17-02-2024, 04:36 PM
(Última modificación: 17-02-2024, 04:37 PM por Maeve Knox.)
OST PARA LA ESCENA
Sus halagos no eran en versión cerdo como los mamarrachos faltos de inteligencia que me tenían acostumbrada. Y lo había vuelto a hacer con mi nombre: nunca nadie antes había destacado la palabra que me representaba como algo positivo. ¿Un aire misterioso? Puede que fuese ese el término, "misterio", el que también comenzaba a envolverlo a él, pues destacaba entre tanto paleto de taberna. Era como si, frente a mí, revolotease una luciérnaga en un cenagal rebosante de moscas.
Por supuesto, no me había equivocado con él: él también buscaba material bélico, como lo había llamado. En concreto, para su katana. ¿Sería de esos que tratan a su arma mejor que a algunas personas? De ser así, no podría culparlo: la mayoría de la gente no merece de nosotros más que indiferencia. Desprecio, si son demasiado idiotas.
Que supiera usar la espada no me sorprendió. Era un legado de su padre, dijo. Él se reía, pero capté una pequeña emoción en sus palabras. Minúscula, pero allí estaba. Esto, mientras el humo abandonaba su cigarro. Yo también sentí algo, pero con menos melancolía.
—Tu padre debió de ser buen hombre si merece que su último recuerdo forme parte de ti. El mío era un hijo de puta.
Y hasta ahí. Demasiado precipitado contarle a un desconocido que, junto con la tipa que me parió, me abandonó en un puto circo de fenómenos cuando era un bebé que recién respiraba el mundo.
Me propuso brindar. Desde luego, un plan mucho mejor que cagarme en los muertos de mis progenitores, por enésima vez. Y por vez primera desde que estaba allí, sonreí al escucharle. No fue una sonrisa abierta, más bien de medio lado.
—Por el encuentro en el basurero.
Alcé la jarra y la hicimos chocar. Después un trago, uno de esos largos donde notas las burbujas arañar tu garganta en la bajada al estómago, ávido de más.
Por supuesto, no me había equivocado con él: él también buscaba material bélico, como lo había llamado. En concreto, para su katana. ¿Sería de esos que tratan a su arma mejor que a algunas personas? De ser así, no podría culparlo: la mayoría de la gente no merece de nosotros más que indiferencia. Desprecio, si son demasiado idiotas.
Que supiera usar la espada no me sorprendió. Era un legado de su padre, dijo. Él se reía, pero capté una pequeña emoción en sus palabras. Minúscula, pero allí estaba. Esto, mientras el humo abandonaba su cigarro. Yo también sentí algo, pero con menos melancolía.
—Tu padre debió de ser buen hombre si merece que su último recuerdo forme parte de ti. El mío era un hijo de puta.
Y hasta ahí. Demasiado precipitado contarle a un desconocido que, junto con la tipa que me parió, me abandonó en un puto circo de fenómenos cuando era un bebé que recién respiraba el mundo.
Me propuso brindar. Desde luego, un plan mucho mejor que cagarme en los muertos de mis progenitores, por enésima vez. Y por vez primera desde que estaba allí, sonreí al escucharle. No fue una sonrisa abierta, más bien de medio lado.
—Por el encuentro en el basurero.
Alcé la jarra y la hicimos chocar. Después un trago, uno de esos largos donde notas las burbujas arañar tu garganta en la bajada al estómago, ávido de más.
De mucho más.
—Sí, de hecho he venido aquí para eso. Ya que te he dicho lo que estoy buscando, no tiene sentido mentirte ahora. —Y cuando escuché su mini historia del estafador desdentado, no pude evitar soltar una carcajada. La cerveza ayudaba, por supuesto. No solamente estaba allí para lo mismo sino que la información que tenía también lo era. Pero, ah, yo jugaba con ventaja—. Así que quieres la contraseña, ¿eh? ¿Y qué me vas a dar a cambio? —Volví a posar los labios sobre el borde de madera. Intenté hacerme la seria, pero la expresión de su rostro me hizo perder la batalla. Comencé a reír—. No hace falta que me mires así, voy a decirla de todas formas. Espera y verás. ¡Camarero!
Tuve que llamarle un par de veces más para que se colocase frente a mí. Quién sabe, igual tenía tanta cera en los oídos como grasa en el pelo.
—Quiero un plato de judías verdes con azúcar.
El hombre me miró como si hubiese perdido el juicio. Claro, si yo oyese a alguien pedir esa mierda, también torcería la cara. La cuestión era que precisamente él debía saber de lo que estaba hablando... ¿no?
—Disculpe, señorita, no servimos esa clase de... cosas aquí. —Su voz era tan desagradable como su rostro.
—¿Estás seguro? Porque me han dicho que aquí sois especialistas en eso —rebatí; comencé a pensar en si de verdad me habían tomado el pelo. Fruncí el ceño.
—Es la primera vez que escucho algo así en la semana que llevo trabajando aquí. —Hablaba como si pierdiese dinero cada vez que soltaba una palabra.
—¿Y no hay alguien por aquí que lleve más tiempo?
—Pues sí, pero me pagan para servirte yo.
—Si yo no pago, no te pagan. No me vales, quiero hablar con alguien más.
El camarero me miró de arriba abajo (al menos, lo que la barra le permitía), puso cara de desagrado. Le dedicó la misma simpatía a Kisuke. Supuse que, al vernos hablar, nos atribuyó al mismo grupo. Por mi parte, no necesité fingir mi cara de asco.
—Enseguida, señorita.
No me pasó desapercibido el tonito con el que pronunció la última palabra.
Mientras regresaba, terminé el contenido de mi jarra. Cuando lo hizo, fue acompañado por más de dos metros de chica, con unos músculos que serían la envidia de muchos presumidos. Su cabello rubio oscuro caía en dos trenzas hasta la mitad del pecho. Pecho que no sabía si abultaba tanto por las tetas o por los pectorales. La suma de ambos, tal vez.
—¿Nuestro camarero no es de vuestro gusto? —preguntó la mujer. Su voz era demasiado aguda para su aspecto.
Mi siguiente intervención podría llevarme hasta lo que buscaba o darme el mayor ridículo de la noche.
—Vuestro camarero no quiere servirme un plato de... —dudé— judías verdes con azúcar.
El cambio en el rostro de la mujer apareció de inmediato. Levantó las cejas y luego sonrió.
—Debes perdonarle. Es nuevo. No conoce nuestras costumbres culinarias. Soy Brenda, a partir de ahora me encargaré personalmente de darte lo que necesites. —Pasó su brazo sobre la barra y me tendió la mano. Dubitativa, la imité. La fuerza que empleó para estrecharla me hizo daño, pero conseguí mantenerme impertérrita. Por la reputación y eso—. Por favor, ven conmigo.
—Somos dos —dije, mirando a Kisuke. En fin, para eso estábamos ambos allí, ¿no?
—Muy bien. Nos vemos al final de la barra.
INFORMACIÓN
