13-01-2024, 10:42 PM
Estar mirando aquel cielo tan precioso y estrellado me hizo darme cuenta de la situación en la que estaba.
Estaba abriéndome totalmente con Ikirami, una persona que conozco desde prácticamente nada - ese mismo día - Le estaba contando todas mis inquietudes, mis pensamientos, mis sueños. Esto era algo que nunca hice de una manera tan profunda con nadie. Recuerdo el momento en el que, en Isla Yotsuba, en el East Blue, nos juntamos Sephi, Vulkan, Minato y yo, en el jardín trasero de la Base G-34, en el que los chicos abiertamente contaron sus expectativas como marines, sus metas y sus sueños. Aún suena en mi cabeza aquello, como Minato y Sephi querían ver quién de los dos llegaría a ser antes un Almirante, creando así una especie de rivalidad sana y deportiva, o como Vulkan quería impartir su justicia fuera como fuera. Lo recuerdo, apoyé a todos y cada uno de ellos en sus sueños y metas... pero yo no dije nada sobre mí, solo me limité a escucharles y darles mis mejores deseos para que pudieran cumplirlos.
Y ahora, en cambio, es todo lo contrario, con Ikirami me he abierto completamente, le he contado cosas que ni siquiera había hablado de ellas con otra persona en mi vida. Muy pocos saben por mi pasión por la cocina. Muy pocos sobre mi pasado con Spike, y casi nadie sobre Kofu y que fui un niño abandonado. Pero se lo había dicho con mucha tranquilidad y confianza, y eso que hace un rato estaba completamente llena de energía y fiesta por el alcohol. Supongo que, de alguna manera, sus palabras me transmiten cierta calidez, haciendo que pueda expresarme tal y como soy, sin esconder nada.
Tras mi comentario de como quería ser una mejor persona para los que me rodean, me dijo unas palabras tranquilizadoras, afirmando que Spike estaría orgulloso de ello, pues había visto en mí una buena persona que se preocupa por los suyos, algo que no se ve a menudo. Me sentí totalmente alagado por sus palabras, y sobre todo me transmitieron cierta tranquilidad. Desde lo de Minato, no había encontrado un poco de paz con este asunto, culpándome totalmente por ello y por no poder haberle salvado aquel día. También se sintió apenada por lo de Kofu, diciéndome algo bastante revelador: ella ha perdido mucho por los piratas. Me quedé con esa frase para, en otro mejor momento, preguntarle y saber más de ella, no por simple curiosidad, sino por preocupación, pues decir algo así no es plato de buen gusto para nadie.
Cuando le sugerí pedir el deseo ahora que nos encontrábamos bajo aquel manto estrellado en la noche, me advirtió de la consecuencia de hacerlo, era algo que no podía deshacerse, así como así - ¡Claro que sí! Si lo pido es porque estoy seguro de ello - Le dije con confianza, para que supiera que no me iba a echar hacia atrás. Delante de nosotros, había un banco de madera totalmente vacío, dadas las horas que eran, en completa oscuridad.
De repente, Ikirami tomó mi mano para llevarme hasta a él. De nuevo, otra vez volví a sentir aquel calor, igual que cuando me tomó el brazo, no sé si de nuevo fue un acto involuntario o que, pero me gustó, y solamente me dejé llevar por el momento. Sentándonos juntos, miramos al cielo, y después el uno al otro, la tenía muy cerca de mí y me sentía bien, arropado por ella de alguna manera. Me dio las instrucciones para poder realizar aquello del deseo, y era bien fácil. Mirar a la estrella del centro, sin perderla de vista y pensar en aquello que deseo, era bastante sencillo.
Terminó de decírmelo y seguíamos mirándonos, y aún seguía ruborizándome, aunque cada vez menos. Ya no era cuestión de que es una mujer muy guapa y atractiva, con un semblante femenino delicado. Era por algo que me hacía sentir por dentro. Supongo... que era aquel calorcito que me envolvía al estar junto a ella, era agradable y reconfortante, que me hacía sentirme muy bien por dentro - Va... vale, lo haré bien concentrado - Dije algo nervioso, al tenerla tan cerca de mí.
