22-02-2024, 05:49 PM
OST DE LA ESCENA
Mandarinas negras. Jamás había oído nada igual. En fin, peores cosas se habían visto. Aquello solo era una fruta de un color peculiar. Frutas inofensivas, a diferencia de aquellas diabólicas que otorgaban capacidades extraordinarias. Nadie debía alarmarse por una mandarina negra.
—¿Sabes cocinar? —le pregunté. Por supuesto, no me refería a no quemar la cocina en el intento, sino a preparar platos como ha de hacerse, y no un triste huevo frito.
Aunque de buena gana me comería un huevo frito.
No recordaba haberle dicho la fecha de mi cumpleaños, pero si era capaz de preparar una lasagna de espinacas la mitad de deliciosa que la que moraba en mis recuerdos, tendría mi eterno agradecimiento.
Eaa, después, no quiso seguir hablando del sujeto del que había escapado en su hermético pasado. Luego, se tocó el hombro, gesto que no me pasó desapercibido. Y la vi sonreír.
Todos tenemos nuestros secretos, ¿verdad? Y aunque a veces resulte tentador compartirlos con alguien más para, de algún modo, aliviar la carga, en el fondo sabemos que nosotros, y solo nosotros, somos quienes debemos soportar su peso.
Ladeé la cabeza cuando me dijo que le avergonzaba preguntarme algo. Obviamente, eso solo aumentó mi curiosidad. Ese algo era mi látigo. Exótico y precioso, según sus palabras. Quería saber qué cosas sabía hacer con él, que la excitaba verme usarlo.
—¿Sabes cocinar? —le pregunté. Por supuesto, no me refería a no quemar la cocina en el intento, sino a preparar platos como ha de hacerse, y no un triste huevo frito.
Aunque de buena gana me comería un huevo frito.
No recordaba haberle dicho la fecha de mi cumpleaños, pero si era capaz de preparar una lasagna de espinacas la mitad de deliciosa que la que moraba en mis recuerdos, tendría mi eterno agradecimiento.
Eaa, después, no quiso seguir hablando del sujeto del que había escapado en su hermético pasado. Luego, se tocó el hombro, gesto que no me pasó desapercibido. Y la vi sonreír.
Todos tenemos nuestros secretos, ¿verdad? Y aunque a veces resulte tentador compartirlos con alguien más para, de algún modo, aliviar la carga, en el fondo sabemos que nosotros, y solo nosotros, somos quienes debemos soportar su peso.
Ladeé la cabeza cuando me dijo que le avergonzaba preguntarme algo. Obviamente, eso solo aumentó mi curiosidad. Ese algo era mi látigo. Exótico y precioso, según sus palabras. Quería saber qué cosas sabía hacer con él, que la excitaba verme usarlo.
Levanté una ceja.
—¿Te va ese rollo?
Yo también sonreí, pícara. Vaya, no era algo que me esperase de ella y tampoco que me lo dijese abiertamente. Tenía sentido, pues me había advertido que le daba vergüenza.
Sin embargo, al preguntar por el origen de mi precioso látigo, a mi mente vino la lucha, la sangre, el fuego. Kisuke.
—Conseguirlo fue... complicado. Me tuve que relacionar con gente de los bajos fondos y... bueno, digamos que no acabó bien para ellos. Terminaron muertos. —Me ahorré muchos detalles, creía que no sería del gusto de Eaa escucharlos, y con razón. No era un recuerdo agradable. Bueno, en su mayor parte—. Y lo que sé hacer con él es pelear, como ya sabes.
Desenrollé el látigo de mi cintura en toda su longitud metálica cubierta de pinchos. Oh, por supuesto que recordaba perfectamente la noche en que lo conseguí. De pronto, con un movimiento rápido con la mano derecha, la cadena serpenteó, veloz, por el aire hasta encontrar su chasquido contra el suelo mullido. Multitud de hojas secas y briznas de hierbas saltaron por los aires, creando una pequeña atmósfera de vegetación flotante por unos instantes.
—¿Es que acaso te gustaría que le diera otros usos?
Mi voz, deliberadamente sensual, acompañó a la pregunta. Entrecerré los ojos maquillados de negro, mirándola fijamente. Y sonreí con malicia.
A los pocos segundos no pude evitar romper a reír. Me encantaba tomarle el pelo a esa muchacha.
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