15-02-2024, 01:28 PM
(Última modificación: 15-02-2024, 01:30 PM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
Sitios como aquel siempre se caracterizan por un amplio catálogo de aromas, cada cual más repulsivo que el anterior. Pocas veces un lugar huele de esa forma por sus componentes naturales. No, suele ser la gentuza que lo frecuenta quien deleita con fragancias a sudor, humo, suciedad, comida rancia, podredumbre, mal aliento, meados o incluso mierda. Muy representativo.
Al cruzar al otro lado de las puertas, una amalgama de todos aquellos olores me dio la bienvenida. No era algo nuevo para mí, dados los ambientes por donde me solía mover, pero el golpe inicial siempre era desagradable. Luego una se acostumbraba. Qué remedio. Una vida como esta no estaba rodeada de lujos, jabón y espuma, aunque intentaba disfrutar de ellos cada vez que tenía ocasión. Mi último baño había sido esa misma tarde, antes de mi siesta. ¿El último baño de esa gente? Con suerte, el siglo pasado.
Se veía que tampoco sabían hablar a un volumen civilizado. Más que personas —término benévolo— bebiendo, parecían osos en celo. Y osas, que también había unas cuantas.
Pasada la bofetada aromática inicial, el olor a diferentes tipos de alcohol inundó mis fosas nasales. Después, comida. Efectivamente, también comían como osos.
Como buena madriguera, la suciedad era un invitado más, así como las arañas que tejían su arte.
Todo tan desagradable y, para mí, con tanto tinte familiar.
No solo las mesas estaban ocupadas (aunque no todas), sino que en la barra también descansaban almas desdichadas que buscaban alcoholizar su noche una vez más. Yo también sería una de ellas, así que ocupé uno de los huecos. La superficie de madera se notaba más pegajosa de lo que me habría gustado.
Al cruzar al otro lado de las puertas, una amalgama de todos aquellos olores me dio la bienvenida. No era algo nuevo para mí, dados los ambientes por donde me solía mover, pero el golpe inicial siempre era desagradable. Luego una se acostumbraba. Qué remedio. Una vida como esta no estaba rodeada de lujos, jabón y espuma, aunque intentaba disfrutar de ellos cada vez que tenía ocasión. Mi último baño había sido esa misma tarde, antes de mi siesta. ¿El último baño de esa gente? Con suerte, el siglo pasado.
Se veía que tampoco sabían hablar a un volumen civilizado. Más que personas —término benévolo— bebiendo, parecían osos en celo. Y osas, que también había unas cuantas.
Pasada la bofetada aromática inicial, el olor a diferentes tipos de alcohol inundó mis fosas nasales. Después, comida. Efectivamente, también comían como osos.
Como buena madriguera, la suciedad era un invitado más, así como las arañas que tejían su arte.
Todo tan desagradable y, para mí, con tanto tinte familiar.
No solo las mesas estaban ocupadas (aunque no todas), sino que en la barra también descansaban almas desdichadas que buscaban alcoholizar su noche una vez más. Yo también sería una de ellas, así que ocupé uno de los huecos. La superficie de madera se notaba más pegajosa de lo que me habría gustado.
Entonces, vi al atareado camarero, a quien se supone que debía decir la estúpida contraseña. Se trataba de un hombre muy delgado, con grandes ojeras oscuras y gesto indiferente. Su cabello oscuro era aún más largo que el mío, tan grasiento que tal vez lo utilizaran para cocinar.
Entonces, escuché cómo, a pocos metros de mí, alguien se dirigía al tipo como "señor Mugre". Grandísima descripción con tan pocas palabras. Reprimí una sonrisa, pues mi cara de mala hostia era más adaptativa en aquel lugar.
También escuché "cerveza".
—Otra pinta para mí —exigí cuando me aseguré de que el camarero se había fijado en mí.
Pensé en decir la contraseña, pero mi cuerpo estaba pidiendo la bebida primero, así que le obedecí. Aún quedaba mucha noche, mi potencial adquisición de arma podría esperar un poco más.
Si es que allí realmente trapicheaban, como me habían dicho.
Si es que no me habían engañado.
Si aquel borracho me había mentido, me encargaría personalmente de buscarlo y tirarle los dientes abajo.
Pero no quería adelantar acontecimientos. Le daría una oportunidad al sitio, tan mugroso como su camarero, y si luego resultaba ser un engaño, obraría en consecuencia. Primero, la cerveza.
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