El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto]
#11
El primero en ofrecer su informe fue el sargento Moja, cuya silueta oscura descendió desde las alturas con la misma discreción con la que había vigilado el flanco derecho durante la marcha. Su regreso al nivel del suelo no fue brusco ni aparatado; más bien pareció una extensión natural de su movimiento, como si el terreno mismo lo hubiera aceptado de vuelta sin resistencia. Al acercarse a Stroud, su expresión mantenía esa calma concentrada que lo caracterizaba, pero en sus ojos se notaba el rastro de una evaluación minuciosa, de esas que no se limitan a contar huellas, sino que leen el pulso de un lugar. Había observado los tres caminos desde una perspectiva privilegiada, midiendo no solo distancias y obstáculos, sino también la manera en que la selva respiraba alrededor de cada opción. Sin recurrir a dramatismos, transmitió sus primeras impresiones al líder de la División, apoyándose en detalles concretos: la densidad de la vegetación, la forma en que la luz se filtraba entre los árboles, el silencio particular que rodeaba ciertos tramos y el tipo de marcas que podían delatar presencia reciente o, peor aún, vigilancia activa. Para Moja, el sendero que conducía hacia la zona del lago, el de la izquierda, ofrecía un equilibrio extraño pero prometedor entre discreción y control del entorno. No lo veía como el camino más fácil, ni mucho menos, pero sí como el que menos invitaba a una confrontación directa y el que daba mayor margen para reaccionar ante lo inesperado. Stroud escuchó sin interrumpir, dejando que cada observación encajara con su propio mapa mental de la situación.

El segundo en reaccionar fue el soldado Kibai, cuyo porte felino parecía tensarse con una mezcla de entusiasmo contenido y cautela profesional mientras procesaba el informe de Moja. Coincidió con el sargento en que la ruta de la izquierda ofrecía mejores oportunidades para moverse sin anunciar su presencia, y esa coincidencia no nació de simple camaradería, sino de una lectura paralela del entorno gracias a las avispas que habían salido de su cuerpo. Según su información, había menos señales de tránsito reciente, más margen para maniobrar, más posibilidades de elegir cuándo avanzar y cuándo desaparecer entre la vegetación. Además, Kibai fue más allá del asentimiento y, con la mente siempre orientada a la contingencia, expuso alternativas para el caso de que el comandante optara por otra vía, aportando formas de reconducir la marcha si el terreno demostraba ser más hostil de lo esperado. No era una oposición, sino una red de seguridad tejida con previsión. Ese enfoque práctico encontró eco inmediato en el contramaestre Gaufrid, que se sumó a la discusión con el peso de su experiencia y una visión más logística, subrayando que el camino menos transitado solía ser también el que ofrecía mayor control sobre el ritmo y la exposición del grupo. Para él, reducir las variables externas era una forma silenciosa de proteger a todos. La convergencia de opiniones no creó un ambiente triunfal, sino uno de sobria claridad: tres miradas distintas habían llegado al mismo punto desde ángulos complementarios, y eso le dio a la decisión un respaldo que iba más allá de la intuición. Redgrave escuchó cada aportación con la atención de quien sabe que liderar no es imponer, sino ensamblar perspectivas en una sola dirección coherente. Cuando finalmente tomó la decisión de marchar por el camino de la izquierda, no hubo gestos teatrales ni palabras innecesarias; solo un asentimiento firme y el ajuste casi imperceptible de su postura, como si ya estuviera caminando mentalmente por esa senda. La elección no prometía seguridad, pero sí control, y en Little Garden esa diferencia podía ser la frontera entre avanzar con propósito o convertirse en otra historia borrada por la selva.

Tras tomar la decisión, la División 60 retomó la marcha por el sendero de la izquierda con la misma disciplina silenciosa que había marcado sus movimientos desde el inicio, manteniendo la formación establecida como si fuera una extensión natural de sus cuerpos. Stroud avanzaba al frente, atento a cada irregularidad del terreno, mientras Moja andaba por el flanco derecho, y Kibai cubría el lado izquierdo con un paso ligero pero preciso, cerrando Bertram la retaguardia con una presencia firme que parecía sellar el grupo contra cualquier sorpresa desde atrás. El camino, aunque menos marcado, ofrecía un suelo húmedo y cubierto de hojas anchas que amortiguaban el sonido de las botas, y la vegetación se cerraba a ambos lados como si quisiera observarlos pasar sin intervenir. La luz se filtraba en haces irregulares, creando sombras móviles que daban al entorno una sensación de respiración lenta y antigua. No habían avanzado demasiado cuando un pequeño torbellino de insectos emergió de entre los helechos, quizá agitado por el simple roce del grupo con la maleza, y se estrelló contra Stroud como una ráfaga viva. El impacto fue breve pero incómodo: algunas picaduras alcanzaron su rostro y sus brazos, dejando un escozor punzante que le hizo tensar la mandíbula y fruncir el ceño durante un instante. No fue un daño serio, más una advertencia del entorno que una amenaza real, pero bastó para recordarles que incluso los detalles más pequeños podían reclamar su cuota de atención. La selva no ofreció disculpas ni explicaciones; siguió murmurando con su coro de hojas y criaturas invisibles, mientras el grupo avanzaba con una determinación más sobria.

A medida que avanzaban por el sendero de la izquierda, el entorno comenzó a desplegar una paleta de contrastes inquietantes, como si la isla alternara entre exhibir su belleza y recordar su crueldad con la misma naturalidad. A los lados del camino brotaban plantas y flores de colores vivos, pétalos gruesos y brillantes que parecían recién abiertos, casi intactos, con tonalidades que iban del rojo profundo al amarillo ácido y al azul imposible, y cuyo aroma dulce se mezclaba con la humedad pesada del aire. Entre los troncos retorcidos se alzaban árboles de corteza rugosa y raíces expuestas, formando arcos naturales bajo los que la luz se filtraba en haces irregulares, mientras insectos de tamaño exagerado se movían con un zumbido grave, algunos con alas traslúcidas como vidrio opaco y otros con caparazones que reflejaban la claridad como metal viejo. Sin embargo, esa vitalidad se veía interrumpida por escenas que helaban la sangre: animales muertos yacían a intervalos irregulares, con manchas moradas extendiéndose por sus cuerpos como si una enfermedad silenciosa los hubiera reclamado, y entre la vegetación aparecían calaveras blanqueadas y restos en distintos estados de descomposición, recordatorios mudos de que aquel lugar no distinguía entre lo efímero y lo eterno. El suelo, cubierto de hojas anchas y barro oscuro, mostraba marcas confusas de arrastre y huellas antiguas borradas a medias por la lluvia, y cada paso parecía resonar con un eco más profundo de lo que debería. Tras unos veinte minutos de marcha cuidadosa, el bosque se abrió de pronto y reveló el lago, una extensión de agua quieta que reflejaba el cielo como un espejo roto por ondulaciones lentas, rodeado de juncos altos y piedras cubiertas de musgo. Al borde, se distinguía otro camino, menos virgen, con la vegetación apartada de forma evidente y el suelo más compacto por el paso repetido.

