[Presente Absoluto - Aventura T6] Berry detective privada parte 2
#11
Sintiendo que no le aguardaba nada de interés en el callejón, la mink se dio media vuelta tras percibir el aura de lo que parecía ser un den den mushi escondido y empezó a correr a toda velocidad hacia el astillero. Estaba emocionada. ¿Cómo no estarlo? Tras meses y meses de aburrida y exasperante espera, por fin algo de acción en el horizonte. Lo que ella deseaba más que nada parecía ser tirar la puerta abajo y encontrarse con un edificio lleno de poderosos enemigos a los que abatir uno a uno hasta el fin de los tiempos. El callejón y sus misterios se quedaron atrás, cada vez más lejos, mientras que el astillero y lo que albergaba en su interior se acercaban a una velocidad vertiginosa. Conforme la mink se acercaba, su percepción extrasensorial empezaba a distinguir algunas auras cerca de la entrada. Detectó seis personas en uno de los laterales de la puerta. Hormigas insignificantes que perecerían con una bofetada. Sin embargo, en sus auras Berry podía detectar más miedo que otra cosa. El astillero era demasiado grande como para analizar a qué se supone que le tenían miedo. Sólo había una forma de averiguarlo y era entrando en el lugar y viéndolo con sus propios ojos.

La mink llegó en un minuto escaso a la entrada del negocio, que estaba cerrada, pero seguramente no con candados. Además, su nivel de fuerza sería suficiente para tirar las puertas abajo si fuera necesario. No se parecían en nada a las puertas reforzadas de Fabrizio Ergé. La entrada estaba compuesta por una compuerta de gran tamaño, fácilmente 20x15 de alto por ancho y un par de puertas de madera a los lados. Eran portones de madera gruesa que servían de acceso a los trabajadores y de aislante del frío de fuera, pero no estaban listas para soportar a una guerrera mink. Ahora que estaba más cerca del astillero, a través del poderoso olor a salitre que invadía Water Seven constantemente, Berry percibió toda una gama de olores que procedían del interior del negocio. Barnices, productos aislantes, serrín, pintura... Todos ellos le llegaban como pequeños destellos estelares en el nocturno cielo del salitre. Pero había un olor mucho más brillante que ninguno de ellos. El equivalente a la luna llena en un cielo estrellado: el inconfundible olor de la sangre. Un olor que no debería existir en un astillero. Berry no era estúpida. Sería capaz de atar cabos y darse cuenta de que allí dentro había enemigos y civiles por igual. Y también tenía que haber otra persona. Un aliado que no recordaba, pero que debió de saltar a la acción al darse cuenta de que Berry no llegaba y temiendo la pérdida de una cantidad desorbitada de vidas y la oportunidad de capturar a los malhechores antes de que huyesen de la isla o volvieran a desaparecer.

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#12
Al parecer había hecho bien en ignorar la pequeña presencia y no perder más tiempo, su olfato le había dado la pista necesaria, había sangre en ese lugar entre todos los aromas y presencias que parecían tener miedo, algo extraño estaba pasando en ese lugar y seguramente había inocentes involucrados, quizás eran los criminales que había mencionado ese misterioso contacto que estaban atacando al astillero. Tensó sus piernas nuevamente, para dar el último empujón en dirección al astillero, debía entrar sin dejar tiempo a reacciones y eso es lo que su mente le dictaba. Quizás alguien estaba en peligro, a lo mejor esa persona había saltado a la acción sin esperarle, se impulsó con una nueva zancada mientras se preparaba. Pero se detuvo un momento... Había ventanas arriba, aunque saltar hasta ahí sería complicado por lo que descartaba la idea de ingresar por estas. Luego el juego de las tres puertas, todas parecían endebles, pero si rompía la puerta principal podría suponer una carga muy grande para los trabajadores una de las pequeñas estaría bien. Derecha o izquierda, la cuestión era bastante complicada, su haki le advertía de presencias cerca de la derecha, atemorizados posibles aliados si lo hacía bien pero también inocentes que no tardarían en escapar del lugar. Si no habían huído significaba que las puertas estaban bloqueadas, al menos por el interior y entonces sonrío crujiendo sus nudillos. — Debo salvarlos, por lo que derribar la puerta de la izquierda sería mala idea, están mucho más cerca de escapar si tiro esa puerta... — masculló antes de finalmente lanzarse cual resorte y lanzar una fuerte patada a la puerta derecha.


