24-02-2024, 05:25 PM
OST DE LA ESCENA
El rostro de Eaa había vuelto a adquirir tonos rojizos y estaba segura de que esta vez nada tenían que ver con la actividad física. Se había sentado en el suelo y cubierto su rostro del color de las fresas con sus manos del tono de la harina.
Admitió haber cometido un error. Al principio, yo estaba expectante por lo que tuviese que decir, y precisamente fue esa palabra, "expectante", la que debía haber salido de sus labios en lugar de la "excitada" que llegó a mis oídos. Levanté las cejas una vez más, pudiendo sentir su vergüenza como si de otro acompañante se tratase.
Normal que se pusiera nerviosa ante mi (no) proposición. La muchacha lo debía de estar pasando bastante mal, a juzgar por su reacción, palabras y colores.
—¿Cosas raras? —Sabía perfectamente a lo que se refería, pero para mí no eran raras en absoluto. Si me gustan o no, no se lo respondí.
Puede que antes estuviese bromeando, pero no me reiría ante sus explicaciones; en especial, si eran tan importantes para ella. Igual que los sueños. Uno no ha de reírse de los sueños de nadie, era algo que también había recordado cuando habíamos hablado precisamente de este tema en la taberna. Aunque entendía sus reparos. Estaba colocando sus miedos encima de la mesa. Los miedos de alguien siempre son una información valiosa para manejarlo, pero no eran mis intenciones con ella.
Y con la clase de miedos que explicó, algo me dijo que tenía un trauma bastante grande con ciertos eventos que, por desgracia, es relativamente frecuente que una mujer pueda sufrir. Yo podía recordarlo muy bien. Apreté las manos, pero no dije nada, pues, aunque la pudiese entender, solo cada cual conoce su experiencia y cómo afecta a su alma.
—No creo que estés loca —dije. Acto seguido, y mientras ella comentaba que a lo mejor no quería verla nunca más, crucé las piernas y me senté en el suelo, frente a ella.
La diferencia de alturas podía haber llegado a ser cómica si no fuese por lo sensible de la situación. Me descubrí sintiéndome realmente mal por haber confundido su inocencia con lascivia. Que no hubiese pasado nada si hubiera sido esta última, solo que yo no la habría satisfecho.
—No me voy a ir —aseguré—. Una no elige sus monstruos, ¿sabes? Siento... haber malinterpretado tus palabras y haber bromeado con ello.
Pedir perdón no es una tarea fácil, pero ha de saber hacerse si, de algún modo, hemos herido a alguien que nos importa. Las palabras son tan poderosas que pueden dañar, pero también sanar.
También tenían la capacidad de cambiar colores. En mi caso, mis mejillas eran un poco más rosadas esta vez.
Entonces, decidí hacer algo que quizá me buscase otro problema, pero valoré y decidí. Alargué las manos y las coloqué, diminutas, en una de las de Eaa, enorme, que mantenía apoyada en la hierba, cerca de mi posición. Bien me valía ganarme un golpe si, antes, conseguía transmitir algo de confort a alguien a quien, estaba segura, habían hecho sufrir de forma injusta.
Quien lo diría de mí, ¿verdad? Pero así es la vida.
Admitió haber cometido un error. Al principio, yo estaba expectante por lo que tuviese que decir, y precisamente fue esa palabra, "expectante", la que debía haber salido de sus labios en lugar de la "excitada" que llegó a mis oídos. Levanté las cejas una vez más, pudiendo sentir su vergüenza como si de otro acompañante se tratase.
Normal que se pusiera nerviosa ante mi (no) proposición. La muchacha lo debía de estar pasando bastante mal, a juzgar por su reacción, palabras y colores.
—¿Cosas raras? —Sabía perfectamente a lo que se refería, pero para mí no eran raras en absoluto. Si me gustan o no, no se lo respondí.
Puede que antes estuviese bromeando, pero no me reiría ante sus explicaciones; en especial, si eran tan importantes para ella. Igual que los sueños. Uno no ha de reírse de los sueños de nadie, era algo que también había recordado cuando habíamos hablado precisamente de este tema en la taberna. Aunque entendía sus reparos. Estaba colocando sus miedos encima de la mesa. Los miedos de alguien siempre son una información valiosa para manejarlo, pero no eran mis intenciones con ella.
Y con la clase de miedos que explicó, algo me dijo que tenía un trauma bastante grande con ciertos eventos que, por desgracia, es relativamente frecuente que una mujer pueda sufrir. Yo podía recordarlo muy bien. Apreté las manos, pero no dije nada, pues, aunque la pudiese entender, solo cada cual conoce su experiencia y cómo afecta a su alma.
—No creo que estés loca —dije. Acto seguido, y mientras ella comentaba que a lo mejor no quería verla nunca más, crucé las piernas y me senté en el suelo, frente a ella.
La diferencia de alturas podía haber llegado a ser cómica si no fuese por lo sensible de la situación. Me descubrí sintiéndome realmente mal por haber confundido su inocencia con lascivia. Que no hubiese pasado nada si hubiera sido esta última, solo que yo no la habría satisfecho.
—No me voy a ir —aseguré—. Una no elige sus monstruos, ¿sabes? Siento... haber malinterpretado tus palabras y haber bromeado con ello.
Pedir perdón no es una tarea fácil, pero ha de saber hacerse si, de algún modo, hemos herido a alguien que nos importa. Las palabras son tan poderosas que pueden dañar, pero también sanar.
También tenían la capacidad de cambiar colores. En mi caso, mis mejillas eran un poco más rosadas esta vez.
Entonces, decidí hacer algo que quizá me buscase otro problema, pero valoré y decidí. Alargué las manos y las coloqué, diminutas, en una de las de Eaa, enorme, que mantenía apoyada en la hierba, cerca de mi posición. Bien me valía ganarme un golpe si, antes, conseguía transmitir algo de confort a alguien a quien, estaba segura, habían hecho sufrir de forma injusta.
Quien lo diría de mí, ¿verdad? Pero así es la vida.
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