16-02-2024, 11:06 AM
¿Señorita Mapache?
Miré a mi izquierda, a mi derecha, incluso detrás de la barra.
Ah, que la Señorita Mapache soy yo.
Los ojos del hombre que había hablado estaban primero fijos en mí y, después, observando su recién adquirida jarra de cerveza, como si hubiese algo harto interesante en ella.
¿Me había llamado mapache?
En la punta de mi lengua había quedado la frase de que igual el mapache era su puta madre, pero me lo pensé dos veces, y no por el tipo, sino porque igual la señora no había tenido la culpa de parir a un idiota.
El camarero puso la jarra de cerveza frente a mí con un pequeño golpe seco. Me salpicó parte de la espuma.
—¿Sabes lo que ocurre si tienes la lengua muy larga? Que tu vida es muy corta —le dije al simpático fan de los motes.
Me fijé mejor en el hombre. Lucía un cabello grisáceo que solía asociarse a personas con más arrugas. Su piel era morena, adornada por una barba de pocos días en el rostro. Tenía los ojos grises, de eso sí me había dado cuenta antes de que centrara la atención en el contenido de su jarra. No podía apreciar mucho de su cuerpo debido a los ropajes, pero sin duda se intuía fuerte.
Que tuviera cuidado, me dijo. Habló de maleantes. Ja. Luego se excusó con el camarero, que tenía la misma cara de culo sirviendo a sus clientes que mirándolos. Entonces, el extraño rio.
A lo mejor no está bien de la cabeza, dije para mí misma. Pero en aquel lugar, ¿quién lo estaba?
—Si piensas amenazarme, esfuérzate más —añadí después, clavando mis ojos en el hombre con descaro—. Un mapache está acostumbrado a rebuscar entre la basura, así que estoy en el lugar perfecto, ¿no te parece, Caramierda?
¿Caramierda? Menudo insulto absurdo. Bueno, tampoco me habían llamado mapache antes. Y, desde luego, la cara de ese hombre estaba lejos de parecer una mierda. Pero debe de ser que la idiotez se pega, así que quedé satisfecha con mi intervención.
Bebí de mi jarra. Aquello era una cloaca infecta, sí, pero la cerveza sabía a gloria.
¿Caramierda? Menudo insulto absurdo. Bueno, tampoco me habían llamado mapache antes. Y, desde luego, la cara de ese hombre estaba lejos de parecer una mierda. Pero debe de ser que la idiotez se pega, así que quedé satisfecha con mi intervención.
Bebí de mi jarra. Aquello era una cloaca infecta, sí, pero la cerveza sabía a gloria.
—Hola, guapa —escuché, de pronto, a mi izquierda.
Al mirar, vi que se trataba de un tipo rechoncho y con la gracia física de un mejillón. Se tambaleaba, su nariz estaba enrojecida y apestaba a ron. Entre otras cosas menos agradables.
—Piérdete —le respondí, sin disimular mi desagrado.
El hombrezuelo me miraba como si hubiese encontrado un tesoro, incluso le brillaban los ojos. Aunque tal vez esto último fuese por borracho. Entonces, alargó la mano hacia mí y la posó sobre mi hombro.
—Te haré pasar un buen rato —insistió.
Sentí cómo algo hacía clic en mi cabeza.
—Quita la mano o te la corto. Y la mano también.
Cuando quise darme cuenta, una de mis dagas descansaba entre mis dedos. Me aseguré de que él la viera. Fue un movimiento sutil, no era cuestión de montar un espectáculo. No podía irme de allí sin aquello que había venido a buscar, fuese lo que fuese. Pero si tenía que acuchillar a ese gilipollas, lo haría. Y pareció captar el mensaje.
El hombre mejillón perdió el color de su fea cara y se marchó murmurando por lo bajo. Por supuesto: su valentía era la de un percebe.
En fin, di un nuevo trago a mi cerveza.
Nada había cambiado a mi alrededor. La escenita con el tipo gordo parecía no haber creado alarma. Mejor.
Volví a repetir en mi mente la dichosa contraseña. No tardaría mucho en hacer la petición.
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