— ¡Bwahahaha! Alguien empezó la fiesta sin mí... pero bueno, una mink siempre llega cuando la luna lo decide. ¡¿A quién debo patear?! — rugió entre el polvo levantado, la puerta había salido disparada hacia delante y se estrelló quien sabe donde antes de hacerse añicos. La sombra de la chaqueta ondeando entre el polvo se hizo nítida mientras la mink de ojos rojos avanzaba palmeando la misma. Su actitud parecía tranquila, aunque nadie que lo fuese ingresaría de tal modo a un lugar solo siguiendo el aroma de la sangre, su mirada fue a parar primero a las presencias que había sentido y luego se puso en guardia. — Si no van a luchar, salgan de aquí, no me interesa matar insectos, solo elimino criminales y basura del mar... — comentó con cierta autoridad con los puños levantados y ahora sí mirando al frente, intentando recabar información mediante su haki de observación a cinco metros a la redonda. A veces esa cosa de tener un radar mental era bueno, pero sabía que lo más interesante solo estaba a punto de suceder, tenía que salvar a alguien ¿No? Esa persona que le había llamado, podía estar en peligro y también rescatar a los que quedasen con vida, siempre y cuando su oponente diese la talla.


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#13
Tras breves momentos de reflexión sobre cómo proceder, Berry se decidió a tirar de una patada la puerta derecha del astillero. Cualquiera de las tres habría cedido igualmente ante los envites de la mink, si bien es cierto que la central hubiera resistido un par de patadas por lo menos y habría dado tiempo a reaccionar. La madera de la puerta se hizo añicos ante el mero contacto con el pie de la guerrera. La luz y el calor del interior del astillero se mezclaron con la oscuridad y el frío del exterior. Un océano de cajas distribuidas por doquier se abrió ante Berry. Algunas de las cajas estaban tiradas por el suelo junto con sus contenidos. En general cosas sin importancia. La mayor parte de ellas las había percibido la mink antes de entrar. En efecto había barnices y pinturas tiradas por el suelo, y también otros productos semilíquidos que oscurecían el suelo donde se habían caído.

A su derecha, nada más entrar, Berry pudo ver a seis personas, cuatro hombres y dos mujeres, que estaban atadas de pies y manos y amordazadas a unos diez metros de la puerta. Miraban a la mink con una mezcla de miedo y sorpresa. Claramente no se la esperaban y tampoco sabían muy bien qué esperar de ella. Superando los márgenes de su percepción extrasensorial, Berry pudo identificar más personas inmovilizadas en contra (supuestamente) de su voluntad distribuidas por toda el área de descarga del astillero, que supone una superficie de 5440 metros cuadrados (80 de largo x 68 de ancho). Los civiles más cercanos, los que estaban a 10 metros de la mink, intentaron balbucear algo incomprensible a través de sus mordazas cuando ella les pidió que huyeran. Quizás el mensaje tenía algo que ver con la figura en el centro de la zona de descarga, a cuarenta metros de Berry en línea recta, que la estaba mirando con cara de pocos amigos. Se trataba de un hombre alto, quizás llegando a los dos metros. Iba vestido con un traje negro con rayas blancas perpendiculares. Su pelo era de color marrón clarito, pero lo que más destacaba de él era su prominente nariz, que debía de medir fácilmente un tercio de metro. En estos momentos tenía varios moretones en la cara, producto de algún tipo de pelea, y tenía un cuchillo en cada mano. —Otra entrometida, ¿eh? Si vienes a por tu amigo me temo que llegas tarde, Rerererere. El jefe ya se estará encargando de él y yo me encargaré de ti... Ya le he fallado suficiente por hoy. —El hombre hablaba con un aparente tono de tranquilidad, pero su piel parecía enrojecerse en diferentes puntos por el estrés de la situación. Se rascaba compulsivamente con el mango de los cuchillos y parecía estar incómodo en su propia piel. A pesar de todo, se acercaba poco a poco a la mink. No hacía falta que su kenbunshoku analizase sus intenciones para saber qué quería. Quería a Berry. Y la quería muerta.