Resumen


Los tres caminos


Bélico


Próximo turno


Contenido Oculto
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#12
Stroud no retrocedió ante la nube de insectos que se abalanzó sobre él. Cuando algo como aquello ocurría, había dos opciones: entrar en pánico y empezar a aletear como un pollo o continuar con toda la calma que se pudiese; él optó por lo segundo. Llevaba lo suficiente en Little Garden como para estar más o menos familiarizado con el comportamiento de la encantadora fauna local, y sabía que enfurecerlos podía ser mucho peor que la alternativa. Cuando los dichosos insectos se alejaron, revisó su piel y las picaduras, asegurándose de que el destrozo no hubiera sido nada demasiado significativo. En silencio, limpiándose una gota de sudor, hizo un ademán a los demás miembros de la División para que no se preocupasen: la marcha continuaba. Mantuvo el ritmo y prosiguió avanzando, sus ojos grises ahora más atentos a sus alrededores que antes, sin perder detalle de nada que pudiese moverse en su entorno. Confiaba los flancos y la retaguardia plenamente a sus compañeros. Tuvo una idea para evitar que aquello ocurriese de nuevo; en cuanto se detuviesen podría intentarlo.

Durante el trayecto, se llegó a detener durante algunos instantes a examinar algunas de las plantas más llamativas que crecían a los lados del asalvajado camino. Su moderada formación en cuestiones de flora y fauna delataba su inesperada inquietud por estas cuestiones, y su pasión por conocer, sondear y documentar lugares nuevos. No tocó absolutamente nada, claro; sabía lo suficiente, y era lo suficientemente prudente, como para saber que no era buena idea. Había visto las reacciones de otras plantas de la isla al ser rozadas por animales, y a menudo los resultados no era excesivamente deseables. Algunas podían soltar espantosas esporas, gruesas como botones, y otras podían segregar horripilantes venenos. Abundaban las plantas sin documentar, de las cuales hablaban pocos o ningún libro en todo el mundo, y que a menudo solo uno o dos pares de ojos humanos habían contemplado a lo largo de toda la historia. Las condiciones prehistóricas e intocables de la isla, que parecía resistirse por sí misma a la idea de civilización, habían dado lugar a ejemplares absolutamente impensables en cualquier otra isla, con las consecuencias que aquello implicaba, y Stroud era consciente de ello. Haciendo lo posible por no retrasar la marcha, tomó algunas notas respecto a lo que veía y continuó apresuradamente, esforzándose en no perturbar el ritmo general de la formación al completo.

Sus ojos grises, entornados bajo la luz que se filtraba a través de los árboles, también se detuvieron momentáneamente en los restos de animales con que se iban cruzando, sus cuerpos cubiertos de misteriosas manchas moradas que se extendían por su piel. Su mente lo iba procesando todo, intentando sacar conclusiones a toda velocidad, a medida que avanzaban por el sendero. No hizo comentario alguno; se lo fue guardando todo, rumiando sus conclusiones.

En el momento en que llegaron al claro, Stroud hizo una señal muda con el brazo, ordenando la detención de la formación, y luego extendió la mano hacia su frente, indicando que eran libres de comenzar a explorar el lugar. El hallazgo era prometedor, pero no debían precipitarse. Tras echar un vistazo a su alrededor, se apresuró a sentarse sobre una de las rocas más alejadas del lago, sin adentrarse demasiado en el propio claro aún. Con meticulosidad, colocó su mochila sobre el suelo y sacó una botella de agua, dando un trago mientras contemplaba el lugar en silencio. Hizo una señal a Bertram para que se acercase, volviendo a poner el preciado líquido a salvo dentro de la bolsa. "Todos esos animales muertos... ¿Alguna vez habías visto algo así?," inquirió, dando por hecho que al cazador no se le habría escapado nada de aquello, naturalmente. "Hubiera sospechado de algún tipo de depredador, pero manchas como esas... Me hacen pensar en alguna enfermedad, o en algún veneno. Quién sabe, con esta dichosa isla," añadió con cierta frustración. "Si es una enfermedad, el vector de contagio podría ser precisamente... el agua," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia la superficie del lago, cuyas aguas parecían casi estancadas. Había algo sobre aquel lago, o laguna, o estanque, o lo que fuese, que le resultaba inquietante. "Y si es veneno, también, si es que no han sido las plantas," afirmó. No tenía demasiado sentido que todas las plantas fuesen tan increíblemente venenosas; eso iría contra su estrategia de supervivencia y reproducción. Las plantas, por muchos mecanismos de defensa que tuviesen, necesitaban de animales que trasladasen sus semillas de un lado a otro y las asistiesen en su proceso de extensión por el territorio. "Que ninguno toque el agua, siquiera. Si tenéis que beber, hacedlo de la que hayáis traído, o no bebáis en absoluto," ordenó con firmeza. "De hecho, diría que no os acercaseis mucho si podéis evitarlo," añadió, volviendo a abrir su mochila y rebuscando entre sus pertenencias. Las picaduras sufridas minutos atrás apenas le molestaban ya, pero sería importante evitar males mayores.

Extrajo una bolsita con hojas de tabaco, todas comprimidas, de la veriedad Red Peak Blend. Un souvenir de Whisky Peak, claro. Pese a que no solía fumar, todos los marineros eran conscientes de que el tabaco podía ser un excelente recurso en alta mar, sobre todo cuando se trataba de trueque, pero había un tercer uso que pocos conocían: era un excelente insecticida y repelente. Empleado de forma correcta, les evitaría, con suerte, algunas otras sorpresas desagradables con los insectos que poblaban la isla. "Todos, traed vuestras botellas de agua. Observad," ordenó, mientras sacaba el cacito de aluminio que solía llevar colgando de su mochila. Puso varias hojas de tabaco en el fondo, y echó un chorro de agua. A continuación, sirviéndose simplemente de una pequeña roca, machacó el contenido del cazo hasta formar una suerte de pasta. Tendió a sus compañeros sendos puñados de hojitas de tabaco. "Con un poco de suerte, evitará que acabéis como yo," dijo, tomando un poco de la pasta que había formado con los dedos y extendiéndosela cuidadosamente por zonas como el cuello o la frente. La dichosa pasta olía regular, como cuando había dejado la pipa sin lavar, pero era lo que había. "Las hojas tienen algo que a los insectos no les gusta un pelo, así que nos molestarán menos," explicó, tendiendo el cazo de aluminio, en que aún quedaba un poco, al resto. "Haced lo mismo todos. Incluido tú, Kibai," aclaró, alzando una ceja.

