡Silencio, orangután! —apreté los dientes, sintiendo una punzada de frustración que amenazaba mi elegancia. Seiji soltó una risa seca desde el fondo.
—Te estás concentrando en la fachada, Aspros. Estás intentando actuar como una reina en lugar de ser la reina. No me muestres tu pose; muéstrame el peso de tu ambición. Si tu voluntad no es un bloque sólido, ellos se reirán en tu cara. Y me da la sensación de que están tocando hueso con eso.
Respiré hondo, ignorando las burlas. Esta vez dejé de lado el drama superficial. Me concentré puramente en el Nuevo Mundo, en mi capitán encadenado esperando el hacha del verdugo, en mi negativa absoluta a fracasar. Un calor denso comenzó a emanar de mi pecho. El aire a mi alrededor comenzó a volverse pesado, espeso como el plomo, y ligeras grietas estallaron en la madera bajo mis pies.
—Silencio... —susurré.
Volví a clavar mis ojos en ellos. Esta vez, la marea invisible fue real. Una onda de choque de presión espiritual pura golpeó al grupo. Los insultos se extinguieron al instante. El color desapareció de sus rostros de forma fulminante. Varios de los piratas de la primera fila comenzaron a tambalearse, llevándose las manos a la cabeza mientras sufrían un mareo insoportable. Sus mentes luchaban desesperadamente por aferrarse a la realidad, manteniendo un esfuerzo agónico por permanecer conscientes en mitad de aquel infierno mental.
—¡No... no puedo respirar...! —gimió uno de los cazarrecompensas, hincando una rodilla en el suelo.
Mantuve la presión, forzando mi Haki hasta el límite, sintiendo cómo mi propio cerebro pulsaba por el esfuerzo titánico de someter a treinta voluntades a la vez. El sudor comenzó a resbalar por mi cuello, pero no aflojé. No podía permitirme flaquear ante los ojos de Seiji. El abismo entre mi espíritu y el suyo tenía que materializarse.
Finalmente, el muro de su resistencia se rompió. Uno a uno, con los ojos completamente en blanco y la saliva asomando por la comisura de los labios, los treinta hombres cayeron desplomados contra las maderas de la plataforma, completamente noqueados. Las cadenas tintinearon en el silencio sepulcral que volvió a reinar en el manglar. Todos estaban inconscientes. Relajé la postura de golpe, sintiendo un tremendo cansancio mental que me hizo tambalear un milímetro, aunque rápidamente abrí mi abanico con un movimiento teatral para disimularlo, abanicándome con una sonrisa sofisticada. Seiji observó los cuerpos desparramados en el suelo. Su mirada calculadora recorrió la escena y luego se posó en mí, asintiendo levemente con una fría aprobación.
—Te ha costado canalizarlo al principio, pero el resultado es innegable, Aspros. Has aplastado sus voluntades.
Los hombres poderosos habrían sentido la intensidad de tu Haki y se habrían mareado, pero estos... ya no son un estorbo. Tu Haoshoku ha alcanzado el nivel combativo.
—Me gusta dominar el escenario, maestro —repliqué, recuperando mi tono altivo—. Aunque admito que estos extras eran bastante tercos.
Hice ademán de recoger mis cosas, dispuesta a dar por terminada nuestra turbulenta sociedad y marcharme por fin hacia mi balandro para poner rumbo al rescate de mi capitán. Sin embargo, Seiji se levantó de su silla y me cerró el paso con una parsimonia implacable, cruzándose de brazos.
—No tan rápido, espantapájaros. No nos estamos despidiendo —dijo, mirándome con una seriedad gélida—. Has demostrado que tienes las herramientas, pero antes de que salgas a desatar el caos que necesito en el Nuevo Mundo, quiero asegurarme de que no dejes cabos sueltos. Vuelve mañana al amanecer. Hay algunos detalles que debemos ultimar antes de que te marches definitivamente de Sabaody.
Arqueé una ceja, intrigada y un tanto molesta por el retraso, pero puestos a elegir prefería descansar una noche más antes de partir. Cerré mi abanico con un chasquido seco.
—Espero que esos detalles valgan la pena, Seiji. Nos vemos mañana.
Me di la vuelta y salté de la plataforma hacia las raíces del manglar, regresando al hostal bajo la luz del atardecer. La función final tendría que esperar un día más.