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#14
La mink observó brevemente el escenario, lo que en principio creyó eran personas libres resultaban amordazadas y retenidas, suspiró con cierta resignación al comprender que sus palabras habían caído en saco roto ya que nadie podría huir o escapar de ese lugar a no ser que alguien les desatara. Aunque su rostro cambió rápidamente al localizar a la figura central de ese salón, era un tipo extraño, con pinta de farmacéutico divorciado pero sus primeras palabras captaron su atención. La zorra flexionó sus piernas para sorprender con un gigantesco salto frontal que cerró varios metros de distancia en apenas un parpadeo, pero no había terminado allí, al volver a tocar el suelo la mujer pareció desaparecer a gran velocidad solo para reaparecer a corta distancia del sujeto. No hubo palabras, dos precisas patadas ya habían sido lanzadas en dirección a la pierna izquierda del sujeto, el rostro de la mink pareció saborear el momento previo a los impactos antes de que sus manos llegasen al suelo para una nueva maniobra. — ¡Brouette! — el grito se erigió en pleno giro, justo antes de que su pie impactase en la espalda del hombre, buscaba sorprender y ciertamente una mink jamás esperaría un ataque, ellos eran los cazadores y los que golpeaban antes que nada.

Se deslizó por último, diecinueve metros más partiendo desde la espalda del sujeto y adentrándose en el lugar, sus ojos no perdían de vista a su oponente centrada en saber si había logrado conectar o si ese hombre de alguna forma había predicho lo que sucedería. No se podía dudar, aunque no fuese alguien fuerte todos podían tener un truco aguardando y atacar era mucha mejor opción a presumir o presentarse. — ¿Jefe eh? Por desgracia para tí, eso significa que no deberé perder demasiado tiempo contigo si deseo pelear de verdad, pero un calentamiento no vendría mal... — dijo finalmente tomando su postura defensiva, si se hubiera dejado estar seguramente el sujeto podría haber tenido tiempo de hacer algo, eso ya lo había vivido. Primero muerde, arranca la carne hasta el hueso y luego pregunta si es que se sigue moviendo, pero nunca dejes para el final los golpes era así la tradición de su tribu que siempre ponía en práctica. Ya no jugaba con sus oponentes, siempre había dado demasiadas oportunidades, era hora de asegurar cada pelea y no extenderla si el sujeto podía seguir lo acabaría sin dudas en los próximos compases. Estaba en su rango, sabía que en ese interior no podría escapar, aún le quedaban varios trucos ocultos por si así lo necesitaba. — ¿Amigo? ¿Fallar? A lo mejor me lo puedas contar, mientras te rompo esa nariz a patadas... — bromeó sonriente, saltando despacito en su lugar, el calentamiento estaba iniciando y solo el tiempo le diría si había tomado las decisiones correctas.

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#15
Ri Desutoro era perfectamente consciente de todos los movimientos que hacía. De algún modo que le perturbaba, siempre hacía las cosas con la mente completamente centrada en las acciones de su cuerpo. Cuando caminaba, pensaba en la pierna que estaba adelantando para apoyar el pie en el suelo y así alzar la contraria al tiempo que avanzaba. Cuando bostezaba ponía toda su atención en el movimiento de su mano para cubrirse la boca, en la musculatura tensionada de su rostro y en sus ojos cerrados con fuerza. Cuando dormía, podía sentir cada músculo relajarse y cómo su cerebro gravitaba hacia la inconsciencia poco a poco e incluso era capaz de despertarse a voluntad de alguna manera.

