[EVENTO LOCAL - TOROS NEGROS] - Para el pueblo lo que es del pueblo
#31
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Las palabras que Kisuke había dirigido a la multitud de forajidos, parecían haber hecho su efecto y la determinación y la esperanza crecían en aquel grupo rebelde. El antiguo pescador se retiró a descansar, aunque apenas pudo dormir un par de horas, y si se fumó medio paquete de tabaco. La tensión y los nervios previo a lo que se venía no le dejaron pegar ojo, pero era algo a lo que estaba acostumbrado, a la tensión y la incertidumbre ante lo que podría pasar. La diferencia radicaba que esta vez no iban a acabar simplemente con un empresario usurero y esclavista o con una banda de contrabandistas de drogas o armas. Esta vez iban a enfrentarse a un reino entero para liberar a la población que vivía oprimida y perseguida si no se doblegaban a las directrices del mandatario de turno.

Los primeros rayos del alba aparecieron y se pusieron en camino, y, al llegar a las cercanías de la ciudad, Kisuke activó su kenbunshoku para detectar presencias en un radio de 80 metros. Necesitaban buena distancia para ubicar a la gente y más teniendo en cuenta que estaban en inferioridad numérica. Como había dicho Robin, las trillizas irían con ellos para darles apoyo y llegar de la manera más sigilosa posible al arsenal y poder infiltrarse. Por lo que decía el forajido, aquellas muchachas eran hábiles y dignas de confianza, y el antiguo pescador decidió confiar en su criterio. No obstante, las comunicaciones entre ellos serían importantes por lo que, antes de que Panda se metiese bajo tierra hizo un ratón de hollín que se subió al hombro del úrsido. Las chicas se habían adelantado para abrirles las puertas y tras la espera convenida, que fue menos tiempo de lo que el antiguo pescador tardó en fumarse un cigarro, siguió las indicaciones que les habían dado convertido en hollín. Al llegar a las puertas pudo ver a las chicas apoyadas en el marco de la puerta con diez guardias tendidos a sus pies y las puertas abiertas de par en par diciendo a Beto que entrase. Kisuke que estaba detrás de él susurró para indicar a Panda:

-Se que has sentido las presencias de la izquierda, ve tú a por ellas, yo iré a por los de la derecha.

Convertido en una nube de hollín, Kisuke se dirigió al grupo que se encontraba detrás haciendo de francotiradores y los eliminó rápidamente volviendo sorpresivamente a su forma corpórea tras situarse detrás de ellos. El hecho de que estuviesen tan juntos supuso una ventaja para el Comandante revolucionario que movía sus espadas, Sode no shirayuki y Onikiba a la velocidad de un viento huracanado, teñido del negro de la muerte por las partículas de hollín que aún había en el ambiente.

-Te encargo el resto, Beto.

Y se dirigió al final de la estancia, encarando el pasillo de la derecha donde se veían más soldados, el doble de los que había dejado atrás, quedando de espaldas a unas puertas de acero que ocultaban la guarnición que había encargado a su mano derecha, Panda. Ya estaba, ya había comenzado, la batalla por la liberación de Mogaro, había dado inicio.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4844 - 181 = 4663
Espiritu: 1980 - 25 = 1955
#32
Tras el funeral, el trío revolucionario recibió las cenizas de Oxxy en una urna y unas palabras de ánimo por parte del padre Tuck. Don Bambú aceptó la urna y la recogió con ambas manos, como si fuera un objeto de increíble valor. Las cenizas de Oxxy debían reposar en un lugar adecuado. El mar es el lugar habitual, pero tendría que meditar —junto con sus compañeros, por supuesto— si el Nuevo Mundo puede ofrecer una alternativa todavía mejor para un valiente miembro de la gloriosa Revolución. Quizás Zou, de donde proceden todos los mink, pero la situación actual de la isla es un misterio. —Gracias, padre. Si no le importa dejaré las cenizas aquí mientras vamos a luchar. No quisiera que Oxxy quedase desparramado por las calles de la ciudad por accidente. Dejaré la urna en la cabaña. —Sin decir mucho más, el panda se retiró a la cabaña donde pasarían la noche y, dejando la urna a un lado de su catre —algo pequeño para él, ya que no se estilan las camas de 4 metros de largo—, se fue a dormir.

Nada más amanecer en el campamento de los rebeldes, Don Bambú extendió su haki cien metros a la redonda con la intención de asegurarse de no recibir desagradables sorpresas como la de Oxxy. Esta vez sentiría la presencia de Jamonada antes de que el trueno retumbase. Esta vez no moriría ninguno de sus compañeros. —Deseadnos suerte, Zorak, Comi y tú. —Plenamente consciente de que esto se lo decía a sí mismo más que a la urna, el oso salió de su tienda vestido y completamente equipado para la contienda. El campamento bullía con la frenética actividad de los días importantes. Todos se preparaban a toda prisa, repasaban el plan una y otra vez en sus cabezas y desayunaban casi sin meditar en lo que se estaban metiendo en el buche. Al cabo de una hora después de levantarse, el oso ya estaba listo para salir. El camino sería largo, pero con un sin fin de preocupaciones sobre la misión a acometer en la cabeza llegarían antes de darse cuenta. Hacia el final del camino, Robin les indicó que serían las trillizas las que les guiasen hasta el arsenal y las que se encargasen de ayudarles a entrar en el mismo. El propio panda podría encargarse de eso, pero no sería él el que impidiese a tres jóvenes rebeldes ejercer su labor libertaria. La liberación de una tierra es una tarea global después de todo, y no de unos pocos.