Capítulo 12: Una corona sobre nuestras cabezas
El sol amaneció teñido de un rojo violento, disipando la niebla sobre las zonas más oscuras del archipiélago. Siguiendo las instrucciones de Seiji, nos alejamos por completo de los manglares comerciales y turísticos, adentrándonos profundamente en el Manglar 1. Aquel era un territorio sin ley, una zona de vandalismo salvaje y vegetación descontrolada, lejos del gentío de Sabaody y del alcance de la Marina. Aquí, los árboles Yarukiman no daban cobijo a tiendas o astilleros, sino a ruinas olvidadas, bestias salvajes alteradas por el ecosistema de la isla y bandas de mercenarios despiadados que degollaban por una moneda.
Caminaba al lado de Seiji con mi habitual paso firme y aristocrático. Mis ropajes asimétricos y mi postura estilizada contrastaban con la podredumbre del entorno. Él avanzaba con las manos en los bolsillos, tan relajado como el primer día, pero su mirada calculadora escudriñaba las sombras.
Aprovechando el relativo silencio del trayecto, decidí romper el hielo. El día anterior me había quedado pensando en sus frías ambiciones. Desplegué mi abanico con un movimiento pausado, mirándolo de reojo por encima del borde.
—Dime una cosa, Seiji... —comencé, arrastrando las palabras con un deje de elegante curiosidad—. ¿Por qué vives tan enfadado con el mundo? Tras esa fachada de aburrimiento absoluto, destilas una rabia helada bastante llamativa. ¿Qué es lo que esperas conseguir exactamente del caos que tanto anhelas?
Seiji no se detuvo, ni siquiera cambió el ritmo de su caminata. Sin embargo, su habitual sonrisa apática se ensanchó un milímetro, tiñéndose de una sombra más oscura.
—¿Enfadado? No te equivoques, reina. El enfado es una emoción ruidosa y estúpida, no pierdo el tiempo con ella —respondió con su voz arrastrada y magnética—. Lo que siento por este mundo es un aburrimiento absoluto y un profundo desprecio. Todo está rígidamente ordenado por vejestorios con coronas de oro y mariscales llenos de medallas que imponen sus malditas reglas. En un mundo así de predecible, los negocios son lentos y las vidas de la gente común no valen nada.
Se detuvo un instante, mirando hacia la espesura del manglar maldito antes de volver a avanzar.
—El caos es el único gran catalizador, Aspros. Cuando el Nuevo Mundo arda, cuando los cimientos del Gobierno se tambaleen por culpa de piratas como tus Alas Negras, todas las reglas absurdas desaparecerán. En mitad del incendio, las cartas se vuelven a repartir. Ahí es donde los hombres como yo, los que no tenemos compromisos ni remordimientos, podemos tomar exactamente lo que queremos sin que nadie nos pida cuentas. Tu capitán es solo la cerilla; yo solo quiero sentarme en primera fila a ver cómo se quema el escenario y lucrarme con las cenizas. ¿Te parece una respuesta con suficiente estética?
—Una motivación espantosa y carente de cualquier romanticismo —repliqué, cerrando mi abanico con un chasquido seco—. Pero al menos eres honesto en tu crueldad.
Seiji soltó una breve carcajada exenta de calor humano y se detuvo en seco, señalando el claro que se abría ante nosotros.
—Este es el escenario real, Aspros —dijo Seiji, su voz arrastrada rompiendo el eco de las raíces—. Ayer tuviste a tus objetivos atados y ordenados. En el Nuevo Mundo, tus enemigos no van a esperar sentados a que te concentres. Quien no puede desplegar su voluntad mientras esquiva un hacha, muere.
No hizo falta que dijera más. Un rugido gutural sacudió las lianas superiores. Tres enormes cocodrilos de los manglares, criaturas gigantescas con escamas gruesas como el acero y colmillos expuestos, cayeron desde las ramas bloqueándonos el paso. Sus ojos amarillos destilaban un hambre salvaje.
—Vaya, parece que el comité de bienvenida tiene hambre. Déjame el de la izquierda, Aspros, no quiero que te rompan las medias —dijo Seiji, perdiendo por un instante su apatía mientras una chispa de emoción combativa cruzaba su rostro.
