[Presente relativo] Operación Biblioteca
#1
Leyenda


Primavera, Año 12
Ballywood Hills, Reino de Ballywood
Día 24, 11:11 AM

- Está mal que lo diga, pero cada vez me quedan mejor las tortitas. - hablé, en bajo, mientras caminaba por las anchas calles de Ballywood Hills. El tiempo que llevaba despierta había sido de lo más productivo. Había madrugado para levantarme y entrenar. Para variar, la capitana me había prohibido entrenar en el barco, y a fin de cuentas, tenía toda la razón. El día que traté de hacer dominadas colgada de la botavara casi terminamos volcando. No había nadie a bordo a quien se el diera bien el tema de arreglar el barco, así que teníamos que cuidar a la Rémora Fatua con toda nuestra alma. No podíamos dejar que nada le pasara a nuestro pequeño y acogedor hogar.

Por suerte para nosotros, elegimos un lugar alejado donde atracar, así que me podía permitir salir del barco y entrenar en la playa sin ningún problema. Pensar en ello me dibujó una mueca de molestia en la cara. Recordé entonces lo sucedido en Murkhold, y como aquel desgraciado de Waj amenazó con matar a Maeve. Lo que más rabia me daba era que si hubiera querido, posiblemente no hubiera podido hacer nada por evitarlo. - Necesito ser más fuerte - me repetí, tirando de la capucha para asegurarme de que ningún cabello escapaba de esta. Con los cuernos no podía hacer nada, pero bueno, tipa cornuda era una descripción algo más generalizada que tipa cornuda albina y pelirroja. - Tendría que haber copiado más recetas del libro de Diana. - me mordí el labio inferior, pues, de haberlo tenido en cuenta hubiera podido preparar desayunos más especiales. Como todos seguían dormidos cuando terminé de lavarme tras el entrenamiento, les había dejado unas tortitas preparadas. Me aseguré de que Mandarina no pudiera alcanzarlas, aunque supuse que estaría muy ocupado durmiendo con la capitana, o por lo menos hasta que ella despertase. No pude evitar sentir alivio por un momento. Una de las cosas que más temía, además de volver al infierno, era que el pequeñín se quedara solo si algo así pasaba, pero ahora sabía que tendría alguien con quien quedarse.

- Pero bueno, cosas del pasado. Ya pensaré en matarme a entrenar mañana, y en comida cuando vuelva al barco. - levanté la mirada, centrándola en la calle y las gentes que la recorrían. Mi objetivo estaba fijo: Encontrar la biblioteca, y una vez allí leer. Bueno, y conseguir alguna receta más, pero para eso último no tenía muchas esperanzas. No tenía ni la más remota idea de dónde estaba la biblioteca, ni si estaba yendo en la dirección correcta. Lo único que descubrí por en mi paseo por Ballywood Boulevard fue que debía buscar en la zona alta. - ¿Por qué tendrán que estar siempre las bibliotecas donde se juntan todos estos? - obviamente, no pregunté en voz alta. Aquella zona parecía muy vigilada, y cualquier palabra fuera de lugar podría traerme muchos problemas. No tenía miedo de un puñado de guardias o marines, pero se notaba que en Ballywood había bastantes más que en Toroa, y tampoco quería que por alguna razón terminaran siguiéndome la pista, y que descubrieran donde estaba nuestro barco.

Ni se me pasó por la cabeza preguntar a ninguna de las personas con quienes me crucé. - Que asco de gente - murmuré. Cada persona que veía miraba por encima del hombro a todas las demás. Seguro pensaban que por haber tenido suerte en la vida a causa de ello dinero, eran superiores. Aquello inevitablemente me recordó a aquel hombre. Sin yo quererlo, la marca de mi hombro comenzó a arder. La marca seguía ardiendo de vez en cuando, sí, pero hacía ya un tiempo que no lo hacía con la misma intensidad. Me era imposible recordar cuándo se dio ese cambio. ¿Tal vez desde que comenzamos a viajar juntos? ¿O tal vez desde la fiesta de Año Nuevo? Por suerte, pensar en aquello me ayudaba a que dejara de doler.