Ante el grupo de rebeldes y revolucionarios se extendía la ciudad de Kamome con sus blancas viviendas y su imponente castillo. Una extraña paz envolvía el lugar. Tras un emotivo discurso de Robin que sólo podría quedar segundo ante los de el elocuente comandante Kageyama, el grupo se dividió en dos. Por un lado los rebeldes y por el otro los revolucionarios acompañados por las tres hermanas idénticas. Tras una pequeña discusión entre ellas porque una se pasó de atrevida con Robin, los toros negros fueron guiados por las solitarias calles de Kamome. Don Bambú seguiría al grupo a partir de este momento desde el subsuelo con el ratón de Kisuke en el hombro para mantener las comunicaciones. —Esta combinación es buenísima, honhonhon. —Max se reía con ganas ante la idea de tener un ratón de hollín en el hombro mientras avanzaba empujando el suelo con ambas manos. Desde su posición monitorizaba las auras a su alrededor y seguía al grupo sin necesidad de doblar esquina alguna o de esperar al momento idóneo para moverse sin ser detectado. En determinado momento las chicas, cuyas auras todavía le resultaban indistinguibles, se separaron de los revolucionarios. —Lo único que lamento es perderme la acción inicial. —Sin darle más vueltas, siguió a sus dos camaradas hasta lo que debía ser sin lugar a dudas el arsenal. En su interior había numerosas presencias, pero sus espíritus brillaban con debilidad al lado de los de Beto y Kisuke. Detectó las tres presencias idénticas más adelante y supuso que las hermanas se habían adelantado para hacer algo, aunque no pudiera saber muy bien el qué. —Bueno, pues voy avanzando. —Informó Don Bambú mientras se adelantaba ligeramente a Beto, que ya se estaba colocando en lo que debía de ser la entrada al arsenal. Esto último lo dedujo por la cantidad de presencias alteradas que había en frente.

Además de las presencias más cercanas al grupo, que serían vaporizadas inmediatamente, había otras 140 en la distancia, a unos treinta metros y otras 80 a una distancia similar, pero girando a la derecha en lugar de a la izquierda. Mientras Don Bambú avanzaba por el subsuelo —despacio todo hay que decirlo— Kisuke le informó de que él se encargaría del grupo de 140. —¡Por supuesto! Aunque espero que se acerquen ellos un poco, voy a tardar un montón en llegar hasta ellos. ¡Honhonhon! —Estaba animado, para qué mentir. Su cuerpo le estaba pidiendo acción desde que llegaron a la isla. La tapadera de los científicos había sido divertida, pero el resultado fue catastrófico y deprimente. Esto era más sencillo, directo y disfrutable: apalizar traidores de clase.

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#33
El primero en realizar su movimiento fue, como era de esperar, el líder del grupo revolucionario. El comandante apareció entre una nube de hollín negro, justo frente a los ojos de los guardias que portaban las armas de fuego. Aterrados por aquella espantosa visión de un hombre emergiendo de la oscuridad como si de un demonio se tratara, los hombres dudaron por un instante. Y un mero instante fue lo que Kageyama necesitó para desenvainar sus dos preciadas katanas, con las cuales comenzó a cortar a diestro y siniestro. Aquellos pobres guardias, quienes se encontraban allí cumpliendo con la tarea que les había sido encomendada, no tuvieron la más mínima posibilidad ante aquel hombre. Algunos se encomendaron a sus dioses, otros lamentaron no poder volver a ver a sus familias nunca más mientras la vida se escapaba de sus cuerpos. Los más afortunados, o tal vez aquellos lo suficientemente inteligentes que trataron de defenderse interponiendo sus armas entre sus cuerpos y el torbellino de dolor y muerte que tenían enfrente, lograron que las heridas recibidas no fueran fatales, aunque eso no les permitió seguir peleando. En un abrir y cerrar de ojos aquella nube de hollín y muerte se disipó, quedando en pie una única persona. Un hombre grande y corpulento, con pelo negro algo cano y portando una katana en cada mano. El hombre comenzó a caminar hacia el final del pasillo, sin siquiera mirar atrás, confiando plenamente en las capacidades de su subordinado, dejando a su paso un reguero de gotas de sangre.

Mientras aquel peligroso hombre seguía caminando por el empedrado suelo, los otros guardias del pasillo se giraron. Algunos se horrorizaron al ver la facilidad pasmosa con la que sus compañeros habían mordido el polvo, mientras a otros les hervía la sangre. Y no era para menos, pues un desconocido no sólo había decidido irrumpir en aquel lugar si no que iba sembrando la muerte a su paso. Por la cabeza de algunos de aquellos hombres que se encontraban en el pasillo pasó la idea de rendirse y pedir clemencia. Suplicar por sus vidas y pedir a aquellos asaltantes que les permitieran volver a casa con sus familias. Pero la visión de sus compañeros que yacían en el suelo les hizo dudar de que aquella opción fuera a ser fructuosa. Aquel mar de dudas desapareció cuando los primeros guardias arremetieron no contra aquel misterioso y peligroso hombre, si no contra el enorme gigante que parecía ser su compañero, quien se mantenía inmóvil frente a la enorme puerta que daba acceso al arsenal. Envalentonados por sus compañeros y con la firme creencia de que aquella era su mejor baza para sobrevivir a aquello, cargaron contra la pierna izquierda del gigante, dispuestos a darlo todo en aquel movimiento.

