[Presente absoluto] El capitán protege
#21
Todo había sido un espejismo, una vaga imagen mental de lo que podría haber sucedido. Aquel conejo, no sólo no había salido por los aires, sino que encima había golpeado nuevamente a Yojimbo. Tanto el capitán como Tobías se habían quedado ensimismados un espacio de tiempo inadmisible, el cual su rival había aprovechado sin dudar un segundo. El carpintero se preguntó que habría pasado por la mente del lunarian, pero sobre todo se avergonzó de su bloqueo, fustigándose por tardar tanto tiempo en calcular y visualizar su estrategia. El mal ya estaba hecho, tocaba mirar al frente. Los actores no habían variado mucho su posición en la escena, sólo el mink albino, situándose justo enfrente de Yojimbo, a un escaso metro. Con la nueva situación analizada, Tobías tenía que tirar carta cuanto antes, no podía permitir que ese conejo se les adelantara una vez más. De todas sus opciones, la que había dibujado en su mente hacía unos segundos se había vuelto un tanto delicada. No iba a ser fácil calcular bien la distancia precisa, dada la cercanía entre el mink y el lunarian, para evitar daños colaterales. No había muchos caminos más, por no decir ninguno. Un leve destello se reflejó en los anaranjados iris del pistolero de los Alas Negras, eran las llamas de la espalda de su capitán, el cual seguía ahí sin ceder ante los golpes que había recibido. Esa pequeña chispa en sus ojos prendió un incendio en su interior, unas llamas que serían el combustible para lo que iba a acontecer. Tobías no se iba a volver a adormecer, ni tampoco iba a fallar.

Sin pensárselo más, Tobías dio un salto a ras de suelo a máxima potencia en dirección a su capitán y por extensión a su rival, su objetivo, el cual no podía ver a su atacante ya que Yojimbo cubría su visión. Tras tomar contacto sus pies con el suelo, éstos comenzaron a correr a toda la velocidad que podían alcanzar siguiendo la misma dirección. Durante la carrera, barba naranja no perdía de vista el punto perfecto tras los pies del conejo, al cual solo podía ver sus piernas dada su proximidad a Yojimbo y siendo este el que tapaba el torso del mink. Así pues, viendo el punto tras ese par de triángulos concéntricos formados por las piernas de los dos que se enfrentaban frente a él, Tobías alcanzó su anhelada posición derrapando con el pie izquierdo por delante y manteniendo el equilibrio con su único brazo. Lanzo su ataque nada más llegar, a unos cinco metros de su capitán y a casi seis del conejo. 

- ¡PUSH UP! - Gritar por primera vez el nombre de su nueva técnica erizó los vellos de la espalda del pistolero. Por un leve instante dudó si estaba haciendo lo correcto. ¿Y si había calculado mal y le afectaba a Yojimbo? No tardó en calmarse, pues solamente el conejo salió por los aires, empujado por toda la furia del vaquero. Yojimbo sólo percibió una fuerte corriente de aire ascendente a pocos centímetros de su nariz. Al fin algo de lo que sentirse orgulloso. Tobías sonrió ampliamente mientras seguía con su mirada al conejo albino, viéndolo girar hacia delante, como si diera volteretas, pero no de felicidad como las que estaba dando barba naranja. Las llamas de su interior menguaron drásticamente, un fuerte pinchazo en el hombro derecho forzó al carpintero a fruncir el ceño y desdibujar su sonrisa, cada vez se sentía más abatido y más después de haber liberado esa gran cantidad de energía. Sólo esperaba que ese combate no tardara demasiado en terminar, tenía una ganas bestiales de tumbarse un rato. "Un poquito más Tobi, sólo un poquito más." Tenía que animarse para no desfallecer, el capitán estaba siendo su cayado anímico y emocional, pero le costaba mantenerse en pie. 




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#22
Al separarme de él, un peso terrible pareció anclarme al suelo, como si la tierra reclamara mi cuerpo. ¿Era cansancio? Nunca había sentido algo así, pero la verdad es que el combate se estaba volviendo una tortura, y una duda insidiosa comenzó a filtrarse en mi mente: ¿podría seguir el ritmo? Decidí esperar su siguiente movimiento, y ese fue un error catastrófico. Estaba tan concentrado en mantener a Tobias a salvo que subestimé la furia despiadada de nuestro enemigo.

