22-02-2024, 01:27 PM
OST DE LA ESCENA
El hedor estragaba mi cuerpo con la misma potencia que las imágenes que podía captar con unos ojos cada vez más pesados. Algunos cuerpos mostraban signos más evidentes de podredumbre que otros, que apenas llevarían más de un día en aquel infierno.
Las vueltas de mi cabeza cada vez eran más agresivas y las náuseas estaban comenzando a agitarme el estómago.
Algunos de los cadáveres parecían mirarme desde la nada de sus ojos hundidos, abiertos en un gesto de mortal indiferencia. Otros ya no poseían aquella capacidad, puesto que les habían despojado de sus cabezas. Estas se amontonaban en un cubo grande de madera, más lejos.
Escuché cómo Kisuke me llamaba, preguntando por mi posición y por la fuente de tan pestilente aroma. Su voz me llegó algo amortiguada, pues ahora nos separaban unos cuantos metros más, así como las paredes que rodeaban la puerta rota. Y, por supuesto, mi percepción atrofiada.
¿Cómo podía expresar aquello en una respuesta corta? Era impensable explayarme: estaba segura de que seguiría en su refriega con Kahn y era cuestión de tiempo que la mujer lagarto se soltara y viniera a querer terminar lo que empezó conmigo.
—Sí... estoy aquí... —contesté. En mi cabeza sonaba espectacular, pero la realidad era que la voz apenas abandonó mi garganta.
Apoyé los codos en el suelo encharcado de sangre e hice fuerza para incorporarme. Me sentía como si fuese víctima de una borrachera de dimensiones cada vez mayores. Aquella mierda me estaba haciendo más efecto y más rápido que el alcohol más duro. Una vez sentada, me llevé las manos a la cabeza.
—Aquí dentro tienen... —comencé a decir, pero apenas deje escapar algo más que un susurro.
—Teníais que estropearlo, ¿verdad? ¡No podíais quedaros quietos como hace todo el mundo! ¡Ya nos habéis jodido el negocio! —gritaba Brenda desde la sala principal. En mi cabeza afectada sonaba como un cúmulo de truenos—. ¿De dónde creéis que sale la comida en El Cascarón? ¡Nuestros platos son conocidos en todo East Ballywood y vosotros lo habéis jodido todo!
Me quité las manos de la cara. ¿Acaso estaba admitiendo que servían carne humana en aquel maldito antro? ¿Carne en dudoso estado de conservación? ¿Y que nunca nadie había notado nada?
Recordé los rostros felices de quienes habían pedido comida allí, mientras Kisuke y yo bebíamos, lo poco que había podido observar. Platos de aspecto fabuloso, humeantes.
Me dio una arcada.
A lo largo de mi vida he comido cosas que asquearían a cualquiera, en parte, debido a mi naturaleza zoan, ya que en muchas ocasiones me he dejado invadir por ella. Sin embargo, aquello era... una de las mayores aberraciones que había presenciado nunca. Yo elegía comer lo que me llevaba a la boca, pero los clientes de aquel tugurio... eran caníbales sin saberlo. Una carne obtenida de una espeluznante cámara donde no solo la obtenían, sino que, a juzgar por lo que veía, torturaban a sus dueños previamente.
Otra arcada.
Pocas cosas hieren mi sensibilidad, pero aquello... era demasiado. O tal vez fuese el sedante.
Conseguí reprimir el vómito.
—¡Y tú, puta, vas a ser la primera en pagar las consecuencias de lo que habéis hecho! —vociferó Brenda. De pronto la sentí más cerca. Estaba llegando al hueco de la puerta.
Mierda.
Debía hacer algo, pero mi estado era deplorable. Entonces, llevé a cabo lo único que se me ocurrió. Me dejé en manos de mi animal interior y, en apenas segundos, mi cuerpo se transformó en el de un buitre albino. El plumaje blanco enseguida comenzó a impregnarse de la sangre que me rodeaba, del mismo color que mis ojos tras el cambio. Mi tamaño se había reducido a apenas metro veinte. Confiaba en que con una envergadura ahora tan pequeña, fuese más difícil para la enorme lagarta atraparme, así como que mis habilidades zoan me ayudasen, aunque fuese un poco, a reponerme.
Alcé el vuelo con una idea en mi mente febril. Me dirigí a una de las paredes de aquella cámara infernal.
—¿Dónde estás, preciosa? ¡Te partiré en dos y después te comeré! ¡No voy a dejar de ti ni el tuétano! —Brenda ya estaba dentro de la habitación ensangrentada.
Las vueltas de mi cabeza cada vez eran más agresivas y las náuseas estaban comenzando a agitarme el estómago.
Algunos de los cadáveres parecían mirarme desde la nada de sus ojos hundidos, abiertos en un gesto de mortal indiferencia. Otros ya no poseían aquella capacidad, puesto que les habían despojado de sus cabezas. Estas se amontonaban en un cubo grande de madera, más lejos.
