El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto]
#21
Stroud avanzaba al frente con la determinación tensa que lo caracterizaba cuando la incertidumbre se convertía en amenaza palpable, y al cruzar el límite invisible que marcaba la entrada al campamento devastado, elevó la voz con firmeza, anunciando su presencia al aire inmóvil y exigiendo que cualquiera que aún permaneciera oculto se mostrara. Su llamado no fue una súplica, sino una declaración clara de autoridad y control, una forma de romper el silencio opresivo que envolvía las tiendas destrozadas y los restos dispersos. Sin embargo, la selva respondió con la misma quietud inquietante que los había acompañado desde el lago; ni una lona se movió más allá de lo que el viento ligero empujaba, ni una sombra se desprendió de los árboles cercanos. Ese vacío de respuesta pesó más que cualquier grito de auxilio. Tras unos segundos que parecieron prolongarse más de lo natural, Stroud ordenó que comenzaran a investigar en busca de pruebas, su mente ya orientada a reconstruir lo ocurrido a partir de fragmentos y señales. Moja, Kibai y Bertram lo siguieron sin vacilar, cada uno asumiendo un ángulo distinto del campamento como si se tratara de un tablero roto que debía analizarse pieza por pieza. El campamento, en su estado ruinoso, no solo contaba la historia de un ataque, sino la de una advertencia silenciosa, y cada miembro de la División 60 lo comprendía sin necesidad de palabras adicionales.

Stroud se inclinó sobre los cofres rotos que yacían desparramados como costillas abiertas entre la tierra removida, apartando con cuidado astillas y fragmentos de metal doblado antes de introducir las manos enguantadas en su interior. En dos de ellos encontró artefactos destrozados cuya función no logró descifrar; piezas de engranajes minúsculos, placas con inscripciones técnicas y tubos fracturados que aún conservaban un leve olor a aceite quemado. En otro cofre, más protegido por los restos de una lona caída, halló una serie de documentos encuadernados y sellados con marcas que sugerían clasificación estricta. El papel estaba manchado en los bordes, pero las hojas internas permanecían relativamente intactas, lo bastante como para dejar claro que su contenido era sensible y probablemente crucial para entender qué hacía la División 86 en aquel punto exacto de la isla. Mientras tanto, Moja recorría el perímetro con pasos lentos y medidos, examinando la disposición de las huellas superpuestas, las marcas profundas de garras en troncos cercanos y la sangre reseca que formaba patrones irregulares sobre la tierra endurecida; su mirada no era morbosa, sino analítica, reconstruyendo mentalmente trayectorias y momentos de resistencia. Kibai revisaba las mochilas desperdigadas con una mezcla de cautela y disgusto contenido, hasta que en una de ellas encontró un trozo de carne podrida cuyo hedor denso y dulzón indicaba que llevaba allí más tiempo del que sería prudente calcular; la presencia de ese alimento abandonado sugería interrupción abrupta, no retirada planificada. Por su parte, Bertram reunió los cuadernos dispersos, siete en total, analizándolos con dedos cuidadosos. En dos halló descripciones detalladas de la flora local acompañadas de dibujos minuciosos de plantas desconocidas, mientras que los otros cinco contenían informes internos sobre los marines de la división y protocolos operativos, fragmentos de una organización que ahora solo existía en ruinas.

Mientras continuaban revisando cada rincón del campamento devastado en busca de cualquier dato que pudiera arrojar algo de claridad sobre lo ocurrido, Stroud alzó la vista de los documentos clasificados y dejó que su mirada recorriera el perímetro una vez más, como si intentara sentir la presencia de aquello que había reducido la División 86 a un recuerdo sangriento. Con voz firme y tono contenido, advirtió a sus compañeros que, fuera lo que fuese lo que había causado semejante destrozo, no había garantía alguna de que se hubiera marchado definitivamente. Señaló que la posibilidad de un encuentro repentino era real y que debían asumir que el combate podía estallar sin previo aviso, ya fuera desde la espesura de los árboles o desde algún punto ciego entre las estructuras colapsadas. Sus palabras no estaban cargadas de pánico, sino de previsión; era la clase de advertencia que se formula para mantener la mente afilada, no para sembrar miedo. Stroud dejó claro que, si algo ocurría, debían reagruparse de inmediato en formación de combate, sin improvisaciones ni desorden, recordándoles implícitamente que la coordinación era su mayor ventaja frente a un enemigo que ya había demostrado una fuerza brutal y una capacidad de destrucción inquietante. En ese instante, el campamento dejó de ser solo una escena de investigación y se transformó en un posible campo de batalla, donde la línea entre el análisis y la supervivencia podía borrarse en un solo latido.

Y, en efecto, la advertencia de Stroud no tardó en materializarse en forma de amenaza palpable. No habían transcurrido ni dos minutos desde que reforzó la necesidad de mantenerse en alerta cuando el aire se rasgó con varios rugidos que no pertenecían a ninguna criatura común de la isla. Era un sonido agudo en su arranque, casi estridente, pero descendía después en una vibración grave que se sentía más en el pecho que en los oídos, cargado de una intención inequívocamente hostil. Las copas de los árboles se estremecieron con movimientos rápidos y coordinados, y el silencio previo se transformó en una tensión eléctrica que recorrió el campamento en ruinas. Moja fue el primero en distinguir las siluetas que se desplazaban entre los troncos, su atención constante permitiéndole captar el peligro antes de que cerrara el cerco por completo. Lo que emergió de entre la vegetación no fue una sola bestia, sino un grupo numeroso de dinosaurios de tamaño considerable, cada uno de entre dos y tres metros de altura, lo bastante grandes como para imponerse sin esfuerzo sobre un humano desprevenido. Sus cuerpos eran de un rojo oscuro intenso, atravesados por rayas horizontales aún más sombrías que recorrían sus flancos como cicatrices naturales, y sus ojos, pequeños pero brillantes, no mostraban furia descontrolada sino cálculo. Se movían con una coordinación inquietante, distribuyéndose alrededor del campamento destrozado hasta formar un círculo casi perfecto, bloqueando rutas de escape y midiendo distancias con pasos ligeros pero firmes. Sus garras, curvas y afiladas, dejaban marcas nuevas sobre la tierra ya removida, y sus colas se balanceaban con un ritmo contenido, como péndulos que marcaban la cuenta regresiva hacia un posible ataque. No se abalanzaron de inmediato; en cambio, observaron a la División 60 con una atención casi analítica, inclinando levemente las cabezas como si evaluaran resistencia, armas y posiciones.

La manada de dinosaurios


Resumen


Bélico


Próximo turno
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#22
Moja fue el primero en sentir el cambio en el aire antes incluso de verlos con claridad. No fue solo el rugido, sino la vibración que se filtró por la planta de sus pies y recorrió su columna como un aviso antiguo, instintivo. Sus pupilas se estrecharon al distinguir las siluetas rojizas desplazándose entre los troncos, midiendo distancias con una coordinación que no pertenecía a depredadores impulsivos, sino a cazadores acostumbrados a rodear y estudiar antes de lanzarse. Contó rápido, sin mover los labios: demasiados para ignorarlos, suficientes para cerrar el perímetro si no actuaban de inmediato. No buscó confirmación ni órdenes; comprendió en ese mismo latido que permitir que completaran el cerco significaría ceder la iniciativa, y Moja no estaba dispuesto a que la División 60 repitiera el destino de la 86.