-Maldita sea... -pensé, justo en el momento en que un corte feroz rasgó mi ojo, y la sangre brotó como un torrente oscuro desde mi párpado, cegándome momentáneamente. Retrocedí un paso tambaleante, desorientado por el impacto. Había calculado mal, creía que forzaría a nuestro enemigo a un error desesperado, pero lo que desató fue una tormenta de pura devastación. A pesar de haberlo visto tambalearse, de haberlo visto al borde del abismo, me engañé pensando que estaba vencido. La brutalidad con la que me asaltó dejó claro que subestimarlo fue más que un error, fue una sentencia de muerte. ¿Cómo pude confiarme tanto? Este monstruo no dejaría pasar ninguna oportunidad para eliminarnos, como ya lo había intentado con Tobias. Esperar su ataque fue una estupidez, quizás la última que cometería.
Pero entonces, las llamas en mi espalda estallaron como un volcán furioso, un recordatorio incandescente de que aún quedaba lucha en mí. Recuperé el foco, mi mente encontró la claridad y me mantuve decidido, pero justo cuando estaba por lanzar mi contraataque, un grito resonó en el aire: ¡Push Up!. El conejo salió disparado, una flecha de desesperación, y una poderosa corriente de aire rugió frente a mí, agitando mi cabellera plateada y avivando las llamas en mi espalda. Esto era una señal: el capitán Tobias, el estandarte de la resistencia, seguía luchando. A pesar de haber perdido un brazo, el vaquero aún se alzaba para protegernos. Era la encarnación viva de la tenacidad, y en su ejemplo encontré el combustible para mi fuego.

Una sonrisa salvaje se dibujó en mi rostro, mientras la adrenalina rugía en mis venas. Mis extremidades se encendieron en llamas furiosas, y, pasándome la mano derecha por el torso, cautericé mis heridas con un gesto que fue a la vez un acto de supervivencia y desafío. Flexioné las rodillas y, con un salto poderoso, seguí la estela del conejo volador. Extendí mis alas en pleno vuelo, surcando el cielo con un aleteo que hacía vibrar el aire a mi alrededor. Cuando lo tuve a tiro, lancé mi ofensiva.

El primer golpe, un puñetazo incendiario con mi puño izquierdo, impactó en su esternón, desatando un crujido. Sin darle respiro, encadené un derechazo en su hombro izquierdo, y luego, con toda la furia contenida, descargué mi puño izquierdo contra su rostro. Mis puños, envueltos en llamas devoradoras, cubrieron completamente su rostro, convirtiendo su expresión en una máscara de dolor, sorpresa y fuego.

-¡Ora! ¡Ora! ¡ORAAAA! -grité, cada palabra era un trueno que resonaba con cada golpe.

Esto terminaría aquí, de una vez por todas. El último acto de este sangriento drama estaba en mis manos, y no pensaba dejar que el telón cayera sin reclamar la victoria.



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#23
Ya había decidido que los tigueres iban a morir en mis manos de conejo y el primero sería el capitán alado. Después del daño recibido en mi primer ataque, el vaquero había ido cada vez más lento y se había movido lo mínimo de su posición, por lo que podía intuir que estaba sumamente dañado y que no podía resistir sus heridas mucho tiempo más. Por su parte, el capitán alado sí que parecía un poco más entero y todavía tenía ganas de dar batalla. Aun así no tenía pensado perder en esta batalla que el Big broda me había encargado. Iba a derrotar a estos sucios piratas y matar al asqueroso tiguere alado. Después de mi último ataque pareció reaccionar, pero quizás no lo suficiente para que yo reiniciara la ofensiva. Cerré mi puño derecho y extendí de manera tensa y directa mi índice para preparar el shigan. Con un rápido gesto lo direccioné hacia el pecho del lunarian buscando atravesar su corazón y matarlo de una vez por todas, sin embargo, algo truncó mi estrategia. Cuando mi mano estuvo a punto de perforar su pecho, el vaquero que se encontraba en la retaguardia grito algo y automáticamente comencé a elevarme hacia los cielos. Sentí como si tiraran de mis hombros hacia arriba de manera potente y precisa, haciendo que mi índice prácticamente rozara la barbilla de Yojimbo. Durante el vuelo en ascenso aproveché la inercia para girar realizando terrible backflip desacatao para encarar al capitán alado.