Quizás fue a esta hiperfocalización en las acciones de su propio cuerpo y no en las de los demás la que justificó, en un primer momento, que la mink hubiera desaparecido de su vista nada más terminar de acercarse sus cinco metros. Las primeras dos patadas impactaron contra su cuerpo sin pena ni gloria. Casi ni las había sentido. Casi. Pero la última de ellas le obligó a llevar la empuñadura de su cuchillo izquierdo hacia su zona lumbar, donde había impactado la Brouette de Berry. —¡REEEEE! —Inmediatamente giró todo su cuerpo, empezando por el pie izquierdo y terminando con una puñalada con su derecha al aire en dirección a la zorra, pero la maldita estaba ya a 19 metros de distancia. Era rápida. Demasiado rápida. La mink empezó a hablar, pero no le interesaban sus palabras. Un enemigo de esa categoría podría poner en peligro todo aquello por lo que el jefe había trabajado. Aquel maldito entrometido ya estaría muerto, pero causando sin duda alguna enormes inconvenientes en el proceso. En cuanto la mink empezó a hablar, Ri Desutoro guardó sendos cuchillos, cada uno en el bolsillo interior de su chaqueta que le correspondía, y con su mano derecha sacó del bolsillo derecho de su pantalón una pistola negra con acabados dorados.

Con su izquierda extrajo del bolsillo izquierdo de su pantalón dos balas. La primera de ellas era dorada y brillante y la segunda roja con puntos naranjas. Introdujo la primera en la recámara de la pistola y disparó hacia Berry, concretamente hacia el suelo a cinco metros de ella. La bala, al impactar contra el pavimento, provocó una momentánea explosión lumínica de diez metros de diámetro que cegaría a todo aquel que estuviera en su área de efecto. —¡A ver cómo te las apañas con esta! RERERERE —Y con las mismas, Ri Desutoro cargó la segunda bala en la recámara y elevó su pistola hacia la guerrera, esperando el momento idóneo para disparar.

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#16
La mink estaba atenta, sus sentidos se centraban en el sujeto ante cualquier posible movimiento, había sentido que sus golpes habían dado pero no podía confiarse. Entonces, cuando el sujeto giró finalmente pudo verle desenfundar algo, no sabía que era pero no iba a esperar un golpe. Sonrió mientras se desplazaba nuevamente, esta vez hasta llegar al costado del hombre y golpear con una patada derecha la pierna izquierda, sabía que no era rival para reaccionar a su velocidad. Pero entonces algo ocurrió, el sujeto había disparado, por suerte sus ojos no le habían bastado para ver a la mink y la bala impactó en el suelo lejos de su posición. La explosión hizo que Berry entrase en un estado de alerta, no era miedo, pero si algo le había enseñado la vida de cazadora es que no podía darle oportunidades a alguien con explosivos. Se apartó unos metros, quedando a espaldas del hombre, según le había visto girar no era su fuerte. Flexionó sus piernas, los músculos se marcaron y entonces comenzó una carga mucho menos amable que los primeros golpes. — ¡Tourniquet! — gritó al ejecutar la técnica, cuando su pie ya estaba chocando contra la espalda de su enemigo y girando en consecuencia, un movimiento donde su velocidad estaba a un punto incluso mayor que la usual pero ahí no terminaría. Un último golpe, una patada que descendió como un martillo en la cabeza de su oponente fue lo que puso fin al combinado de patadas de la zorra, quien aterrizó en el suelo a unos pocos pasos del cuerpo esperando cualquier respuesta y utilizando su haki para comprobar si era un peligro.

— Lo siento, pero no podía permitirme perder demasiado tiempo si en verdad había un jefe, a fin de cuentas no es que me paguen por horas como para jugar mucho... — suspiró estirando sus brazos y observando a los rehenes, avanzó hacia uno para sacarle la venda de la boca. — ¿Dónde están los otros? Te soltaré pero deberás soltar a los demás y luego salir de aquí. — mostró sus garras afiladas y las usó para cortar las sogas de las manos de la mujer con un rápido movimiento. — No tenemos mucho tiempo, debes sacar a los demás e irte, no me hagas enfadar o intentes nada raro puedo saber bien cuando no son sinceras. — masculló vigilando a la rehén, había visto muchas veces que algunos montaban un teatro y en realidad no eran rehenes, pero esa mujer no parecía alguien que estuviese actuando según su aura. — Mientras desatas a los demás, dime que pasó por aquí, quien es ese supuesto jefe... podría ser de ayuda. — se cruzó de brazos mirando a las puertas interiores, si debía ir una por una podría tardar demasiado tiempo.

