Leyenda
A medida que el nivel de alcohol en sangre aumentaba el dolor iba disminuyendo poco a poco. No recuerdo cuanto tiempo estuve admirando el extraño papel pintado. La cama era realmente cómoda. A decir verdad, me hubiera gustado mucho estar en esa cama en otras circunstancias. Traté de tumbarme en una ocasión. Fue una pésima idea, pues tan pronto mi espalda tocó la colcha un enorme pinchazo me recordó la razón por la que me encontraba en esa habitación. El dolor, lejos de desaparecer, trajo de vuelta el ardor en el hombro.
- Maravilloso - hablé, apretando los dientes. Le di otro trago a la botella. Suspiré, cerrando los ojos, tratando de relajarme y no pensar en mis heridas. Escuché entonces gritos de una de las habitaciones cercanas, seguido de aquel aleteo que reconocía. Me giré, más rápido de lo que debería seguramente, para ver a mi amiga.
- Vaya, algo he tenido que hacer bien para que un ángel venga a verme - respondí a su saludo con una broma, soltando una risita. Parecía que el whisky favorecía mi lado más ingenioso, o por lo menos me permitía decir más tonterías. - Perdón por la tontería, Maeve. Me arde todo el cuerpo y llevo ya botella y media de esto - sonreí como pude, levantando la casi vacía botella de whisky - Vale, está enfadada. - tampoco era yo la persona más lista en aquel momento. Era obvio que estuviera enfadada, después de no haberle dicho nada acerca de la situación antes de hacerla venir. Llevanté el brazo derecho con intención de llevármelo a la cara, pensativa. Lo bajé casi al instante cuando un indescriptible dolor recorrió desde la herida hasta las puntas de mis dedos. - Ay ay ay - me quejé. Una idea recorrió mi mente. - Sí, ¿por qué no? - pensé. Me giré entonces, dando la espalda momentáneamente a la mujer, antes de tirarme en la cama boca abajo. Los dos rebotes de mi cuerpo contra el colchón me causaron tanto dolor que se me saltaron las lágrimas y solté un grito. Poco a poco parecía que el dolor iba desapareciendo. No se había ido del todo, pero podía relajarme sin morirme en el intento. - Oh, dios. Esto es la gloria. ¿Por qué no habré pensado en tumbarme antes? - suspiré. Aquella situación distaba mucho de ser mínimamente buena, pero mis palabras eran algo más ciertas si la comparaba con la situación anterior. - Perdón, perdón que me distraigo. Vale, por dónde empiezo - giré la cabeza para mirar a la mujer. - Pues he ido a la biblioteca, he conseguido dos libros de recetas más. - sonreí y señalé en dirección a la bolsa - Hay unos postres muy ricos que podemos cenar algún día de estos. Luego han venido dos ricachones babosos a los que les he partido la cara - volví a la enumeración - después los marines, han dejado como un colador a los dos de antes, ahora me llaman comeniños... - soltaba todo lo que tenía en mi cabeza. Parecía que aquello me ayudaba todavía más con el dolor. Hablar de esa forma era incómodo, pero no tan incómodo como ridículo. - Comeniños, ¡te lo puedes creer! - grité, molesta al pensar en ello. Hice fuerza con mis brazos para levantarme, enfadada. Mi cuerpo no tardó en recordarme lo mala idea que era - ¡Joder! - grité, llevándome esta vez la mano al costado. - Dato importante. - dije mientras me llevaba la mano izquierda al pelo, secándome de paso el sudor de la frente. - 20 marines es el límite. Más dan problemas. - expliqué, cerrando brevemente los ojos mientras tomaba aire - Ah, y distraerse estando rodeada de gente puede llevar a que te apuñalen en la espalda. - me reí, torciendo levemente el torso hacia el lado contrario a donde se encontraba la otra mujer. - En resumen, necesito que me ayudes a curarme esto - expliqué, haciendo referencia a las dos heridas. Señalé únicamente la del costado, pues a la de la espalda no llegaba. - Perdón por meterte en estos líos. - me disculpé - Por cierto, hay que añadir 32 más a la lista. O 34 si cuentas a los babosos colador.
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