Yojimbo que parecía reaccionar a las acciones de su compañero, comenzó a hacer crepitar sus llamas de forma potente, e incendió sus brazos para devolver su estrategia la ofensiva. En ese momento comprendí que tenía que usar todo lo que tuviera si quería resistar la embestida de la bestia alada. — Er diablo, no será este el sitio en el que yo pierda. No será una sucia rata con alas la que me derrote. No será un criminal el que acabe conmigo. — pensaba mientras ubicaba mis brazos por delante de mí a la espera del ataque del capitán de los alas negras y tensaba todo lo que podía mis músculos. Yojimbo, instantáneamente, se lanzó contra mí en el aire, arremetiendo con sus golpes. Los dos primeros impactaron sobre mis brazos que se encontraban bloqueando desde antes de su embestida. Pude sentir como su fuerza se había reducido gracias a mi poderoso endurecimiento corporal masivo; sin embargo, el último golpe, que cargó un poco más y lanzó como si su vida se fuera en ello, impactó de manera más contundente y me obligó a caer, sintiendo el dolor sobre mis antebrazos por la potencia de sus ataques.

Los impactos se sucedieron sobre mí y resistí todo lo que pude hasta caer al suelo, aunque mis patas de conejo que amortiguaron la caída sin ningún problema. Sin embargo, cuando toque suelo me quedé absolutamente quieto, en la misma posición de bloqueo con ambos brazos cruzados frente a mí, inmóvil. Desde fuera mis rivales podían observar como mis ojos rojizos se habían tornado de un color pálido y vidrioso como si estuviera ausente. Fueron necesarios unos segundos que se debieron hacer una eternidad hasta que cayera. — Así que... Esto pueden hacer los tigueres. — pensaba mientras sentía como mi consciencia se desvanecía — Ese capitán ta descatao... El barrio te respeta, tiguere. —

Estas últimas palabras pasaron por mi mente mientras me caía lentamente de espaldas hasta quedar tendido sobre la hierba del claro, mirando hacia la luna que en mis ojos parecía tornarse roja. Una fuerte brisa sacudió el lugar y agitó la hierba a nuestro alrededor, haciendo que los árboles y sus ramas llenas de frutos se movieran de lado a lado. Una de estas frutas de uno de los árboles más cercanos comenzó a desdibujarse. Su tamaño comenzó a aumentar y a brotar de ella una serie de pétalos rosados que recubrieron por completo lo que era su piel antes. Este aumento de tamaño y peso hizo que las ramas del árbol fueran incapaces de sostener el fruto y lo dejó caer rodando con el aire hasta parar a unos metros del grupo, casi a los pies del capitán de los alas negras, como si un designio le otorgara una segunda oportunidad de fortalecerse y proteger a sus aliados. La decisión solo era suya.

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#24
Tobías estaba llegando a su límite, la herida de su hombro y la extensa batalla habían mellado profundamente al vaquero. Apenas podía moverse ni pensar con claridad. Sus piernas respondían con retraso y descoordinación, dejaba de ver la escena frente a él durante pequeños instantes, en los que todo se teñía de gris oscuro progresivamente y de la misma forma volvían los tenues colores y las siluetas a resurgir. Como un niño cuando ve a su madre tras un largo período de tiempo, las crecientes y crepitantes llamas que emitían el cuerpo de Yojimbo embriagaron de emoción al carpintero, aún no estaba todo dicho. El capitán de los Alas Negras se lanzó, con toda la determinación que debería tener el futuro rey de los piratas, hacia su contrincante, a tal velocidad, que Tobías solo fue capaz de intuir que estaba pasando. Barba naranja alzó su mirada para ver como se resolvía la situación aérea, sólo alcanzó a ver como el conejo resistía, de forma sobrehumana, los golpes que le estaba propinando el lunarian. "Es una maldita bestia... Hay que acabar con él ya." La desesperación comenzaba a adueñarse de Tobías. El tiempo iba pasando, aunque fuera al imperturbable compás que siempre llevaba, parecía que no quería avanzar, que estaba a gusto viendo sufrir a los piratas, al menos esa era la percepción del pistolero. Tras aguantar la embestida de Yojimbo, el mink albino aterrizó frente a Tobías, a escasos metros de éste, todavía en posición defensiva, con los brazos formando una equis. 