Me giré para mirar de nuevo el estrellado cielo, y suspiré. Me concentré en mirar la estrella del centro, solamente tenía ojos para ella. Estaba relajado, destensé los músculos, y me decidí a ello. Una vez que me percaté de que mis ojos solo estaban apuntando a la estrella del centro, lo hice - Me comprometo a poder salvar a todos aquellos que no puedan defenderse por sí solos. Proteger a la gente que está cerca de mí... y desear poder vivir feliz - Terminé de pensar. No hice ningún gesto raro, ni puse caras, al revés, estaba calmado totalmente, tranquilo, y lo pensé desde el alma y el corazón, tal y como me dijo Ikirami - Bien, pues y... - De repente, algo cortaron mis palabras mientras aún miraba al cielo. Noté en el hombro derecho un suave golpecito, me giré lentamente para observar que había pasado.
Ikirami, se durmió, y en consecuencia, su cabeza cayó hacia mi hombro, haciendo que reposara sobre él. La imagen era muy tierna, pues hace un rato era un terremoto en aquella taberna, y ahora parecía un angelito que nunca había roto un plato. No pude evitar sonreír mientras suspiraba. Supongo que el cansancio del viaje, la presentación y todo lo que hemos andado por pueblo Kakutasu, y porque no decirlo, el alcohol, hicieron de esto que la pobre estuviera completamente agotada. No quería despertarla, pero era muy tarde, y la noche empezaba a ser cada vez más fría. Así que no me lo pensé mucho.
Primero, metí las bolsas de las compras por mi brazo izquierdo, para así no usar las manos. Segundo, con suma delicadeza y cuidado, le coloqué su brazo derecho encima de mi hombro, pasando a ponerme delante de ella, y acto seguido, cruzando mi derecha por delante de mí y llevándola al lado contrario, su brazo izquierdo en mi hombro izquierdo. Una vez en esa posición, pegué mi espalda con su vientre y su pecho, cogí sus piernas con ambos brazos, y la llevé a aúpa - o caballito, como dicen algunos por estas tierras vaqueras - Me levanté y comencé a andar rumbo al hostal, mientras que, por la inercia del movimiento, dejo caer su cabeza encima de mi espalda, estando así apoyada en ella. Su larga melena roja incluso me hacía cosquillas. Miré al cielo de nuevo, a aquella preciosa constelación que me enseñó, y no pude evitar sonreír de oreja a oreja. Una vez más, sentía aquel calorcito dentro de mí, y me encantaba sentirme así. A veces, incluso hacía algún ruidito muy dulce producto del sueño, no podía soltar una nasal risa al escucharlo, realmente estaba completamente agotada.
Llegue al hostal por fin, entré por la puerta. Esta vez, no estaba la anciana dueña de aquello, sino un trabajador que la cubría por las noches su turno. Le saludé de manera silenciosa para no despertar a Ikirami. Subí a la planta de arriba, donde estaban las habitaciones, y me dirigí a la de mi compañera. No tenían llaves, pues en este hostal, se confiaba mucho en que la gente no hicieran cosas como robos. Sujetando a Ikirami con mi brazo izquierdo por la pierna, haciendo algo más de fuerza, usé mi mano derecha para abrir por el pomo y entrar. La habitación estaba completamente limpia, parecer que Ikirami dejó parte de su ropa colgada en el armario. Dejé las bolsas de la compra en el suelo y cerré la puerta. La habitación estaba completamente iluminada por la luna y las estrellas de aquella noche, no era mucho, pero sí suficiente para ver con claridad dentro de ella.
Me dirigí a la cama y con delicadeza, la solté y coloqué en la cama, en una posición lateral. Por suerte, no se despertó por ello. La noche era muy fría, la habitación estaba a una temperatura muy baja, y podía ponerse mala. Miré al armario brevemente y observé un camisón de encaje negro colgando, ropa muy utilizada para dormir. Volví a mirarla a ella, la cual llevaba puesto el conjunto que se compró en la tienda anterior, algo que para las calurosas mañanas y tardes le podía servir, pero, ahora mismo, no. No sé qué se me pasó por la mente, incluso me entraron los sudores. Suspiré - Si hago esto, se lo explicaré algún día... - dije en un tono bajito. Me dirigí al armario y cogí el camisón.