Se levantó con pesadez, volviendo a guardar sus enseres en la mochila, mientras esperaba a que los demás siguiesen sus pautas. "Creo que será buena idea no detenernos demasiado aquí. Si el agua es mala, no tenemos motivos para permanecer en este lugar. Si es buena, no tardarán en venir más animales y a saber qué más a beber, así que en marcha," afirmó, haciendo un gesto hacia el camino que parecía salir del mismo claro. Se aproximó al lugar, examinando el suelo, comprobando que estaba visiblemente más transitado que el lugar por el que habían venido, si bien de vez en cuando miraba atrás con suspicacia, hacia el lago que dejaban a sus seis. Su olfato le hacía presentir que podían encontrarse alguna sorpresa desagradable. "Moja, Kibai, reporte preliminar del camino, por favor. ¿Qué veis?," inquirió. "Puede que aquí sí haya sorpresas, por lo que vamos a mantener un perfil especialmente bajo. En lugar de transitar por el propio sendero, lo recorreremos en paralelo; Bertram y Kibai, vosotros avanzaréis por la izquierda del camino, sin alejaros en ningún momento más de unos diez metros. Moja y yo iremos por la derecha. Esto nos permitirá sortear cualquier amenaza que haya en el sendero, o emboscarla desde los flancos, como prefiramos. ¿Todo claro?," dijo, disponiéndose a liderar la formación.


Información
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2683 - 100 = 2583
Energia: 2221 + 0 = 2221
Espiritu: 534 + 0 = 534
#13
Kibai no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando el Comandante Stroud fue engullido por la nube de insectos. La verdad, obserrvar como su siempre estoico superior se esforzaba por no soliviantar más al enjambre fue un espectáculo que el mink se aseguró de guardar en su memoria. No obstante, procuró recuperar su cara de póker cuando Stroud se giró hacia ellos para indicarles que continuasen. El mink apretó el paso, manteniendo en todo momento su enjambre particular alrededor del grupo, con varias de las integrantes yendo y viniendo, sirviéndole de canal de comunicación entre sí  mismo y las avispas más alejadas, de manera que estuviese seguro que un incidente como el del comandante no sucedía de nuevo.

Al cabo de un pequeño trecho, llegaron al claro que había divisado Moja. Cuando Stroud dio la orden para que la División explorase el claro, Kibai no perdió el tiempo. Caminando a grandes pasos hacia el centro del mismo, extendió una mano hacia el cielo, dejando salir un nuevo grupo de 40 avispas más, que se unieron a las que ya zumababan por todo el claro. Una vez unidas, las dividió en  seis escuadrones, y las distribuyó hacia los lindes del claro, como filamentos de una telaraña viva, listas para alertarle si algo acechaba en los límites o penetraba en el claro silenciosamente.

Ante el aviso del comandante sobre el agua, Kibai se acercó a una prudente distancia al borde del lago, encarmándose a uno de los árboles que pendían sobre él para poder examianar mejor las aguas, tratando de ver algo que revelase algún peligro: tal vez un cadáver pudriéndose en el interior, o algún tipo de moho u hongo que hubiese proliferado en la superficie. Para asegurarse del todo, y teniendo muy presente el indicativo de su superior, el mink cortó una de las multiples ramas aún provistas de hojas del árbol, que empleó para sumergirla en el agua y después acercarlo con cautela a su nariz para olisquear el líquido que goteaba.

Acto seguido, regresó con el resto de sus compañeros, que estaban observando como Stroud machacaba unas cuantas hojas de tabaco para crear una suerte de pomada antiinsectos improvisada que instó a que todos sus compañeros se untasen en la cara y el cuello. El mink arrugó la nariz al ver el contenido.

- Claro como vosotros los humanos vivís con la nariz taponada podéis poneros estas cosas encima y andar tan de rositas... pensó Kibai con desagrado mientras se untaba la pasta procurando no poner demasiada mala cara por el desagradable olor que esta despedía. Al fin y al cabo, órdenes eran órdenes...

Tras hacer una breve pausa en el claro, el comandante ordenó seguir la marcha, indicando a Kibai que se coordinase junto al Contramaestre Gaufrid en el flanco izquierdo.

- Si señor, pierda cuidado, nada nos tomará por sorpresa.

El mink observó la mar vegetal que se abría después del sendero y se sacó la capa de Marine, conviertiéndola en un pequeño atillo que sujetó a su espalda para una mayor movilidad entre la maleza, algo que había aprendido de sobra en sus expediciones por la isla. Acto seguido, ciñéndose a Raimei más ajustadamente para que no se enganchase en ninguna rama o liana suelta, sacó las garras y dio un salto hacia el árbol más cercano. Tras comprobar la dirección del viento, distribuyó a sus sesenta avispas para que escuadrones de 10 insectos quedasen revoloteando por encima de cada miembro de su División, mientras que las 50 restantes las redistribuyó de nuevo en un abanico por delante de él, con especial atención a la dirección del viento en contra, dónde era más probable que cualquier depredador iniciase su ataque. Al menos, es lo que el propio Kibai habría hecho.

Con todo dispuesto, y manteniendo de forma habitual contacto visual con su compañero de flanco, el mink prosigió su marcha junto al resto de la División 60.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1495 + 0 = 1495
Energia: 1331 - 20 = 1311
Espiritu: 321 + 0 = 321
#14
Cada miembro de la división tenía su labor en la formación, todos tienen sus puntos fuertes y sus características que aportan algo a la misión, siendo que Moja y Kibai tienen la ventaja de la exploración aprovechando sus capacidades naturales y sus akumas para aumentar su capacidad de investigación, poder abarcar más terreno y, en el caso de Kibai, al mismo tiempo usar sus avispas para anticiparse a los posibles problemas que puedan aparecer delante. Stroud mantiene una calma encomiable y sabe adaptarse al entorno, mientras que el arquero tiene uno de los trabajos más delicados que hay en ese tipo de situaciones, es el encargado de mantener la retaguardia, algo que de no tomarse en serio puede provocar que un enemigo o una criatura salvaje los pille desprevenidos y acaben causando un gran daño nada más empezar a investigar la desaparición de sus compañeros de otra división. Al parecer todos los presentes, cada uno por su propio medio, llegaron a la misma conclusión sobre el camino a elegir, y a pesar de que los motivos y razones fuesen diferentes, todos coinciden en que el camino de la izquierda es el más sensato a seguir de momento.

