19-02-2024, 02:05 AM
(Última modificación: 19-02-2024, 02:08 AM por Maeve Knox.)
OST PARA LA ESCENA
—Bienvenidos a esta nuestra humilde zona de negocios —comenzó el hombre que primero había esbozado una sonrisa.
Era muy delgado y vestía un traje que parecía de buena calidad. Sin embargo, no parecía preocuparse excesivamente por su imagen, puesto que este presentaba multitud de arrugas. Un fino bigote negro descansaba sobre su labio superior. Llevaba el pelo oscuro engominado hacia atrás. Y para mayor excentricidad, portaba un monóculo. Aquel cachivache me hizo pensar en el Patrón. Una fea sensación se paseó por mi columna vertebral. Pero no, no era él.
—Nuestros invitados desean un plato de judías verdes con azúcar —afirmó Brenda.
—¡Fantástico! —exclamó, feliz, la otra mujer. Llevaba el pelo castaño muy corto. Sus ojos azules nos miraban con interés. El vestido azul que llevaba apenas dejaba espacio para la imaginación, marcando con descaro cada curva de su cuerpo—. Hacía mucho que no teníamos a nadie por aquí y hay que llevar el negocio adelante.
El tercer hombre, musculado y de ojos negros y rasgados, permanecía cruzado de brazos, impávido. No abrió la boca.
—Decidnos, ¿qué es lo que estáis buscando? —preguntó el tipo del monóculo.
Ese grupo de cuatro tenía algo que me ponía nerviosa. Sentí el peso de mis dagas sujetas en mi cinturón. En apariencia, debía mostrar la misma impasibilidad que el único que no había hablado.
—Un arma —contesté.
—Oh, princesa, eso ya lo sabemos. Si no, no estaríais aquí —dijo la muchacha de pelo corto. Dejó escapar una risita. Parecía la más joven del extraño grupo.
Entonces, la chica se puso en pie de un salto y, danzarina, se acercó a nosotros. Demasiado para mi gusto y paciencia, pero apelé a esta última. No se me olvidaba que Kisuke me había tocado el hombro mientras habíamos caminado por el pasillo, cuando me había recordado que debíamos tener cuidado. Como si no lo supiera. No quería tener que volver a encarar un contacto físico no deseado y la muchacha se había aproximado tanto que podría contarle las pecas si quisiera. Me mantuve recta, firme, sosteniendo su mirada.
Me había llamado princesa.
—Esto es injusto, Brenda —protestó la misma—. Nos traes a esta chica tan guapa y a este hombre tan apuesto y me distraigo. —Dedicó unos segundos largos a observar a Kisuke, también muy cerca de él—. Me tengo que centrar en el negocio y no puedo. Vaya desperdicio.
—No empieces, Martha. Esta gente no ha venido aquí para eso, ya te buscarás a otros más tarde —se dignó a decir el tipo de ojos rasgados. Su voz era incluso más grave que la de Brenda.
Era muy delgado y vestía un traje que parecía de buena calidad. Sin embargo, no parecía preocuparse excesivamente por su imagen, puesto que este presentaba multitud de arrugas. Un fino bigote negro descansaba sobre su labio superior. Llevaba el pelo oscuro engominado hacia atrás. Y para mayor excentricidad, portaba un monóculo. Aquel cachivache me hizo pensar en el Patrón. Una fea sensación se paseó por mi columna vertebral. Pero no, no era él.
—Nuestros invitados desean un plato de judías verdes con azúcar —afirmó Brenda.
—¡Fantástico! —exclamó, feliz, la otra mujer. Llevaba el pelo castaño muy corto. Sus ojos azules nos miraban con interés. El vestido azul que llevaba apenas dejaba espacio para la imaginación, marcando con descaro cada curva de su cuerpo—. Hacía mucho que no teníamos a nadie por aquí y hay que llevar el negocio adelante.
El tercer hombre, musculado y de ojos negros y rasgados, permanecía cruzado de brazos, impávido. No abrió la boca.
—Decidnos, ¿qué es lo que estáis buscando? —preguntó el tipo del monóculo.
