25-02-2024, 02:31 PM
OST DE LA ESCENA
Cuando las lágrimas comenzaron a resbalar sobre el rostro de Eaa, quizá tan grandes como mis dedos, no supe dónde meterme. Joder, intentaba hacerla sentir mejor, no empeorar la situación. Si es que estas cosas no se me dan bien...
Entonces, fue ella la que pidió disculpas y me dijo que estaba feliz. Una vez más, volví a interpretarla mal, aunque fuese durante apenas segundos.
Y me llamó amiga.
Amiga.
Un pequeño vuelco sacudió mi estómago. Se trataba de una palabra que solía vetar, así como su concepto: amistad. La amistad implicaba cosas peligrosas pues, al igual que sucedía con el amor, entregabas a la otra persona una pequeña llave para poder destruirte. O intentarlo. Claro que, en el amor, la llave era aún más poderosa. No es que yo tuviese mucha experiencia en el amor, que no hay que confundirlo con el sexo. A veces coinciden, pero yo apenas he disfrutado de tal combinación. Solo una vez y... no fue bien.
Estoy divagando. Me suele ocurrir.
La cuestión es que la amistad puede ser muy traicionera. Al menos, en mi experiencia. No todos los amigos, obviamente, guardo alguno, pero... En fin, me cuesta, me cuesta mucho confiar en la gente. Y más en nuestro mundillo... Suele haber más seres que quieren hacerte daño que lo contrario.
Pero Eaa me había llamado "amiga".
¿Éramos amigas?
Luego dijo "compañera". Y gritó. Eso me hizo sonreír. Odiaba admitirlo, pero la chica podía llegar a resultarme jodidamente adorable. Por supuesto, eso no se lo diría. Igual se había dado cuenta de la implicación del término "amistad" y quiso ir con pies de plomo. Está claro que no la culpo.
Elegí no responder nada.
Cuando me dijo que estaba un poco roja, aparté las manos de ella —que ella me acariciaba con delicadeza— de forma inconsciente. Me ayudaron a taparme la nueva intensidad del rubor ante su comentario. Me pone de mala hostia que alguien se de cuenta de lo que está pasando dentro de mí por el color de mi rostro, que tan blanco como es, me expone enseguida. Joder.
—Sí, será que... tengo frío. No te preocupes, ahora caminando se me pasa. Además, tu abrigo me quedaría larguísimo, como la cola del manto de una reina —reí. Después de lo ocurrido, tuve éxito aplacando mi enfado incipiente.
Sobre nuestras cabezas, las copas de los árboles dejaron que las primeras gotas de lluvia atravesaran su barrera. Cerré los ojos. Gracias al cielo, suspiré en mi interior. Algo que hiciese de distracción me venía muy, pero que muy bien.
Me agradeció haber ido al bosque. Lo cierto era que había sido una curiosa casualidad, no esperaba encontrármela allí, así que no debía agradecérmelo a mí, sino a la deidad en la que creyese, si creía en alguna. Pero no se lo dije, tal vez sonase un poco cruel y no quería volver a iniciar el ciclo de herir sus sentimientos, y más cuando Eaa pareceía ser feliz con tan poco.
Envidiable.
—Chocolate caliente —repetí. Noté cómo empecé a salivar. —Adoro el chocolate, es una pequeña debilidad que tengo. No hace falta que me invites, pero ahora que lo has dicho, me tienes que llevar. —Sonó a orden, pero... Chocolate.
Me puse en pie, sacudiendo mis pantalones de las hojas que se habían quedado pegadas. Entonces, Mandarina se puso en dos patitas sobre mis piernas para que lo cogiese. Qué cosa tan linda. Lo alcé en brazos y lo ayudé a regresar a mi hombro. Si no fuese por la clase de vida que llevaba, adoptaría un gato.
—Espero que no te importe pasear bajo la lluvia —le dije. Comencé a andar. Como había dicho antes, me encantaba ese tipo de clima, pero entendía que hubiera quienes lo evitasen. No todo el mundo puede tener buen gusto.
Entonces, una idea cruzó mi mente. En realidad, un concepto.
—Ahora que han pegado carteles con nuestras caras por toda la ciudad, es cuestión de tiempo que vengan más guardias a por nosotros. Incluso marines. O incluso llamemos la atención de otro tipo de gente. Debemos estar preparados.