Tras decidir el camino todos avanzan manteniendo la misma formación que antes, siendo que ahora la presión en la retaguardia es algo mayor, al estar en un camino nuevo, y algo más angosto, no tienen tanto margen para poder evadir una criatura ni tampoco como esquivar posibles ataques enemigos por la espalda, aunque también les da la ventaja de que evita que los rodeen con facilidad aprovechando posible ventaja numérica. Al llevar esa formación también está el hecho que Stroud es el primero en recibir las amenazas frontales, por lo que mayormente él y Bertram son los más expuestos a posibles daños, siendo que en esta ocasión quien tuvo la mala suerte de que el entorno lo atacara fuese precisamente Stroud, quien es atacado por un enjambre de insectos que, a pesar de ser capaces de causar heridas y dolor, el arquero duda que sean capaces de realmente dañar seriamente al líder de la división marine. El rubio, al igual que Bertram, es alguien que estudia el entorno, se adapta y se prepara, por lo que con el tiempo que llevan en la isla conoce bien el comportamiento de la fauna local, además el propio arquero dado su pasado de cazador sabe no solo eso, sino puede especular cómo reaccionarían ciertos animales de la fauna local ante una amenaza o algo que les active el instinto de supervivencia, como cuando un herbívoro detecta la presencia de su depredador natural.

El camino lentamente va cambiando, mostrando una diversa paleta de colores con un contraste curioso e inquietante, un recordatorio claro de la belleza natural de la isla así cómo de su crueldad y peligro, siendo un equilibrio casi perfecto en aquella isla anclada en el tiempo, inmutable y resistente a la civilización. Los ojos del arquero recorren el entorno con atención, fijándose continuamente en cualquier movimiento del entorno, sobre todo entre las hojas aprovechando la luz que se filtra por entre las copas de los enormes árboles que rodean el sendero, ya que es el lugar que tiene mayor probabilidad de esconder algo. Los colores brillantes y vivos de las plantas alrededor del sendero llaman la atención del arquero, que aprovecha las ocasiones en las que el rubio se detiene para observarlas con cuidado sin tocar nada, parte de ser un cazador es aprender sobre la flora, conocer el entorno de los animales ayuda a preparar la cacería.

Los sonidos del bosque llenan el ambiente, el viento en las hojas, las pisadas de los marines y el zumbido de los insectos de gran tamaño propios de la isla, siendo que sabiendo las características únicas de la isla no sería de extrañar que el tesoro buscado sea alguna planta o criatura con propiedades que la marina considere útiles, bien siendo un método curativo avanzado o un potente agente tóxico para neutralizar enemigos entre otras miles posibilidades.  El camino se hace cada vez más claro de que pocos son los que se adentran en el lugar, o tal vez que es una zona en la cual la naturaleza crece a un ritmo más avanzado para cubrir las huellas, sea como sea está claro que han dado con el camino correcto entre troncos retorcidos y árboles enormes de corteza gruesa y raíces expuestas formando arcos naturales. Sin embargo, todo eso pasa a un segundo plano de atención cuando el arquero ve los cuerpos esparcidos por el suelo, siendo que no es raro encontrar restos en un bosque, pudiendo ser criaturas que murieron por edad, presa de algún depredador pero que no pudo llevarse su presa o terminar de comerla, o bien por cazadores descuidados que no saben cuando detenerse o cómo llevarse sus presas. Sin embargo nada de eso parece ser el caso, entre las misteriosas manchas moradas en los cuerpos y los cadáveres blanquecinos en diferentes etapas de descomposición queda claro que hay algo extraño en esas muertes.

Finalmente el grupo llega al claro junto al lago, pero el arquero se detiene a escasos pasos de los árboles sin adentrarse plenamente en el claro, solo se mantiene alejado del camino y los árboles lo suficiente para tener un mayor campo de visión del entorno cuando escucha a Stroud llamarle, acercándose con calma. Bertram escucha la pregunta de su superior y se rasca tras la cabeza antes de decir

-La verdad nunca vi ese color precisamente en ninguna de mis persas o ningún animal que haya encontrado muerto. Algunas veces si muestran manchas o marcas es bien por alguna enfermedad o veneno. Pero por cómo se esparcen los cuerpos o bien es causado por el entorno, siendo el lago o alguna planta cercana, o alguien emplea un veneno propio y usó las criaturas para probarlo, aprovechando el bosque para ocultar sus actos haciendo que de encontrarse los cuerpos lo achaquen al entorno, sir.-

El joven pelirrojo observa lo que hace Stroud con el agua y las hojas de tabaco, siendo que no es un experto en la materia pero sí que su abuelo le enseñó algunos trucos para lidiar con los insectos, pues suelen ser las criaturas que más se acercan a los cazadores cuando están esperando a su presa, siendo esa una de las opciones. Bertram toma la especie de ungüento creado por el comandante y se lo esparce por el cuello, muñecas y demás partes de su cuerpo para evitar que se acerquen más insectos mientras dice

-No es mal método, pero es temporal, mi abuelo creaba unas bolsas con plantas aromáticas que desprendían una pequeña sustancia que mantenía a la mayoría de los insectos alejados, y basta con llevar una pequeña bolsa colgada del cuello o en el bolsillo para que haga efecto. Por cierto, sería ideal poder mantener alguna forma de vigilancia en el lago, así podemos comprobar si los animales no se acercan a beber o si realmente el problema está en el agua, sir.-

El uniforme del pelirrojo está empapado de la humedad y el sudor, mientras que el arquero evita beber más de lo necesario al no poder confiar en que el agua de la zona esté potable, y siguiendo las instrucciones de Stroud toma el lateral izquierdo del sendero junto a Kibai para poder avanzar sin exponerse demasiado en el camino, evitando las amenazas o pudiendo emboscarlas según les convenga, igualmente sus ojos se mantienen avizores tanto al camino como al resto del entorno, prestando especial atención a la zona más cerrada del bosque pues es de donde es más probable les sorprendan.

Información
#15
Moja escuchó con atención las indicaciones y observó cómo el grupo finalmente tomaba el camino de la izquierda. Durante ese tramo decidió mantenerse a ras de suelo, avanzando junto al resto de la unidad. Aun así, no bajó la guardia: mantuvo sus dos flechas vectoriales activas, flotando a ambos lados de su cuerpo, listas para reaccionar ante cualquier ataque repentino. No tardó en notar el primer peligro. Una nube de insectos emergió desde la vegetación frontal y se lanzó contra la vanguardia del grupo. Moja tensó el cuerpo de inmediato, colocándose ligeramente de lado, preparado para intervenir si la situación se descontrolaba. Observó con atención cómo el enjambre se dispersaba poco a poco, memorizando el comportamiento de aquellas criaturas; no eran insectos comunes, y eso le dejó una sensación incómoda en el estómago.