Sus dos flechas vectoriales se elevaron a sus costados como extensiones naturales de su voluntad, girando en el aire con un zumbido apenas perceptible. En el instante siguiente, impulsó su cuerpo hacia arriba apoyándose en una de ellas, utilizándola como punto de salto para romper la línea visual del enemigo. Desde esa elevación breve, vio con mayor claridad la disposición del grupo: veinte criaturas distribuidas con inteligencia, cerrando rutas, estudiando reacciones. No eran bestias desorganizadas; eran un sistema. Y como todo sistema, tenía puntos débiles si se atacaba con suficiente rapidez.

Moja descendió en picado sobre el primer dinosaurio que se adelantaba un paso más que el resto, descargando un golpe directo con el puño cubierto por sus guantes reforzados. El impacto resonó como un martillazo contra hueso compacto, y aunque la piel escamosa ofreció resistencia, la fuerza concentrada en el punto exacto de la mandíbula desvió su equilibrio lo suficiente para que, en el mismo movimiento, Moja girara el cuerpo y lo rematara con un segundo impacto en la base del cráneo. El animal cayó con un rugido ahogado que apenas tuvo tiempo de propagarse antes de que Moja ya estuviera desplazándose hacia otro punto.

Sin tocar el suelo más de lo necesario, creó dos flechas vectoriales adicionales frente a él, alineándolas como proyectiles invisibles. Con un gesto seco de los brazos las lanzó hacia dos de los depredadores que avanzaban en paralelo por su flanco izquierdo. Las flechas no eran simples disparos; cruzaron el aire con una trayectoria que convergía en puntos críticos, impactando en los costados con la fuerza suficiente para fracturar costillas bajo la piel escarlata. Ambos dinosaurios se desplomaron tras perder el equilibrio, uno rodando sobre sí mismo mientras el otro chocaba contra un tronco, astillándolo.

El resto reaccionó con un rugido conjunto que estremeció el claro, pero Moja ya estaba en movimiento otra vez. Se impulsó desde una de sus flechas laterales, utilizándola como trampolín para colocarse a espaldas de un tercer atacante que intentaba abalanzarse sobre uno de sus compañeros. El mink descendió con la rodilla adelantada, clavando el impacto entre las vértebras del cuello de la criatura antes de rematarla con un golpe ascendente que le hizo perder toda coordinación motora. No había furia en sus movimientos, solo una eficiencia disciplinada que buscaba reducir números con la mayor rapidez posible.

El cuarto y el quinto cayeron casi en el mismo intervalo de respiración. Uno recibió una combinación directa de golpes en el pecho y la garganta, ejecutados con una precisión que aprovechaba la inercia del animal en su carga, mientras que el otro fue interceptado por una flecha vectorial que Moja había posicionado estratégicamente en diagonal; al chocar contra ella en pleno salto, la criatura perdió trayectoria y quedó expuesta a un impacto directo en la sien que la dejó inerte sobre la tierra removida.

El sexto intentó aprovechar el aparente hueco dejado tras aquel intercambio, lanzándose desde un ángulo bajo con las garras extendidas, pero Moja giró sobre su eje apoyándose nuevamente en una de sus flechas activas, elevándose lo justo para esquivar el zarpazo y caer con ambos puños descargados sobre la parte superior del cráneo del dinosaurio. El sonido fue seco, definitivo, y la criatura quedó tendida junto a las otras cinco, formando un primer círculo de cuerpos que rompía la perfección del cerco inicial.

Moja aterrizó finalmente sobre la tierra marcada por garras y sangre seca, respirando con control mientras sus flechas vectoriales flotaban aún a su alrededor, listas para un nuevo impulso. Sus ojos dorados no mostraban euforia ni miedo, solo concentración absoluta. Había reducido seis de veinte en cuestión de segundos, pero sabía que los catorce restantes no eran presas fáciles ni criaturas que huyeran ante la primera pérdida. La verdadera batalla apenas comenzaba, y él ya había decidido que no permitiría que el círculo volviera a cerrarse.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#23
El aire en el campamento de la División 86 se volvió súbitamente pesado, cargado con una vibración que no procedía del viento. Kibai, agachado sobre los restos de una mochila mientras seguía charlando con Stroud, congeló su movimiento. Su nariz se arrugó con un espasmo violento; por encima del hedor a carne podrida de los suministros abandonados, detectó algo mucho más primitivo y letal. Era un aroma a almizcle rancio, a saliva ácida y al aliento fétido de depredadores que no conocían el cepillo de dientes, solo el desgarro de la fibra muscular.

Por el rabillo del ojo, captó un parpadeo de color rojo oscuro deslizándose entre los troncos de los helechos gigantes. Eran sombras que no encajaban con el movimiento errático de las hojas. Con una parsimonia gélida, Kibai se puso en pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Su mirada amarilla se clavó en la espesura del sur, donde cinco de aquellas siluetas empezaban a cercar su posición con una coordinación que recordaba a un pelotón de fusilamiento.

—Comandante —dijo Kibai, su voz era un ronroneo bajo, desprovisto de miedo pero saturado de una anticipación salvaje—. Parece que la División 86 no es lo único que vamos a encontrar hoy. Tenemos invitados. Y vienen con hambre.

Sin esperar una orden directa, el Mink dio un paso al frente. Sus garras se movieron con una eficiencia mecánica, soltando los broches de la capa de la Marina que descansaba sobre sus hombros. La prenda cayó al suelo con un susurro, revelando la musculatura tensa y fibrosa que se escondía debajo. En un mismo movimiento fluido, su mano derecha se cerró sobre la empuñadura de Raimei. El metal de la hoja brilló con un destello azulado bajo la luz filtrada de la jungla, mientras pequeñas chispas de Electro empezaban a bailar por su pelaje erizado.

—Al menos —añadió con una sonrisa llena de colmillos que no auguraba nada bueno— esta noche no tendremos que masticar las provisiones que hemos traído. Cenaremos carne fresca.

Cuando estuvo enfrente de sus rivales, Kibai se agazapó rugiendo con fuerza hacia los saurios, saboreando con satisfacción el momento, antes de lanzarse hacia delante en una nobe de chispas azuladas.

Los cinco saurios, criaturas de tres metros y medio, de puro músculo y escamas de color rojo sangre con vetas blancas y granates y crestas de hueso descubierto, respondieron al unísono a su rugido. El primero de la formación, un gran ejemplar con una cresta más prominente, vio en el pequeño Mink una presa fácil y se lanzó con las fauces abiertas de par en par. La velocidad del ataque fue tal que el aire silbó entre sus dientes, pero Kibai ya no estaba allí. Usando el impulso de su propia carga, el Mink se elevó en un salto acrobático, pasando por encima de la cabeza del reptil como una exhalación eléctrica. En el aire, Raimei descendió con la fuerza de un rayo. La hoja atravesó el cráneo del dinosaurio de parte a parte, entrando por la coronilla y asomando por la mandíbula inferior en un estallido de sangre y hueso.