Me fijé que se movió estando aún dormida, poniéndose boca arriba con los brazos totalmente estirados mientras seguía durmiendo. Aproveché esa posición para, acercármela a mí, dejando que sus brazos reposaran en mis hombros. Miré totalmente a la pared, muerto de vergüenza - ¿Por qué hago esto? - Llegué a plantearme incluso. Pero, sin pensármelo, y sin quitar la mirada de aquella madera, saqué la camisa con el nudo que llevaba puesta hacia arriba, saliendo por sus brazos. De nuevo, sentí ese calor dentro de mí al tenerla tan cerca, pero aun así, seguía muerto de vergüenza, estaba completamente rojo. Tan rápido como pude, cogí el camisón y se lo puse. Aprovechando que estaba apoyada en mis hombros, cogí las sabanas y las quité. La agarré de la espalda con delicadeza, y la desplacé dentro de estas, dejando levemente su cabeza en la almohada con mi mano y sumo cuidado, finalizando con ponerle por encima las sabanas.
Suspiré de nuevo, con algo más de fuerza. Si alguien viera esto, no sé qué podría pensar de mí, aunque con razón. Solamente quería que durmiera completamente bien. Dejé la camisa que le quité encima de la silla, corrí las persianas un poco para que no entrase demasiado la luz y me dirigí a la puerta. Abrí la puerta, dando un paso hacia delante, para pararme en seco, girando así mi cabeza y la mirada hacia Ikirami. Dormía placidamente, incluso no llegué a percatarme, como cogió las sabanas y se tapó prácticamente hasta el cuello, demostrándome que sí que hacía frío en esta habitación - Menos mal... Supongo que hice bien - Me dije para mí mismo. Le pegué un último vistazo a Ikirami, y esbocé una pequeña sonrisa, para, a continuación, salir de la habitación, coger las compras del suelo y cerrar de nuevo.
Cerré sin hacer ni un ruido, y me dirigí por fin a mi habitación, había sido un día lleno de muchas cosas, sobre todo emociones, y también estaba algo cansado. Avancé por el pasillo hasta mi hospedaje con una sensación buena, que me hacia estar feliz.
Supongo que, hoy dormiría con ese calorcito dentro de mi.
Estaba abriéndome totalmente con Ikirami, una persona que conozco desde prácticamente nada - ese mismo día - Le estaba contando todas mis inquietudes, mis pensamientos, mis sueños. Esto era algo que nunca hice de una manera tan profunda con nadie. Recuerdo el momento en el que, en Isla Yotsuba, en el East Blue, nos juntamos Sephi, Vulkan, Minato y yo, en el jardín trasero de la Base G-34, en el que los chicos abiertamente contaron sus expectativas como marines, sus metas y sus sueños. Aún suena en mi cabeza aquello, como Minato y Sephi querían ver quién de los dos llegaría a ser antes un Almirante, creando así una especie de rivalidad sana y deportiva, o como Vulkan quería impartir su justicia fuera como fuera. Lo recuerdo, apoyé a todos y cada uno de ellos en sus sueños y metas... pero yo no dije nada sobre mí, solo me limité a escucharles y darles mis mejores deseos para que pudieran cumplirlos.
Y ahora, en cambio, es todo lo contrario, con Ikirami me he abierto completamente, le he contado cosas que ni siquiera había hablado de ellas con otra persona en mi vida. Muy pocos saben por mi pasión por la cocina. Muy pocos sobre mi pasado con Spike, y casi nadie sobre Kofu y que fui un niño abandonado. Pero se lo había dicho con mucha tranquilidad y confianza, y eso que hace un rato estaba completamente llena de energía y fiesta por el alcohol. Supongo que, de alguna manera, sus palabras me transmiten cierta calidez, haciendo que pueda expresarme tal y como soy, sin esconder nada.
Tras mi comentario de como quería ser una mejor persona para los que me rodean, me dijo unas palabras tranquilizadoras, afirmando que Spike estaría orgulloso de ello, pues había visto en mí una buena persona que se preocupa por los suyos, algo que no se ve a menudo. Me sentí totalmente alagado por sus palabras, y sobre todo me transmitieron cierta tranquilidad. Desde lo de Minato, no había encontrado un poco de paz con este asunto, culpándome totalmente por ello y por no poder haberle salvado aquel día. También se sintió apenada por lo de Kofu, diciéndome algo bastante revelador: ella ha perdido mucho por los piratas. Me quedé con esa frase para, en otro mejor momento, preguntarle y saber más de ella, no por simple curiosidad, sino por preocupación, pues decir algo así no es plato de buen gusto para nadie.