Poco después, llegaron al lago que Moja había divisado desde las alturas. Ahora, desde tierra firme, el lugar resultaba aún más inquietante. El agua tenía un tono apagado, antinatural, y el aire a su alrededor desprendía un olor extraño, denso. Moja frunció ligeramente el ceño: todo en aquel entorno transmitía la impresión de estar contaminado o envenenado. Instintivamente, ajustó su respiración y aceptó el tabaco que se repartía, utilizándolo como repelente improvisado contra los insectos que aún rondaban la zona. Con los sentidos alerta, Moja reanudó la marcha junto al grupo por el sendero que bordeaba el lago. Sus pasos eran silenciosos, calculados. Las flechas vectoriales se desplazaban con él, girando suavemente como si respondieran a su estado de alerta.

Cuando el grupo se dividió para avanzar por ambos flancos del camino, Moja se desplazó hacia el lado derecho, colocándose de forma natural unos pasos por detrás. Giró la cabeza un instante para asegurarse de que nadie quedaba expuesto y entonces habló con voz firme y calmada:

-A sus órdenes, comandante. Le cubro la retaguardia.-

Tras pronunciar aquellas palabras, Moja adoptó una postura más baja y flexible, preparado para reaccionar ante cualquier amenaza que surgiera desde la espesura. Sus ojos dorados recorrían cada sombra, cada movimiento entre los árboles. Si algo intentaba atacar por detrás, no pasaría de él. La tensión aumentaba a cada paso, y Moja lo sabía: aquel lago no era solo un punto de paso, sino una advertencia de que algo muy errado aguardaba más adelante.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
#16
Tras la exploración inicial y el ataque sorpresa de las avispas, Stroud se detuvo frente al lago con un gesto que no necesitó palabras para imponerse, y su atención se centró en la superficie quieta del agua como si allí se escondiera la pieza más peligrosa del rompecabezas. No era solo cautela; era una lectura instintiva de un lugar que parecía demasiado tranquilo incluso para los estándares de Little Garden. Indicó con su postura que aquel espejo turbio era lo que más le preocupaba, y luego buscó la reacción de sus compañeros, empezando por Bertram, cuya experiencia con presas y terrenos traicioneros solía ofrecer un ángulo práctico y directo. El arquero examinó las manchas violáceas que habían visto en los cuerpos del camino y dejó claro, con la seriedad que lo caracterizaba, que aquello no coincidía con nada que hubiera encontrado antes en animales abatidos o muertos por causas naturales, y que la explicación más razonable apuntaba a algún tipo de enfermedad o veneno que se estaba extendiendo de manera silenciosa. Esa observación añadió un peso nuevo al ambiente, como si el aire se hubiera vuelto un poco más espeso. Kibai, fiel a su manera de confirmar las cosas con acciones más que con suposiciones, rompió una ramita cercana y la introdujo con cuidado en el agua del lago, observando cómo las pequeñas ondas se abrían paso hasta morir en la orilla, para luego oler las gotas que quedaban adheridas a la madera, buscando pistas en aquello que no siempre se ve pero sí se percibe. Su gesto fue metódico, casi ritual, una forma de escuchar al entorno con sentidos distintos a los habituales. Moja, por su parte, permaneció en silencio, atento a cada palabra y a cada movimiento, procesando la información con esa calma que lo volvía tan difícil de leer, pero no menos implicado en la decisión que se avecinaba.

Antes de continuar con la marcha, Stroud decidió tomar una precaución que, aunque sencilla, podía marcar una diferencia importante en un entorno donde incluso los detalles más pequeños se convertían en amenazas persistentes. Sacó su cantimplora y un pequeño paquete de tabaco, y con movimientos prácticos mezcló ambos hasta formar una pasta oscura y de olor intenso, previamente machacada con paciencia hasta lograr esa consistencia espesa y uniforme. No era un gesto improvisado, sino una costumbre aprendida en campañas anteriores, cuando los insectos habían demostrado ser tan peligrosos como cualquier enemigo visible. Se restregó aquella mezcla por el cuello y la frente, soportando el aroma fuerte sin inmutarse, y después la ofreció al resto del grupo con la misma naturalidad con la que se reparte una herramienta necesaria. Kibai aceptó, aunque su expresión dejó claro que el olor le resultaba especialmente desagradable, y aun así cumplió con el ritual sin quejarse, consciente de que la incomodidad momentánea era un precio pequeño comparado con las picaduras que podían evitarse. Bertram también aplicó el ungüento con cuidado, y mientras lo hacía recordó una vieja costumbre de su familia, mencionando cómo su abuelo solía preparar pequeñas bolsas con plantas aromáticas para mantener alejados a los insectos, una solución más amable al olfato pero nacida de la misma necesidad de convivir con entornos hostiles. Ese recuerdo no trajo nostalgia ligera, sino una confirmación silenciosa de que, en distintos lugares y tiempos, la gente siempre había tenido que inventar defensas contra lo que la naturaleza lanzaba sin aviso. Moja, fiel a su estilo reservado, aceptó la pasta y se la aplicó sin mostrar reacción alguna, como si el olor fuerte fuera solo otro detalle irrelevante dentro de un conjunto de riesgos mayores. Cuando terminaron, el aire alrededor del grupo quedó impregnado de esa mezcla áspera y terrosa, un perfume poco heroico pero eficaz, y durante unos instantes el lago y la selva parecieron observarlos con la misma indiferencia antigua. Con esa precaución añadida, la División 60 se sintió un poco mejor preparada para seguir adelante.

Una vez que terminaron con los preparativos, Stroud tomó el control de la situación con la calma firme de quien entiende que cada decisión en terreno incierto es una apuesta contra lo invisible. Indicó que continuarían por aquel nuevo camino separándose en dos grupos que avanzarían en paralelo, manteniendo una distancia prudente que no superaría los diez metros, suficiente para cubrir más terreno sin perder la posibilidad de apoyarse si algo salía mal. A la derecha quedarían él y Moja, formando una pareja sobria y disciplinada, mientras que por la izquierda avanzarían Bertram y Kibai, combinando la mirada atenta del arquero con los sentidos agudos del mink leopardo. Kibai, consciente de la necesidad de mantener la coordinación en un entorno tan cargado de obstáculos visuales y sonidos engañosos, sacó de la palma de su mano otra cantidad de avispas, dejando que se dispersaran con un patrón que solo él parecía comprender, creando así una red viva que serviría para transmitir información y alertas entre ambos flancos. Aquello añadía una capa extra de tensión al avance, porque cada zumbido lejano podía ser tanto una señal aliada como un simple eco de la selva. Moja, siempre atento al deber más que a las palabras, hizo saber a Stroud que cubriría la retaguardia, manteniéndose a unos dos metros de distancia, con los sentidos alerta ante cualquier crujido sospechoso o cambio en el ritmo del entorno. Ese pequeño espacio entre ambos no era un descuido, sino una elección calculada para reaccionar con rapidez si algo intentaba sorprenderlos desde atrás. El camino, aunque más marcado que el anterior, seguía mostrando señales inquietantes: raíces gruesas como serpientes dormidas, troncos caídos cubiertos de hongos de colores antinaturales y el lejano murmullo del lago filtrándose entre los árboles como un recordatorio constante de que no estaban solos. Cada paso era medido, cada respiración contenida, y aunque avanzaban en silencio, la coordinación entre los cuatro era tan tangible como la humedad en el aire, una coreografía tensa que prometía tanto descubrimientos como peligros aún ocultos.