Al girar a mano derecha al final del pasillo, dejando a su espalda aquella gran puerta de metal, Kisuke pudo ver a unos escasos cinco metros lo que parecía una puerta de madera, abierta. Aquel umbral daba a lo que parecía una gran sala de descanso, de treinta metros por treinta metros. En esta había numerosas mesas y sillas, así como algunas hamacas en la parte más alejada, además de una puerta en la mitad de la pared de la izquierda. Sobre algunas de las mesas había comidas y bebidas a medio terminar, mientras que en otras había cartas y pequeñas cantidades de dinero, las cuales eran indicativo de que los guardias que había junto a estas habían estado jugando. Los hombres que se encontraban en aquella sala, quienes estaban disfrutando de un merecido descanso en mitad de su larga jornada laboral, se habían visto interrumpidos por la irrupción de los rebeldes, habiéndose llegado a levantar de sus sillas y hamacas algunos de ellos, algo confusos. Aquella reacción se propagó al escuchar los sonidos provenientes de la pelea del pasillo - No cabe duda, ese es... - dijo uno de los hombres, señalando al revolucionario - ¡Avisad al capitán de que un comandante de la Revolución nos está atacando! - advirtió a sus compañeros más alejados. Aquellas palabras sirvieron también para que los más dubitativos se terminaran de levantar de sus sillas y se prepararan para combatir al líder revolucionario. Aquellos guardias se formaron en dos grupos, siendo el más cercano de cincuenta personas y el más alejado de cuarenta. Uno de los hombres más alejados fue el encargado de dar la voz de alarma, llamando con no uno si no dos den den mushi a la vez, contactando simultáneamente con el castillo y con sus compañeros en la otra sala - Avisad al Sir Capitán de que necesitamos refuerzos ¡El revolucionario Kisuke Kageyama nos está atacando! - advirtió el hombre - No conocemos sus intenciones ni si está acompañado

Antes siquiera de que la frase concluyera, un chirrido alertó al hombre de pelo negro de que la puerta que se encontraba a su espalda había comenzado a abrirse. Si el espadachín se giraba, podría ver a su espalda otra sala, más grande todavía que la que tenía enfrente, la cual estaba repleta de cañones, municiones y pólvora. De ella comenzaron a salir más de un centenar de guardias que se agruparon en una estrecha formación. Los guardias, quienes desconocían por completo que el úrsido mink les acechaba desde el subsuelo, habían optado por tratar de emboscar al comandante revolucionario, quien se encontraba diez metros por delante de ellos.



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#34
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Sangre... El hedor de la sangre había llenado el pasillo tras la acometida de Kisuke. El antiguo pescador era plenamente consciente de que ahora cargaba con el peso de las vidas que había arrebatado, pero no podía hacer que por eso su espada flaquease; tenía una misión que cumplir. Por alguna razón, Beto estaba inmóvil, no sabía si simplemente iba a tanquear los golpes o que pretendía, pero tenía que confiar en él, ya que el primer grupo se había desentendido del propio Comandante y había arremetido contra el gigante, y Kisuke debía aprovechar aquello, por lo que siguió avanzando por el pasillo hasta que al girar a mano derecha, donde se encontraban las auras que había detectado con su kenbunshoku, dejando a la espalda la puerta de acero tras la que podía percibir más presencias todavía. Sabía que Panda estaba bajo tierra por detrás de él, así que se llevo, sin soltar la espada el dedo índice y corazón de su mano derecha a los labios para comunicarse con su úrsido compañero, susurrándole:

-Encárgate de los que están a tus once, compañero...

Se dispuso a cruzar la puerta abierta de madera que había ante él y que daba a una sala grande de descanso, de bastantes metros cuadrados de superficie y llena de mesas, sillas y hamacas. En la parte más cercana a él, había un grupo de 50 personas que estaban poniéndose en guardia, pillados por sorpresa ante la irrupción del grupo revolucionario en el arsenal; por detrás, había otro batallón de 40 personas, y alguien dio la voz de alarma, identificando al antiguo pescador. Justo cuando Kisuke iba a cruzar la puerta, escuchó la puerta de metal abrirse y sin dudarlo, hizo el mismo gesto que antes, llevándose los dedos a los labios sin soltar la espada, y dijo:

-¡¡Ahora!!

