21-02-2024, 05:54 PM
(Última modificación: 21-02-2024, 05:57 PM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
Eaa respondió a mi pregunta: no quería que me fuera, no la estaba interrumpiendo. Pero sucedió algo peculiar, y es que su rostro enrojecía por momentos. Ladeé la cabeza, curiosa. Pues sí que se debía de haber esforzado Eaa en sus ejercicios como para tener la piel de esa forma.
Seguía sin mirarme. O, al menos, la mayor parte del tiempo. De hecho, hubo un momento en el que la trayectoria de sus ojos se quedó a la altura de mi pecho. Miré hacia abajo, a ver si es que tenía algo, o quizá llevaba un escote demasiado pronunciado y revelador. Pero no, mi chaqueta negra permanecía, aunque ajustada, cerrada. Se ve que con el pequeño trastorno de por la mañana me había olvidado de qué llevaba puesto. O mejor dicho, cómo lo llevaba, porque tampoco tenía un gran armario donde elegir.
¿Qué mosca le había picado?
Preferí centrarme en lo que decía y no en intentar interpretar a esa chica, porque estaba claro que, de momento, no se me daba muy bien. Le pareció buena idea eso de pasear y destacó la preciosa oscuridad de aquel bosque, aludiendo a mis gustos. Esbocé una pequeña sonrisa. Pues sí, amaba este tipo de cosas.
Al parecer, me conocía mejor que yo a ella. Eso me hizo sentir un poco... mal. O sea, no está bien la falta de reciprocidad en ese aspecto, sobre todo, con alguien que había empezado a agradarme.
El malestar se acentuó cuando me ofreció de su comida. Parecía carne algo seca, desconocía la procedencia. Pero, teniendo en cuenta las cosas que había llegado a comer en mi vida, no me daba ningún reparo. Y menos viendo que no tenía mucha cantidad y aun así me ofrecía.
Empezaba a ser consciente de que Eaa tenía muy buen corazón.
Y el mío se estremeció un poquito.
Depositó un trocito de esa carne en mi mano y la partí con los dientes. En ese aspecto, mi pico afilado era más útil para desgarrar ciertos tipos de carne, pero me apañaba bien.
—Si quieres, te puedo ayudar en tu entrenamiento, aunque no sé qué es lo que esperas de mí —comenté cuando tragué el último pedazo. Aunque la cantidad había sido insuficiente, ayudaría a calmar mi hambre.
El comentario de Mandarina me pareció... adorable. Y estaba empezando a pensar que quería que esa chica dejase de hacer y decirme cosas adorables, porque me hacía sentir incómoda. No incómoda en el mal sentido: precisamente porque me hacía sentir bien, me incomodaba. Eran pocas las personas con las que había ido más allá que simplemente hablar del tiempo (aquel día, con grandes nubarrones, para variar), pero supongo que ella se ganó el derecho desde que, junto con Peteiro, intercambiamos cierta información en aquella taberna. En el fondo, es un escudo que levanto a mi alrededor para que no me hagan daño. Soy plenamente consciente de eso, aunque, por supuesto, no se lo confieso a nadie.
Aún sosteniendo a Mandarina entre mis brazos, me puse en pie. Fue en ese momento cuando el gato decidió que estaría mejor en mi hombro y, con sus uñas afiladas de felino, escaló por mi ropa hasta colocarse en su trono improvisado. Era una sensación agradable que su pelaje rozase mi cuello y rostro.
—Te preguntaría que a dónde quieres ir, pero sería raro en un bosque. Y más si es tu primera vez aquí y la mía también. No lo conozco. Me he dejado guiar por mis pasos y te he encontrado, así que puede que encontremos otras cosas si avanzamos.
Entonces, reparé en los papeles que habían salido volando de su bolsa minutos antes. Levanté las cejas.
—¿Llevas nuestros carteles de recompensa? —Lo que no le conté es que yo también tenía guardadas unas copias. Estaban en mi habitación del hostal, junto al resto de efectos personales a excepción del dinero y el látigo—. Salimos guapos, ¿eh?
Y arranqué a andar. Cuando avancé unos metros, me di cuenta de que todavía no se había levantado del suelo.
—Bueno, ¿vienes o qué? —la apremié, volviendo a esbozar un gesto parecido a una sonrisa.