Sin dejar que el cuerpo del primero tocara el suelo, Kibai aterrizó sobre el lomo del segundo. El saurio rugió, tratando de sacudirse al intruso, pero el Mink corrió por su espinazo con la ligereza de un gato. Al llegar a la base del cráneo, giró sobre su propio eje y segó la columna vertebral a la altura de la nuca con un tajo preciso. El animal se desplomó como una marioneta a la que le cortan los hilos, sus patas traseras aún espasmódicas mientras Kibai ya se proyectaba hacia el tercer objetivo.

Este tercer dinosaurio fue más cauteloso, lanzando una dentellada lateral para interceptar el vuelo del Mink. Kibai desvió la cabeza del monstruo con un puntapié reforzado con Electro en el hocico, pero esta vez no usó su espada para el golpe final. Con un movimiento de prestidigitador, liberó un enjambre de sus avispas venenosas directamente en la boca abierta del lagarto. Los insectos, zumbando con una furia sorda, se internaron en la garganta del animal, inyectando su veneno entumecedor en los tejidos blandos. El dinosaurio comenzó a tambalearse, soltando sonidos ahogados mientras su sistema nervioso empezaba a colapsar bajo el martirio químico de las avispas.

Kibai no se detuvo a observar la agonía. El cuarto y el quinto saurio habían aprendido la lección y cargaron juntos, intentando flanquearlo. Sin embargo, el Mink entendía el entorno mejor que ellos. Corrió hacia un par de árboles centenarios, rebotando contra los troncos con una agilidad que desafiaba la gravedad. Usó las cortezas como trampolines, trazando un patrón en zigzag que confundió los sentidos de los depredadores. En un abrir y cerrar de ojos, Kibai se deslizó por debajo de sus vientres, sus cuchillos cortando los talones de Aquiles de ambos animales en un solo paso rasante.

Los dos gigantes cayeron de bruces, sus patas inútiles golpeando la tierra removida del campamento. Antes de que pudieran intentar levantarse usando sus extremidades delanteras, Kibai saltó sobre sus cabezas, acabando con ellos con dos estocadas rápidas en la base del cerebelo. El silencio regresó al claro, solo roto por el zumbido de las avispas y el estertor del tercer dinosaurio, que yacía en el suelo con los músculos paralizados.

Kibai se acercó al superviviente con la calma del carnicero que evalúa su trabajo. Con un silbido corto y agudo, ordenó a sus avispas salir del interior del animal. Los insectos emergieron de las fauces del reptil, volviendo a los compartimentos del equipo del Mink. El dinosaurio, con los ojos desorbitados por el terror y el dolor, vio cómo la punta de Raimei se situaba sobre su pupila.

—Ha sido un buen combate. —sentenció Kibai.

Con un movimiento seco, atravesó el ojo del saurio, hundiendo la hoja hasta la empuñadura. El cuerpo tuvo un último espasmo violento antes de quedar completamente inerte. Kibai fue a extraer el arma pero una súbita oleada de cansancio lo invadió. Su corazón latía demasiado rápido para lo breve del encuentro, y una de sus sienes enviaba moelstos pulsos a través de su cráneo. Extañado, reparó en algo que le hizo perder el color del rostro: en la zona del interior del bíceps, una raja  en la tela blanca, seguramente producto de alguna de las garras de los dinosaurios dejaba ver el pelaje que había debajo. Lo que hizo arpetar la mandíbula a Kibai fue el tono violáceo de unas manchas que se advertían entre el amarillo y el negro habtiual. Con cuidado de que no se le notase la gravedad de su expresión, el mink extrajo el arma de un tirón brusco, limpió la sangre de la hoja en el pelaje de su antebrazo y recogió su capa del suelo con un movimiento fluido, volviéndosela a abrochar asegurándose de cubrir bien su brazo.

Se giró hacia Stroud y el resto de la División 60, con el pelaje todavía chispeando suavemente y una expresión de satisfacción que solo un mink que acaba de masacrar a cinco monstruos podría mantener. Sus compañeros también habían procurado dar cuenta del resto de lagartos gigantes, cuyos cadáveres rodeaban ahora el campamento.

— Comandante, el perímetro sur está despejado. —dijo, señalando los cinco cadáveres rojos con la punta de su bota.— Espero que nadie vaya a ponerse quisquilloso si la cena de hoy sabe bastante salvaje, porque yo no pienso desperdiciar esta carne.

La Caja de Pandora
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#24
El joven contramaestre se encuentra recopilando diarios, cuadernos y cualquier escrito que pueda contener alguna información sobre la razón por la que la División 86 decidió plantar el campamento en este lugar y el motivo detrás de su propia presencia en una isla anclada en un tiempo perdido, donde todo lo que existe batalla continuamente por sobrevivir en un entorno donde absolutamente todo puede arrebatarte la vida en un descuido. A pesar de que parece haber otras cosas por investigar como las cabañas, los baúles y demás, el ignorar los libros sería un error terrible, pues si realmente era una división científica entonces es impensable que no hubiesen tomado notas sobre el motivo del viaje, los descubrimientos y, lo más importante, sobre el entorno. Desafortunadamente no parecen haber ubicaciones ni coordenadas en los cuadernos, en la mayoría de los 7 cuadernos que el joven arquero recogió y leyó solo había informes internos de la división, protocolos operativos y demás datos diarios del funcionamiento interno de una organización que ya no existe, o al menos, ya no se encuentra en el lugar. Al pelirrojo le sigue pareciendo demasiado extraño la ausencia de cuerpos o esqueletos; siendo que o bien alguna criatura devoró los cuerpos enteros, probablemente serpientes de gran tamaño, o algo o alguien controlaba a las criaturas que atacaron el campamento y se llevó los cadáveres y los que pudieran haber dejado con vida para interrogar si realmente era algo organizado por una persona o grupo y no un ataque de una manada de criaturas altamente inteligentes.

Stroud, como es costumbre en él ante situaciones desconocidas y arriesgadas, avisa a todos que se preparasen para un posible ataque que el lugar no está totalmente libre de riesgo de un nuevo ataque por parte de lo que provocó la destrucción del campamente y la desaparición de la división. Durante breves segundos no hay nada más que el sonido del viento en los árboles, la lona de las cabañas derruidas agitándose y los sonidos de la investigación de los marines, pasos calmados y medidos, madera moviéndose y el pasar de las hojas en manos del arquero. Sin embargo, el silencio se rompe con un misterioso rugido, uno que el joven arquero no ha escuchado en su vida, siendo que tiene buena memoria para los sonidos naturales de cuando prácticamente vivía en el bosque aprendiendo a ser un buen cazador. Sin esperar a ser sorprendido y que le alcancen, Bertram guarda los dos diarios con los diseños y las notas sobre la flora local en el bolsillo exterior de su mochila y salta hacia al centro del campamento mientras saca su arco preparando ya una flecha en la cuerda, listo para disparar a lo que sea que se atreva a aparecer y atacarles. El arquero ve qué es exactamente lo que aparece, y ve un grupo de lagartos de entre dos y tres metros de altura, un aspecto intimidante y un cuerpo claramente potente; pero lo que más destaca, es que no actúan como simples animales salvajes, en lugar de simplemente lanzarse a por ellos los rodean y estudian cómo esperando el momento oportuno para atacar.