Y echó a correr hacia el primer grupo que le encaraba. Eran muchos, pero el haki le decía que no suponían una amenaza real para él, por lo que empezó a lanzar ataques a diestro y siniestro, con una sucesión de movimientos fluidos y encadenados, hasta que pudo acabar con toda aquella tropa. Los otros soldados que había allí, estaban contemplando aquella escena, y, cuando Kisuke terminó con el último del primer batallón, levantó la mirada, pero no les dijo nada, se limitó a ponerse en guardia. No tenía nada que decirles a aquellos hombres, sabía que no confiarían en él y que era absurdo pedir que depusiesen las armas, si lo hacía, se exponía a que le atacasen por la espalda en cuanto tuviesen la ocasión. No estaba allí por diversión, tenía una misión, y tenía que llevarla a cabo, liberar a la gente que estaba oprimida en aquella isla.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4663 - 481 = 4182
Espiritu: 1955 - 25 = 1930
#35
Desde el subsuelo, ajeno a los acontecimientos de la superficie, Don Bambú avanzaba lenta pero inexorablemente, como la deriva continental. Se percató a través de su percepción extrasensorial de que el grupo de enemigos del que supuestamente debía de encargarse Beto todavía no había perdido la consciencia ni la vida. Sus auras resplandecían llenas de energía y emitían emociones diversas, aunque todas ellas propias de personas en pleno acto de pelea. Por su nivel de poder, Bambú supuso que Beto ya habría acabado con todos. No le dio más vueltas al asunto, sin embargo, porque sabía que tanto Beto como Kisuke eran usuarios de logia y, como tales, completamente invulnerables ante los soldados rasos del reino. Se preocuparía si Jamonada estuviera cerca, ya que seguramente fuera un usuario de haki armadura como ningún otro, pero de momento no parecía ser el caso.

Kisuke le habló a través de su pequeño ser de ceniza y le indicó que los 140 guardias eran su objetivo. Los que estaban a sus once, dijo, aunque debido al lento desplazamiento de la tropa la horda pasó rápidamente a abarcar también las doce. Una sonrisa cruzó el rostro del panda en la oscuridad de su túnel, pues no necesitaba acercarse más para hacer lo que tenía planeado. No tenía muy claro cuál era la construcción del edificio bajo el que se encontraba, pero lo que sí sabía es que sus 140 objetivos se estaban moviendo lentamente hacia su camarada, dejando desprotegido el flanco para un posible ataque sorpresa. Sin avanzar más, Max flexionó su brazo derecho hacia atrás y lanzó un poderoso puñetazo hacia la tierra directamente delante suya. Delante suya, emergiendo en la superficie, una enorme ola de pavimento, piedras y tierra se elevó hasta una altura de 5 metros y comenzó a avanzar hacia el grupo de soldados que pretendían emboscar a Kisuke. —¡No os acercaréis al comandante Kageyama, traidores de clase HONHONHONHON —Confiando plenamente en que Beto se repondría, Don Bambú continuó su sigiloso avance hacia delante, moviéndose otros 8 metros.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9864 + 0 = 9864
Energia: 5246 - 313 = 4933
Espiritu: 2373 - 30 = 2343
#36
Los gritos de los guardias que habían cargado contra el monje se escuchaban cada vez más alto desde el exterior del arsenal, donde las tres jóvenes trillizas esperaban a cubierto. La chica que se encontraba más cerca del flanco izquierdo del gigante, al escuchar a los soldados cada vez acercarse más y preocupada ante la pasmosa pasividad del invidente revolucionario, se asomó con intención de ayudar a este último. El momento elegido no pudo ser peor pues para su sorpresa y para la de aquellos hombres, estos últimos atravesaron el cuerpo del gigante. Antes de que la joven o cualquiera de sus hermanas pudieran reaccionar, el filo de un sable le hizo un corte en la mejilla derecha a la chica. Lei se echó entoncer hacia atrás, llevándose la mano derecha a la nueva herida, mientras se quejaba. Las otras dos rebeldes acudieron veloces en ayuda de su herida hermana, comenzando a atacar a los guardias, quienes se habían volteado, sorprendidos tras lo ocurrido. La tercera joven, lejos de quedarse parada, sacó una de las dos dagas que guardaba en el cinturón y siguió a sus hermanas en el ataque. Si hacía unos instantes el grupo de tiradores había desaparecido a manos del comandante revolucionario en un torbellino de oscuridad y muerte, este grupo de guardias había caído en una danza. Una danza en las que las tres jóvenes se movían gracilmente, perfectamente compenetradas como si fueran una, valiéndose de sus arcos y dagas para derrotar a los hombres hasta que no quedó ninguno en pie. Aquellos pobres hombres que se habían levantado este día como cualquier otro, dispuestos a pasar una larga jornada en su trabajo, no sólo habían perdido a sus compañeros a manos de un invasor, si no que encima ahora yacían en el suelo, apalizados por tres chicas. En cuanto se recuperaran de aquellos cortes y golpes sin duda más de uno pediría un aumento de sueldo.

Mientras esto sucedía, el comandante revolucionario, quien se había acercado caminando lentamente hacia aquel primer grupo de guardias se lanzó al ataque. Parecía que no le preocupaba lo más mínimo la notable inferioridad numérica en la que se encontraba y eso que, a diferencia de antes, ahora no disponía del factor sorpresa. Con los diestros movimientos que caracterizaban al antiguo pescador fue lanzando poderosos ataques, acabando con los que se encontraban más cerca de él e hiriendo a los que estaban más lejos. Los guardias más alejados podrían haber evitado un fatídico final simplemente manteniéndose alejados de aquel peligroso invasor, pero el ver caer a sus compañeros con tan pasmosa facilidad, sumado al frenesí del momento hicieron que estos se acercaran para tratar de acabar con el moreno, muriendo o quedando heridos de gravedad en el proceso.