Cuando le sugerí pedir el deseo ahora que nos encontrábamos bajo aquel manto estrellado en la noche, me advirtió de la consecuencia de hacerlo, era algo que no podía deshacerse, así como así - ¡Claro que sí! Si lo pido es porque estoy seguro de ello - Le dije con confianza, para que supiera que no me iba a echar hacia atrás. Delante de nosotros, había un banco de madera totalmente vacío, dadas las horas que eran, en completa oscuridad.
De repente, Ikirami tomó mi mano para llevarme hasta a él. De nuevo, otra vez volví a sentir aquel calor, igual que cuando me tomó el brazo, no sé si de nuevo fue un acto involuntario o que, pero me gustó, y solamente me dejé llevar por el momento. Sentándonos juntos, miramos al cielo, y después el uno al otro, la tenía muy cerca de mí y me sentía bien, arropado por ella de alguna manera. Me dio las instrucciones para poder realizar aquello del deseo, y era bien fácil. Mirar a la estrella del centro, sin perderla de vista y pensar en aquello que deseo, era bastante sencillo.
Terminó de decírmelo y seguíamos mirándonos, y aún seguía ruborizándome, aunque cada vez menos. Ya no era cuestión de que es una mujer muy guapa y atractiva, con un semblante femenino delicado. Era por algo que me hacía sentir por dentro. Supongo... que era aquel calorcito que me envolvía al estar junto a ella, era agradable y reconfortante, que me hacía sentirme muy bien por dentro - Va... vale, lo haré bien concentrado - Dije algo nervioso, al tenerla tan cerca de mí.
Me giré para mirar de nuevo el estrellado cielo, y suspiré. Me concentré en mirar la estrella del centro, solamente tenía ojos para ella. Estaba relajado, destensé los músculos, y me decidí a ello. Una vez que me percaté de que mis ojos solo estaban apuntando a la estrella del centro, lo hice - Me comprometo a poder salvar a todos aquellos que no puedan defenderse por sí solos. Proteger a la gente que está cerca de mí... y desear poder vivir feliz - Terminé de pensar. No hice ningún gesto raro, ni puse caras, al revés, estaba calmado totalmente, tranquilo, y lo pensé desde el alma y el corazón, tal y como me dijo Ikirami - Bien, pues y... - De repente, algo cortaron mis palabras mientras aún miraba al cielo. Noté en el hombro derecho un suave golpecito, me giré lentamente para observar que había pasado.
Ikirami, se durmió, y en consecuencia, su cabeza cayó hacia mi hombro, haciendo que reposara sobre él. La imagen era muy tierna, pues hace un rato era un terremoto en aquella taberna, y ahora parecía un angelito que nunca había roto un plato. No pude evitar sonreír mientras suspiraba. Supongo que el cansancio del viaje, la presentación y todo lo que hemos andado por pueblo Kakutasu, y porque no decirlo, el alcohol, hicieron de esto que la pobre estuviera completamente agotada. No quería despertarla, pero era muy tarde, y la noche empezaba a ser cada vez más fría. Así que no me lo pensé mucho.
Primero, metí las bolsas de las compras por mi brazo izquierdo, para así no usar las manos. Segundo, con suma delicadeza y cuidado, le coloqué su brazo derecho encima de mi hombro, pasando a ponerme delante de ella, y acto seguido, cruzando mi derecha por delante de mí y llevándola al lado contrario, su brazo izquierdo en mi hombro izquierdo. Una vez en esa posición, pegué mi espalda con su vientre y su pecho, cogí sus piernas con ambos brazos, y la llevé a aúpa - o caballito, como dicen algunos por estas tierras vaqueras - Me levanté y comencé a andar rumbo al hostal, mientras que, por la inercia del movimiento, dejo caer su cabeza encima de mi espalda, estando así apoyada en ella. Su larga melena roja incluso me hacía cosquillas. Miré al cielo de nuevo, a aquella preciosa constelación que me enseñó, y no pude evitar sonreír de oreja a oreja. Una vez más, sentía aquel calorcito dentro de mí, y me encantaba sentirme así. A veces, incluso hacía algún ruidito muy dulce producto del sueño, no podía soltar una nasal risa al escucharlo, realmente estaba completamente agotada.