Es ahí que ve a Kibai lidiar con un grupo mientras escucha a otro grupo ser atacado a su espalda por alguno de los dos miembros restantes, el arquero espera y observa a las criaturas, y ve como algunos empiezan a buscar la espalda a Kibai aprovechando mientras está con sus compañeros, pero en ese momento el arquero no duda un solo instante y aprovecha que no le prestan atención y su arco para lanzar flechas directamente a los ojos de los dinosaurios, atravesándolos uno a uno mientras dice

-Esto es demasiado extraño, no es normal que una manada de dinosaurios actúe de forma tan calculada. Su aproximación fue en un momento oportuno, se separaron antes de aparecer, nos rodearon y nos observaron en lugar de atacar directamente sir. Esto solo lo vi en animales que ya de por sí se organizaban bien en manadas, pero solo alcanzaron este punto de coordinación y preparación al ser entrenados por alguien, mayormente cazadores experimentados.-

Uno tras otro el arquero pelirrojo lanza flechas a los dinosaurios, aunque una vez tumbó al segundo empiezan a ir a por él por lo que el joven arquero aumenta la velocidad de disparo para aprovechar y tumbar otros dos, terminando de limpiar ese lado del campamento de amenazas y quedando solo que Stroud se encargue de los que quedan vivos. Bertram se acerca a los dinosaurios que tumbó y recupera las flechas utilizadas, no sabe si va a necesitar más o menos de forma que prefiere recuperar cuantas pueda mientras sean reutilizables, de ahí que apuntara siempre a los ojos, acceso más directo al cerebro y un objetivo menos resistente y duro que la piel escamosa de esos lagartos prehistóricos. Una vez recuperadas la mayoría de las flechas, si es que son recuperables y no se rompieron tras matar a las bestias, el arquero toma los otros cinco diarios y los guarda en la mochila junto a los otros dos. Mientras espera a que Stroud termine de lidiar con los dinosaurios restantes el joven se rasca tras la cabeza y dice

-Encontré unos cuantos dibujos sobre la flora local además de los informes y registros internos de la División 86 sir. Tal vez si los analizamos podamos saber qué es ese dichoso tesoro y si alguien más puede estar tan interesado en él como para tomarse el tiempo y esfuerzo de adiestrar dinosaurios para ayudarle, sir.-


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#25
La situación era extraña, o esa impresión le daba. Stroud tenía la impresión constante de que en aquel puzle faltaban piezas, y ni siquiera se habían dado cuenta. Se sentó sobre una de las cajas, no lejos del propio Kibai, sujetando los documentos entre sus manos y disponiéndose a examinarlos en mayor profundidad. A su lado, el Den Den Mushi seguía sonando, a la espera de que la capitana Trixie respondiese desde el otro lado. Sobre el suelo yacían, entre los trozos de madera, pedazos de algún tipo de sofisticada maquinaria que parecía haber sido común en aquel campamento. ¿Una parte importante de la extracción de aquel tesoro natural, quizás? ¿Algo para detectar su presencia, medirlo, extraerlo de la misma tierra? Al joven se le escapaban cuestiones tan técnicas, claro, pero resultaba evidente que aquello debía de estar relacionado de alguna manera con la misión que la división científica había llegado hasta allí para desempeñar. Mientras Kibai le comentaba sus impresiones sobre los hallazgos, Stroud empezó a hojear los papeles que había encontrado entre los restos del campamento. Resultaba interesante que quien hubiese hecho aquello no hubiese parecido interesado en la documentación. ¿Podría haber sido un ataque arbitrario, sin más?

Repentinamente, notó cómo algo se congeló en el ambiente, a medida que los acontecimientos se precipitaban a su alrededor. Moja, a toda velocidad, había generado un par de flechas y se alzaba por los aires. Kibai se había dado cuenta también, advirtiendo de la llegada de algo. Bertram analizó la situación como solo un cazador sabía hacer. El propio Stroud se había puesto ya en pie, a medida que el grupo se coordinaba a su alrededor como una maquinaria perfectamente engrasada. Su advertencia no había sido en vano, y la División no había tardado en adoptar una formación de combate. Sus ojos grises recorrieron el grupo de dinosaurios que se agolpaba en círculo en torno a ellos; no tardó en comprender la estrategia de Moja. Había sido una buena respuesta, y romper la formación de los depredadores era fundamental para evitar riesgos innecesarios. Asintió con satisfacción, mientras Kibai se disponía a efectuar una serie de espectaculares acrobacias mientras lidiaba con las criaturas, y Bertram lanzaba flechas ordenadamente, uno tras otro, contra sus atacantes. Resultaba impresionante ver cómo la formación se coordinaba de aquella manera. El propio Stroud no tardó en intervenir también, claro; ciñéndose con fuerza los guantes a las muñecas, optó por una solución algo más directa. Durante un instante, al tiempo que había visto desplegarse a la División 60, también se había tomado un momento para analizar cómo se habían distribuido los dinosaurios a su alrededor. Bertram tenía razón: la forma en que atacaban era de una sofisticación sorprendente.

Pero ya habría tiempo para pensar en eso. Tensando sus músculos y preparándose para el contacto, a Stroud no le llevó más que un instante situarse donde aún se agolpaban los dinosaurios restantes, los que no estaban siendo derribados por el resto de la División; la presión adecuada terminaría de desmoronarlos y los pocos restantes serían presa fácil. Justo mientras uno de los monstruos abría sus fauces y se disponía a atacar, el joven Marine saltó golpeando con fuerza su mandíbula inferior, para a continuación caer sobre el lomo del que tenía justo detrás. Inmediatamente, y asiéndose a su cuello haciendo una llave con sus brazos, sujetó uno de los colmillos de la mandíbula superior con la mano derecha, y uno de los de la mandíbula inferior con la mano izquierda. Sintió, bajo el cuero tachonado de placas de metal, la textura rugosa de los enormes colmillos. Justo cuando el dinosaurio intentó cerrar la boca, Stroud, usando su cuello como anclaje, tiró en ambas direcciones, hasta que se oyó una especie de estallido sordo. El animal chilló con un sonido espantoso, y la mandíbula inferior cayó, descolocada y rota. A su alrededor, continuaba oyendo los insectos de Kibai, zumbando por el lugar, y a Moja efectuando su matanza en silencio. Al otro lado de la formación, los dinosaurios caían, uno tras otro, bajo las certeras flechas de Bertram. Stroud cayó al suelo, aterrizando con una flexión de ambas rodillas para amortiguar la caída, justo a tiempo para esquivar la embestida de otro de los dinosaurios. A continuación, sujetó su grueso cuello y, clavando su talón en el suelo, lo tumbó, estampándolo con fuerza contra una roca cercana.