Tras avanzar por aquel sendero cada vez más definido, la presencia humana empezó a hacerse innegable de una forma casi inquietante. Primero fueron las huellas, superpuestas unas a otras, algunas profundas y torpes, otras más ligeras y desordenadas, como si quienes las dejaron hubieran corrido sin un rumbo claro. Luego aparecieron los papeles esparcidos por el suelo, humedecidos por la bruma del lago y manchados de barro, con bordes rotos y letras casi borradas que sugerían informes, mapas o simples anotaciones arrancadas con prisa. Entre la maleza surgían fragmentos de cristal que reflejaban la luz de forma irregular, como pequeños ojos rotos, y restos de barriles abiertos o reventados, algunos aún con un olor metálico y agrio que se mezclaba con el de la vegetación. A medida que se acercaban, el silencio se volvía más pesado, como si incluso los insectos gigantes hubieran decidido guardar distancia. Frente a ellos se alzaba lo que quedaba del campamento de la División 86, o más bien su esqueleto destrozado.

Campamento de la División 86


Las tiendas estaban rasgadas en múltiples direcciones, con lonas colgando como piel arrancada, y los instrumentos modernos que alguna vez debieron servir para medir, comunicar o analizar yacían hechos pedazos, con engranajes torcidos, placas de metal dobladas y cables colgando como nervios expuestos. En varios troncos cercanos podían verse marcas profundas de garras, surcos irregulares que no parecían obra de herramientas, y en el suelo había rastros de sangre seca que formaban líneas confusas, como si alguien hubiera sido arrastrado o hubiera intentado huir. Algunos cofres estaban volcados, sus contenidos desparramados y pisoteados, y había zonas donde la tierra parecía removida por una lucha desesperada. El aire mismo parecía cargado de un eco de violencia reciente, y aunque no se escuchaba nada, la escena transmitía la sensación de que aquello no había sido un simple ataque rápido, sino una destrucción metódica y cruel. Cada detalle reforzaba la idea de que la División 86 no solo había sido derrotada, sino borrada con una furia que aún parecía latir entre los restos del campamento.

Resumen


Campamento de la División 86


Bélico


Próximo turno
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#17
Tras un rato de trayecto, empezó a volverse evidente que era probable que estuviesen sobre la pista correcta. Eso, o habían ido a dar accidentalmente con el rastro de otros humanos en Little Garden; la probabilidad era, claro, bastante escasa. Stroud, casi sin detener la marcha, llegó a agacharse por unos instantes examinando algunos de los papeles embarrados que yacían en el suelo, confirmando que tenían aspecto de informes oficiales. Iban por el buen camino. La formación continuaba, inquebrantable, avanzando por los lados del sendero, hasta finalmente llegar al campamento que buscaban. Encontrarlo había sido más sencillo de lo que el comandante hubiese esperado, aunque, desde luego, no se iba a quejar. Resultó tranquilizador, incluso, poder reafirmarse en que el instinto de la División había sido el correcto al elegir aquella ruta.

El joven Marina hizo un gesto para que se detuviesen al llegar al claro en que se encontraban los restos de aquel campamento, contemplándolo todo en silencio por unos instantes, evaluando la situación antes de hacer nada. Su olfato ya se había acostumbrado, por increíble que pareciese, al penetrante olor de la nicotina que emanaba del ungüento que había improvisado, si bien le costaba percibir los olores del ambiente. Aun así, aquel lugar no olía bien. Entornando los ojos, barrió cuando había a la vista, buscando algo fuera de lugar. Una vez consideró que no parecía haber nada que se moviese o ninguna amenaza inminente, hizo una señal a los demás Marines. "División 60 de la Marina," anunció con firmeza. "Si hay alguien aquí, muéstrese lentamente con las manos en alto," ordenó, ciñéndose sus guantes de cuero tachonados y disponiéndose a dar varios pasos adelante. "Muchachos, vamos a peinar la zona," afirmó, emitiendo un suspiro, mientras se dirigía hacia los cofres y cajones que yacían desperdigados por el lugar, "reportad absolutamente cualquier cosa de interés". Se agachó, examinando los cofres, al tiempo que recorría el suelo lodoso con la yema de su dedo enguantado. Las señales de pelea estaban por todas partes, de eso no había duda, pero, ¿por qué? ¿Qué podía tener una división científica que pudiese merecer tal destrozo? "Si esto pasó hace meses," masculló, recorriendo con la mano la superficie de uno de los cofres, "los cuerpos de la división científica deberían estar aún por aquí, o sus restos. Los huesos, al menos, si los carroñeros han arrasado con todo," apostilló, "si no, podemos dar por hecho que algo o alguien se los ha llevado de aquí, vivos o muertos" razonó. "Muchachos, puede que no estemos solos. Si los carroñeros se han acostumbrado a venir aquí, es probable que vengan a almorzar. Incluso si no es el caso, podemos dar por hecho que este campamento no pasa desapercibido para quien sea, y tal vez ya hayamos sido detectados. Andaos con mil ojos. Si notáis que algo se aproxima, entramos en formación de combate inmediata," comunicó. Lo cierto es que Stroud no se consideraba ningún paranoico, sino más bien precavido. La División ya estaba acostumbrada a que el Comandante estuviese siempre dispuesto ante cualquier amenaza, existente o no. Aquellos ojos grises jamás descansaban.

El campamento parecía estar lleno de restos de todo tipo, lo que uno esperaría de una avanzadilla científica, pero no había, o no parecía haber, lo más importante de todo: científicos. Los engranajes del cerebro de Stroud giraban con pesadez, intentando unir las piezas de lo que hubiera podido ocurrir allí. Hizo acopio de lo poco que sabían de aquello, recordando la llamada que había dado pie a aquella expedición: el contacto se había perdido hacía cinco meses, y buscaban algún tipo de tesoro solo presente en Little Garden para "extraerlo" y transportarlo. Por las órdenes que había recibido, lo siguiente era informar y buscar el dichoso tesoro natural. Lo primero, sin embargo, era descubrir qué leches era exactamente ese tesoro, y la clave probablemente residiese allí mismo, en el campamento. Mientras examinaba los cofres, y lo que quedaba de sus contenidos, sacó su Den Den Mushi, colocándolo sobre una roca junto a sí, y marcó el número de la tal capitana Trixie. En cuanto respondiesen del otro lado, informaría de todo cuando habían encontrado hasta ahora y de la situación.