Tras asegurarse de haber dejado fuera de combate a todos los guardias que habían herido a su preciada hermana, Rian y Dima comenzaron a inmovilizar a estos mismos, aplicando primeros auxilios a aquellos que tenían heridas algo más graves, asegurándose de esa forma que ninguno moriría por accidente - ¿No puedes tratarme a mi primero, hermana? - preguntó Lei, sentada en el suelo junto a su hermana Rian - Calla y ayuda, que no tienes más que un corte de nada - se quejó la otra, haciendo que la primera se echara levemente hacia atrás, añadiendo dramatismo a la para nada dramática situación - Hermana, si no me tratas pronto me va a quedar una enorme cicatriz - dijo, a lo que la tercera hermana suspiró, notablemente molesta - Mejor, así hace juego con tu fea cara - respondió Dima, lo cual pareció darle una idea a Lei quien sonrió con cierta malicia - Oh, es verdad, no me había dado cuenta. Si me queda una cicatriz, seguro que luego Robin cuando la vea se preocupa por mi y viene a abrazarme - habló con un tono realmente empalagoso con la intención de molestar a sus hermanas.

Aquella rocambolesca escena fue cortada de lleno por un puñetazo. Pero no se trataba de un puñetazo cualquiera, si no de un puñetazo del úrsido mariscal del ejército revolucionario. Un simple (pero realmente poderoso) puñetazo en la tierra, que hubiera quedado en nada si no fuera por los extraños y realmente útiles poderes del mink. En cambio, ese puñetazo hizo que el suelo se elevara hasta los cinco metros y comenzara a moverse hacia el final del pasillo. Las tres jóvenes callaron, mirando fijamente a aquella ola moverse lenta pero inexorablemente. La ola, o mejor dicho el suelo, avanzaba lo suficientemente despacio como para que, si los guardias que acababan de salir de la habitación con las puertas blindadas no hubieran tenido toda su atención puesta en tratar de emboscar al espadachín, hubiera podido tratar de hacer algo para huir de esta, pero no era el caso. Para cuando el primer guardia se percató de lo que se les venía encima ya era demasiado tarde. La ola golpeó de lleno al gran grupo, lanzándolos por los aires mientras los compañeros que estaban algo más alejados veían a estos volar, antes de recibir el golpe también. Mientras hombres llovían en el pasillo, la ola continuó avanzando perdiendo poco a poco su fuerza hasta disiparse al chocar contra la pared.

Al ver a casi la mitad de la guarnición del arsenal caer noqueada en un instante, y viendo perecer a un par de docenas de sus preciados compañeros frente a sus ojos, los valerosos guerreros que se encontraban al final de la sala de descanso y se habían preparado para la pelea optaron por la opción más lógica: tirar las armas, rindiéndose y suplicando al antiguo pescador por una clemencia que no estaban para nada seguros de que fueran a obtener, visto el destino que habían sufrido los compañeros que lo habían enfrentado. Aquellos hombres se mantenían lo más quietos que podían, con las manos levantadas mostrando que no suponían un peligro, por si el haber dejado las armas no le pareciera suficiente al hombre que se encontraba en guardia frente a ellos.

Tan pronto como las chicas terminaron de atar y estabilizar a los soldados de la entrada, dos de ellas corrieron hasta el final del pasillo, yendo una de ellas en la dirección que había seguido el gran líder, para hacer lo propio con los guardias que habían dejado fuera de combate los revolucionarios, o por lo menos aquellos que seguían con vida. Lei se quedó cerca de la entrada, cogiendo un Den Den Mushi de uno de los guardias, el cual utilizó para llamar a sus compañeros e informar del éxito de la incursión - Hola hola, aquí Lei informando - dijo con la característica alegre voz que compartía con sus hermanas - Ha sido un completo éxito. Tenemos los cañones - explicó, mientras caminaba en círculos por el pasillo - Estamos todos bien... bueno, a mí me han hecho un corte, y no se si podría aguantar sin que Robin viniera a darme un abrazo - habló a lo que recibió una respuesta de enfado del pelirrojo señor - No te enfades, Stutely. Se que esto es lo más importante. Yo solo decía que mañana tendré que pedirle a Robin que me de mimitos jijiji - se rio, a pesar de recibir otra respuesta de enfado - No os preocupéis. Todos están perfectamente. Lo mío es un cortecito de nada, y ha sido culpa mía por ir sin cuidado - explicó, pasando de caminar en círculos a caminar haciendo la forma del número ocho - ¿Vosotros necesitáis que os demos apoyo? - asintió a la respuesta del señor, mirando en dirección a sus hermanas - Entiendo, aviso y preparamos todo. Tened mucho cuidado - se despidió antes de colgar, llamando entonces a otro de sus compañeros para que se dirigieran hacia el arsenal. - ¿Maese Beto, si es tan amable podría vigilar que no se acerque ningún guardia? - le pidió amablemente al monje y tras eso corrió hacia donde se encontraban sus hermanas para informarles - Voy a ir preparando los cañones y lo demás - explicó, agachándose levemente - Entendido, cuando terminemos vamos a ayudarme, que no tienes ni idea de cañones.



