[Pasado] [+18] El chocolate prometido
#8
     Eaa sacó su libreta y empezó a apuntar. Tal vez la fecha de mi cumpleaños, tal vez las mil maneras de acabar con esa camarera entrometida. Una podría pensar que era una muchacha que hacía su trabajo, es decir, se le habían encargado trescientas cosas y trescientas cosas servía. Pero no eran dulces lo que había traído, sino nuestros putos carteles de recompensa. Se ve que a Eaa también estaba empezando a sulfurar, porque la había despachado rápido. Eso sí, tras firmar uno de los carteles. Por supuesto, el que no era suyo.
     La tiparraca se marchó llorando. Así que no solamente era insufrible, sino que no soportaba que se lo hicieran ver.
     Diría que miré con indiferencia sus lágrimas, pero no puedo negar que me causaron cierta satisfacción. 
     Le pedí la pluma a Eaa. Sí dejaría huella, sí. Me acerqué el cartel de recompensa de Eaa y, con la letra más sofisticada que conseguí, le dejé una bonita dedicatoria:
     "Diana, muérete. Con cariño."
     En fin, no me quedé del todo a gusto. La "D" podría haberme salido más bonita.
     —No está mal esa idea de comérnosla. 
     Como era obvio, esperaba que Eaa entendiese que estaba bromeando. Aunque no aclararía que era algo que podía suceder. Era evidente que aquellas tartas tendrían un sabor infinitamente mejor. 
     A continuación, la pelirroja comenzó a enumerar una serie de personajes supuestamente famosos que cumplían los años el mismo día que yo. A decir verdad, no conocía ni uno. Intenté hacer memoria, pero sus nombres no significaban nada para mí. Sin embargo, ella parecía conocer mucho al respecto. No me extrañó, ya había hablado de su ferviente pasión por los libros. Y, aunque en su día reveló la fascinación por las historias de ficción, algo me decía que devoraba todo lo que contuviese tinta y cayese en sus manos. 
     También me enteré de que Mandaría haría pronto un año. Me resultó curioso que la gente celebrase el cumpleaños de sus animales. Pero, claro, no era descabellado: estaba segura de que eran mejores que la mayoría de las personas. O a lo mejor era algo que solamente hacía Eaa. Por lo que a esas alturas sabía de ella, se me hizo algo típico de ella. 
     Cuando así su bolsa, busqué directamente el regalo, pues no quería parecer que estaba rebuscando entre sus cosas. Hallé el envoltorio que me había mencionado (no había pérdida) y, sin sacar el regalo de ninguna de las dos bolsas, lo miré. Se trataba de un pollito a medio salir de su cascarón. Era muy suave y blando al tacto. Nunca fui de peluches ni similares, pero había que reconocer que había tenido buen gusto.
     —Seguro que le gusta, sí—respondí.
     Nunca había tenido mascota, así que no sabía muy bien qué decir: supuse que era algo que a un gato podría hacerle gracia.
     Aunque Eaa no se comportaba con Mandarina como si este fuese su mascota, sino más bien su amigo. 
     Luego, devolví sus pertenencias a la pelirroja.
     Descubrí que ahora que había visto a la cansina del pelo rosa irse llorando, sentía cierta paz interior, como si supiese que no volvería a molestarnos. O, al menos, en un rato. Eso quería creer.
     Aprovechando tal fortuna, Eaa y yo entablamos otra conversación. Una banal, sobre temas que nada tenían que ver con locales pastelosos, dulces deliciosos ni camareras metomentodos. La ciudad de Murkhold fue la protagonista del intercambio de palabras durante un rato, así como Peteiro, Mandarina, los saltamontes —ni idea de cómo llegamos a ese tema— y ciertos gustos de música.
     Habíamos comenzado a hablar sobre las inclemencias del tiempo en aquella isla —socorrido tema de conversación— cuando escuchamos ruido por la zona que contenía la puerta de entrada al local. Al principio no le dimos importancia, puesto que con aquel clima cualquiera podría haber estado buscando refugio, alborotado por la incesante lluvia. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que se trataba de algo más.
     Pasos firmes y sincronizados se aproximaron.
     —¡Son ellas! —nos señaló un señor aleatorio que parecía recién sacado de una tintorería, él mismo incluido.
     El precio de la fama.
     —¡Eaa y Maeve Knox! ¡Habéis cometido crímenes contra el pueblo de Murkhold! ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?
     La presencia de aquellos guardias agriaba el ambiente dulce que, hasta el momento, había reinado en Dream Coffee. Ocho, diez, doce, no conté los que había. ¿Acaso importaba? Me invadió una fuerte y aburrida sensación de dejà vu.
     —Vosotros no aprendéis, ¿eh?
     Apoyé las manos en la mesa y me levanté con brusquedad. Sentí la presencia del látigo en mi cintura, ansiosa, ávida. Me habría gustado poder estar tranquila disfrutando de un desayuno como pocos he probado en mi vida. Tampoco le hacía ascos a la compañía de Eaa, la cual no aborrecía como me sucedía con la gran mayoría.
     A decir verdad, mi mal humor me pedía aquello. Sin apartar la mirada de sus estúpidas caras, comencé a andar en su dirección.


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[Pasado] [+18] El chocolate prometido - por Eaa - 26-02-2024, 11:44 AM
RE: [Pasado] El chocolate prometido - por Maeve Knox - 26-02-2024, 03:35 PM
RE: [Pasado] El chocolate prometido - por Eaa - 26-02-2024, 05:18 PM
RE: [Pasado] El chocolate prometido - por Maeve Knox - 27-02-2024, 06:16 PM
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - por Maeve Knox - 03-03-2024, 10:03 AM
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RE: [Pasado] El chocolate prometido - por Maeve Knox - 05-03-2024, 10:02 AM
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RE: [Pasado] [+18] El chocolate prometido - por Eaa - 06-03-2024, 02:01 PM

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