—Cuida lo que dices, querido. Una reina no se despeina por un par de bolsos con patas —repliqué, cerrando mi abanico de un golpe—. Es hora de aumentar mi fondo de armario.
El primer cocodrilo se abalanzó sobre Seiji con las fauces abiertas. Con una parsimonia insultante, mi maestro esquivó la dentellada pivotando sobre un pie, cubrió su puño derecho con un reluciente Endurecimiento de Haki de Armadura negro azabache y le asestó un soberbio puñetazo en el hocico que hizo crujir el suelo. Al mismo tiempo, las otras dos bestias cargaron hacia mí. Usando mi Haki de Observación, anticipé el coletazo implacable del segundo reptil. Me impulsé en el aire con una pirueta perfecta de Okama Kempo, rozando las escamas de la criatura con la punta de mi tacón imbuida también en Haki, dejando una estela de chispas al golpear su lomo de acero.
Caí con elegancia justo cuando el tercer cocodrilo intentaba atraparme en el aire. Seiji, que ya había dejado aturdido al suyo, se deslizó a mi lado bloqueando las mandíbulas de la bestia con su pierna endurecida en Haki. Cruzamos una mirada veloz, coordinando nuestros movimientos en una danza letal. Dando un paso al frente, planté mis tacones con firmeza, respiré hondo y liberé una ráfaga controlada de mi Haoshoku Haki dirigida exclusivamente hacia las bestias del pantano. La presión espiritual golpeó sus mentes primitivas; las pupilas de los cocodrilos se contrajeron por un pánico absoluto y, tras soltar un gemido lastimero, cayeron pesadamente de costado, con los ojos en blanco, sumidos en la inconsciencia.
—Nada mal, espantapájaros. Tu ritmo está mejorando —admitió Seiji, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
Sin embargo, la función no había terminado. De las ruinas de un almacén abandonado surgieron una docena de mercenarios fuertemente armados con katanas y trabucos, con los rostros cubiertos de cicatrices y miradas hambrientas de sangre. Atraidos por el ruido del combate, habían estado esperando a que las bestias nos desgastaran. Eran carroñeros.
—¡Vaya, miren lo que trajo la marea! —gritó el que parecía el líder de los vándalos—. ¡Un dandy de colores y su amigo! ¡Sus cabezas valdrán algo en el mercado de esclavos!
—Qué público tan vulgar y falto de belleza—murmuré, desplegando de nuevo mi abanico con un chasquido seco—. Y no es mi amigo, es más bien un daño colateral. Seiji, espero que estés atento a mi coreografía final.
—Muéstrame cómo limpias el escenario tú solo, Aspros—respondió él, dando un paso atrás y apoyándose en una raíz con total indiferencia—. Te estaré esperando, ya sea para felicitarte o recoger tus coloridos restos del fangoso suelo.
Los mercenarios abrieron fuego sin previo aviso. Gracias al Haki de Observación intermedio que había pulido con Seiji, capté las líneas de intención de los disparos milisegundos antes de que apretaran los gatillos. Con una serie de flic-flacs y piruetas acrobáticas, mi cuerpo se deslizó entre las balas con la gracia de una bailarina.
Un mercenario se abalanzó sobre mí con un mandoble descendente. Vi su intención, pero en lugar de esquivar, concentré mi voluntad en mi antebrazo izquierdo, cubriéndolo con un blindaje negro azabache, y bloqueé el filo de la espada directamente con mi piel. La espada del mercenario vibró por el impacto contra mi defensa metálica, agrietándose y estallando en mil pedazos. Aprovechando su sorpresa, giré sobre mi propio eje y le propiné una patada en el pecho que lo mandó a volar contra las ruinas. Sin embargo, el resto de los vándalos se arrojaron en jauría, rodeándome por completo con sus armas en alto. El espacio se reducía y la presión física era abrumadora. Era el momento de dejar de jugar.
Dejé de lado la tensión muscular, respiré hondo y expandí mi espíritu por completo, conectando con el orgullo inquebrantable de la Reina de Kamabakka. La misma fuerza volcánica con la que había soñado, que salvó a Kenzo en el pasado, emergió ahora, pero bajo un dominio absoluto.
—¡Fuera de mi vista, marichochos! —bramé.
