19-03-2024, 09:50 AM
(Última modificación: 19-03-2024, 10:11 AM por Maeve Knox.)
Kōri.
No escuchaba esa palabra desde... que se fue de aquella forma. La nota. La gema.
Mi pulso se resistía a regresar a la normalidad.
Oí algo, a alguien, pero en ese momento mi atención obedecía sus propias reglas, así que la voz ni siquiera llegó a mi entendimiento. Tan solo podía sentir la mano de Zorak sobre mi rostro, sus dedos recorriendo el trazo de la cicatriz de mi lado izquierdo. Luego, la distorsión del tiempo cuando me besó. Mi corazón galopaba tan rápido que era lo único que podía oír, cada latido golpeando mis oídos como si fuese lo último que existiese en el mundo.
Por un momento, mi propia norma del contacto físico se fue al carajo, siendo lo único que anhelaba durante esos breves instantes.
Levanté la mano izquierda y la posé sobre la suya, que aún sostenía mi barbilla.
Entonces, se apartó, dejándome en un estado de confusión donde llegué a pensar que aquello no podía estar sucediendo, que en realidad se trataba de un sueño del que pronto despertaría.
Un par de palabras me arrancaron por completo de mi entumecimiento momentáneo. "Señorita Mapache". Jamás esa combinación podría pertenecer a otra persona que no fuera... Kisuke. Una vez más, no escuché el resto. Giré sobre mis talones en su dirección. En efecto, era él. ¿Cómo podía ser posible tanta coincidencia? Debía alegrarme, ¿verdad? Es eso lo que se supone que se siente cuando llevas sin ver a un colega desde hace mucho tiempo. Sí, ¿no? Mis emociones, mis sentimientos estaban enredados unos con otros y ni siquiera sabía qué cojones estaba sucediendo. ¿Debía hablarle? ¿Saludarle?
Kisuke me había visto... nos había visto...
Joder.
Por un momento, mi propia norma del contacto físico se fue al carajo, siendo lo único que anhelaba durante esos breves instantes.
Levanté la mano izquierda y la posé sobre la suya, que aún sostenía mi barbilla.
Entonces, se apartó, dejándome en un estado de confusión donde llegué a pensar que aquello no podía estar sucediendo, que en realidad se trataba de un sueño del que pronto despertaría.
Un par de palabras me arrancaron por completo de mi entumecimiento momentáneo. "Señorita Mapache". Jamás esa combinación podría pertenecer a otra persona que no fuera... Kisuke. Una vez más, no escuché el resto. Giré sobre mis talones en su dirección. En efecto, era él. ¿Cómo podía ser posible tanta coincidencia? Debía alegrarme, ¿verdad? Es eso lo que se supone que se siente cuando llevas sin ver a un colega desde hace mucho tiempo. Sí, ¿no? Mis emociones, mis sentimientos estaban enredados unos con otros y ni siquiera sabía qué cojones estaba sucediendo. ¿Debía hablarle? ¿Saludarle?
Kisuke me había visto... nos había visto...
Joder.
Mierda.
Noté cómo el calor se arremolinaba en mis mejillas como a golpe de fuego. Sabía lo que ocurría... El color se acumulaba en mi habitual piel pálida y la estaba tiñendo de aquel rosa fuerte que odio presentar frente a los demás, quien sea, sin distinciones. El beso, sí, pero también el espectador repentino. ¿Y qué debía hacer, cubrirme la cara con las manos para que el espectáculo se multiplicara? No, no podía hacer eso. Me tentaba muchísimo simplemente darme la vuelta e irme, alejarme, a ser posible a un lugar donde me tragase la tierra. O el mar, en ese momento me daba igual.
Pero no.
Controlando el temblor de mis piernas para que nadie pudiese darse cuenta, me quedé allí plantada, estoica, mientras Zorak le hablaba a Kisuke. Parecía que se conocían. ¿Por qué se conocían? ¿Zorak se había metido a pescador ahora? ¿Eran ambos de algún gremio de pescadores? Un club. El Club de los Pescadores Inoportunos. Ballywood. El club debía de tener su sede en Ballywood, seguro que se conocieron allí.
Mis pensamientos habían caído en un torbellino de estupidez.
El pelirrojo volvió a hablar. Había saldado la deuda, terminado con su trabajo pendiente. ¿Qué deuda? La única deuda que tenía era él conmigo. ¿Y qué trabajo, el de pescador? No. Los recuerdos consiguieron atravesar la barrera de lo ridículo y pude rememorar su cruzada. Lo había logrado.
Mi reacción habitual debía ampararse en la agresividad, toda aquella que me había causado hacía cuatro años y que, durante todo este tiempo, se reproducía a veces con enfado, a veces con tristeza y, la mayoría, bajo intentos de camuflar todo aquello para desterrarlo de mi vida. Debía golpearlo hasta que no me quedasen fuerzas. Y, sin embargo, tan solo una pequeña frase abandonó mi garganta casi cerrada:
—Bien por ti.
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