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#17
Ri Desutoro estaba seguro de que su bala lumínica impactaría y que entonces podría poner en jaque a la mink con un juego de cambios entre balas lumínicas y explosivas hasta que llegase ese imbécil de Jäger. Había ido corriendo detrás de aquel sujeto que no dejaba de terminar sus oraciones con -gachett como si tuviese algún tipo de tara mental. El muy cobarde se aprovechaba de que ninguno de los dos tenían suficiente velocidad como para seguirle, y para colmo le había dado a Ri Desutoro un buen par de puñetazos que le habían dejado tambaleándose.

Mientras Desutoro apretaba el gatillo y la pistola emitía un fogonazo de luz, se dio cuenta de que la mink había vuelto a desaparecer. ¿Cómo podía ser tan rápida? Lamentablemente era una cuestión que quedaría sin responder. Mientras disparaba, notó un agudo dolor en su pierna izquierda. De nuevo le habían golpeado sin que él se hubiera dado cuenta dada su extraordinaria resistencia, pero de lo que sí se dio cuenta fue del atronador dolor que sintió a continuación en su espalda. Era como si le estuvieran taladrando la columna vertebral con una fuerza descomunal. Ri Desutoro abrió la boca para gritar, pero de su boca sólo salió el aire que quedaba en sus pulmones sin fuerzas para hacer vibrar las cuerdas vocales. Sus ojos se quedaron en blanco y su boca emitió un reguero de sangre que dictaminaba el final de la pelea. Fue la última patada de la mink, sin embargo, la que sentenció un desenlace definitivo. Cuando el pie de Berry descendió como un martillo sobre la cabeza del delincuente, su cráneo terminó de fracturarse y su vida se extinguió con una contusión mortal. Ri Desutoro cayó al suelo con la cara por delante, quedándose completamente tirado en una patética posición de derrota. Su pistola resbaló por el suelo hasta los dos metros de él y por primera y última vez, Desutoro fue incapaz de controlar su cuerpo para nada.

Berry no perdió el tiempo tras sus ataques. Lo primero que hizo fue liberar a uno de los rehenes, un chico de unos 19 años con unos resquicios de barba y una mirada más bien asustadiza. La mink no se presentó como una heroína gentil, sino que las prisas la obligaron a ser bastante más burda. El muchacho estaba acojonado, pero dado que Berry tenía unas garras que daban más miedo que el cadáver que acababa de dejar en medio del almacén, el muchacho escupió toda la información que supo cuando se le exigió. —E-eran otros dos. Un espada-dachín y una especia de de-detective. El detective vino a ayudar, p-pero no podía con los dos, así que se fue corriendo a por el jefe, que s-se fue a las oficinas de arriba con el señor Gakashima... —Liberado de sus ataduras, el chico se levantó apoyado a la pared, mirando a Berry con una mezcla de miedo y vergüenza. —Llegaron de repente esta noche... El señor Gakashima nos dijo que teníamos que terminar un trabajo esta noche, que había que preparar un barco y que no podíamos anotarlo en ningún registro. Parecía contento. Siempre está contento cuando firma un buen negocio. Cuando llegaron estos tres sujetos, el señor Gakashima vino a recibirlos con una sonrisa de oreja a oreja, pero de repente el jefe lo agarró del cuello y sus dos ayudantes cerraron el astillero y nos apresaron. Nos amenazaron de muerte si no colaborábamos... Y poco después llegó el detective o algo así. Se coló por una ventana que estaba a medio cerrar y se encaró con el espadachín y con ese de ahí. Luego se fue a por el jefe escaleras arriba. Es por esa puerta de ahí a la izquierda, sin entrar en la nave del astillero... —Le dio toda la información que pudo recabar, pero no se atrevía a moverse todavía por si la mink se lo tomaba a mal. —E-eso es todo... ¿puedo ir a desatarles ya? —Se atrevió a preguntar.

Datos
#18
Uno menos, al menos no había durado mucho, el hombre yacía desplomado en el suelo pero para Berry solo era una limpieza necesaria. Lo importante era defender a los inocentes y ese hombre había sido el primero en levantar las armas, suspiró con suavidad antes de escuchar tranquilamente al joven tras haber revisado el cuerpo en busca de algo que pudiera servirle. ¿Por qué su Haki le seguía diciendo que tenía miedo? El malo estaba muerto, ya no volvería, pero las palabras eran lo más importante y no había mentira en estas. — Entiendo, el detective bueno, espadachin malo... el jefe caca en la cima está con ellos. — bromeó entre risas, era un nombre curioso.— No tengas miedo chico, ya nada te va a hacer daño, ve a liberarlos y corran lejos de este lugar.— le abrazó con cuidado, sus pechos aplastaron la cara del pobre por la diferencia de tamaños aunque no pareció importarle a la zorra que ahora tenía un lugar para orientarse.