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#37
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Tal y como esperaba de su úrsido compañero, barrió rápidamente con los guardias que había detectado en el ala izquierda, tras las puertas de acero. Por su parte, podía ver como los guardias que quedaban en la zona de descanso deponían las almas, y se rendían sin condición. Podía percibir con su haki de visión como las auras de las tres muchachas se iban acercando, en especial dos de ellas a los caídos, y supuso que estaban haciendo algo para inmovilizarlos, a los que siguiesen con vida, claro. Kisuke torció el gesto un momento, no le gustaba haber tenido que matar a esa gente, seguro muchos de ellos solo eran meros peones y unos cuantos quizá si abusasen de su posición maltratando a la población, pero seguramente eran los menos. Al ver a los soldados arrojar las armas y rendirse, el Comandante envainó la sus katanas, Onikiba y Sode no Shirayuki , sacó un cigarro y lo prendió, dando una profunda calada.

-Aceptamos su rendición, por supuesto. No hemos venido a destruir nada, solamente el sistema tiránico que tenéis en esta isla. Tenéis mi palabra que no recibiréis daño por nuestra parte.

Hizo una ligera inclinación de cabeza a modo de compromiso de palabra para con aquellos hombres, que, ante la perspectiva de una batalla perdida, habían decidido no perder su vida. Ya era difícil para Kisuke haber arrebatado todas las vidas que se había llevado consigo en su irrupción, pero no podía evitar ese tipo de cosas si luchaba para voltear el sistema, ya que la gente que se beneficia de ese sistema, no querrá perder su posición y tratará de defenderla, por lo que el enfrentamiento era inevitable, y con ese enfrentamiento, siempre habría sangre y muertes; era algo que ya había asumido hacía mucho tiempo.

"Bueno, al menos hemos podido evitar matar a la mitad, más o menos... es pobre consuelo pero menos es nada... en las revueltas suele correr más la sangre..."

Pudo sentir como una de las muchachas, no sabía cual de ellas porque no era capaz de distinguirlas, al menos por el momento, se acercaba hacia él, y, sin girarse se dirigió a ella al más puro estilo Kisuke para indicarle lo que debía hacer. Él también colaboraría, por supuesto, no veía bien que todos estuviesen haciendo cosas y él mirando, no era capaz de hacer eso.

-Mocosa descarada... esta gente se ha rendido y depuesto las armas. Los inmovilizaremos y los retendremos hasta que todo haya terminado. Pero asegúrate que no reciben ningún daño.

La última frase la dijo mirándola con el rostro muy serio, indicando que no era ninguna broma. Y se dispuso a ayudar a inmovilizar a la tropa que se había rendido. Mientras se acercaba a los soldados, redujo su haki a un radio de diez metros pero aumentó su potencia para detectar cualquier ataque subrepticio que pudiese hacer alguno de aquellos soldados. Le preocupaba en parte que habían llamado a un capitán y el antiguo pescador no había notado a nadie tan poderoso que pudiese ostentar ese rango, así que mejor ser precavidos y evitar las sorpresas.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4182 + 70 = 4252
Espiritu: 1930 - 68 = 1862
#38
A pesar de que las palabras del antiguo pescador acerca de de no hacerles daño no sonaban del todo convincentes dados los sucesos acontecidos hacía menos de un minuto, aquel grupo de soldados optó por confiar en el líder revolucionario - Claro, señor Kageyama, pero si no le importa voy a tratar primero a estos hombres - respondió Rian, tratando de salvar el mayor número de vidas posible. Una vez se aseguró de que ninguno de ellos corría peligro inmediato, se levantó y con ayuda del espadachín comenzó a inmovilizar a todos los guardias - Perdón por ataros. Sé que ninguno de vosotros va a atacarnos ni nada parecido, pero es solo para evitar cualquier tipo de problema - se dirigió a uno de los hombres con una sonrisa.

Gracias a la ayuda del hombre, la joven no tardó mucho en atar a los soldados de la sala de descanso. Se dirigió entonces junto a su hermana, para terminar de tratar a los soldados heridos por la gran ola, mientras Lei seguía investigando la sala de los cañones. Fueron pasando los minutos, hasta que, habiendo pasado algo más de media hora desde la rendición de los soldados y la llamada de la joven encapuchada a sus compañeros, se comenzó a escuchar algo de murmullo en el exterior del arsenal, entre los que había varias voces y presencias conocidas.