Me crucé entonces con un mendigo. Me sorprendió al principio, pues normalmente no solía haber mucha gente pidiendo en aquellas zonas tan lujosas. "Dan mala imagen" decían. Para sorpresa de nadie, ni una sola persona se dignaba a mirarle, ni siquiera aquellas a quienes el pobre hombre saludaba. Me acerqué a él. Tan pronto mi sombra se proyectó sobre él, alzó la cabeza. No pude discernir su edad. Aparentaba más de cincuenta años, debido a su desaliñada barba y su melena. Le faltaban dos dientes, y se notaba que no podía ver bien de un ojo.

Me puse de cuclillas, para estar a su altura. El hombre me miraba en silencio. No me sorprendía, pues estaba segura de que no estaba acostumbrado a ver a alguien tan grande como yo, y mucho menos de que alguien como yo se le quedara mirando. Eché un par de monedas  en la pequeña lata que tenía frente a sus pies, mientras comencé a buscar en mi bolsita. - No tengo mucho más, pero está rico. - sonreí, acercándole un pequeño bocadillo de pechuga. Sin pensarlo un instante cogió el bocadillo y lo mantuvo en sus manos. - Gracias, gracias - me habló, casi con lágrimas en los ojos.- Al pequeño Tim le va a hacer muchísima ilusión. - habló, con una ancha sonrisa. - Necesito que me hagas un pequeño favor. - le susurré. Tenía oído que los mendigos son la mejor fuente de información. No quería aprovecharme del hombre, ni mucho menos, pero en aquel caso era mi única opción. El hombre asintió sin siquiera dudarlo. - ¿Qué necesitas? Haré lo que sea - habló, sin soltar el bocadillo, acariciándolo suavemente. - Pero no puede ser aquí en medio - expliqué. Este se levantó con gran dificultad y me guió hasta un callejón cercano. A pesar de ser unos escasos metros, el trayecto se hizo sorprendentemente largo, debido a la pronunciada cojera de este.

Una vez en el callejón, a salvo de las indiscretas miradas de aquellos desgraciados, pude finalmente quitarme la capucha. Me agaché, separando los mechones para levantar después la cabeza. Al ver mi rojo pelo el hombre se quedó helado. - Tú... - habló, y poco después se derrumbó. - Por... por favor... Si vas a comerme llévale el bocadillo a Tim, y dile que le quería - arqueé una ceja. No entendía de qué me hablaba. - ¿Comerle? - pensé. Recordé entonces que era una persona buscada. No voy a negarlo, me hizo un poco de gracia la situación, así que no pude evitar que se me escapara una risita. - ¿Qué? Yo no voy a comerte. No como gente - le pregunté, extrañada. - Pero... escuché que el otro día tú te comiste a... - explicó. - Ah, eso - me acordé de aquellos indeseables a los que me cargué mientras trataba de buscar el regalo para Maeve. - Sí que es verdad que me cargué a unos babosos el otro día. Puede que se me fuera un poco la mano y lo que quedó no fuera muy agradable de ver, pero en mi defensa diré que no me comí a ninguno. - me excusé - Y además, ellos se lo buscaron. Por engañarme mientras buscaba el regalo para Maeve. Intentaron secuestrar y hacer cosas feas a la semioni equivocada, y les salió mal. - me relajé tras la explicación. El hombre se relajó también, pero todavía se podía percibir el miedo en su mirada. No le di mayor importancia, pues supuse que no le haría mucha gracia estar en un callejón con una mujer buscada, y menos todavía con una tan grande como yo. - A lo que iba. ¿Cómo se llega a la biblioteca? - el hombre arqueó una ceja y ladeó la cabeza. La pregunta le había pillado completamente descolocado y ni siquiera hizo ademán de tratar de ocultarlo. - ¿Qué? Esque quería ir, me gusta leer. Y no iba a preguntar a ninguno de esos trozos de mierda por indicaciones. Suerte que no le he atizado a ninguno todavía. - me reí.

Tras convencerle de que no quería hacerle daño, finalmente conseguí que el hombre me diera las indicaciones hacia la biblioteca.

- Por cierto, con todo el lío no me he presentado. Soy Eaa, encantada - sonreí, antes de volverme a poner la capucha. - Yo me llamo Karl - respondió


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[Presente relativo] Operación Biblioteca - por Eaa - 08-03-2024, 08:03 PM

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