Poco a poco, todos los dinosaurios fueron cayendo ante la División, hasta que, finalmente, se volvió a hacer el silencio, en contraste con los berridos que habían proferido las criaturas. Stroud se limpió una gota de sudor de la frente con el dorso la mano, mientras Kibai extraía su arma del cuerpo de su última presa con su sonido seco y Bertram avisaba de sus hallazgos.

"Si no es tóxica..." dijo, arqueando las cejas ante la sugerencia de Kibai, contemplando todos los dinosaurios que yacían, derrotados, frente a ellos, "desde luego, es demasiada carne como para desperdiciarla. Podríamos ahumar la que no usemos inmediatamente," concedió. Si lograban preservar todo aquello, la carne de aquellas bestias podría mantener al grupo durante semanas o meses sin demasiados problemas. Suspiró, recuperando la compostura tras el combate. "Buen trabajo, muchachos. Moja, excelente labor rompiéndoles la formación automáticamente, pero es importante que lo comuniques la próxima vez," afirmó. Intuía que el mink había reaccionado de forma instintiva y confiando en que los demás entendiesen qué intentaba hacer, pero sabía que sus compañeros eran conscientes de que la comunicación había de primar en todo momento. El combate en su conjunto, o cuanto él había podido ver, se repitió en su cabeza, mientras el lado más táctico de su mente intentaba buscar posibles mejoras en la forma en que se habían coordinado. Lo cierto es que, si bien no había sido una actuación técnicamente perfecta, había resultado enormemente fluida y visiblemente efectiva. Había poco que criticar. "Excelente coordinación, muchachos," dijo.

"Pero no os confiéis," continuó el Comandante, "no sabemos si estos eran todos. Bertram podría tener razón; tal vez tengan algún amiguito más, o tal vez formen parte de una estrategia mayor, no quitéis ojo de nuestros alrededores. De momento, continuemos investigando hasta poder reportar la situación. Lo siguiente será recuperar nosotros mismos el tesoro," dijo, volviendo a echar mano de los papeles que había encontrado entre los cofres del campamento y examinando los sellos e improntas que los cubrían. Material oficial, de aquello no cabía duda.

A unos metros, el Den Den Mushi seguía zumbando, a la espera de que la Capitana Trixie descolgase del otro lado. ¿Había ocurrido algo?

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#26
La División 60 respondió como una unidad forjada no solo por entrenamiento, sino por experiencia compartida en escenarios donde la duda equivalía a derrota. En el instante en que el círculo de dinosaurios se tensó y el primer movimiento hostil rompió la espera, cada uno ocupó su lugar con una precisión casi instintiva. Moja y Kibai se lanzaron al combate con la fiereza característica de los minks, sus movimientos rápidos y potentes, cargados de una energía salvaje que contrastaba con la disciplina estratégica que mantenían. Sus ataques no eran impulsivos, sino decididos, golpeando con la contundencia de quienes conocen su propia fuerza y no temen emplearla cuando la situación lo exige. Bertram, por su parte, encarnó la serenidad letal de un cazador experimentado: cada disparo medido, cada desplazamiento calculado para aprovechar el terreno irregular del campamento destruido, usando barriles volcados y estructuras caídas como cobertura momentánea mientras seleccionaba objetivos con fría eficacia. Stroud se movía en el centro del caos con garra y fuerza, su presencia firme sirviendo como ancla para el grupo, enfrentando de frente a las criaturas que intentaban romper la formación, demostrando que el liderazgo no se ejerce desde atrás, sino en la línea más expuesta. El combate fue breve pero intenso, una explosión de rugidos, polvo y sangre que terminó con los dinosaurios abatidos entre los restos de la División 86. Cuando el último cuerpo cayó y el silencio regresó, pesado y entrecortado por respiraciones agitadas, la victoria era innegable, pero no limpia. Fue entonces cuando Kibai, al bajar la guardia lo suficiente para observarse, notó en su brazo varias manchas violáceas que no recordaba haber visto antes. No ardían ni dolían de inmediato, pero su tonalidad era inquietantemente similar a la de los animales muertos que habían encontrado en el camino. Durante un segundo, la preocupación cruzó su mirada, aunque la ocultó con rapidez, decidiendo no compartir aquel detalle con sus compañeros. Mientras los demás recuperaban el aliento y evaluaban daños visibles, Kibai guardó silencio, consciente de que, a veces, las heridas más peligrosas no anuncian su presencia con dolor inmediato, sino con una calma engañosa.

Mientras el eco del combate aún parecía vibrar entre los troncos marcados por garras y los cuerpos inertes de los dinosaurios comenzaban a mezclarse con el paisaje sangriento del campamento arrasado, Bertram reunió a sus compañeros con la misma serenidad metódica con la que había combatido. Sin elevar la voz más de lo necesario, les hizo saber que, entre los cuadernos que había rescatado del suelo, había encontrado algo que podría resultar relevante, no solo para comprender lo ocurrido allí, sino para anticipar futuros peligros. Sostuvo el cuaderno con cuidado, protegiendo las páginas del viento húmedo que corría desde el lago, y lo abrió en una sección donde destacaba un dibujo minucioso de una flor violácea de pétalos largos y ligeramente curvados hacia afuera, con un centro amarillento y un tallo cubierto de finísimos filamentos.

Flos roboris revivificans


La ilustración no era improvisada; cada trazo denotaba observación prolongada y conocimiento botánico preciso. En los apuntes que acompañaban la imagen se mencionaba, de forma algo vaga pero insistente, que si la flor era extraída correctamente y preparada con el procedimiento adecuado, podía otorgar un notable aumento de energía al consumidor, algo que explicaría el interés de una división entera en documentarla. Sin embargo, también se advertía que un uso inadecuado o una dosis excesiva transformaban ese beneficio en veneno, generando efectos adversos progresivos y potencialmente letales. Esa dualidad quedó flotando entre ellos como una sombra nueva, especialmente al recordar las manchas violáceas observadas en animales muertos y, sin que los demás lo supieran, en el propio brazo de Kibai. La flor dibujada compartía un tono inquietantemente similar al de aquellas marcas, y aunque el cuaderno no ofrecía conclusiones definitivas, sí sugería que la flora de la zona podía estar íntimamente ligada al desastre de la División 86. La posibilidad de que el enemigo no fuera solo una criatura, sino también una sustancia o un recurso mal empleado, añadió una capa más compleja a la amenaza que enfrentaban, transformando la selva en algo más que un escenario salvaje: en un laboratorio natural donde cada error podía pagarse con la vida.