- Espero puedan disculpar nuestra tardanza, maese Beto - la voz del pelirrojo anciano se dirigió al monje. Al no obtener respuesta alguna por parte del gigante, supuso que posiblemente estuviera llevando a cabo algún tipo de meditación o plegaria - No hagáis ruido, que no queremos molestar al maese Beto en sus rezos. Id también atentos al suelo, no vayáis a pisar a alguien sin querer - se dirigió a aquellos que le acompañaban. El grupo estaba compuesto por cien hombres y mujeres de edades variadas, los cuales a juzgar por su condición física y por sus atuendos era evidente que acababan de haber sido liberados de la prisión. Cerrando el grupo se encontraba el sobrino de Robin, Will Scarlet, quien tenía varias flechas clavadas en su escudo de la pelea. El grupo fue guiado entonces por Dima, quien les indicó desde su posición al final del pasillo dónde se encontraban sus hermanas con los cañones. El joven se dirigió al líder revolucionario, mientras el mayor iba con el resto del grupo a ir sacando los cañones - Maese Kageyama. No sabéis lo mucho que supone esto para nosotros - el joven se agachó en señal de agradecimiento - No sólo por los cañones, si no que al enterarse de la noticia, la moral de los que estaban con nosotros tratando de liberar a nuestros compañeros en la prisión se disparó. Y después de tomar la prisión la gente ha decidido luchar por su libertad, y parece que está habiendo disturbios por toda la ciudad - el joven paró un momento para tomar aire, antes de continuar informando al revolucionario - Mi tío ha ido con los demás a apoyar a la gente, y todas las tropas del castillo han salido para combatirles - continuó explicando - Quieren evitar que podamos utilizar los cañones para abrir una brecha en la muralla, y así poder refugiarse en el castillo si pierden - el hombre miró entonces a los lados, buscando al úrsido a quien no consiguió ver - Lo que no saben es que, gracias a vuestro compañero el mink, podéis evitar las murallas e infiltraros en el castillo - volvió a mirar al comandante - Nosotros atacaremos desde la plaza, apoyando a la gente que se está rebelando, y así podemos hacer de distracción para que vosotros podáis entrar sin problemas - se llevó la mano derecha a la nuca, rascándose nervioso - No debería de quedar más que la guardia personal del rey. Son realmente fuertes, pero no creo que estén a la altura

Mientras el joven conversaba con el comandante, el anciano forajido había conseguido junto a las dos chicas y a los antiguos reclusos alistar gran parte de los cañones, los cuales comenzaron a sacar con gran cuidado. Debido al completo desconocimiento que tenían en aquel ámbito, los rebeldes no fueron capaces de sacar todo el partido posible a aquellas armas de asedio. Aun así, disponían de una cantidad suficiente como para llevar a cabo su plan

- ¿Lamento pedirle esto, Maese Kageyama, pero podría uno de vosotros venir a brindarnos apoyo en la plaza? Necesitaremos toda la posible para evitar el mayor número de muertes posible - se frotó las manos, nervioso por la petición - Sé que es mucho pedir, pero tener a un poderoso miembro del ejército revolucionario luchando a nuestro lado aumentaría mucho la moral, y seguro que dos de vosotros seríais más que suficientes para derrotar a la guardia real



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#39
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Kisuke comenzó a inmovilizar a los soldados que se habían rendido mientras las chicas trataban las heridas de muchos de ellos. No pudo evitar pensar que quizá se había excedido, pero el antiguo pescador no conocía de nada a esa gente, ¿podría haberse contenido y que alguno de aquellos hombres les hubiese atacado a traición a él o alguno de los suyos, incluso a las muchachas? No, no tenía sentido pensar así. Además no tenía las habilidades ni la labia para hacer que aquellos hombres se rindiesen así como así.

"Cuando un conflicto estalla, es inevitable que haya dolor y pérdidas..."

Cuando terminaron la tarea de arrestar a los soldados, redujo el poder de su kenbunshoku y aumentó un poco el radio para detectar presencias, mientras las chicas siguieron tratando las heridas de los rendidos intentando que el número de bajas fuese el menor posible. Tras unos minutos que a Kisuke se le hicieron eternos, empezaron a hacer acto de presencia numerosas presencias conocidas y el jaleo del lugar fue in crescendo poco a poco. Parecía que llegaban miembros de los forajidos entre los que estaban el anciano de pelos naranjas y el muchacho que había metido al escuadrón revolucionario en aquella situación. Kisuke sonrió pensando que parecía haber pasado una eternidad desde que aquel muchacho le guindó su bolsa de dinero, nada más llegar, y apenas habían pasado veinticuatro horas. El hombre mayor se fue a ayudar con los cañones mientras el muchacho se acercó al antiguo pescador. Rápidamente, el muchacho le puso al corriente de la situación, y, al parecer, todo había ido bien, quizá mejor aún de lo esperado, puesto que mucha gente al ver que se estaba produciendo la sublevación, se había unido al grupo para tratar de derrocar al gobierno de la isla.

"Esto confirma que hemos hecho lo correcto... Esta gente nos necesitaba, quizá desde hace mucho... Ahora hay que rematar la faena."

Al parecer ya iban a entrar en la recta final de la liberación de Mogaro, donde tendrían que invadir el castillo para terminar con aquella tiranía. Los forajidos y los rebeldes atacarían desde la plaza para distraer al grueso de los soldados y así ellos no perdiesen el tiempo en peleas que solo les supondrían un desgaste innecesario, por lo que sacó los aperitivos y le lanzó uno a Panda, para que recuperase fuerzas, mientras él se comía el otro, para recuperar fuerzas. Mientras masticaba aquel tentempié, el chico, que parecía nervioso por atreverse a decir algo como aquello, preguntó si uno de ellos podría ir a la plaza a apoyarles. Kisuke soltó una sonora carcajada y puso su manaza en la cabeza del chico, con una sonrisa.

