20-02-2024, 08:30 PM
(Última modificación: 20-02-2024, 08:36 PM por Maeve Knox.)
Había abierto los ojos antes de que el sol apareciese por el horizonte. En Toroa era complicado, sin embargo, coincidir con el momento del amanecer, ya que las nubes perpetuas dificultaban la tarea de conocer el momento exacto. No obstante, ese día supe que el astro aún no había hecho acto de presencia. La iluminación, el aroma, la temperatura. Aprender a identificar esas cosas podía ser de utilidad.
Una pesadilla me había hecho despertarme de un modo abrupto, empapada en sudor y con el corazón latiéndome como si un gran peligro se cerniese sobre mí. En mi cabeza, lo había: el Patrón. ¿Cuánto habían pasado ya, quince años? Ese puto hombre seguía torturándome desde lo más recóndito de mi cerebro. Me jodía demasiado pensar que, después de tanto tiempo, y sin que él lo supiese, continuase teniendo tal influencia sobre mí.
¿Para qué dar vueltas en la cama si no me volvería a dormir? No quería volver a dormir. Aún guardaba la sensación helada en el pecho y no quería volver a encontrarme con él. No sería la primera vez que cerraba los ojos otra vez y volvía a encontrarme de frente con el contenido de mi pesadilla.
Por eso, aun sin amanecer, había salido por la puerta del hostal en el que me alojaba.
La ciudad aún dormitaba, era demasiado pronto. No había nada que hacer allí, tan solo recorrer las calles vacías y húmedas a la espera de la chispa de vida de quienes comienzan su jornada laboral en empleos legales. Tampoco es que tuviese otra cosa que hacer, así que me dediqué a serpentear por la ciudad sin rumbo fijo mientras trataba de desprenderme de la horrible y fría sensación onírica.
Tampoco estaba tan mal campar a mis anchas en Murkhold, pues sabía a ciencia cierta que oficialmente era una mujer buscada. Sonreí para mis adentros, y para fuera también. No mentiré: era agradable recordar la recompensa que le habían puesto a mi cabeza. Masoquista, pero agradable.
Una pesadilla me había hecho despertarme de un modo abrupto, empapada en sudor y con el corazón latiéndome como si un gran peligro se cerniese sobre mí. En mi cabeza, lo había: el Patrón. ¿Cuánto habían pasado ya, quince años? Ese puto hombre seguía torturándome desde lo más recóndito de mi cerebro. Me jodía demasiado pensar que, después de tanto tiempo, y sin que él lo supiese, continuase teniendo tal influencia sobre mí.
¿Para qué dar vueltas en la cama si no me volvería a dormir? No quería volver a dormir. Aún guardaba la sensación helada en el pecho y no quería volver a encontrarme con él. No sería la primera vez que cerraba los ojos otra vez y volvía a encontrarme de frente con el contenido de mi pesadilla.
Por eso, aun sin amanecer, había salido por la puerta del hostal en el que me alojaba.
La ciudad aún dormitaba, era demasiado pronto. No había nada que hacer allí, tan solo recorrer las calles vacías y húmedas a la espera de la chispa de vida de quienes comienzan su jornada laboral en empleos legales. Tampoco es que tuviese otra cosa que hacer, así que me dediqué a serpentear por la ciudad sin rumbo fijo mientras trataba de desprenderme de la horrible y fría sensación onírica.
Tampoco estaba tan mal campar a mis anchas en Murkhold, pues sabía a ciencia cierta que oficialmente era una mujer buscada. Sonreí para mis adentros, y para fuera también. No mentiré: era agradable recordar la recompensa que le habían puesto a mi cabeza. Masoquista, pero agradable.
Tras un buen rato perdiéndome y encontrándome por esas calles, llegué al límite de la ciudad justo en el momento en el que una luz tenue indicaba que por fin estaba amaneciendo. No llovía, para variar, pero las grandes nubes grises se negaban a abandonar su territorio. El sol, sin embargo, consiguió hacerse un huequito ese día. Al menos, algunos de sus rayos.
Miré en derredor. Me había topado con un camino que, según sabía, conectaba con el Bosque Umbrío. Tan precioso nombre y todavía no me había dignado a visitarlo. Se me hizo buen momento para hacerlo.
El camino de tierra era, en realidad, un camino de barro. La abundancia de días de lluvia allí hacían que el suelo estuviese casi siempre mojado. Húmedo, como mínimo. Nada que me molestase, pues aquel era un clima que disfrutaba especialmente.
Tras un pequeño paseo cargado de olores de naturaleza que embriagaron mi olfato, por fin llegué a la linde del bosque. Los primeros árboles, altos y frondosos, me dieron la bienvenida con el susurrar de sus hojas. Sin pensármelo dos veces, me adentré entre ellos. Al hacerlo, sentí algo especial. Los lugares como aquel me causaban ese efecto, algo que no sé explicar pero que me conecta con mi alrededor. Paz, tal vez. Unión.
Conforme fui avanzando, el camino se convirtió en algo pasado y pronto tan solo estuve rodeada de árboles que apenas dejaban ver el cielo. Una frondosa vegetación dificultaba el avance, pero había zonas en las que se podía caminar mejor.
El sonido de los pájaros componía una armónica melodía que acompañaba a mis pisadas amortiguadas.
Para mí, un oscuro y bello paraíso.
Entonces, un sonido me arrancó de mi estado de bienestar y me hizo ponerme alerta. Era una voz. Algo rígida, seguí avanzando, no sin antes aumentar mi sigilo. Un paso detrás de otro, buscando la fuente del ruido. Conforme el sonido fue haciéndose más claro, no solo supe que se trataba de una voz de mujer, sino que me sonaba.
La conocía, claro que la conocía.
Desde detrás de unos grandes helechos, pude ver a Eaa haciendo... ¿flexiones? Aquel cabello rojo, junto con los cuernos, era inconfundible. Por no hablar de la altura.
¿Flexiones, a esas horas? ¿Y allí? ¿Y con el abrigo por la cintura?
Qué chica tan rara.
También vi a Mandarina. Sonreí. Un poco.
Eaa me había llegado a resultar simpática, primero desde la noche en la que reventamos a aquellos guardias, y después desde el día siguiente, donde volvimos a compartir bebidas alcohólicas, junto con Peteiro, revelando algunas cosas de nosotros. Donde armé ese pequeño espectáculo al saber que la muchacha había sido abandonada por el padre y... en fin. Imagino que, desde entonces, me caía mejor. Igual que el hombre pez, solo que él era más... menos... En fin, un tipo peculiar, como me gustaba llamarlo.
Con cuidado, rodeé el helecho y me limité a esperar sobre el tocón de un árbol que, muy convenientemente, estaba cerca. Estaba frío y húmedo, pero no me importó. Me dediqué a observarla. Me pareció divertido dejar pasar el tiempo para ver cuánto tardaba en darse cuenta de que estaba allí.
Pero se me acabó la paciencia antes al ver que no reparaba en mi presencia.
—¿Cuántas llevas ya? —Una sonrisa de medio lado acompañó a mi pregunta.
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