Apenas pude celebrar el impacto de Ein Hacuh sobre su cara pues mientras el llameante pedazo de hierro se hundía en su rostro unas palabras precedieron de nuevo la misma sensación anterior del pecho, pero esta vez en ambos triceps. El frío de su acero abriéndose paso por mi piel, cortando esta y músculo, en un movimiento de nuevo de descruce pero en esta ocasión en sentido ascendente, tajando la parte posterior de mis brazos en el transcurso de descender estos. El dolor fue incluso mayor que la vez anterior. Ambos cortes se sintieron mucho más profundos y peligrosos, tanto que por un breve instante sentí que iba a perder los brazos a manos de aquella loca, y la expresión de mi rostro - que por suerte no podía verla - así lo reflejaba. Mis ojos estaban abiertos como platos mientras veía a cámara lenta como las gotas de sangre salían despedidas con el curso del acero de sus espadas, mientras mi arma, a la cual se le apagaban las llamas conforme se me nublaba la vista por el impacto y el dolor, ocultaba su rostro. Ninguno de los dos podíamos ver la cara del otro en ese instante, y eso era terriblemente frustrante. ¿Habría sido por suerte? ¿Estaba esperando un ataque vertical para contratacar de esa forma?. Chasqueé la lengua, molesto.
Entonces, tras terminar su movimiento en amplitud y mientras mi kanabo terminaba de descender e impactar en el suelo de las escaleras, haciéndome trastabillar por un segundo y dar un paso vacilante hacia delante, ella se desplazó hacia un lateral. La frustración y la ira luchaban en mi interior como dos lenguas de fuego, ambas intentando imponerse a la otra, o combinarse en una sola, en algo que sobrepasaba mis capacidades térmicas e iba un poco más allá. Mi corazón se agitaba con fuerza, mi cerebro no paraba de mandar señales de alerta y mis brazos temblaban ligeramente fruto del imponente corte de Triana. Entonces, las lenguas de fuego se retorcieron y entremezclaron formando un dragón de largo cuello y poderosas fauces, que gritó en mi interior al unísono que yo mismo.
Grité mientras una explosión de viento surgió de mi cuerpo en todas direcciones, agitando mis ropas, las suyas y sus cabellos, más incluso de lo que había sucedido antes en el choque de nuestras técnicas y produciendo una completa parálisis en la espadachina. Tras esto me quedé mirándola, preso por completo de la cólera y la furia, mientras erguía mi postura de nuevo y respiraba pesadamente, observando la situación y sin terminar de comprender qué estaba pasando. No había sido una ola de calor, era algo más, y la tenía completamente paralizada y asustada, expuesta a mi merced. Pasé mi mirada a mis brazos, goteaban sangre y no pintaba a una herida fácil de tratar. Después miré mi arma. Esa puta había conseguido cortar mi concentración y hacerme apagar las llamas de Ein Hauch. Apreté el kanabo con fuerza con la mano izquierda y volví mi ambarina mirada hacia ella — Pay day — dije dando una pequeña sacudida al arma, haciendo que cambiase de color al del acero al rojo, y al instante entrase en combustión y empezase a arder, mientras recorría los dos pasos que nos separaban ascendiendo las escaleras — Hay un largo y polvoriento rastro de gente que me ha subestimado — le dije, parándome a menos de un metro de ella, en su flanco izquierdo — Cien mil demonios me atacan — cité, adoptando una posición de bateo alzando el kanabo junto a mi rostro con su cabeza apuntando al cielo, tamborileando ambos dedos en el mango de la misma, entre sus llamas — Cien mil cadáveres a mi paso — añadí, apretando los dedos y sintiendo como todos los músculos del cuerpo se contraían y se inflaban, terminando de girar el torso hacia atrás para terminar de conseguir el impulso que necesitaba para mi técnica, notando hasta las venas de la sien marcadas.
Bramé más alto y más fuerte que nunca antes, realizando un bateo horizontal, paralelo al suelo, de izquierda a derecha e impactando mi arma envuelta en llamas de nuevo contra la cara de aquella mujer trajeada, llena de cicatrices, y que había conseguido hacerme cinco cortes que lanzaban la sangre fuera de mi cuerpo como si fuera gratis. Con lo poco que me gustaba a mi el despilfarre... pero eso era un problema para después. El impacto de Ein Hauch sonó más que el anterior, al ser realmente el impacto más fuerte y más potente que podía emitir, y aquel tañido se mezcló con el eco de mi voz resonando por las inmediaciones. Ya no había sentido ninguno en intentar no llamar la atención. Iba a terminar esta pelea en este mismo instante, golpeando las veces que hicieran falta la cabeza de aquella fulana hasta abrírsela y poder pintar con sus sesos todas las escaleras de este puto palacio.