En un acto reflejo, el pistolero intentó asir su revolver. Sólo su brazo izquierdo se posicionó como debería, colocando su mano izquierda sobre donde tendría que aparecer el percutor de su arma, pero eso no llegó a suceder. El dolor de su hombro derecho le recordó la razón. Sin pensarlo dos veces, llevó su zurda a la cartuchera izquierda para coger su otra pistola, la que había pertenecido al psicópata de brea. Cuando la sostuvo frente a su rostro, apuntando a su oponente, clavó su mirada en la del mink. Sus ojos se habían tornado translúcidos, ese detalle detuvo un segundo el dedo índice izquierdo del vaquero. La oscura pistola se balanceaba erráticamente frente a Tobías, algo le impedía apretar el gatillo. "No debo tener clemencia con una bestia así. O él o nosotros." Finalmente sonó un potente estruendo acompañado por un fogonazo, empujando una bala hacia el mink conejo. La bestia albina había comenzado a desplomarse hacia atrás y el proyectil pasó por encima de su cuerpo, sin llegar a tocarlo. El pistolero bajó inmediatamente el arma, le estaba costando bastante esfuerzo mantenerla en alto. "¿Ya está? ¿Ha terminado?" Las fuerzas iban abandonando su cuerpo a pasos agigantados. Guardó su arma como pudo antes de clavar la rodilla derecha en el suelo y apoyar su única mano sobre la hierba. Estaba demasiado exhausto para comprender que acababa de pasar, sólo tenía ganas de tumbarse y reposar. Tobías consiguió sentarse en el suelo primero, comprobó que su contrincante seguía desplomado frente a él y echó su tronco hacia atrás hasta apoyar espalda y cabeza en el suelo, dejando las plantas de los pies en contacto con éste y las rodillas semiflexionadas. El sombrero salió de su cabeza, tumbándose boca arriba también. Una ráfaga de viento surcó la explanada, meciendo la vegetación y los cabellos turquesas del vaquero. Por fin había entrado en escena la calma.

Tobías se permitió el lujo de cerrar su ojos y respirar hondo. Aún en su deplorable estado, su mente no dejaba de imaginar estrategias de combate que habrían ayudado en esa afrenta. Se sentía tranquilo gracias al potencial de sus nakama, pero esa no era escusa para no crecer como ellos lo estaban haciendo. Tenía que potenciar sus habilidades si no quería ser un estorbo como acababa de demostrar. Por suerte habían sobrevivido, pero sabía, de buena mano, que yendo tan al límite no salía todo bien siempre. Ya había perdido a muchos compañeros en su viaje y esta vez su propio brazo derecho, por no decir que su vida había estado pendiendo de un hilo desde el principio del enfrentamiento. Esa bestia había podido terminar con su odisea en un abrir y cerrar de ojos y barba naranja ni siquiera sabía quien era ni el porqué de sus homicidas intenciones. El mundo era más duro cada vez y él era como un niño en una balsa en medio de un océano embravecido por la despiadada tormenta. "Esto tiene que cambiar."       


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#25
Golpe tras golpe, sentía cómo mis nudillos se hundían en la peluda piel de aquel conejo desquiciado. Cada impacto estaba alimentado por la rabia desbordante que se reflejaba en mi mirada, una furia que no conocía límites. Mi único objetivo: destruir a esa aberración y poner fin a esta locura. Sin embargo, para mi sorpresa, los primeros golpes no alcanzaron el blanco deseado. Sus malditos brazos se alzaron, bloqueando parcialmente el daño que intentaba infligir. Aun así, no cedí ni un poco y continué mi ofensiva. Y entonces, lo inevitable: mi puño estrella, Tierra Dorada, mi mejor golpe, impactó de lleno en su rostro. Los pelos de su hocico se chamuscaron al instante, y el aire se llenó de un característico olor a carne quemada.
El conejo, ese demonio con ojos vacíos y alma podrida, cayó al suelo. No muerto, pero tampoco vivo... de pie, inmóvil, como una estatua en mitad del campo de batalla. Mi pecho ardía, mis pulmones rogaban por aire. Sabía que no me quedaba mucho. El siguiente ataque que lanzara probablemente sería el último, pero la fatiga pesaba como una losa. Entonces, el sonido que rompió el aire: era el disparo de una de las pistolas de Tobias. La bala silbó y falló, pero algo cambió. El maldito conejo ya no se movía. Por un instante, quedé suspendido en el aire, con una terrible duda: ¿Era esto una trampa? ¿Un engaño más? No. El combate había terminado. No sólo para él, para nosotros también.

