Leyenda
Como era de esperar, Diana no estaba dispuesta a hacerme el más mínimo caso. Seguía en su mundo, engullendo a cucharadas aquel helado azul radioactivo que por el olor descubrí que era sabor chicle. - Bueno, pues nada, se le habrá congelado el cerebro - suspiré, cogiendo el pañuelo, el cual guardé en el bolsillo y me acerqué a un pequeño escritorio que había en una esquina. Comencé a abrir los cajones, buscando en ellos algo que pareciese un libro de recetas. Había libros de cuentas, un diario, lacitos y animalitos de peluche, pero ni rastro de las recetas.
Llevaba ya un par de minutos buscando, sin ningún resultado. Estaba tan aburrida por la monotonía, que las palabras comenzaron a fluir solas. - Estaban muy ricos todos los dulces - dije, mientras seguía leyendo. - Siento lo de antes, es que a Maeve no le gusta lo positiva que eres, y la verdad es que estaba poniéndose muy tensa. - expliqué. Pude notar como esta dejaba de llorar, aunque seguía en silencio. - Es una persona maravillosa, pero me daba miedo que te abriera en canal con una cuchara. Además, has interrumpido un momento muy importante. - suspiré. No sabía ni por qué estaba diciendo eso. Posiblemente para no sentirme mal conmigo misma después de destrozarle medio local.
- En la estantería - dijo, con una tímida voz, señalando con la cuchara. - En el libro de "Cómo hacer realidad tus sueños" - indicó - Y no volváis never again. - Never again... supuse que como poco no quería vernos antes de la semana próxima, aunque, después de la que habíamos armado, igual no quería que volviéramos hasta la siguiente estación. Siguiendo sus indicaciones, me acerqué a la estantería y busqué el libro mencionado. En efecto, el libro "Cómo hacer realidad tus sueños, por Don Maravilloso", tenía dentro una ingente cantidad de papeles, entre las hojas. Se trataba de todas las recetas, o eso supuse. No me costó encontrar la de la tarta. Cogí el papel y lo puse sobre el escritorio, donde comencé a copiar la receta. Tampoco iba a robarle la receta como tal, no era un monstruo. Para cuando terminé de copiarla, el barullo que provenía de la zona en la que habíamos desayunado parecía haberse calmado. Ahora solo se escuchaban los cánticos de los chiflados de la puerta. Vi entonces un Den Den que parecía hacer las veces de micrófono sobre el escritorio. Una pícara sonrisa se dibujó inmediatamente en mi rostro.
- Probando... probando. ¿Se me escucha? - hablé, y en efecto se escuchaba - Señorita Maeve Knox, repito, Señorita Maeve Knox. - fue lo siguiente que dije - Espero que esté bien - murmuré - Seguro que sí - una breve pausa. - Aquí Eaa desde la cocina. Informo de que la operación Velvet ha sido todo un éxito... repito... La Operación Velvet ha sido un éxito - hablaba orgullosísima - Ya podemos cenar tarta.
Colgué, antes de agradecer a la joven de pelo rosa por decirme donde estaba la receta. Salí corriendo de la cocina, en dirección a donde se encontraba mi amiga. Esta estaba de pie, apoyada sobre una mesa, al lado de todos los cadáveres. Se había vuelto a poner el latigurón bien, y tenía a Mandarina en brazos. Como vi que no faltaba nada, agarré a la mujer por la cintura con mi brazo derecho, levantándola. Me dirigí hacia el gran ventanal y, con el impulso y haciendo uso del hombro, lo atravesé. Me aseguré de que ni mi amiga ni el gato recibieran daño con los cristales rotos, y sin perder un instante hice lo mismo con la endeble verja de madera que cercaba el jardín.
Continué corriendo, para alejarme todo lo posible del lugar. - ¿Qué tal te lo has pasado? Yo me lo he pasado genial, la verdad. Siento haberte sacado así, pero había unos pirados bloqueando la puerta y no quería tener que pelear con media guardia de la ciudad. - sonreí y miré a esta. No me había fijado en los restos de sangre en su cara, pues había salido corriendo. Además de eso, mi amiga tenía mala cara. Paré en seco y la dejé en el suelo. - Ay ay ay. Perdón, perdón - hablé, nerviosa, fijándome en la mancha de sangre de su costado. Saqué el pañuelo que había cogido antes y lo apreté contra su costado, con cuidado de no hacerle daño.
La adrenalina de mi cuerpo había comenzado a desaparecer, lo cual provocó que el dolor de mi hombro izquierdo se intensificara. No era para menos pues, al girar la cabeza, pude ver un enorme trozo de cristal clavado en él, el cual, debido al posterior golpe con la verja, se había clavado más todavía.
Resumen