Tras el impacto del arma retrocedí un paso - hacia el borde de las escaleras - y me dispuse de nuevo en la misma posición, sintiendo la sangre resbalar por mis axilas y mis codos, brotando desde los triceps, al igual que la que desfilaba por mi pecho, o por mi pierna. Estaba luchando contra un reloj que se medía con sangre.
Entonces, tras terminar su movimiento en amplitud y mientras mi kanabo terminaba de descender e impactar en el suelo de las escaleras, haciéndome trastabillar por un segundo y dar un paso vacilante hacia delante, ella se desplazó hacia un lateral. La frustración y la ira luchaban en mi interior como dos lenguas de fuego, ambas intentando imponerse a la otra, o combinarse en una sola, en algo que sobrepasaba mis capacidades térmicas e iba un poco más allá. Mi corazón se agitaba con fuerza, mi cerebro no paraba de mandar señales de alerta y mis brazos temblaban ligeramente fruto del imponente corte de Triana. Entonces, las lenguas de fuego se retorcieron y entremezclaron formando un dragón de largo cuello y poderosas fauces, que gritó en mi interior al unísono que yo mismo.
— ¡¡ QUIETA CERDA !! —
Grité mientras una explosión de viento surgió de mi cuerpo en todas direcciones, agitando mis ropas, las suyas y sus cabellos, más incluso de lo que había sucedido antes en el choque de nuestras técnicas y produciendo una completa parálisis en la espadachina. Tras esto me quedé mirándola, preso por completo de la cólera y la furia, mientras erguía mi postura de nuevo y respiraba pesadamente, observando la situación y sin terminar de comprender qué estaba pasando. No había sido una ola de calor, era algo más, y la tenía completamente paralizada y asustada, expuesta a mi merced. Pasé mi mirada a mis brazos, goteaban sangre y no pintaba a una herida fácil de tratar. Después miré mi arma. Esa puta había conseguido cortar mi concentración y hacerme apagar las llamas de Ein Hauch. Apreté el kanabo con fuerza con la mano izquierda y volví mi ambarina mirada hacia ella — Pay day — dije dando una pequeña sacudida al arma, haciendo que cambiase de color al del acero al rojo, y al instante entrase en combustión y empezase a arder, mientras recorría los dos pasos que nos separaban ascendiendo las escaleras — Hay un largo y polvoriento rastro de gente que me ha subestimado — le dije, parándome a menos de un metro de ella, en su flanco izquierdo — Cien mil demonios me atacan — cité, adoptando una posición de bateo alzando el kanabo junto a mi rostro con su cabeza apuntando al cielo, tamborileando ambos dedos en el mango de la misma, entre sus llamas — Cien mil cadáveres a mi paso — añadí, apretando los dedos y sintiendo como todos los músculos del cuerpo se contraían y se inflaban, terminando de girar el torso hacia atrás para terminar de conseguir el impulso que necesitaba para mi técnica, notando hasta las venas de la sien marcadas.
— ¡¡ H E L L ' S B E L L S !! —
Bramé más alto y más fuerte que nunca antes, realizando un bateo horizontal, paralelo al suelo, de izquierda a derecha e impactando mi arma envuelta en llamas de nuevo contra la cara de aquella mujer trajeada, llena de cicatrices, y que había conseguido hacerme cinco cortes que lanzaban la sangre fuera de mi cuerpo como si fuera gratis. Con lo poco que me gustaba a mi el despilfarre... pero eso era un problema para después. El impacto de Ein Hauch sonó más que el anterior, al ser realmente el impacto más fuerte y más potente que podía emitir, y aquel tañido se mezcló con el eco de mi voz resonando por las inmediaciones. Ya no había sentido ninguno en intentar no llamar la atención. Iba a terminar esta pelea en este mismo instante, golpeando las veces que hicieran falta la cabeza de aquella fulana hasta abrírsela y poder pintar con sus sesos todas las escaleras de este puto palacio.
Tras el impacto del arma retrocedí un paso - hacia el borde de las escaleras - y me dispuse de nuevo en la misma posición, sintiendo la sangre resbalar por mis axilas y mis codos, brotando desde los triceps, al igual que la que desfilaba por mi pecho, o por mi pierna. Estaba luchando contra un reloj que se medía con sangre.
Resumen
Bélico

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