Eaa respondió a mi pregunta: no quería que me fuera, no la estaba interrumpiendo. Pero sucedió algo peculiar, y es que su rostro enrojecía por momentos. Ladeé la cabeza, curiosa. Pues sí que se debía de haber esforzado Eaa en sus ejercicios como para tener la piel de esa forma.
Seguía sin mirarme. O, al menos, la mayor parte del tiempo. De hecho, hubo un momento en el que la trayectoria de sus ojos se quedó a la altura de mi pecho. Miré hacia abajo, a ver si es que tenía algo, o quizá llevaba un escote demasiado pronunciado y revelador. Pero no, mi chaqueta negra permanecía, aunque ajustada, cerrada. Se ve que con el pequeño trastorno de por la mañana me había olvidado de qué llevaba puesto. O mejor dicho, cómo lo llevaba, porque tampoco tenía un gran armario donde elegir.
¿Qué mosca le había picado?
Preferí centrarme en lo que decía y no en intentar interpretar a esa chica, porque estaba claro que, de momento, no se me daba muy bien. Le pareció buena idea eso de pasear y destacó la preciosa oscuridad de aquel bosque, aludiendo a mis gustos. Esbocé una pequeña sonrisa. Pues sí, amaba este tipo de cosas.
Al parecer, me conocía mejor que yo a ella. Eso me hizo sentir un poco... mal. O sea, no está bien la falta de reciprocidad en ese aspecto, sobre todo, con alguien que había empezado a agradarme.
El malestar se acentuó cuando me ofreció de su comida. Parecía carne algo seca, desconocía la procedencia. Pero, teniendo en cuenta las cosas que había llegado a comer en mi vida, no me daba ningún reparo. Y menos viendo que no tenía mucha cantidad y aun así me ofrecía.
Empezaba a ser consciente de que Eaa tenía muy buen corazón.
Y el mío se estremeció un poquito.
Depositó un trocito de esa carne en mi mano y la partí con los dientes. En ese aspecto, mi pico afilado era más útil para desgarrar ciertos tipos de carne, pero me apañaba bien.
—Si quieres, te puedo ayudar en tu entrenamiento, aunque no sé qué es lo que esperas de mí —comenté cuando tragué el último pedazo. Aunque la cantidad había sido insuficiente, ayudaría a calmar mi hambre.
El comentario de Mandarina me pareció... adorable. Y estaba empezando a pensar que quería que esa chica dejase de hacer y decirme cosas adorables, porque me hacía sentir incómoda. No incómoda en el mal sentido: precisamente porque me hacía sentir bien, me incomodaba. Eran pocas las personas con las que había ido más allá que simplemente hablar del tiempo (aquel día, con grandes nubarrones, para variar), pero supongo que ella se ganó el derecho desde que, junto con Peteiro, intercambiamos cierta información en aquella taberna. En el fondo, es un escudo que levanto a mi alrededor para que no me hagan daño. Soy plenamente consciente de eso, aunque, por supuesto, no se lo confieso a nadie.
Aún sosteniendo a Mandarina entre mis brazos, me puse en pie. Fue en ese momento cuando el gato decidió que estaría mejor en mi hombro y, con sus uñas afiladas de felino, escaló por mi ropa hasta colocarse en su trono improvisado. Era una sensación agradable que su pelaje rozase mi cuello y rostro.
—Te preguntaría que a dónde quieres ir, pero sería raro en un bosque. Y más si es tu primera vez aquí y la mía también. No lo conozco. Me he dejado guiar por mis pasos y te he encontrado, así que puede que encontremos otras cosas si avanzamos.
Entonces, reparé en los papeles que habían salido volando de su bolsa minutos antes. Levanté las cejas.
—¿Llevas nuestros carteles de recompensa? —Lo que no le conté es que yo también tenía guardadas unas copias. Estaban en mi habitación del hostal, junto al resto de efectos personales a excepción del dinero y el látigo—. Salimos guapos, ¿eh?
Y arranqué a andar. Cuando avancé unos metros, me di cuenta de que todavía no se había levantado del suelo.
—Bueno, ¿vienes o qué? —la apremié, volviendo a esbozar un gesto parecido a una sonrisa.
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