Descendí lentamente, mis botas rozaron la tierra y lo sentí como si hubiera vuelto del mismísimo infierno. Miré a la criatura inmóvil, pateé su cuerpo, suave, pero con la certeza de que no quedaba nada en él y, en cuanto me cercioré de esto saqueé sus bolsillos quedándome el dinero y sus pertenencias por el disgusto. Estaba muerto. Definitivamente. Levanté la vista y ahí estaba Tobías, su cuerpo destrozado, sentado en el césped, mirándome. Le sonreí, un gesto lleno de alivio y cansancio, y lo vi desplomarse, rendido ante la agotadora verdad de que habíamos sobrevivido. Una batalla terrible. No tenía ni idea de cómo lo habíamos logrado, pero aquí estábamos. De pie, respirando. Un día más, un renacer en medio de la tragedia.

Comencé a caminar hacia Tobias, mientras mis pensamientos giraban en torno a él. Ese tipo no era humano, o al menos no uno común. Había luchado con una fiereza inhumana, soportando heridas que hubieran derribado a cualquiera. Un auténtico guerrero, alguien envidiable. Pero al igual que ese estúpido esqueje en el centro del claro, que se negaba a crecer, todavía nos quedaba mucho por mejorar. Nuestra travesía no había terminado.

Entonces, algo interrumpió mi avance. Delante de mí, sobre el suelo rosado y sangriento, apareció una pequeña fruta de un color vibrante, tan rosa como todo en esta maldita isla. Parecía hecha de pétalos, frágil, pero a la vez... irresistible. Sin saber por qué, me sentí atraído hacia ella. Me agaché, y con las manos aun ardiendo de la pelea, tomé el fruto. Tan pronto lo toqué, comenzó a caramelizarse, eso me hizo pensar que el destino de este fruto se encontraba junto a mi fuego. Sin pensarlo, lo llevé a mi boca y lo tragué de un solo bocado, sin siquiera detenerme a masticar. ¿Por qué lo hice? No lo sabía. Solo lo sentí, como si fuera parte de un destino que se entrelazaba con mi alma. Me senté en el suelo, el peso del mundo descansando en mis hombros, mirando el esqueje que aún no quería crecer, y que, en su fragilidad, parecía reflejar algo profundo, algo que tardaría en revelarse. El combate había terminado, pero dentro de mí, algo nuevo estaba despertando.



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#26
Mientras el can avanzaba a toda velocidad por el espesor del bosque, el humo de la señal que había lanzado al aire todavía podía divisarse en lo alto a través de los huecos entre los árboles. Los ecos de la batalla se volvían cada vez más intensos para su olfato y el olor metálico de la sangre inundaba sus sensibles fosas nasales, una esencia que seguía con la precisión de un lobo tras su presa herida. Con cada paso, sentía su corazón latir a un ritmo inusualmente lento, casi perezoso, una melodía apagada, indigna de los Zodiacool. Sabía lo que implicaba no sentir las auras de sus compañeros; era consciente de que ya no pertenecían al mundo terrenal. No obstante, en lo más profundo de su ser, una frágil esperanza se aferraba a la posibilidad de que hubiera otra explicación, y que ellos aún estuvieran con vida. Por encima de todo, deseaba, con fervor silencioso, que su amigo mink sobreviviera. Tras vagar por la arbolada, sorteando senderos cubiertos por una densa vegetación, llegó finalmente a su destino. Un claro se abrió ante él. Apartó con su brazo izquierdo las ramas de un arbusto, y frente a él, a unos doscientos metros, yacía un cuerpo inerte en el suelo. Sin pronunciar palabra, Hayato avanzó a la escena, donde dos imponentes auras se erguían triunfantes sobre su víctima. Agudizó sus sentidos al máximo, esperando sentir en el otro mink una leve señal de su vida. Pero no la encontró. La llama de su vida se había apagado, dejando nada más que un cuerpo vacío que poco más era ya que carne y huesos. Su mano derecha aferró con fuerza la empuñadura de su arma, luchando contra el intenso deseo de desenvainarla y vengar la muerte de su amigo. Y por si fuera poco, uno de esos villanos, el lunarian, hizo el amago de descender hacia el cuerpo de su amigo, con unos fines para nada loables en mente.