— Si el sujeto fue a por el jefe a lo mejor haya tenido que encargarse antes del espadachín o está en un dos contra uno. Será mejor que vaya... — masculló más para ella misma que para los rehenes, levantando el pulgar a estos en señal de que todo estaría bien. — Ustedes escapen e informen lo que sucedió, iré a salvar al detective o darle una patita. — sonrió lanzando un beso a los rehenes antes de tomar la puerta de la izquierda y comenzar a correr escaleras arriba. Debía darse prisa, su contacto se estaba llevando toda la diversión y además debía informarle que ya no había rehenes para que no tuviese nada más en mente que acabar con los criminales.


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#19
El cuerpo inerte de Ri Desutoro no guardaba ningún secreto que Berry no hubiera visto en vida. Una pistola yacía a dos metros de él. A pesar de sus adornos, el arma no tenía nada de especial y parecía más bien un arma de poca calidad en comparación con otras. El sujeto tenía unas cuantas cajas de munición. Cuatro balas lumínicas en una, cinco explosivas en otra y diez balas de aspecto normal en la última. Un par de cuchillos descansaban en sus fundas en sendos bolsillos de la ensangrentada chaqueta. Tampoco relucían demasiado a la luz del almacén y parecían de tan poca calidad como la pistola misma. En definitiva, Berry no encontró nada sorprendente en el cadáver de aquel sujeto.

El tono distendido que adoptó con el asustadizo joven pareció calmar los ánimos. El miedo se replegaba poco a poco, dejando paso a la tímida seguridad de una persona a la que se le acaba de dar una segunda oportunidad. Sin darse un respiro, el muchacho empezó a desatar a la persona más cercana a él y ésta le ayudó a desatar al resto. Se formó una cadena de empleados caritativos que procedió a liberar a todos los rehenes presentes en aquel área. Ninguno pelearía. Berry lo sabía y, de hecho, era mejor así. Ninguno tenía el poder para aguantar siquiera un puñetazo de la zorra. ¿Quién sabe qué enemigos la esperaban escaleras arriba? Pronto lo averiguaría.

La valiente guerrera empezó a correr hacia la puerta al fondo del almacén. No tardó nada en cruzar el espacio que la separaba de la misma y, al abrirla, le golpeó el intenso olor del salitre propio del océano. Se encontraba en una especie de habitación intermedia. Las escaleras estaban ahí, a mano izquierda y llevaban en efecto arriba. Delante de ella otra puerta igual a la que acababa de cruzar. Estaba abierta de par en par y al fondo había un navío bastante bonito. No era demasiado grande, quizás para una decena de personas, pero tenía un elegante acabado de pintura negra y dorada que lo hacía destacar frente a los barcos corrientes. Aquel debía de ser el barco que los malhechores encargaron para su triunfar huida de Water Seven. Sin embargo, su avaricia pronto les costaría más que ese barco... O quizás no.

Berry subió las escaleras a toda velocidad. El segundo piso consistía en dos habitaciones diferentes. Una de ellas tenía la puerta cerrada. La puerta era de madera de color oscuro, bastante elegante y muy bien barnizada. La otra habitación no tenía puerta y una cristalera permitía ver qué había en su interior sin intervención alguna. Era una especie de oficina llena de papeles y con un den den mushi estacionario, un caracol grande. No había secretaria ni secretario en su interior, quizás porque no hacía falta su presencia en la empresa a estas horas. Teniendo en cuenta que el trámite del barco parecía ilegal, no sería raro que ni siquiera se molestasen en llamar a la persona encargada de esa oficina.

