Leyenda
Otoño, Año 12
A bordo de la Rémora Fatua, Grand Line
Día 12, poco antes del ocaso
El olor de la lasagna recién preparada y de la tarta que había dentro del horno rellenaban cada hueco de la bodega. Me agaché, con los ojos todavía cerrados, sentada sobre mi cama. Separé mi pelo en tres mechones después de peinarme, antes de comenzar a trenzarlo lentamente. Inconscientemente comencé a tararear la canción que mamá me cantaba de pequeña. Era igual que en la fiesta de año nuevo, pero todo era diferente. Abrí los ojos una vez até el extremo de mi trenza con la tira de encaje. Tira de encaje que mi amiga había arrancado del vestido que ahora llevaba puesto, y que había conservado desde entonces. - Ahora sí que estás divina - no pude evitar recordar las palabras que Maeve me dedicó después de hacerme aquella trenza. Al igual que aquella noche, rompí a llorar desconsoladamente cuando me vi en el espejo. Pero no eran lágrimas de felicidad las que caían por mis mejillas en esta ocasión, si no unas llenas de dolor y tristeza. Sequé mis lágrimas como pude, antes de comenzar a maquillarme. Sombreé mis ojos despacio, con extremo cuidado. Puse el mismo cuidado en pintar mis labios. Todo tenía que ser perfecto. - Vamos Eaa, tú puedes - hablaba para tratar de animarme. Mis manos temblaban, pues se me hacía imposible quitarme de la cabeza el frío sepulcral del cuerpo de mi amiga, a quién había cambiado de ropa y maquillado hacía unos minutos - Parece obra del destino - no pude evitar soltar una risita al pensar en que durante el concierto tuvimos una conversación acerca de cómo nos gustaría que fuera nuestro último adiós. Para mi sorpresa, ambas teníamos los mismos gustos en ese tema: arder en una pira con nuestras mejores galas y después una fiesta con nuestras comidas favoritas y todo el alcohol que se pudiera aguantar. También me habló sobre lo importante que era la gema que guardaba en el arcón. Esa gema mitad turquesa y mitad rubí que Zorak le regaló el día que desapareció, la cual pertenecía a su madre. Cogí uno de mis colgantes y la puse en su cuello. - Si Zorak se queja de algo cuando le de el mensaje, le diré que estás esperándole al otro lado con la gema - una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro cuando miré al lugar en el que descansaba el cuerpo de mi amiga, el cual era su cama.
- Bueno, ha llegado la hora, capitana - dije y saqué la tarta del horno para que no se quemara - Estaba esperando a una ocasión realmente especial para preparar una tarta de mandarinas. Como que conocieras a mamá, o algo así - me quedé en silencio unos instantes, mirando al suelo - Tendría que habértela preparado antes, te hubiera encantado - cogí con suavidad el cuerpo de la mujer en brazos - ¿No quieres perderte un precioso atardecer, no? - me dirigí hacia la puerta que daba a la cubierta y la abrí. - Siento mucho la tardanza, había muchos preparativos que hacer - me dirigí al hombre de pelo blanco, quien se encontraba en el suelo de cubierta jugando con Mandarina y la poca nieve que quedaba. Había hecho lo que le había pedido - ¿Gin, puedes sacar la comida y la bebida mientras yo les coloco? - le pedí, agradeciéndole cuando se levantó para entrar - Cuidado no te quemes, que acaba de salir del horno - le expliqué y coloqué el cuerpo de Maeve sobre la improvisada pira, donde ya descansaba la cabeza de Peteiro.
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