No grité con la garganta, sino con mi voluntad. Una onda de choque invisible, cargada de rayos negros y púrpuras de pura energía espiritual, estalló desde mi cuerpo en un radio perfecto, agitando violentamente la maleza. El impacto de mi Haoshoku Haki fue fulminante.
Los mercenarios que corrían hacia mí se detuvieron en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo el brillo de la razón. Las katanas resbalaron de sus manos flojas mientras un mareo agónico invadía sus cerebros. Al unísono, los doce vándalos cayeron de rodillas y luego se desplomaron de bruces contra el lodo, completamente noqueados, con la consciencia destrozada por el peso de mi convicción.
El silencio absoluto regresó a aquel recóndito rincón del manglar. Las hojas de los Yarukiman dejaron de agitarse, los pájaros prosiguieron sus cánticos silvestres. Me erguí despacio, alisando mi ropa con un gesto impecable y cerrando mi abanico con elegancia. El esfuerzo me había dejado respirando un poco más rápido, pero mi compostura era perfecta.
Seiji caminó entre los cuerpos inconscientes de los hombres y las bestias, observándolos con esa crueldad fría que ya conocía, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de auténtica satisfacción. Había terminado de esculpir su obra.
—Una actuación digna de aplauso, Aspros —dijo Seiji, deteniéndose frente a mí—. Has combinado la velocidad, la defensa del acero y la marea del Conquistador en mitad del caos. Ya no eres un peón ciego. Ahora eres una fuerza a tener en cuenta. Y, a decir verdad, muy conveniente.
—Te lo dije, maestro. Me gusta dominar el escenario, no importa cuán salvaje sea el decorado. Mi limonada está lista, y el Nuevo Mundo va a probar su sabor.
Seiji asintió levemente, dando un paso atrás y recuperando sus manos en los bolsillos, volviendo a ser ese pirata apático e indiferente al que nada parecía afectarle. Pero ambos sabíamos lo que se había gestado en estos manglares.
—Tu balandro está en el Manglar 24, listo para zarpar. Ve a buscar a tu capitán, reina de los Alas Negras. Haz todo el ruido que puedas en ese patíbulo —concluyó Seiji, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia la espesura, sin mirar atrás—. No me hagas arrepentirme de haberte dejado exprimir el limón.
Observé su silueta desaparecer entre las lianas y las sombras del manglar proscrito. No hubo abrazos ni despedidas sentimentales; nuestro pacto de sombras parecía haber concluido allí mismo, bajo la luz moribunda de la tarde. Con una sonrisa afilada y el corazón latiendo con el fuego de mis esperanzas renovadas, me di la vuelta y regresé al hostal para disfrutar de una última noche de comodidad antes de enfrentarme a la crudeza del mar.
A la mañana siguiente, las primeras luces del alba tiñeron el cielo de un tono dorado y limpio. Me vestí con una minuciosidad impecable, retocando mi maquillaje frente al espejo con la calma de quien sabe que se dirige a su gran estreno. Caminé hacia los muelles del manglar con paso firme, sintiendo el peso de mis tacones repicar contra la madera. Mi balandro aguardaba amarrado, balanceándose suavemente sobre las aguas del archipiélago. No tenía la menor intención de buscar a Seiji para despedirme; sabía perfectamente que aquel hombre no profesaba un especial cariño por mí, ni yo por él. Habíamos sido socios en un negocio de supervivencia y poder, nada más.
Subí a bordo, solté las amarras y desplegué las velas. El viento de la mañana comenzó a empujar la embarcación lejos de las raíces del Yarukiman, rompiendo la calma del agua. Me coloqué en la popa para observar cómo Sabaody se reducía en el horizonte.
Fue entonces cuando lo vi.
A unos pasos del borde del puerto, recortado contra la silueta de los árboles, Seiji estaba de pie. Mantenía una mano metida en el bolsillo mientras con la otra me dedicaba un saludo vago, apenas alzando los dedos en un gesto perezoso y desganado. Me miraba fijamente, con esa distancia helada que lo caracterizaba, pero no se quedó callado. Su voz, rasgando el viento matutino con una mezcla de orgullo rudo y sequedad, llegó nítida hasta mi cubierta:
—¡Oye, espantapájaros! —me gritó, esbozando su típica sonrisa de medio lado—. ¡Más te vale destrozar sus malditas reglas! ¡Quiero ver cómo arde ese Nuevo Mundo!