Ese grupo de cuatro tenía algo que me ponía nerviosa. Sentí el peso de mis dagas sujetas en mi cinturón. En apariencia, debía mostrar la misma impasibilidad que el único que no había hablado.
—Un arma —contesté.
—Oh, princesa, eso ya lo sabemos. Si no, no estaríais aquí —dijo la muchacha de pelo corto. Dejó escapar una risita. Parecía la más joven del extraño grupo.
Entonces, la chica se puso en pie de un salto y, danzarina, se acercó a nosotros. Demasiado para mi gusto y paciencia, pero apelé a esta última. No se me olvidaba que Kisuke me había tocado el hombro mientras habíamos caminado por el pasillo, cuando me había recordado que debíamos tener cuidado. Como si no lo supiera. No quería tener que volver a encarar un contacto físico no deseado y la muchacha se había aproximado tanto que podría contarle las pecas si quisiera. Me mantuve recta, firme, sosteniendo su mirada.
Me había llamado princesa.
—Esto es injusto, Brenda —protestó la misma—. Nos traes a esta chica tan guapa y a este hombre tan apuesto y me distraigo. —Dedicó unos segundos largos a observar a Kisuke, también muy cerca de él—. Me tengo que centrar en el negocio y no puedo. Vaya desperdicio.
—No empieces, Martha. Esta gente no ha venido aquí para eso, ya te buscarás a otros más tarde —se dignó a decir el tipo de ojos rasgados. Su voz era incluso más grave que la de Brenda.
La tal Martha se mordió el labio inferior, miró de arriba a abajo a Kisuke, después a mí, sonrió y retrocedió un par de pasos.
—Busco un arma —repetí—. Algo diferente. —Comencé a mirar en derredor, intentando ignorar la esperpéntica escena que estábamos protagonizando y localizar algo que me llamase la atención. Por encontrarlo y para intentar apaciguar la presión colérica que había comenzado a sentir en el pecho a causa del atrevimiento de la tipa de ojos azules. —Algo como... —De pronto, un brillo atrajo mi interés. Entorné los ojos. Fue amor a simple vista—: Eso.
Estiré el brazo derecho y, con el dedo índice, señalé en una dirección muy concreta.
—Interesante —pronunció, despacio, el del monóculo.
Se acercó al arma y, cogiéndola con extremo cuidado, observó el metal a la luz de las velas mientras lo sostenía por el mango de cuero trenzado. Entre sus dedos, los pinchos metálicos de la cadena que componía su longitud.
—Un látigo. Muy interesante. Es la primera vez que alguien se interesa por esta pieza. Dos metros diez de pura elegancia. Muy buen gusto, si me permites el atrevimiento.
No habría esperado encontrarme a un tipo del bajo mundo con una forma de hablar tan pomposa.
—¡¿Un látigo?! ¡Me encantan los látigos! —casi gritó Martha, volviendo a acercarse tanto a mí que invadió mi espacio personal. Apreté la mandíbula. Había golpeado gente por menos, pero en aquel entorno cometer una temeridad podría convertirse fácilmente en un error—. Podría dejar que lo pruebes conmigo.
La chica se mordió un dedo y me miró con intensa lujuria.
¿Dónde cojones nos habíamos metido?
—¿Y el precio? —pregunté para intentar reconducir la conversación a lo que verdaderamente me interesaba.
—Ya hablaremos del precio —contestó el tipo de ojos rasgados con la sequedad que lo caracterizaba.
Volví a arrugar el entrecejo. Si por algo se llevan a cabo los negocios ilegales es por puro interés económico, ¿y esa gente trivializaba el precio? ¿Querrían llegar a un acuerdo? ¿Un acuerdo sobre qué? ¿Negociarían? ¿A cambio de qué? Ese tipo de gente no perdía nunca, o al menos esas eran siempre sus intenciones.
Allí había algo que olía raro, muy raro.
—¿Y tú, hombretón, qué es lo que quieres? —Martha centró sus ojos lascivos en Kisuke. Se fijó en su katana, por supuesto—. No hace falta que estés tan a la defensiva, relájate. No te conviene amenazarnos, ni siquiera pensarlo. Kahn, Mefisto, Brenda y yo te tumbaríamos antes de que la desenvainaras, y es incómodo negociar así.
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