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#18
Moja avanzó junto a Stroud manteniendo la distancia exacta que había prometido, ni demasiado cerca como para estorbar, ni lo bastante lejos como para quedar aislado. Sus pasos eran silenciosos, medidos, y su postura permanecía baja, flexible, preparada para reaccionar en cualquier dirección. Las flechas vectoriales flotaban a ambos lados de su cuerpo, girando lentamente, como si compartieran su estado de alerta.

Cuando el campamento apareció ante ellos, Moja fue el primero en detenerse por completo, clavando los pies en la tierra removida. Sus ojos recorrieron el lugar con una frialdad casi quirúrgica. No necesitaba palabras para entender lo que veía: aquello no era el resultado de un ataque rápido ni de un saqueo improvisado. La destrucción tenía intención, método. 

Avanzó unos pasos, agachándose junto a una de las tiendas rasgadas. Pasó los dedos enguantados por la lona desgarrada, comprobando la dirección de los cortes. No fue una herramienta, concluyó al instante. Demasiado irregular. Demasiado violento. Se desplazó después hacia uno de los troncos marcados por profundas garras. Alzó la vista, midiendo la altura y la separación de los surcos, comparándolos mentalmente con posibles criaturas conocidas. Su cola se tensó apenas un instante. Aquellas marcas no encajaban con ningún animal común.

Moja continuó avanzando por el campamento, siempre cubriendo ángulos muertos, girando el cuerpo antes que la cabeza, atento a cualquier cambio en el entorno. Se detuvo cerca de una mancha oscura en el suelo, agachándose con cuidado. La sangre estaba seca, antigua, pero el patrón indicaba arrastre. Mucho peso. Demasiada resistencia. No murieron aquí todos, pensó. Mientras Stroud inspeccionaba cofres y papeles, Moja se movía en perímetro, trazando un semicírculo lento alrededor del campamento. Observó la maleza cercana, apartó ramas con el dorso del antebrazo, examinó el suelo en busca de huellas recientes. No encontró pasos frescos, pero sí senderos naturales ligeramente deformados, como si algo pesado hubiera pasado por allí repetidas veces meses atrás.

Al percibir el gesto de alto y las órdenes de registro, Moja se adelantó un poco más hacia la retaguardia exterior del claro. Elevó ligeramente una flecha vectorial, colocándola a su espalda como un ancla invisible, preparada para impulsarlo en caso de emboscada. Su respiración se volvió lenta, profunda, filtrando el aire cargado de olores extraños.

No habló. No interrumpió. Simplemente vigiló. Cada crujido del bosque era evaluado. Cada silencio prolongado, sospechoso. Moja no necesitaba ver movimiento para saber que aquel lugar seguía siendo peligroso. La ausencia de cuerpos, la limpieza incompleta del campamento, la forma en que todo había sido destrozado… todo apuntaba a que algo había reclamado aquel sitio.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
#19
Aquel campamento parecía haber sufrido un par de huracanes y una estampida de dinosaurios de propina cuando la División 60 llegó allí.

Las tiendas tenían sus lonas rasgadas, y absolutamente cada centímetro de la superficie del campamento estaba cubierto de los restos del equipo y los utensilios de los que lo habían instalado. Solo que de estos últimos, por desgracai, solo quedaban las notorias manchas de sangre seca, cuyo color rojo comenzaba a convertirse en un granate oxidado pero que seguía resaltando sobre el blanco de las lonas y el marrón de la madera.

Kibai se adentró en el campamento junto con sus compañeros, distribuyendo de inmediato su particular red de detección en un esquema radial, sacrificando la protección individual a sus cada miembro de la División que había elegido mantener durante el camino para poder aumentar el número total de insectos cubriendo cada centímetro de jungla alrededor del campamento.

Ante la orden del Comandante Stroud de examinar toda la zona manteniéndose ojo avizor, el mink decidió aplicar lo que mejor sabía hacer: usar sus sentidos. Con presteza recorrió las tiendas, examinando los restos de equipo y los morrales y mochilas que pudo encontrar, tratando no solamente de hallar algo que le diese una pista acerca de lo que había pasado, sino algo mucho más importante, pero vital en una ocasión así: Aprender en la medida de lo posible todos los olores que seguían emitiendo aquellas telas. Si algún miembro de la División había conseguido escapar, ya fuese indemne o herido, Kibai sabía que lo podría rastrear si captaba su olor.

— Y a las muy malas, si un depredador se los ha comido, su olor seguirá pegado a su aliento — pensó con un punto lúgubre Kibai. — Sea como sea, si capto alguno de estos olores de nuevo, será algo preocupante.

Tras completar su recorrido por el campamento, Kibai volvió al centro, donde Stroud se afanaba en rebuscar en un cofre y hacer funcionar su Den Den Mushi. El mink se sentó en una de las cajas astilladas, repentinamente cansado. Frunciendo el ceño, se miró la mano. Había notado una sensación extraña desde hacía unos minutos, un hormigueo leve en los dedos que no sabía explicar del todo, pero aquella marcha le había cansado más de lo que debería.

— Creo que aun no me he recuperado del todo de aquella pelea con los raptores en el volcán...

Tratando de disimular su expresión de preocupación, Kibai se cruzó de brazos, mirando al comandante.

— Señor, esto no me gusta nada. La sangre se ha secado, pero tampoco tanto como para no distinguirse en la tierra. Y en cuento a eso... — dijo alzando una garra mientras señalaba a las huellas de arañazos en una de las cajas metálicas. — Fuese lo que fuese lo que hizo eso, rasgó el metal como si nada. No estamos hablando de una nimiedad, precisamente. Además, esos rastros que salen del campamento... Quien quiera que intentase huir, se dejó demasiada sangre por el camino. Además, que todas las tiendas estén destrozadas solo puede significar que esto lo ha atacado una manada de depredadores, o uno lo suficientemente inteligente, o lo suficientemente hambriento, como para tomarse su tiempo en buscar por todos lados a más presas.

Kibai dejó la mirada perdida en la frondosidad más allá del campamento, tratando de imaginar lo que había pasado allí. ¿Acaso se habían encontrado con algo que no podían controlar? ¿O acaso el Tesoro de Little Garden habría resultado ser algo más peligroso que un cofre lleno de monedas?

— Sea como sea, señor, he memorizado la mayor cantidad de aromas que he podido de los enseres del campamento. Si algun superviviente ha escapado a la selva y pasamos cerca, lo encontraré. Y si lo que los ha matado sigue por aquí, es posible que pueda avisarles si viene, o llevarles hasta él, si le apetece darles una buena noticia a las familias de los desaparecidos.