Una carcajada sofisticada escapó de mis labios y abrí mi abanico con un movimiento teatral, devolviéndole el saludo con toda la elegancia que se merecía el director de mi última gran función. El entrenamiento en Sabaody había terminado. El balandro cortaba las olas con fuerza y el Nuevo Mundo aguardaba en el horizonte.
Caminaba al lado de Seiji con mi habitual paso firme y aristocrático. Mis ropajes asimétricos y mi postura estilizada contrastaban con la podredumbre del entorno. Él avanzaba con las manos en los bolsillos, tan relajado como el primer día, pero su mirada calculadora escudriñaba las sombras.
Aprovechando el relativo silencio del trayecto, decidí romper el hielo. El día anterior me había quedado pensando en sus frías ambiciones. Desplegué mi abanico con un movimiento pausado, mirándolo de reojo por encima del borde.
—Dime una cosa, Seiji... —comencé, arrastrando las palabras con un deje de elegante curiosidad—. ¿Por qué vives tan enfadado con el mundo? Tras esa fachada de aburrimiento absoluto, destilas una rabia helada bastante llamativa. ¿Qué es lo que esperas conseguir exactamente del caos que tanto anhelas?
Seiji no se detuvo, ni siquiera cambió el ritmo de su caminata. Sin embargo, su habitual sonrisa apática se ensanchó un milímetro, tiñéndose de una sombra más oscura.
—¿Enfadado? No te equivoques, reina. El enfado es una emoción ruidosa y estúpida, no pierdo el tiempo con ella —respondió con su voz arrastrada y magnética—. Lo que siento por este mundo es un aburrimiento absoluto y un profundo desprecio. Todo está rígidamente ordenado por vejestorios con coronas de oro y mariscales llenos de medallas que imponen sus malditas reglas. En un mundo así de predecible, los negocios son lentos y las vidas de la gente común no valen nada.
Se detuvo un instante, mirando hacia la espesura del manglar maldito antes de volver a avanzar.
—El caos es el único gran catalizador, Aspros. Cuando el Nuevo Mundo arda, cuando los cimientos del Gobierno se tambaleen por culpa de piratas como tus Alas Negras, todas las reglas absurdas desaparecerán. En mitad del incendio, las cartas se vuelven a repartir. Ahí es donde los hombres como yo, los que no tenemos compromisos ni remordimientos, podemos tomar exactamente lo que queremos sin que nadie nos pida cuentas. Tu capitán es solo la cerilla; yo solo quiero sentarme en primera fila a ver cómo se quema el escenario y lucrarme con las cenizas. ¿Te parece una respuesta con suficiente estética?
—Una motivación espantosa y carente de cualquier romanticismo —repliqué, cerrando mi abanico con un chasquido seco—. Pero al menos eres honesto en tu crueldad.
Seiji soltó una breve carcajada exenta de calor humano y se detuvo en seco, señalando el claro que se abría ante nosotros.
—Este es el escenario real, Aspros —dijo Seiji, su voz arrastrada rompiendo el eco de las raíces—. Ayer tuviste a tus objetivos atados y ordenados. En el Nuevo Mundo, tus enemigos no van a esperar sentados a que te concentres. Quien no puede desplegar su voluntad mientras esquiva un hacha, muere.
No hizo falta que dijera más. Un rugido gutural sacudió las lianas superiores. Tres enormes cocodrilos de los manglares, criaturas gigantescas con escamas gruesas como el acero y colmillos expuestos, cayeron desde las ramas bloqueándonos el paso. Sus ojos amarillos destilaban un hambre salvaje.
—Vaya, parece que el comité de bienvenida tiene hambre. Déjame el de la izquierda, Aspros, no quiero que te rompan las medias —dijo Seiji, perdiendo por un instante su apatía mientras una chispa de emoción combativa cruzaba su rostro.
—Cuida lo que dices, querido. Una reina no se despeina por un par de bolsos con patas —repliqué, cerrando mi abanico de un golpe—. Es hora de aumentar mi fondo de armario.
