26-02-2024, 03:35 PM
(Última modificación: 26-02-2024, 03:38 PM por Maeve Knox.)
—Ni de coña, aquí la maestra soy yo —respondí a Eaa con la capucha que tapaba casi todo mi rostro. La lluvia nos había perseguido desde el bosque. Lo cierto es que me había hecho gracia su comentario sobre los caballeros místicos. Y como son místicos, se les podía atribuir el aspecto que quisiésemos, incluyendo cuernos, como los de Eaa. Luego hice referencia a Mandarina, que permanecía en mi cuello, justo bajo la chaqueta, calentito casi a modo de bufanda—. Va bien, no te preocupes.
Cuando nos vimos frente a aquel edificio peculiar, casi no cupe en mí de asombro. Aquella brillante casa de historia infantil era tan llamativa que parecía que cobraría vida de un momento a otro, invitándonos a entrar con su fantasiosa decoración exterior.
Y no menos increíble era la interior, toda inspirada en lo más dulce que una podía llevarse a la boca: caramelos, galletas, chocolate, chicle, pastas, bollos, helados y un sinfín de otras delicias que colmarían los sueños más locos de los más pequeños. Y no tan pequeños. Por ejemplo, los míos.
Y si un aroma pudiese alimentar, desde luego yo ya estaría saciada. El olor dulce, acompañado del calor de los braseros situados en puntos estratégicos del local, terminaban de convertir aquello en un mágico paraíso.
Fui a hablar cuando, frente a nosotras, apareció una muchacha. Parecía la camarera y nos daba una cálida bienvenida al Dream Coffee. Claro, también olía a café, por supuesto. Diana era su nombre. Y, como pronto aprendimos, una de sus mejores cualidades era su charlatanería.
Y si un aroma pudiese alimentar, desde luego yo ya estaría saciada. El olor dulce, acompañado del calor de los braseros situados en puntos estratégicos del local, terminaban de convertir aquello en un mágico paraíso.
Fui a hablar cuando, frente a nosotras, apareció una muchacha. Parecía la camarera y nos daba una cálida bienvenida al Dream Coffee. Claro, también olía a café, por supuesto. Diana era su nombre. Y, como pronto aprendimos, una de sus mejores cualidades era su charlatanería.
Que si queríamos ir a la zona reservada.
Que si tenían un maravilloso jardín.
Que si allí no había prejuicios contra nadie.
Que si su desayuno especial para parejas nos podría apetecer.
Igual te apetece a ti el desayuno especial de gente muerta.
Que si mejor besties.
Sí, mejor.
Un sinfín de dulces en la carta.
Y de agua. ¡De agua!
—Joder, qué pesada —protesté. Me bajé la capucha mojada. Había calado a mi pelo desde hacía un rato.
Fue entonces cuando Eaa, volviendo a dirigirse a mí haciendo alusión a un oso —mira, paso—, dejó caer su cabeza encima de la mesa. Me incliné hacia detrás para que las puntas de sus cuernos no me rozaran.
—Pues sí, arrancarle la lengua habría sido una buena forma de hacer que cerrara la boca. Su cara sí que habría sido una buena pareja con mi puño.
Es que siempre tenía alguien que poner a prueba mi paciencia.
Para mi resignación, el enfado fue cayendo. Además del hilo musical cursi que inundaba la atmósfera, y además del aroma que podía llegar a hacer que los demonios se planteasen sus inclinaciones malignas, la decoración era de una fantasía sobrecogedora. Y ya ni hablemos del jardín que se apreciaba por el ventanal: tan solo su visión te trasladaba a un lugar lejano, donde incluso podías llegar a creer que la podredumbre del mundo no era más que un mal sueño. Y las flores, la ingente cantidad de flores tanto ahí fuera como decorando la cafetería.
¿Cómo era posible un lugar así en Murkhold? Un oasis de infancia dentro de la ponzoña de una ciudad criminalmente artística.
Mi oscuridad interior —y exterior— era incompatible con todo cuanto allí nos rodeaba. Pero, paradójicamente, me hacía sentir bien. Era como si, de algún modo, abrazase mi niña interior, aquella que, por supervivencia, necesitó crecer demasiado rápido. Joder, casi me sentía la protagonista de un cuento.
—No quiero ni imaginarme el sabor de todo lo que sirven aquí. Igual me pido una cosa de cada hasta que me muera por sobredosis de azúcar. —Había dejado que mis pensamientos sonasen en voz alta.
Al parecer, mi enorme compañera y yo no habíamos sido las únicas cautivas de la fragancia del Dream Coffee. Mandarina no tardó en salir de mi chaqueta, atraído inexorablemente por la magia de aquel lugar. Sus bigotes me hicieron cosquillas en el cuello. Decidió abandonarme para saltar a la mesa. Comenzó a olisquearlo todo en busca del tesoro prometido, tan dulce como esperado. Para su decepción, no encontró nada. Aún.
—No deberías haberme traído aquí, como me ponga gorda es culpa tuya —le solté a Eaa.
No la miraba a ella, sino que mis ojos se perdían entre tanto estímulo visual. Una bomba para los sentidos, eso era aquel lugar.
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