Llegue al hostal por fin, entré por la puerta. Esta vez, no estaba la anciana dueña de aquello, sino un trabajador que la cubría por las noches su turno. Le saludé de manera silenciosa para no despertar a Ikirami. Subí a la planta de arriba, donde estaban las habitaciones, y me dirigí a la de mi compañera. No tenían llaves, pues en este hostal, se confiaba mucho en que la gente no hicieran cosas como robos. Sujetando a Ikirami con mi brazo izquierdo por la pierna, haciendo algo más de fuerza, usé mi mano derecha para abrir por el pomo y entrar. La habitación estaba completamente limpia, parecer que Ikirami dejó parte de su ropa colgada en el armario. Dejé las bolsas de la compra en el suelo y cerré la puerta. La habitación estaba completamente iluminada por la luna y las estrellas de aquella noche, no era mucho, pero sí suficiente para ver con claridad dentro de ella.
Me dirigí a la cama y con delicadeza, la solté y coloqué en la cama, en una posición lateral. Por suerte, no se despertó por ello. La noche era muy fría, la habitación estaba a una temperatura muy baja, y podía ponerse mala. Miré al armario brevemente y observé un camisón de encaje negro colgando, ropa muy utilizada para dormir. Volví a mirarla a ella, la cual llevaba puesto el conjunto que se compró en la tienda anterior, algo que para las calurosas mañanas y tardes le podía servir, pero, ahora mismo, no. No sé qué se me pasó por la mente, incluso me entraron los sudores. Suspiré - Si hago esto, se lo explicaré algún día... - dije en un tono bajito. Me dirigí al armario y cogí el camisón.
Me fijé que se movió estando aún dormida, poniéndose boca arriba con los brazos totalmente estirados mientras seguía durmiendo. Aproveché esa posición para, acercármela a mí, dejando que sus brazos reposaran en mis hombros. Miré totalmente a la pared, muerto de vergüenza - ¿Por qué hago esto? - Llegué a plantearme incluso. Pero, sin pensármelo, y sin quitar la mirada de aquella madera, saqué la camisa con el nudo que llevaba puesta hacia arriba, saliendo por sus brazos. De nuevo, sentí ese calor dentro de mí al tenerla tan cerca, pero aun así, seguía muerto de vergüenza, estaba completamente rojo. Tan rápido como pude, cogí el camisón y se lo puse. Aprovechando que estaba apoyada en mis hombros, cogí las sabanas y las quité. La agarré de la espalda con delicadeza, y la desplacé dentro de estas, dejando levemente su cabeza en la almohada con mi mano y sumo cuidado, finalizando con ponerle por encima las sabanas.
Suspiré de nuevo, con algo más de fuerza. Si alguien viera esto, no sé qué podría pensar de mí, aunque con razón. Solamente quería que durmiera completamente bien. Dejé la camisa que le quité encima de la silla, corrí las persianas un poco para que no entrase demasiado la luz y me dirigí a la puerta. Abrí la puerta, dando un paso hacia delante, para pararme en seco, girando así mi cabeza y la mirada hacia Ikirami. Dormía placidamente, incluso no llegué a percatarme, como cogió las sabanas y se tapó prácticamente hasta el cuello, demostrándome que sí que hacía frío en esta habitación - Menos mal... Supongo que hice bien - Me dije para mí mismo. Le pegué un último vistazo a Ikirami, y esbocé una pequeña sonrisa, para, a continuación, salir de la habitación, coger las compras del suelo y cerrar de nuevo.
Cerré sin hacer ni un ruido, y me dirigí por fin a mi habitación, había sido un día lleno de muchas cosas, sobre todo emociones, y también estaba algo cansado. Avancé por el pasillo hasta mi hospedaje con una sensación buena, que me hacia estar feliz.
Supongo que, hoy dormiría con ese calorcito dentro de mi.