El primer cocodrilo se abalanzó sobre Seiji con las fauces abiertas. Con una parsimonia insultante, mi maestro esquivó la dentellada pivotando sobre un pie, cubrió su puño derecho con un reluciente Endurecimiento de Haki de Armadura negro azabache y le asestó un soberbio puñetazo en el hocico que hizo crujir el suelo. Al mismo tiempo, las otras dos bestias cargaron hacia mí. Usando mi Haki de Observación, anticipé el coletazo implacable del segundo reptil. Me impulsé en el aire con una pirueta perfecta de Okama Kempo, rozando las escamas de la criatura con la punta de mi tacón imbuida también en Haki, dejando una estela de chispas al golpear su lomo de acero.
Caí con elegancia justo cuando el tercer cocodrilo intentaba atraparme en el aire. Seiji, que ya había dejado aturdido al suyo, se deslizó a mi lado bloqueando las mandíbulas de la bestia con su pierna endurecida en Haki. Cruzamos una mirada veloz, coordinando nuestros movimientos en una danza letal. Dando un paso al frente, planté mis tacones con firmeza, respiré hondo y liberé una ráfaga controlada de mi Haoshoku Haki dirigida exclusivamente hacia las bestias del pantano. La presión espiritual golpeó sus mentes primitivas; las pupilas de los cocodrilos se contrajeron por un pánico absoluto y, tras soltar un gemido lastimero, cayeron pesadamente de costado, con los ojos en blanco, sumidos en la inconsciencia.
—Nada mal, espantapájaros. Tu ritmo está mejorando —admitió Seiji, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
Sin embargo, la función no había terminado. De las ruinas de un almacén abandonado surgieron una docena de mercenarios fuertemente armados con katanas y trabucos, con los rostros cubiertos de cicatrices y miradas hambrientas de sangre. Atraidos por el ruido del combate, habían estado esperando a que las bestias nos desgastaran. Eran carroñeros.
—¡Vaya, miren lo que trajo la marea! —gritó el que parecía el líder de los vándalos—. ¡Un dandy de colores y su amigo! ¡Sus cabezas valdrán algo en el mercado de esclavos!
—Qué público tan vulgar y falto de belleza—murmuré, desplegando de nuevo mi abanico con un chasquido seco—. Y no es mi amigo, es más bien un daño colateral. Seiji, espero que estés atento a mi coreografía final.
—Muéstrame cómo limpias el escenario tú solo, Aspros—respondió él, dando un paso atrás y apoyándose en una raíz con total indiferencia—. Te estaré esperando, ya sea para felicitarte o recoger tus coloridos restos del fangoso suelo.
Los mercenarios abrieron fuego sin previo aviso. Gracias al Haki de Observación intermedio que había pulido con Seiji, capté las líneas de intención de los disparos milisegundos antes de que apretaran los gatillos. Con una serie de flic-flacs y piruetas acrobáticas, mi cuerpo se deslizó entre las balas con la gracia de una bailarina.
Un mercenario se abalanzó sobre mí con un mandoble descendente. Vi su intención, pero en lugar de esquivar, concentré mi voluntad en mi antebrazo izquierdo, cubriéndolo con un blindaje negro azabache, y bloqueé el filo de la espada directamente con mi piel. La espada del mercenario vibró por el impacto contra mi defensa metálica, agrietándose y estallando en mil pedazos. Aprovechando su sorpresa, giré sobre mi propio eje y le propiné una patada en el pecho que lo mandó a volar contra las ruinas. Sin embargo, el resto de los vándalos se arrojaron en jauría, rodeándome por completo con sus armas en alto. El espacio se reducía y la presión física era abrumadora. Era el momento de dejar de jugar.
Dejé de lado la tensión muscular, respiré hondo y expandí mi espíritu por completo, conectando con el orgullo inquebrantable de la Reina de Kamabakka. La misma fuerza volcánica con la que había soñado, que salvó a Kenzo en el pasado, emergió ahora, pero bajo un dominio absoluto.
—¡Fuera de mi vista, marichochos! —bramé.
No grité con la garganta, sino con mi voluntad. Una onda de choque invisible, cargada de rayos negros y púrpuras de pura energía espiritual, estalló desde mi cuerpo en un radio perfecto, agitando violentamente la maleza. El impacto de mi Haoshoku Haki fue fulminante.
Los mercenarios que corrían hacia mí se detuvieron en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo el brillo de la razón. Las katanas resbalaron de sus manos flojas mientras un mareo agónico invadía sus cerebros. Al unísono, los doce vándalos cayeron de rodillas y luego se desplomaron de bruces contra el lodo, completamente noqueados, con la consciencia destrozada por el peso de mi convicción.