—Ni se te ocurra… —pronunció el marine, recorriendo los últimos metros que los separaban a toda velocidad, quedándose de pie entre su amigo y el acechador, a la vez que tamborileaba los dedos sobre el arma.

Para ambos piratas, con sus vidas pendiendo bajo el filo hilo de una araña, Hayato apareció frente a ellos en un parpadeo, como si su figura hubiese cobrado forma de las propias sombras de la noche. Con el viento fresco de aquella noche de verano sacudiendo su ropa y su pelaje, aunque no con la vista, miró a ambos hombres en detalle, recorriendo hasta los más recónditos lugares de sus almas. Dentro de su mente, una batalla se libraba. Pese a su carácter imperturbable, la rabia teñía su juicio de rojo y podía sentir como su respiración fluía acorde a esta. Sin embargo, en su corazón se hallaba un dolor más agudo que cualquier otro, más profundo que cualquier mar e incluso que la mismísima isla Gyojin. Tras una pausa de lo que fueron apenas unos segundos, el can suspiró.

—Severamente heridos os halláis. Awooooof. —declaró Hayato dirigiéndose a ambos hombres— Capitán de los Alas Negras, Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero… —continuó, elevando el mentón hacia el alto lunarian, que aunque herido de gravedad, seguía siendo imponente y contaba con un aura especialmente poderosa— No he venido a por vosotros, ya no. —sentenció el marine retirando la mano de su arma— Esta noche se han perdido vidas, vidas que eran preciadas y de un valor incalculable. Os ruego, que al igual que yo contengo la cólera que me invade, desistáis de un enfrentamiento inminente.

Hayato dio la espalda a los hombres para revisar con la mirada el cuerpo de su aliado con detenimiento, tras lo cual se agachó con cuidado ante el cadáver. Pasó el brazo derecho con cuidado por detrás de sus hombros y el izquierdo por debajo de las rodillas, irguiéndose a continuación y elevando el cuerpo suavemente como quien transporta la más fina de las sedas.

—Por hoy ya se ha derramado demasiada sangre, y por respeto a los muertos, no desenfundaré más mi espada. —declaró el can pasando por delante del capitán— Aunque vuestras almas sean corruptas, y a pesar de que dudo que siquiera os importe el estado de vuestros compañeros, he colmado a dos de ellos con mi clemencia y se hallan con vida en la ciudad. Aspros, si mi memoria no me falla, y un joven lleno de energía… Una verdadera lástima que, con tan pocas primaveras de por medio, haya decidido llevar una vida como la vuestra. —prosiguió diciendo a medida que se iba alejando de ellos— Piratas… Pérfidos e infames seres que destruyen y envilecen todo aquello cuanto se les pone de por medio. Que se creen que están por encima de los demás y de las leyes que rigen nuestra sociedad…

Hizo una pausa en su caminar para voltear hacia ellos, mostrando sus dientes en una mueca de desprecio y con un casi inaudible gruñido surgiendo de lo más profundo de sus entrañas.

—Este no será nuestro último encuentro, juro que así será. —aseguró el mink alzando su hocico hacia la luna, haciendo una promesa de muerte hacia aquellos dos infames.

—La noche acecha,
la venganza en silencio,
el fin se acerca. —recitó el marine emprendiendo de nuevo el paso hasta perderse bajo la sombra nocturna y el espesor del bosque.


Resumen

Bélico
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#27
Aquella noche en la isla de Momoiro el color de la justicia fue opacado por el de la libertad más absoluta.
Los intrépidos miembros de los Alas Negras había, no sin mucha suerte de su parte y la mano del destino, sobrevivido a uno de los encuentros más peligrosos de su historia. Ahora que habían acogido bajo sus 'alas' a la siempre perseguida por la desgracia tripulación de los Shogun Gari, parecía que habían conseguido romper la maldición al conseguir sobrevivir todos. Claro que había habido pérdidas, heridas y grandes cicatrices, tanto físicas como emocionales, pues había tanto uno que perdía su brazo, otro que casi sufría el mismo destino con su ojo, y alguno más que tendría tocado su orgullo al no haber podido hacer absolutamente nada. Pero igualmente tenían el beneplácito de la fortuna, concretamente dos de ellos, quienes al derrotar a su enemigo podrían ver cómo la endiablada naturaleza de las akuma no mi se habría paso ante sus ojos y mostraba una nueva oportunidad en su camino.