La puerta cerrada prometía bastante más que aquella desordenada habitación. A través de su madera, gracias a la percepción extrasensorial de la guerrera, cuatro puntos de luz brillaron en la oscuridad de su interior. Sus posturas y posiciones eran difusas, ya que Berry no había llegado al nivel adecuado de haki de observación como para entender qué es lo que estaba ocurriendo ahí dentro. Sin embargo sí que podía sentir las fuerzas en cada uno de los espíritus. Había un aura brillante de color verde oscuro que tenía la misma intensidad que el aura de Berry, de modo que debían estar parejos en poder. A su lado, un aura marrón clarito brillaba con bastante menos intensidad, similar a la de los trabajadores de la oficina. Apartados del dúo, a unos cinco metros a la derecha de la puerta de madera, dos auras más. Una de ellas de color azul claro, casi gris pálido. Su brillo era muy tenue, como si casi no le quedasen fuerzas. A su lado había un aura de color azul marino, casi negro. Al contrario que las otras tres, el aura de este individuo era excepcionalmente poderosa, bastante más fuerte que Berry. ¿Quién sería esa persona? ¿Sería prudente siquiera tirar la puerta abajo y enfrentarse a todos ellos a ciegas?

Datos
#20
El cuerpo no había dado nada de valor o utilidad, al parecer había matado al de menor valor del grupo lo cual era una buena señal ya que los siguientes combates le supondrían todo un reto. El barco era bonito, imponente, aunque sabía que no debería perder tiempo para llegar a la puerta. Entonces pudo sentir las auras, dos bastante poderosas, una en peligro y la otra tan insignificante como la de los rehenes, la mink no necesitó mucho tiempo para atar cabos y suponer que la presencia débil era probablemente el detective que había estado luchando en desventaja. Ingresar sin un plan era peligroso, pero también debía asumir que uno de esos dos sujetos o ambos podrían estar heridos, el detective según las palabras del chico era poderoso, lo suficiente para dejar atrás al sujeto que había matado y en un combate justo quizás podría haberse cargado a los dos. Solo que un combate contra dos, era otra historia, la zorra ahora debería recurrir a su astucia, lo primero era hacerlos salir y separarlos quizás llevar a uno a otra sala mientras el detective podía recuperarse asumiendo que el herido fuese el bueno. En un entorno salvaje la mejor manera de cazar era dividir al grupo y asumir una pelea siempre favorable, pero ¿Cómo podría hacerlos salir? No creía que tuvieran aprecio por el sujeto que habían dejado atrás, más parecía serles una especie de carga que se encargaba del trabajo sencillo con esas armas tan malas, pero sí querrían llevarse ese barco o lo que fuese que ocultase en su interior. Sonrió trepando con sus garras por la madera y llegando al techo, vigilando la puerta desde una distancia de seis metros, lo suficiente para evitar un ataque sorpresa que pudieran improvisar en caso de ver la oportunidad.

— ¡Bwahahaha! Ahora que maté a ese nariz puntiaguda el barco es todo mío, lo llevaré directo a Sabaody, ¡Ohh que bonito que es! Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón... — anunció alzando la voz en dirección a la puerta, buscando que uno de los dos sujetos fuese en dirección al barco y si el otro decidía seguirle atacar al que viese más lastimado. — Negro y dorado, como mi pelaje, ¡La Zorra Negra ataca de nuevo! — bromeó fingiendo estar caminando por la cubierta raspando el techo con sus garras, todo parte de un ensayo que de salir bien lograría salvar más de una vida. La mink se alejó un poco más, unos diez metros por el techo asumiendo una postura de caza, oculta entre las maderas y la oscuridad del astillero. Solo faltaba ver que tan bien salía su intento, su cuerpo estaba recuperando energías gracias al descanso y todavía quedaba un as bajo la manga. Si podía matar a uno y forzar un dos contra uno a su favor, podría ser el final de esa banda de criminales y secuestradores. Lo mejor era el factor sorpresa, ya no tenían rehenes, la amenaza de que llegasen refuerzos en cuanto los primeros cautivos llegasen a la ciudad era una realidad que desconocían y si ese sujeto era incluso más duro de lo esperado solo tendría que hacer tiempo para que las autoridades lo redujesen. ¿Y ella? Dudaba que alguno de esos policías con capa pudiera llegar a rozar su sombra cuando su velocidad aceleraba al punto crítico.

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