Escuché cómo Kisuke me llamaba, preguntando por mi posición y por la fuente de tan pestilente aroma. Su voz me llegó algo amortiguada, pues ahora nos separaban unos cuantos metros más, así como las paredes que rodeaban la puerta rota. Y, por supuesto, mi percepción atrofiada.
¿Cómo podía expresar aquello en una respuesta corta? Era impensable explayarme: estaba segura de que seguiría en su refriega con Kahn y era cuestión de tiempo que la mujer lagarto se soltara y viniera a querer terminar lo que empezó conmigo.
—Sí... estoy aquí... —contesté. En mi cabeza sonaba espectacular, pero la realidad era que la voz apenas abandonó mi garganta.
Apoyé los codos en el suelo encharcado de sangre e hice fuerza para incorporarme. Me sentía como si fuese víctima de una borrachera de dimensiones cada vez mayores. Aquella mierda me estaba haciendo más efecto y más rápido que el alcohol más duro. Una vez sentada, me llevé las manos a la cabeza.
—Aquí dentro tienen... —comencé a decir, pero apenas deje escapar algo más que un susurro.
—Teníais que estropearlo, ¿verdad? ¡No podíais quedaros quietos como hace todo el mundo! ¡Ya nos habéis jodido el negocio! —gritaba Brenda desde la sala principal. En mi cabeza afectada sonaba como un cúmulo de truenos—. ¿De dónde creéis que sale la comida en El Cascarón? ¡Nuestros platos son conocidos en todo East Ballywood y vosotros lo habéis jodido todo!
Me quité las manos de la cara. ¿Acaso estaba admitiendo que servían carne humana en aquel maldito antro? ¿Carne en dudoso estado de conservación? ¿Y que nunca nadie había notado nada?
Recordé los rostros felices de quienes habían pedido comida allí, mientras Kisuke y yo bebíamos, lo poco que había podido observar. Platos de aspecto fabuloso, humeantes.
Me dio una arcada.
A lo largo de mi vida he comido cosas que asquearían a cualquiera, en parte, debido a mi naturaleza zoan, ya que en muchas ocasiones me he dejado invadir por ella. Sin embargo, aquello era... una de las mayores aberraciones que había presenciado nunca. Yo elegía comer lo que me llevaba a la boca, pero los clientes de aquel tugurio... eran caníbales sin saberlo. Una carne obtenida de una espeluznante cámara donde no solo la obtenían, sino que, a juzgar por lo que veía, torturaban a sus dueños previamente.
Otra arcada.
Pocas cosas hieren mi sensibilidad, pero aquello... era demasiado. O tal vez fuese el sedante.
Conseguí reprimir el vómito.
—¡Y tú, puta, vas a ser la primera en pagar las consecuencias de lo que habéis hecho! —vociferó Brenda. De pronto la sentí más cerca. Estaba llegando al hueco de la puerta.
Mierda.
Debía hacer algo, pero mi estado era deplorable. Entonces, llevé a cabo lo único que se me ocurrió. Me dejé en manos de mi animal interior y, en apenas segundos, mi cuerpo se transformó en el de un buitre albino. El plumaje blanco enseguida comenzó a impregnarse de la sangre que me rodeaba, del mismo color que mis ojos tras el cambio. Mi tamaño se había reducido a apenas metro veinte. Confiaba en que con una envergadura ahora tan pequeña, fuese más difícil para la enorme lagarta atraparme, así como que mis habilidades zoan me ayudasen, aunque fuese un poco, a reponerme.
Alcé el vuelo con una idea en mi mente febril. Me dirigí a una de las paredes de aquella cámara infernal.
—¿Dónde estás, preciosa? ¡Te partiré en dos y después te comeré! ¡No voy a dejar de ti ni el tuétano! —Brenda ya estaba dentro de la habitación ensangrentada.
Batir las alas me costaba el triple de esfuerzo de lo habitual, pero de ello dependía mi supervivencia.
Entonces, volando tan rápido como pude, me lancé por encima de su cabeza.
—¿Qué coño es este pajarraco? —chilló la lagarta.
Sus gritos comenzaron a resonar entre aquellas paredes cuando dejé caer las velas que sostenía entre mis patas sobre su cabeza. De inmediato, las trenzas rubias oscuro que aún conservaba en su forma híbrida, prendieron. La llama se elevó rápidamente. Conseguí quitarme a tiempo, antes de que el fuego saltase a mis plumas.
Pronto, Brenda se sumió en una danza siniestra en su afán por deshacerse de las llamas, cuyas lenguas se extendían, despiadadas, por su cuerpo.
Hacía mucho tiempo que había aprendido que el fuego podría ser un gran aliado contra tus enemigos. En aquella situación, se había convertido en mi última baza.
Todavía en forma de buitre, conseguí salir a la sala principal, donde se encontraban Kahn y Kisuke. Mi aterrizaje fue inexacto, lamentable. Me golpeé contra uno de los muebles de madera.
Dejé que mi cuerpo regresara a la normalidad humana.
Me costaba mantener los ojos abiertos. Traté de encontrar el látigo con la mirada. Después, apenas logré pronunciar:
—Kisuke, la llave... Debemos salir de aquí...
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