En medio del campamento devastado, donde el olor metálico de la sangre aún se mezclaba con la humedad espesa de la selva, el den-den mushi que colgaba del equipo recuperado emitió un leve sonido orgánico antes de activarse. La caracola viviente abrió lentamente sus pequeños ojos y movió los labios con una mueca que imitaba expresión humana, señal inequívoca de una conexión entrante. Desde el otro lado, la capitana Trixie se identificó con una voz suave y tranquila que contrastaba con la crudeza del escenario en el que se encontraba la División 60. Su tono no transmitía urgencia descontrolada, sino una serenidad entrenada, propia de alguien acostumbrado a recibir informes en situaciones críticas. -Aquí la capitana Trixxie. ¿Hablo con el comandante Redgrave? ¿Ha habido avances en la misi¡on?- Preguntó, dejando entrever que la operación tenía un alcance mayor del que el campamento arrasado sugería a simple vista. Antes de responder, Stroud bajó la mirada hacia uno de los documentos clasificados que aún sostenía parcialmente abierto y, casi por instinto, leyó por encima una sección destacada que mencionaba explícitamente la fuente de energía que la División 86 había estado investigando. El nombre resaltaba con una formalidad casi académica: “Flos roboris revivificans”. Bajo esa denominación técnica se describía a la flor violácea como un recurso con propiedades energéticas excepcionales, capaz de revitalizar el cuerpo de forma significativa si era procesada correctamente. La coincidencia entre ese nombre y el dibujo mostrado por Bertram no dejó lugar a dudas: aquella flor no era un simple elemento botánico interesante, sino el núcleo de la misión y posiblemente la causa del desastre. Stroud sintió cómo las piezas comenzaban a encajar con inquietante coherencia; la energía prometida, el riesgo de toxicidad, las manchas violáceas en fauna y, en silencio, en uno de los suyos. Mientras el den-den mushi aguardaba respuesta, el peso de la información recién comprendida añadió una dimensión estratégica nueva a la situación, transformando lo que parecía una misión de reconocimiento en una operación con implicaciones mucho más delicadas y potencialmente peligrosas.

Resumen


Situación de Kibai


Extra


Próximo turno
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#27
Los cuerpos de los temibles dinosaurios yacían por el suelo, inertes tras la rapidísima escaramuza. Stroud limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y recobrando la compostura, caminó hacia Bertram, observando con atención el dibujo que sostenía el cazador. Era, sin duda, obra de manos científicas, o al menos acostumbradas a observar del natural y tomar notas sobre cuestiones técnicas. Con ojos entornados, leyó los detalles anotados al margen; los efectos de aquella flor parecían, como mínimo, enormemente prometedores. Los efectos adversos, de naturaleza llamativamente progresiva, parecían corresponder, o al menos recordar, a la devastadora imagen que se había repetido en su camino hacia aquel lugar, en que se habían ido repitiendo aquellos animales con manchas moradas. Stroud encontró su propia prudencia reconfortante, habiéndose mostrado lo suficientemente prudente como para no tocar nada.

Los engranajes en la mente de Stroud iban funcionando con mayor soltura, a medida que algunas piezas parecían empezar a encajar mejor entre sí. Tal vez no fuese descabellado atribuir las manchas moradas y, en general, parte de todo aquel desastre, a los efectos adversos de la flor, pero, ¿y si había más? ¿Y si aquellos dinosaurios que los habían atacado lo habían hecho bajo los efectos positivos de la flor, llenos de energía y enrabietados tras el consumo de una dosis moderada de lo que fuera que produjese aquella dichosa flor? De hecho, ¿era posible que aquella bonita flor, de apariencia tan agradable y calma, fuese el tesoro que la División Científica había estado persiguiendo durante su fatal periplo por la isla? Sus ojos se entrecerraron por un instante: cabía la posibilidad de que casi todo allí estuviese infectado. Hizo un ademán con la cabeza hacia Kibai, y luego hacia los dinosaurios que el mink estaba pensando en cocinar. "Será mejor que nos ciñamos a nuestras raciones por el momento, Kibai. No tenemos ni idea del estado de esa carne," advirtió, inmerso en su teoría.

El Den Den Mushi interrumpió sus pensamientos, justo cuando se disponía a decir algo a sus compañeros, mientras sostenía en sus manos uno de los documentos hallados, casi intacto. Asintió con la cabeza cuando oyó el nombre de su interlocutora. Antes de hablar él mismo, hizo un gesto mudo a Bertram, Moja y Kibai para que se aproximasen y escuchasen la conversación, de forma que no perdiesen detalle. Sostuvo el Den Den Mushi de forma que todos pudiesen oírlo. Una excelente forma de ahorrarse decir lo mismo dos veces. "Comandante Stroud Redgrave al habla," confirmó el joven con su monótona voz. "Buenas tardes, Capitana Trixie, había estado esperando su llamada. De hecho, había estado intentando llamarla por mi propio Den Den Mushi, así que el suyo debe de estar volviéndose loco," afirmó, alzando una ceja. "Hemos encontrado el dichoso campamento. Ningún problema, más allá de un encontronazo con unos dinosaurios. Ni rastro de los miembros de la División Científica, y el campamento parece haber sido atacado, damos por hecho que por la fauna local. Hemos encontrado algún documento referente a algo llamado Flos roboris revivificans, que intuyo que es lo que la División Científica estaba aquí para extraer, o, al menos, debió de parecerles lo suficientemente interesante como para tomar notas. La dichosa flor parece haber estado causando estragos por aquí," afirmó, echando otra ojeada a la documentación, sus meticulosos ojos grises saltando de una línea a otra, "diría que se ha cargado a un buen montón de animales, así que no debe de andar lejos," razonó. Harrison les había dado órdenes explícitas de buscar el tesoro natural una vez hubiesen encontrado el campamento y reportado la situación, por lo que aquello funcionaba más como una búsqueda de confirmación que otra cosa.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2583 + 0 = 2583
Energia: 1935 + 28 = 1963
Espiritu: 534 + 0 = 534
#28
Moja permaneció en silencio mientras Stroud analizaba los documentos y sostenía el Den Den Mushi para que todos escucharan la conversación. No interrumpió ni mostró impaciencia; su atención estaba dividida con precisión entre las palabras que se intercambiaban y el entorno que los rodeaba. Sus ojos dorados recorrían el perímetro del campamento, deteniéndose en los cuerpos inertes de los dinosaurios y en las manchas violáceas que comenzaban a hacerse más evidentes bajo la luz cambiante de la selva.

Se agachó junto a uno de los reptiles abatidos por él mismo y retiró con cuidado un guante para examinar la piel escamosa sin tocarla directamente. Observó la coloración irregular que se extendía bajo la superficie rojiza, un tono púrpura oscuro que parecía concentrarse en las zonas cercanas al cuello y las articulaciones. No era una herida superficial ni un simple hematoma producto del combate; tenía un patrón similar al que habían visto en otros animales muertos durante el trayecto. Volvió a colocarse el guante con gesto firme y se incorporó, mirando luego hacia la línea de árboles.

Sin decir nada todavía, avanzó unos pasos hacia la maleza más próxima al campamento. Apartó con el antebrazo una rama baja y examinó el suelo, donde distinguió restos de vegetación aplastada y pequeñas partículas violáceas adheridas a la tierra húmeda. Se inclinó lo suficiente para observarlas sin tocarlas, respirando con cautela para no aspirar nada innecesario. Aquello no parecía fruto del azar; había concentración de ese tono en puntos concretos, como si algo hubiese sido manipulado o consumido allí mismo.