El silencio absoluto regresó a aquel recóndito rincón del manglar. Las hojas de los Yarukiman dejaron de agitarse, los pájaros prosiguieron sus cánticos silvestres. Me erguí despacio, alisando mi ropa con un gesto impecable y cerrando mi abanico con elegancia. El esfuerzo me había dejado respirando un poco más rápido, pero mi compostura era perfecta.
Seiji caminó entre los cuerpos inconscientes de los hombres y las bestias, observándolos con esa crueldad fría que ya conocía, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de auténtica satisfacción. Había terminado de esculpir su obra.
—Una actuación digna de aplauso, Aspros —dijo Seiji, deteniéndose frente a mí—. Has combinado la velocidad, la defensa del acero y la marea del Conquistador en mitad del caos. Ya no eres un peón ciego. Ahora eres una fuerza a tener en cuenta. Y, a decir verdad, muy conveniente.
—Te lo dije, maestro. Me gusta dominar el escenario, no importa cuán salvaje sea el decorado. Mi limonada está lista, y el Nuevo Mundo va a probar su sabor.
Seiji asintió levemente, dando un paso atrás y recuperando sus manos en los bolsillos, volviendo a ser ese pirata apático e indiferente al que nada parecía afectarle. Pero ambos sabíamos lo que se había gestado en estos manglares.
—Tu balandro está en el Manglar 24, listo para zarpar. Ve a buscar a tu capitán, reina de los Alas Negras. Haz todo el ruido que puedas en ese patíbulo —concluyó Seiji, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia la espesura, sin mirar atrás—. No me hagas arrepentirme de haberte dejado exprimir el limón.
Observé su silueta desaparecer entre las lianas y las sombras del manglar proscrito. No hubo abrazos ni despedidas sentimentales; nuestro pacto de sombras parecía haber concluido allí mismo, bajo la luz moribunda de la tarde. Con una sonrisa afilada y el corazón latiendo con el fuego de mis esperanzas renovadas, me di la vuelta y regresé al hostal para disfrutar de una última noche de comodidad antes de enfrentarme a la crudeza del mar.
A la mañana siguiente, las primeras luces del alba tiñeron el cielo de un tono dorado y limpio. Me vestí con una minuciosidad impecable, retocando mi maquillaje frente al espejo con la calma de quien sabe que se dirige a su gran estreno. Caminé hacia los muelles del manglar con paso firme, sintiendo el peso de mis tacones repicar contra la madera. Mi balandro aguardaba amarrado, balanceándose suavemente sobre las aguas del archipiélago. No tenía la menor intención de buscar a Seiji para despedirme; sabía perfectamente que aquel hombre no profesaba un especial cariño por mí, ni yo por él. Habíamos sido socios en un negocio de supervivencia y poder, nada más.
Subí a bordo, solté las amarras y desplegué las velas. El viento de la mañana comenzó a empujar la embarcación lejos de las raíces del Yarukiman, rompiendo la calma del agua. Me coloqué en la popa para observar cómo Sabaody se reducía en el horizonte.
Fue entonces cuando lo vi.
A unos pasos del borde del puerto, recortado contra la silueta de los árboles, Seiji estaba de pie. Mantenía una mano metida en el bolsillo mientras con la otra me dedicaba un saludo vago, apenas alzando los dedos en un gesto perezoso y desganado. Me miraba fijamente, con esa distancia helada que lo caracterizaba, pero no se quedó callado. Su voz, rasgando el viento matutino con una mezcla de orgullo rudo y sequedad, llegó nítida hasta mi cubierta:
—¡Oye, espantapájaros! —me gritó, esbozando su típica sonrisa de medio lado—. ¡Más te vale destrozar sus malditas reglas! ¡Quiero ver cómo arde ese Nuevo Mundo!
Una carcajada sofisticada escapó de mis labios y abrí mi abanico con un movimiento teatral, devolviéndole el saludo con toda la elegancia que se merecía el director de mi última gran función. El entrenamiento en Sabaody había terminado. El balandro cortaba las olas con fuerza y el Nuevo Mundo aguardaba en el horizonte.
![[Imagen: rvCfBMF.png]](https://imgur.com/rvCfBMF.png)