Yojimbo y Tobías podrían apreciar, mientras Hayato se llevaba el cuerpo de su difunto compañero Lil Yamp, cómo una de las manzanas del área recibía el abrazo de lo sobrenatural y de ella brotaban pétalos rosados, convirtiendo aquella fruta en algo que albergaba un poder por encima de lo normal. El mink cánido privado de la visión no podría sentir ni con su afilado instinto de la observación la creación de dicho fruto, y este estaría ahora a merced del capitán de la banda pirata y su pistolero acompañante. El aguerrido Zoodiacool que portaba el cuerpo de su compañero daría un informe a la altura de las circunstancias para atesorar quienes habían acabado con la vida de su compatriota y de la unión de ambas bandas, resonando en los ecos del presente y los cimientos del mundo.

Ahora, al término de la noche, los miembros del Zoodiacool restantes se replegaban al barco de la Marina de incógnito para marchar con absoluta premura y celeridad hacia la próxima isla, huyendo de las represalias del Ejército Revolucionario por atreverse a aparecer en su territorio... represalias que quizá, otros Marines iban a sufrir en sus propias carnes al permanecer demasiado tiempo en territorio hostil.

Los Alas Negras tratarían de replegarse, pero muchos de ellos estaban heridos y podrían acabar por perder la vida si no se gestionaban bien los recursos y habilidades de los integrantes de la banda... ¿conseguirían salvarse todos? Fuera como fuese, el susurro de las leyendas en el viento indicaba que esa misma noche su barco zarparía hacia la siguiente isla sin distinción. Los pocos conscientes, el Capitán, sus dos tiradores, uno de sus navegantes y el infante, debían replegarse y atender a los heridos a la mayor celeridad posible, y con la misma premura, marchar para evitar que los remanentes de la justicia que aun permanecían escondidos en la isla pudieran acabar el trabajo que sus compañeros habían dejado inconcluso.

Así, los engranajes del destino giraban un poco más y los caminos de aquellas personas tomarían giros y curvas que, más adelante, en algún lejano día del futuro, determinarían el final de su viaje como un éxito o un escalón para los demás.





Fin de la invasión.

RESOLUCIÓN DE LA ADMINISTRACIÓN:
  • Se os otorgará recompensa por combate por estas invasiones, con los resultados contemplados en guías.
  • Debéis hacer un tema social (preferiblemente conjunto) para reagruparos todos. En vuestro barco.
  • El tema no podrá extenderse más de una semana off rol desde este día. De darse, recibiréis otra invasión.
  • Tenéis que tener en cuenta los tiempos, los turnos, las heridas y las consecuencias de estas peleas. A continuación.
  • Todos debéis linkear los stats de este tema en el siguiente que vayáis a abrir todos juntos.

Combate VS Lil Yamp
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#28
Cita:Según la guía de Reputación, Yojimbo ha derrotado y matado a Lil Yamp por lo que obtiene un multiplicador de x6 y Tobías un multiplicador de x5 al derrotarlo. También se tomarán en cuenta los Karmas que aumenten la reputación. 
 
Yojimbo Obtiene:
  • Calidad del rol: 2
  • Personaje: 2
  • Estrategia: 1,50
  • Rolear acorde a las guías: 1,50
  • Total: 7
     
  • Reputación conseguida: 26 x 6 = 156 + 15 + 100 = 271 Reputación
  • Mugiwaras conseguidos: (24 + 2) x (7/2)/1,5 = 60,6 = 61 Puntos Mugiwaras

Bono por asesinato: 26/2 = 13 Puntos de Atributo
  •  
Tobías Obtiene:
  • Calidad del rol: 2
  • Personaje: 2
  • Estrategia: 1,50
  • Rolear acorde a las guías: 2
  • Total: 7,50
     
  • Reputación conseguida: 26 x 5 = 130 + 15 = 145 Reputación
  • Mugiwaras conseguidos: (22+4)*(7,5/2)/1,5 = 65 Puntos Mugiwara
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