Con esta última frase, Kibai bajó la cabeza y sacó su piedra de afilar, comenzando a pasarla metódicamente por la hoja de Raimei, aguardando al reporte a la capitana Trixxie.



La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1495 + 0 = 1495
Energia: 1311 - 55 = 1256
Espiritu: 321 + 0 = 321
#20
La División  60 de la marina, la misma que se enfrentó por separado a varios enemigos al llegar al Grand Line, quienes tuvieron que abortar un  ataque a un grupo piratas por la intervención del señor de la moneda, ahora se hallan en Little Garden, un nombre irónico para una isla anclada en una época donde todo tenía un tamaño exageradamente superior a la actualidad, incluso las plantas. Todo en el ambiente provoca que los instintos de cazador del pelirrojo se mantengan en continua alerta; el silencio no siempre es buena señal, en la selva suele ser el preludio del ataque de los depredadores, siendo que los más silenciosos suelen ser los más letales. Fuera el  evidente peligro de la fauna, la flora es una amenaza quieta y silenciosa; no ataca voluntariamente, salvo escasos casos como las plantas carnívoras que son, a conocimiento del joven Gaufrid, muy raras. Su mayor peligro es silencioso, discreto y al mismo tiempo letal, siendo mayormente venenos, toxinas y agentes que afectan a la química interna de sus víctimas; siendo asesinas silenciosas. Las manchas en los cuerpos son lo que más preocupan al arquero, eso no es algo que haya visto, y eso que cazando vio diversos venenos y enfermedades afectar a criaturas, pero nada así. Además, solo vieron el resultado, no conocen nada de lo que realmente sufrieron esas criaturas tras verse afectadas por lo que fuera que les hubiera matado y causado esas marcas, y eso es peligroso pues no tienen base para reconocer los síntomas y prevenir ese devenir si alguien se ve afectado.

Siendo una división científica la división 86 seguramente tendría eso en mente y habrían evitado tocar las plantas de forma descuidada; además como científicos la observación es la base de su trabajo, por lo que no era posible que ignoraran los cuerpos con manchas o no vincularan eso a un posible veneno en el ambiente. Bertram y sus compañeros avanzan en formación, con una coordinación silenciosa, cada uno cubriendo una zona y todos atentos y conscientes de los peligros de la zona. Uno de los mayores peligros de la zona es muchas veces ignorado por la gente, pero a su vez suelen causar más muertes que las amenazas más destacadas, pues los insectos pueden ser letales, y muchas veces son ignorados por aquellos que no conocen los peligros ocultos que conllevan dichas criaturas; no solo pueden ser tremendamente venenosos, sino que además pueden provocar diversas enfermedades por las bacterias que introducen al cuerpo o ser transmisores de enfermedades de un huésped a otro, por lo que es primordial evitar acabar con sus depredadores naturales para que su número no crezca demasiado. Por el camino que llevan los marines van viendo más señales de presencia humana, huellas dispares y sobre puestas, algunas más profundas que otras, cómo si los dueños de las mismas estuvieran huyendo de manera apresurada de algo. Junto a eso más pruebas de la presencia de humanos se hace presente, objetos claramente de origen humano, hojas arrancadas con anotaciones difusas por el barro y la humedad, mapas y anotaciones propias de un informe redactado con precisión.

Bertram por simple previsión, y por sospechar que todo lo que puedan encontrar puede ser útil saca un pañuelo de su bolsillo para improvisar una especie de guantes antes de recoger los papeles para evitar, primero dañarlos más de lo que están debido a la grasa de las manos; segundo por si los papeles se vieron bañados por los posibles peligros naturales, la precaución unca está demás. Finalmente, los cuatro marines llegan a lo que era el campamento de la división 86, y nada más verlo los ojos del arquero forman una expresión seria, sus ojos recorriendo el lugar, fijándose en todos los detalles y estudiando lo que puede haber ocurrido en el lugar. Las señales de pelea se encuentran por todo el lugar, pero eso no es lo que más llama la atención del contramaestre, sino el hecho de que parece una mezcla entre un ataque animal y un asalto organizado en busca de descubrir lo que sea que investigaba la división 86 en esta isla. Stroud como siempre da la voz de aviso a cualquier posible atacante, sin embargo no parece que estén por la zona, sino que ya se marcharon por conseguir lo que querían o por lo contrario y no querer malgastar el tiempo. Pese a todo el destrozo, las marcas y demás hay algo que no cuadra, por mucho que hayan pasado cinco meses los cuerpos deberían estar ahí, o al menos los huesos si los carroñeros se comieron la carne, pero no hay ni rastro de los restos.

El comandante parece haber llegado a la misma conclusión que Bertram, algo o alguien se llevó los cuerpos de los científicos, y teniendo en cuenta las hojas arrancadas, las pisadas sobrepuestas en el camino que demostraban la falta de rumbo claro hace que poco a poco el arquero una los cabos, probablemente trataron de huir y ocultar lo que sea que descubrieron, probablemente tenga algo que ver con las hojas repartidas por el camino, por lo que si encuentran los cuadernos y completan la figura podrán entenderlo mejor. Ante la orden de Stroud Bertram se rasca tras la cabeza con la mano sin cubrir por el pañuelo y revisa por el lugar buscando cualquier cuaderno con marcas de hojas arrancadas que coincidan con las hojas y mientras dice

-Yo creo que esto fue un ataque organizado, seguramente alguien ha logrado domar una bestia enorme capaz de provocar esos daños, o bien alguien puede transformarse en dicha bestia, lo cual hace que sea un enemigo formidable, sir. Igualmente creo que si hallamos los cuadernos podremos saber qué investigaban, y algo me dice que si no todos al menos uno de nuestros compañeros fue llevado con vida a la base del que atacó para poder interrogarlo con más calma, sir. Puede parecer simplemente el ataque de una bestia, pero la falta de cuerpo, las huellas en el camino, las hojas esparcidas y el hecho de que parecen ser ataques bien dirigidos más que una destrucción caótica indica que es altamente probable que alguien con capacidad de razonamiento y planificación esté detrás de todo, sir.-

Bertram toma los cuadernos que ve uno a uno y los va comparando con cada hoja que ha guardado, buscando ver cuales coinciden y si tienen algo más de información para saber qué puede ser tan importante como para un destrozo de este calibre. Pese a que sigue con su arco en la espalda no hace falta la advertencia del comandante, en cuanto escuche cualquier posible amenaza no dudará en saltar hacia el centro del campamento y sacar el arco listo para servir de cobertura a sus compañeros para que puedan pelear tranquilos sin preocuparse por un ataque por la espalda, pues en ese caso el propio arquero se encargará de la amenaza.

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