Regresó junto a Stroud cuando la conversación por el Den Den Mushi estaba llegando a su punto clave. Esperó a que el comandante terminara de hablar antes de intervenir, manteniendo la voz baja pero clara, lo justo para que solo él lo escuchara.

-Comandante- indicó con serenidad, -Disculpe que me lanzara al combate sin avisar, no volverá a suceder. Con respecto a lo observado, las marcas violáceas en los dinosaurios no parecen producto del combate. Se concentran en zonas específicas y coinciden con lo que vimos en otros animales durante el trayecto. No creo que sea casualidad.-

Hizo un leve gesto con la cabeza hacia el perímetro.

-He encontrado restos del mismo tono en la vegetación cercana. No parecen naturales en esta proporción. Si la flor que mencionan los documentos está relacionada, es posible que no solo afecte a quien la consuma, sino que esté alterando el entorno.-

Moja mantuvo la mirada fija en el bosque durante un segundo más antes de añadir, con la calma que lo caracterizaba:

-Recomendaría evitar el contacto directo con fauna o flora de la zona hasta confirmar qué estamos tratando. Y mantener la formación cerrada. Si esto es contagioso o progresivo, el verdadero enemigo podría no estar atacándonos de frente.-

Tras decir aquello, volvió a adoptar su posición ligeramente retrasada respecto al comandante, atento al entorno, dejando claro con su postura que, independientemente de la naturaleza de la amenaza, estaba preparado para reaccionar.

Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#29
El silencio que siguió al fragor del combate en el campamento de la División 86 apenas se veia interrumpido con algunos crujidos de los árboles y cantos lejanos de aves. Kibai permanecía con los brazos cruzados, apoyado lateralmente contra la corteza rugosa de un árbol que aún conservaba las marcas de las garras de los saurios. Sus ojos verdes, habitualmente chispeantes, estaban fijos en el cuaderno que Bertram sostenía con esmero. La ilustración de la Flos roboris revivificans parecía saltar del papel manchado; ese color violáceo, tan vívido y a la vez tan siniestro, se clavaba en sus pupilas como un aguijón.

Escuchó la descripción técnica de Bertram y las notas de Stroud sobre la dualidad de la planta: una fuente de energía sin parangón que, ante el menor error de manipulación, se transformaba en una condena progresiva y letal. Kibai sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad de la selva. Bajo la tela de su uniforme, en la cara interna de su bíceps, las manchas que había descubierto minutos antes parecían haber cobrado vida propia, latiendo al ritmo de su corazón acelerado. El nombre técnico, tan aséptico y académico, contrastaba brutalmente con la realidad biológica que estaba experimentando: su cuerpo, estaba albergando un polizón tóxico que amenazaba con descarrilar su sistema nervioso.

Cuando Stroud alzó la vista de los documentos y lanzó una advertencia sobre la posible contaminación de los suministros, Kibai forzó una media sonrisa, esa expresión de suficiencia que solía usar para tranquilizar a la tripulación. Se separó del tronco con una fluidez estudiada, asegurándose de que el movimiento de su brazo izquierdo fuera lo suficientemente natural como para no despertar sospechas a ojos de ninguno de sus compañeros de División.

—No se preocupe por eso, señor —dijo, proyectando una voz clara y firme, desprovista de cualquier rastro del cansancio que empezaba a entumecer sus sienes—. Si la División 86 se envenenó con raciones contaminadas o procesó mal esa flor para sus conservas, es su problema. Por suerte para esta unidad, todas las raciones que he preparado desde que salimos del Royal Quiver son frescas, cazadas y recolectadas por mis propias manos. Mientras yo esté a cargo de la cocina, no entrará ni una pizca de esa basura violácea en vuestros estómagos. Nos irá bien, siempre que sigamos confiando en el producto local que yo supervise.

Asintió hacia Stroud con una mezcla de respeto militar y orgullo profesional, intentando que el gesto cerrara cualquier debate sobre su propio estado de salud. La mención a la "frescura" de sus raciones era su verdad y, al mismo tiempo, su escudo; nadie sospecharía de un cocinero que presume de la pureza de sus ingredientes. Sin embargo, el zumbido en sus oídos estaba aumentando y la sensación de pesadez en su brazo herido empezaba a irradiar hacia el hombro.

— Si me disculpáis un momento —añadió, señalando con un gesto vago hacia la densa vegetación del flanco sur—, iré a comprobar si las avispas que dejé en el perímetro han detectado algún movimiento más. No me gustaría que otra manada de esos saurios rayados nos interrumpiera mientras atendéis a la Capitana Trixxie. Es mejor asegurarse de que el aire está limpio antes de que bajemos la guardia del todo.

Sin esperar una respuesta detallada, Kibai se dio la vuelta y se acercó al flanco sur, sin adentrarse en la vegetación. Se movió con rapidez, pero a medida que se alejaba de sus compañeros, sus hombros decayeron un poco y su respiración se hizo más pesada.

Una vez que estuvo a una distancia prudencial, Kibai se detuvo y se apoyó uno de los postes de las tiendas, mientras convocaba alos insectos de aquel lado del claro. Su semblante se ensombreció por completo, perdiendo cualquier rastro de la jactancia anterior. Se desabrochó brevemente el puño de la camisa y observó la mancha violácea: el color parecía haberse intensificado de alguna manera, adquiriendo un matiz cada vez más idéntico al de la flor del cuaderno.

— Maldita sea… —susurró entre dientes, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los colmillos—. Tenía que suceder esto justo ahora...

La comprensión de que se había envenenado bien durante el combate, probablemente por una herida superficial que permitió el contacto con los fluidos de los saurios contaminados, o bien antes, en el camino hasta el claro lo golpeó con la fuerza de un naufragio. Pero Kibai no era un Mink que se dejara vencer por la fatalidad. Su lealtad a la División 60 y su orgullo personal le impedían admitir debilidad en mitad de una misión crítica. Si informaba ahora, se convertiría en un lastre, en una variable incierta que Stroud tendría que gestionar, y no pensaba permitir que su descuido echara a perder el progreso de la unidad.

Con manos temblorosas, buscó en uno de los compartimentos estancos de su cinturón de equipo. Sacó un pequeño saco de tela que contenía una mezcla que él mismo había preparado días atrás: una combinación de polvo de maíz prehistórico tostado, coco deshidratado que solía usar como suplemento de emergencia para largas jornadas de caza. Era una bomba de carbohidratos y nutrientes diseñada para mantener a un guerrero en pie cuando la comida escaseaba.

Abrió su cantimplora y vertió una generosa cantidad del polvo en el agua. La mezcla se volvió densa y blanquecina. Kibai bebió varios tragos largos, obligándose a tragar a pesar de la náusea que empezaba a escalar por su garganta. Confiaba en su metabolismo Mink, en la resistencia legendaria de su raza y en que la energía bruta de aquella mezcla ayudara a su cuerpo a combatir la toxicidad de la Flos roboris.

