28-02-2024, 07:45 PM
(Última modificación: 28-02-2024, 07:47 PM por Maeve Knox.)
HILO MUSICAL
—No voy a guiñarle ningún ojo a esa tipa y dudo mucho que le haya gustado mi cara de mierda al mirarla.
A pesar del enorme disfrute de los dulces, me estaba poniendo de mal humor. De muy mal humor. Dejé que Eaa hablara: tartas, cumpleaños. Podría haber respondido, pero no, la imbécil de Diana apareció otra vez soltando mierda por la boca que pretendía ser una canción. Y después se habló de pandas y de cabras. Y de abrazar cosas. Intentaba ignorar todo aquello pero tan difícil me resultaba hacerlo como conseguir que no me afectase.
Me metí un gran trozo de tarta de zanahoria en la boca, a ver si así con suerte no se me incluía en la conversación.
Esperé a que la tonta de los cojones se marchase de allí cual unicornio ridículo.
—No creo que tenga que ver un puto oso con mis ojos. ¿Sabes? Estoy un poquito cansada de tanta estupidez. Puede que aquí caguen corazones, pero deberían dejar de etiquetar a la gente cuando pasan. ¿Es que dos personas no pueden compartir un rato sin ser pareja? O la mierda esa, besties. O esa zalamería al dirigirse a nosotras. Así que no, no le he gustado, es así de boba. La gente sabe relacionarse entre sí sin necesidad de una relación erótico-romántica. Es gente siendo gente. Y si esa tía se cree que con las gilipolleces va a llegar algún sitio con nosotras, o conmigo, es que es rematadamente idiota.
Dejé caer la cuchara pequeña en el plato. Emitió un agudo ruido metálico.
Había sido desagradable, lo sabía. La palabra "mierda" estaba apareciendo más que de costumbre, tanto en mi cabeza como en mi vocabulario. Y la única razón por la que no soltaba toda esa basura frente a Diana era precisamente por Eaa.
Respiré hondo antes de llevarme la taza de chocolate a los labios. Su textura aterciopelada y su sabor extático no consiguieron dulcificar toda la aspereza que ahora me cubría.
¿Cómo había acabado en un lugar que te promete que la vida va a ser maravillosa solo porque estás comiendo lo que sirven? La vida era dura, una puta mierda, y ningún bollo delicioso iba a cambiar eso. Podía esconderlo un rato, sí, pero la realidad volvería tarde o temprano. Seguramente al salir por la puerta. Incluso antes.
Me seguía sintiendo la protagonista de un cuento, pero de pronto notaba como si la ilusión cayese frente mis ojos, como si el hechizo se hubiese roto. Como si todas aquellas flores de colores fuesen, en realidad, intrincadas y espinosas ramas camufladas con brujería.
Mi mala hostia se había propagado como el fuego en una mecha. Un ambiente tan empalagoso en todos los sentidos —hasta estaba empezando a aborrecer el hilo musical— me había hecho estallar. Eso y que la gente fuese tan putamente bocazas con el disfraz de caer simpática. Me refiero a Diana, claro, pues a Eaa ya la iba conociendo. Y después de lo sucedido por la mañana, explotar contra ella no era lo más adecuado. Aunque algo tarde, pues mi pequeño discurso había sido como un dardo envenenado.
—Mi cumpleaños es el día 82 de verano —respondí, sin venir ahora a cuento, a lo que quería saber mi enorme compañera. Había hablado de prepararme lasagna de espinacas y una tarta, y en cambio, a mí me había faltado sacar los dientes.
Y por si esto fuera poco, no recordaba los números que ella había dicho, tan solo que Eaa cumplía años en invierno y Mandarina en otoño. Creo.
Las relaciones sociales se me dan fatal y, en parte, es por este tipo de cosas.
Tal vez debía pedirle disculpas a Eaa (por segunda vez en el día), pero ni siquiera pude plantearme hacerlo, porque la más payasa del lugar volvía a la carga. Se acercaba a nuestra mesa casi gritando, con una voz aguda de conejo que quise eliminar a picotazos. Porque los buitres comen conejos muertos.