-Kuhahahahaha... Tranquilo, granuja... No tienes ni que pedirlo... Visto lo que el tal Jamones hizo con Oxxy, creo que lo mejor es que vayamos solos Panda y yo, por lo que, lo más lógico, es que Beto vaya con vosotros y os apoye... Además es enorme el cabrón, así que os puede ser muy útil.

Sacó un cigarrillo y se lo prendió antes de continuar hablando reflexionando un poco sobre como podrían moverse él y Pandita para infiltrarse en el castillo. Eso, quizá, no sería tan sencillo, puesto que el Jamones debía tener, al menos él, Kenbunshoku, por lo que sería complicado entrar sin que les detectasen, pero tenían que ir de la manera más directa y rápida posible, para evitar el mayor número de víctimas que estuviesen en su mano.

-Tengo muchas dudas sobre como proceder, Panda... ¿vamos juntos en tus túneles?¿O entramos por separado para el factor sorpresa? Ten en cuenta que el "Paletilla" seguramente tenga haki y pueda detectarnos con facilidad... ¿Qué opinas tú?

datos
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4252 + 120 = 4372
Espiritu: 1862 + 112 = 1974
#40
A través de su percepción extrasensorial, el panda se dio cuenta de que varias auras entre los objetivos de su Tsunami se desvanecían una a una a bastante velocidad, indicándole que su ataque había dado en el objetivo. También se percató de que el grupo del que debía de encargarse Beto no había desaparecido y que todavía seguían perfectamente. ¿Le estaría pasando algo al gigante? Esos individuos deberían haber explotado con tan solo entrar en contacto con él, sin embargo allí estaban, todavía conscientes como si el gigante no estuviera peleando siquiera. Como no había recibido orden alguna de salir o de seguir atacando, Don Bambú optó por quedarse inmóvil en el subsuelo, aunque lo cierto es que ya tenía ganas de salir al exterior y estirar las piernas para moverse con algo más de libertad. Se sentía bien bajo tierra, pero la superficie era mucho más agradable.

Al cabo de un rato, las auras de los soldados del fuerte se tranquilizaron, como si hubieran perdido el espíritu para luchar y unos instantes más tarde apareció el grupo de los rebeldes, reconocible por las familiares auras de Will Scarlet y Stutely. Fue entonces cuando Don Bambú decidió salir de bajo tierra, porque allí no había nada más que hacer. Con un suave golpe, abrió un boquete hasta la superficie y saltó fuera del túnel, tomando una agradable bocanada de aire fresco. —Uff, tanto tiempo bajo tierra no puede ser bueno, honhonhon —Se encontró con una estampa interesante. La mayor parte de los guardias estaban maniatados y un grupúsculo de rebeldes acababa de hacer acto de presencia. Will Scarlet explicó un poco la situación en la que se encontraban y que requerían ayuda en la plaza. Sin duda Beto sería el candidato adecuado para ello, aunque parecía encontrarse rezando en estos momentos. —Con razón no se movía. Esto de la religión... —Se rascó la nuca ante la falta de sangre caliente de su amigo, pero no cuestionaría sus rituales mientras no dinamitase sus libertadoras empresas. Kisuke le lanzó en ese momento uno de los aperitivos que había cogido en el campamento de los rebeldes, una comida que el panda devoró con avidez, pues tenía un poquito de hambre. —Gracias, comandante. —En cuanto a lo de la plaza, estuvo de acuerdo con Kisuke en que Beto debía de ser el acompañante de los rebeldes y que ellos dos, los más fuertes del grupo, tenían que encargarse del Jamones. Chocó ambos puños emocionado ante la idea y un par de chispas salieron disparadas de su pelaje por pura emoción.

Se presentaba, sin embargo, una incógnita. ¿Cómo debían de proceder? Don Bambú era más consciente que muchos de las debilidades de su fruta. Si Jamonada poseía el Kenbunshoku y lo mantenía activo, viajar bajo tierra no les aportaría gran cosa, ya que serían detectados y se moverían demasiado lento como para responder. Por otro lado Jamonada parecía ser un experto en el combate a distancia, porque acabó con Oxxy desde muy lejos. —Probablemente nos detectará fácilmente. Seguro que está atento, porque ya debe saber que estamos aquí y probablemente leyó nuestras auras desde la distancia antes de acabar con Oxxy. —Se llevó una mano al mentón, tratando de llegar la conclusión adecuada. —Por otro lado, no debería saber nada de mis poderes... Quizás estén confiando más en los vigías que en el haki, al menos hasta cierto punto. Probablemente nos detectarán si vamos bajo tierra, pero no con suficiente antelación como para reaccionar a nuestra llegada. ¿Qué tal si vamos juntos bajo tierra y probamos nuestra suerte? —Miró a Kisuke, esperando algo de feedback por su parte. Realmente le parecía una estrategia viable, pero ir separados inicialmente también tendría sus ventajas.

Datos
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9864 + 0 = 9864
Energia: 4933 + 166 = 5099
Espiritu: 2343 + 30 = 2373


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