[Pasado] [+18] - El mundo está borracho
#15
OST PARA LA ESCENA

     —¿Pelandrusca? ¿Yo? Pero ¿qué se ha creído este? —protestó Martha. Aunque tampoco se la veía muy afectada.
     —¿Y qué esperabas? Pareces una perra en celo —le dijo, seco, Kahn. Continuaba cruzado de brazos.
     —Peeeerdona, pero no hay ninguna cláusula que diga que no puedo disfrutar con lo que tengo delante.
     —Ya disfrutarás más tarde. Y con otros. Sabes perfectamente que el cometido de estas personas es otro —añadió Mefisto.
     —Y han dejado bastante claro lo que están buscando. Ella quiere el látigo y él un equipo de mantenimiento para su katana, el mejor —recordó Brenda. Después, se dirigió a Kisuke—: Ya sabemos que tenéis dinero. Si no, no os habríais atrevido a meteros en un agujero como este. Y tampoco nos andamos por las ramas. Simplemente tenemos formas distintas de ver las cosas, de tratar con los clientes.
     Mi silencio general obedecía a la evaluación de la situación. Aquellos cuatro eran muy diferentes, pero no me cabía ninguna duda de que, hasta que nos saliésemos de allí, tendría la sensación de que pisábamos arenas movedizas. Y, aparte del tipo de transacción que estábamos haciendo, realmente no habían mostrado ningún otro signo de hostilidad manifiesta. Sin embargo, mi pálpito era intenso, como si alguna pieza no encajase. La tensión me endurecía la espalda.
     —Hablemos de dinero, pues, ya que tanto insisten —suspiró Mefisto. Este todavía sostenía el látigo entre las manos.
     Martha volvió a acercarse a nosotros dando saltitos. El busto turgente rebotaba en cada uno de ellos. Por supuesto, ella no lo estaba dejando al azar. Estaba claro que se recreaba exhibiéndose.
     —Fácil: el látigo son quinientos millones de berries y el equipo de mantenimiento son cuatrocientos millones.
     —Estás de coña, ¿no? —solté al escuchar aquella mierda.
     —Si buscáis lo mejor del mercado y que no está en el mercado, existe un precio —dijo Brenda, tranquila, con su voz grave.
     —Aunque, bueno, estoy segura de que, entre los tres, podemos llegar a un acuerdo —propuso Martha.
     Entonces, la chica de ojos azules cruzó la línea.
     Tan cerca como estaba, no le resultó difícil colocar las manos sobre mi cintura y, de un pequeño tirón, me acercó a su cuerpo. En mi cabeza, un nuevo clic. Mi impulso inmediato fue empujarla con fuerza. Y mi fuerza física nunca ha sido lo que me caracteriza, pero la repulsión se encargó del resto. Martha cayó de espaldas, de culo contra el suelo.
     Odio. Que. Me. Toquen.
     —No vuelvas a ponerme la mano encima —casi gruñí entre dientes.
     La respuesta fue rápida: los tres restantes se tensionaron. Los dos hombres se levantaron de las sillas. Bien, ahora ya estábamos en igualdad (salvando la superioridad numérica, por supuesto).
     —¿Cómo te atreves? —gimoteó Martha, aún en el suelo.
     —Parece que no nos hemos explicado bien. Aquí las reglas las ponemos nosotros y, si no os gusta lo que veis, oís o sentís, es menester haberlo pensado antes —dijo Mefisto. Había dejado el látigo sobre la mesa y ahora su mano derecha descansaba sobre la espada que colgaba, envainada, de su cintura.
     Entonces, escuchamos un golpe seco. Miré en la dirección de su procedencia y descubrí a Kahn sacando una llave de la puerta. ¿En qué puto momento había llegado hasta allí?
     Nos habían encerrado.
     Con un rápido movimiento, saqué las dagas.
     Martha se puso en pie de un salto, ágil como un gato.
     —Ahora sí. Las presas se disfrutan más cuando son cazadas que cuando vienen dóciles.
     Y, una vez más, esa risita. Una risita desquiciante que volvió a sentirse como arañazos sobre yeso. 
     Cazarnos, dijo. ¿Querían jugar? Jugaríamos. El precio podría llegar a ser muy alto para mí, para Kisuke, pero ya estábamos jodidos de todas formas.
     Con un rápido movimiento, lancé la daga que sostenía con la mano derecha. Precisa, veloz. Se incrustó en la garganta de Martha. A juzgar por sus ojos desorbitados, no se había esperado que aquella sería su última frase. Cayó de rodillas, con las manos sobre el arma clavada. La sangre se derramaba entre sus dedos.
     Pero yo no tenía tiempo de quedarme admirando el espectáculo. Quedaban tres.
     Me cambié de mano la daga que me quedaba, sosteniéndola de nuevo con la derecha. 
     Cuando quise darme cuenta, tenía a Brenda a apenas de un metro de mí. La hija de puta era muy rápida para su masa muscular. Logré esquivarla. Arremetí contra ella, pero también consiguió esquivar mi filo. Volvió a intentar capturarme un par de veces, pero mi agilidad superaba la suya. Hasta que, de pronto y en un abrir y cerrar de ojos, se transformó. Su cuerpo se quedó a medio camino entre humana y lagarto. Creció en envergadura y altura.
     Es usuaria.
     Y sus garras consiguieron atraparme. Colocada detrás de mí, me agarraba por el cuello. Pataleé, intentando golpear sus piernas con mis talones. Entonces, sentí un fuerte pinchazo en el lateral derecho del cuello. Gruñí de dolor y me revolví. Fue cuando una jeringuilla cayó al suelo. A duras penas pude ver cómo, dentro, quedaba la mitad del contenido, un líquido rosáceo. La oí protestar a mi espalda. Seguramente quería inyectármelo entero.
      Metí los dedos de la mano izquierda entre los suyos, intentando aliviar la presión. Recordé lo que empuñaba con la diestra y, rápida otra vez, llevé la daga hacia atrás. La hundí en el muslo derecho de Brenda. Aulló de dolor y me soltó.
     Comencé a toser. 
     Tan solo había ganado unos segundos. Corrí lejos de ella, a la pared contraria, cuidándome de no cruzarme con Mefisto ni con Kahn. Me apoyé en el mueble más cercano.
     Y comencé a sentirme mareada.
     No, no, no, no, no. Mierda. Joder.
     Parpadeé varias veces con fuerza.
     —¡¡ATRAPADLO!! —bramó Brenda. Señalaba a Kisuke.


INFORMACIÓN
  Responder


Mensajes en este tema
RE: [Pasado] - El mundo está borracho - por Maeve Knox - 20-02-2024, 12:08 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)