No lo dije, pero me resultaba excitante que así fuese. Si no estás en el punto de mira, es que no eres relevante, no le importas a nadie. Y prefería importar, incluso si eso significaba que alguien quisiera darme caza. Alimentaba mi adrenalina.
Entonces, fue ella la que pidió disculpas y me dijo que estaba feliz. Una vez más, volví a interpretarla mal, aunque fuese durante apenas segundos.
Y me llamó amiga.
Amiga.
Un pequeño vuelco sacudió mi estómago. Se trataba de una palabra que solía vetar, así como su concepto: amistad. La amistad implicaba cosas peligrosas pues, al igual que sucedía con el amor, entregabas a la otra persona una pequeña llave para poder destruirte. O intentarlo. Claro que, en el amor, la llave era aún más poderosa. No es que yo tuviese mucha experiencia en el amor, que no hay que confundirlo con el sexo. A veces coinciden, pero yo apenas he disfrutado de tal combinación. Solo una vez y... no fue bien.
Estoy divagando. Me suele ocurrir.
La cuestión es que la amistad puede ser muy traicionera. Al menos, en mi experiencia. No todos los amigos, obviamente, guardo alguno, pero... En fin, me cuesta, me cuesta mucho confiar en la gente. Y más en nuestro mundillo... Suele haber más seres que quieren hacerte daño que lo contrario.
Pero Eaa me había llamado "amiga".
¿Éramos amigas?
Luego dijo "compañera". Y gritó. Eso me hizo sonreír. Odiaba admitirlo, pero la chica podía llegar a resultarme jodidamente adorable. Por supuesto, eso no se lo diría. Igual se había dado cuenta de la implicación del término "amistad" y quiso ir con pies de plomo. Está claro que no la culpo.
Elegí no responder nada.
Cuando me dijo que estaba un poco roja, aparté las manos de ella —que ella me acariciaba con delicadeza— de forma inconsciente. Me ayudaron a taparme la nueva intensidad del rubor ante su comentario. Me pone de mala hostia que alguien se de cuenta de lo que está pasando dentro de mí por el color de mi rostro, que tan blanco como es, me expone enseguida. Joder.
—Sí, será que... tengo frío. No te preocupes, ahora caminando se me pasa. Además, tu abrigo me quedaría larguísimo, como la cola del manto de una reina —reí. Después de lo ocurrido, tuve éxito aplacando mi enfado incipiente.
Sobre nuestras cabezas, las copas de los árboles dejaron que las primeras gotas de lluvia atravesaran su barrera. Cerré los ojos. Gracias al cielo, suspiré en mi interior. Algo que hiciese de distracción me venía muy, pero que muy bien.
Me agradeció haber ido al bosque. Lo cierto era que había sido una curiosa casualidad, no esperaba encontrármela allí, así que no debía agradecérmelo a mí, sino a la deidad en la que creyese, si creía en alguna. Pero no se lo dije, tal vez sonase un poco cruel y no quería volver a iniciar el ciclo de herir sus sentimientos, y más cuando Eaa pareceía ser feliz con tan poco.
Envidiable.
—Chocolate caliente —repetí. Noté cómo empecé a salivar. —Adoro el chocolate, es una pequeña debilidad que tengo. No hace falta que me invites, pero ahora que lo has dicho, me tienes que llevar. —Sonó a orden, pero... Chocolate.
Me puse en pie, sacudiendo mis pantalones de las hojas que se habían quedado pegadas. Entonces, Mandarina se puso en dos patitas sobre mis piernas para que lo cogiese. Qué cosa tan linda. Lo alcé en brazos y lo ayudé a regresar a mi hombro. Si no fuese por la clase de vida que llevaba, adoptaría un gato.
—Espero que no te importe pasear bajo la lluvia —le dije. Comencé a andar. Como había dicho antes, me encantaba ese tipo de clima, pero entendía que hubiera quienes lo evitasen. No todo el mundo puede tener buen gusto.
Entonces, una idea cruzó mi mente. En realidad, un concepto.
—Ahora que han pegado carteles con nuestras caras por toda la ciudad, es cuestión de tiempo que vengan más guardias a por nosotros. Incluso marines. O incluso llamemos la atención de otro tipo de gente. Debemos estar preparados.
No lo dije, pero me resultaba excitante que así fuese. Si no estás en el punto de mira, es que no eres relevante, no le importas a nadie. Y prefería importar, incluso si eso significaba que alguien quisiera darme caza. Alimentaba mi adrenalina.
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