—Vamos, Kibai… —se arengó a sí mismo en silencio, mientras guardaba la cantimplora y se limpiaba la boca con el dorso de la mano—. Ni que fueses humano... Tu sangre es más fuerte que una flor podrida. Solo tienes que aguantar hasta que encontremos la forma de revertir esto.

Se tomó unos segundos para estabilizar su respiración, visualizando cómo la energía del brebaje recorría sus venas, intentando combatir la toxina que estaba ahora recorriendo sus venas. Reajustó su capa, asegurándose de que cubriera perfectamente cualquier indicio de la herida, y compuso de nuevo su máscara de indiferencia y profesionalidad. Antes de regresar, lanzó un silbido bajo y seco; sus avispas acudieron de inmediato, zumbando a su alrededor como pequeños centinelas negros. Con su "coartada" de exploración cumplida y el cuerpo momentáneamente reforzado por el tónico, Kibai organizó de nuevo a sus avispas en formato radial, listas para detectar cualquier nueva amenaza atraída por la sangre derramada.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1495 + 0 = 1495
Energia: 991 + 425 = 1416
Espiritu: 321 + 0 = 321
#30
El joven arquero mantiene la calma que le caracteriza en las situaciones donde perder el control de tus pensamientos y emociones puede ser lo que provoque que no solo pierdas coordinación y capacidad de responder apropiadamente a las amenazas, sino que pones literalmente tu vida y la de todos los que estén a tu alrededor en la línea ante cualquier error que pueda haber. Precisamente su formación de cazador, su tendencia a observarlo todo, hasta el más mínimo detalle y el hecho de estudiar todo lo que le rodea, tanto enemigos como aliados, le permite moverse con soltura y rapidez a una posición desde la que ir cubriendo a sus compañeros en cuanto lo necesiten sin necesidad de órdenes, peticiones ni indicaciones; simplemente observa el entorno, las posiciones y los movimientos y sabe exactamente qué zonas necesitan más cobertura, la mejor ruta para llegar a la posición ideal para cubrir las necesidades del momento. Una vez la división se deshizo de los dinosaurios con una precisión quirúrgica y una coordinación que viene no solo del entrenamiento sino de la confianza, convirtiéndolos en una fuerza a tener en cuenta en caso de enfrentamiento.

Una vez el combate llega a su fin, el silencio regresa al ambiente, y es entonces que Bertram se reúne con los demás mostrando lo que descubrió en los documentos, concretamente los dibujos y anotaciones sobre una flor en particular, una flor de un color violáceo que por lo normal es muy llamativo y en una isla cómo Little Garden, algo llamativo tiende a ser terriblemente peligroso. Los rojizos ojos de Bertram siguen estudiando los diseños, siendo claro que no son hechos por un principiante, son diseños hechos por alguien que se pasó años dibujando el mismo tipo de cosas, así cómo el arquero diseña las ideas que tiene para futuras creaciones, un científico especializado en botánica tendrá una gran capacidad de dibujo en lo que se refiere a plantas, sobre todo si es lo que está estudiando en el momento.

La voz del contramaestre no es muy elevada, permanece en un tono calmado, lo bastante alto para que le escuchen pero nada más, generar ruido no es conveniente para la situación, no saben cuántos animales salvajes hay por la zona, si estos o algunos de los animales de la zona están afectados por los efectos mencionados en el documento de la planta y tampoco se puede descartar la presencia de una tercera fuerza en el lugar, otro grupo interesado en el tesoro investigado por la división 86. Si bien la promesa de una fuente de energía natural y sostenible al poder cultivarse es tentador, hay que tener en cuenta los peligros de ese tipo de cosas, pues el cazador de siempre sabe que hay plantas con cualidades extremadamente beneficiosas para el ser humano, y al mismo tiempo letales si no se emplean con cuidado y mesura. Fuera el hecho de que parecen ser terriblemente tóxicas en la proporción incorrecta, hay que tener en cuenta los efectos a largo plazo en el cuerpo de aquellos que usen lo que seguramente resulte en un suero o elixir para ganar más energía de la que tienen de forma natural; pudiendo llegar a provocar estrés excesivo en el sistema nervioso, roturas musculares por falta de descanso e incluso secuelas psicológicas permanentes debido a la falta de descanso.

De pronto el silencio se rompe con la llamada de la capitana Trixie, quien pregunta a Stroud por el avance de la misión, poco después del aviso del comandante sobre evitar el uso de la carne de los animales de la zona. Kibai a su vez avisa que mientras él esté a cargo de la cocina se encargará que nada de lo que coman los de la división esté contaminado por esa sustancia antes de retirarse a comprobar sus insectos. Pese a la calma y naturalidad en el tono de voz de Kibai, algo en él no encaja a los perceptivos ojos de Bertram, quien durante todos los viajes y todo el tiempo que pasaron juntos aprendió bastante de las personalidades y comportamientos de sus compañeros a base de observarlos y hablar con ellos. Moja a su vez parece haber estado investigando la zona, siendo que tiene una propuesta más que coherente para cuando reciban la confirmación del siguiente paso de manos de la capitana.

Los ojos de Bertram recorren el lugar fijándose en cada detalle, cada milímetro del bosque, del campamento y del claro, cada criatura que ahora yace inerte en la zona y se percata de algo, si esa planta es endémica, y los animales lo son, a estas alturas las bestias evitarían esas plantas, y más aún, esos animales parecen carnívoros, por lo que si la planta es lo que causa todo eso no sería normal que solo vieran animales carnívoros afectados por ellas. Bertram se rasca tras la cabeza y dice

-Comandante Stroud, creo que la situación es algo más delicada que eso, sir. Cómo sabrán antes de alistarme a la marina me ganaba la vida cómo cazador, y por ello pasé una considerable parte de mi vida entre bosques, ríos y entornos naturales. Esas criaturas son carnívoras, si están afectadas por la flor solo puede indicar que o sus presas estaban repletas de esa planta o alguien les inyectó o dio de beber un brebaje preparado por la flor. Personalmente creo que esto tiene intervención humana, tantos años rodeado de animales me enseñó que lo que llamamos bestias son más sensatos que nosotros, y si ambas especies son originarias de la isla, no hay manera de que los animales hayan comido voluntariamente dicha planta.-

Bertram se rasca tras la cabeza, fijándose con más detenimiento en las hojas, en el campamento que parece destrozado de forma metódica, y en la zona por la que se marchó Kibai, siendo que le preocupa que el leopardo esté afectado por lo que sea la planta de cuando partió aquella rama y no quiera mencionarlo para no preocupar al resto. Bertram suspira y dice

-Entiendo el interés que puede haber en la planta sir, pero creo que deben considerar mejor los efectos secundarios tanto directos de la planta, como del hecho de sobreesorzar el cuerpo continuamente a límites superiores a los que está preparado.-


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2097 + 0 = 2097
Energia: 1547 + 28 = 1575
Espiritu: 450 + 0 = 450


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