—¡¡Veis como no me equivocaba!! ¡¡Ay, qué ilusión!! ¡¡Gente famosa!!
Y traía, agitándolos en el aire, nuestro carteles de recompensa.
A pesar del enorme disfrute de los dulces, me estaba poniendo de mal humor. De muy mal humor. Dejé que Eaa hablara: tartas, cumpleaños. Podría haber respondido, pero no, la imbécil de Diana apareció otra vez soltando mierda por la boca que pretendía ser una canción. Y después se habló de pandas y de cabras. Y de abrazar cosas. Intentaba ignorar todo aquello pero tan difícil me resultaba hacerlo como conseguir que no me afectase.
Me metí un gran trozo de tarta de zanahoria en la boca, a ver si así con suerte no se me incluía en la conversación.
Esperé a que la tonta de los cojones se marchase de allí cual unicornio ridículo.
—No creo que tenga que ver un puto oso con mis ojos. ¿Sabes? Estoy un poquito cansada de tanta estupidez. Puede que aquí caguen corazones, pero deberían dejar de etiquetar a la gente cuando pasan. ¿Es que dos personas no pueden compartir un rato sin ser pareja? O la mierda esa, besties. O esa zalamería al dirigirse a nosotras. Así que no, no le he gustado, es así de boba. La gente sabe relacionarse entre sí sin necesidad de una relación erótico-romántica. Es gente siendo gente. Y si esa tía se cree que con las gilipolleces va a llegar algún sitio con nosotras, o conmigo, es que es rematadamente idiota.
Dejé caer la cuchara pequeña en el plato. Emitió un agudo ruido metálico.
Había sido desagradable, lo sabía. La palabra "mierda" estaba apareciendo más que de costumbre, tanto en mi cabeza como en mi vocabulario. Y la única razón por la que no soltaba toda esa basura frente a Diana era precisamente por Eaa.
Respiré hondo antes de llevarme la taza de chocolate a los labios. Su textura aterciopelada y su sabor extático no consiguieron dulcificar toda la aspereza que ahora me cubría.
¿Cómo había acabado en un lugar que te promete que la vida va a ser maravillosa solo porque estás comiendo lo que sirven? La vida era dura, una puta mierda, y ningún bollo delicioso iba a cambiar eso. Podía esconderlo un rato, sí, pero la realidad volvería tarde o temprano. Seguramente al salir por la puerta. Incluso antes.
Me seguía sintiendo la protagonista de un cuento, pero de pronto notaba como si la ilusión cayese frente mis ojos, como si el hechizo se hubiese roto. Como si todas aquellas flores de colores fuesen, en realidad, intrincadas y espinosas ramas camufladas con brujería.
Mi mala hostia se había propagado como el fuego en una mecha. Un ambiente tan empalagoso en todos los sentidos —hasta estaba empezando a aborrecer el hilo musical— me había hecho estallar. Eso y que la gente fuese tan putamente bocazas con el disfraz de caer simpática. Me refiero a Diana, claro, pues a Eaa ya la iba conociendo. Y después de lo sucedido por la mañana, explotar contra ella no era lo más adecuado. Aunque algo tarde, pues mi pequeño discurso había sido como un dardo envenenado.
—Mi cumpleaños es el día 82 de verano —respondí, sin venir ahora a cuento, a lo que quería saber mi enorme compañera. Había hablado de prepararme lasagna de espinacas y una tarta, y en cambio, a mí me había faltado sacar los dientes.
Y por si esto fuera poco, no recordaba los números que ella había dicho, tan solo que Eaa cumplía años en invierno y Mandarina en otoño. Creo.
Las relaciones sociales se me dan fatal y, en parte, es por este tipo de cosas.
Tal vez debía pedirle disculpas a Eaa (por segunda vez en el día), pero ni siquiera pude plantearme hacerlo, porque la más payasa del lugar volvía a la carga. Se acercaba a nuestra mesa casi gritando, con una voz aguda de conejo que quise eliminar a picotazos. Porque los buitres comen conejos muertos.
—¡¡Veis como no me equivocaba!! ¡¡Ay, qué ilusión!! ¡¡Gente famosa!!
Y traía, agitándolos en el aire, nuestro carteles de recompensa.
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