[EVENTO LOCAL- ALAS NEGRAS] Con tuercas y a lo loco (Stage 01)
#11
Las trepidantes y arrastradas aventuras de Jolyne Jones por un conducto de ventilación que contiene un sospechoso gas rojizo levitando en el ambiente parecían no haber hecho más que empezar. La tirada tiradora de los Alas Negras en su forma de híbrido de lagarto más grotesca y extraña posible, el despertar de las akuma no mi, se desplazaba como en su salsa por aquel conducto, completamente invisible gracias a su extraña capacidad y libre de saciar su curiosidad con qué sería ese gas, al estar conteniendo la respiración desde antes de haber entrado
Incluso se podía permitir el lujo de realizar, en su mente, cancioncitas populares de su rango allá en tierra de nadie para poder elegir qué camino tomar, o qué ruta seguir. Una mujer dada por completo a su instinto... el más poderoso instinto que poseen los seres humanos. ¿El sexto sentido de las mujeres? No: El instinto de supervivencia de un paleto.

La joven skypieana giró a la derecha en la intersección sin saber exactamente qué era lo que estaba haciendo, por qué, o como, y ni tan siquiera hablaríamos de saber a donde iba, pero era la ruta que había escogido... y menos mal. Pues según avanzaba por el conducto seleccionado pudo escuchar - y sentir vibrar - a sus espaldas una enorme explosión y ver como el conducto se sacudía con esta, proveniente - sin ella saberlo - de la sala en la que se encontraba su compañero Kenzo D. Fujiwara. De este modo, si hubiera continuado recto, habría acabado entrando en la habitación a tiempo para comerse de lleno esa explosión, así que de nuevo su instinto de gallina huyendo de un zorro la había vuelto a salvar. Pero ¿por qué Kenzo acababa siempre envuelto en explosiones? Otra duda más para otro día.
Lo único que importaba ahora era que Jolyne avanzaba decidida hacia un nuevo camino y... de pronto se encontró con otra intersección. Podría seguir recto, o girar a la izquierda.

¿Qué decidiría nuestra escamosa heroína?





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#12
Giré a la derecha convencida de mi decisión, sabiendo que los mejores sabuesos de granja sentirían envidia de un olfato tan intuitivo como el mío. Yo, que había sido capaz de augurar desde épocas de mala cosecha hasta las peores tormentas – excepto aquella que se llevó volando a mi vaca Betty –, tenía el presentimiento de que la tierra me hacía una especie de llamado cada vez que mi vida pendía de un hilo. Recuerdo la primera vez que lo sentí. Fue en el certamen de baile del cerdo de invierno. Yo llevaba unas botas dos tallas más grandes porque las había ganado la noche anterior jugando a los dardos, y bailaba dejándome llevar por la música y los mugidos del ambiente. Todo iba bien hasta que los jueces se acercaron a nuestro lado de la pista. Yo me puse nerviosa y en mitad de una vueltas me pisé las botas, haciendo que me resbalara y que saliera disparada hacia el cercado donde se estaban rifando las vacas. Una de ellas me soltó una coz tan fuerte que me lanzó fuera del establo justo antes de que la viga principal del techo se desplomara donde yo había caído segundos antes. Con el caos, los gritos y una gran nube de polvo, nadie se dio cuenta de que misteriosamente todos los boletos ganadores de la rifa llevaban mi nombre escrito. Aquel día sobreviví a un derrumbe y me llevé una vaca.

Mientras seguía avanzando por la tubería, escuché un ruido que parecía venir de una explosión en la parte de atrás. Y había sido lo suficientemente fuerte como para que vibrara por todo el conducto de ventilación. Por prudencia, y no por miedo, me había detenido unos segundos asegurándome de que la tubería no iba a atravesar el techo conmigo dentro. Por suerte, aquel conducto era mucho más resistente de lo que creía, así que retomé la marcha reptando a paso ligero para salir de allí cuanto antes y no morir emparedada. Aunque pensándolo bien, tampoco tenía idea de hacía dónde me estaba dirigiendo ni de cuánto tiempo tardaría en salir de allí. Podía seguir aguantando la respiración sin esfuerzo, pero sabía que tarde o temprano mis pulmones me iban a pedir una bocanada de aire para evitar el desmayo. Y justo cuando creía que me estaba adentrando en un túnel sin fin, me encontré con otro cruce.  

Esta vez solo había dos opciones: o seguir recto, o girar hacia la izquierda. –Esto ya parece un hormiguero– protesté en mi cabeza. A este paso, acabaría en mitad de un laberinto sin recordar la salida, por lo que acabé recurriendo al conocimiento popular. – Veamos de nuevo… – pensé nerviosa. – Todo el mundo sabe que si te pierdes en el bosque e intentas ir en línea recta, lo más seguro es que te acabes desviando y andando en círculos. Entonces, según la ciencia... para salir de un sitio habría que hacer lo contrario, ¿no? Si voy a la derecha, acabaré andando en línea recta y evitaré los bucles… ¡Tiene sentido! – asentí levemente tras mi razonamiento. – Saldré de aquí antes de que Jimba cante yee-haw haw haw. Tenía la satisfacción de haber resuelto uno de los mayores misterios de la supervivencia, pero ya nada me sorprendía bajo el sol. Con la tranquilidad y la convicción de que saldría de allí pronto, giré hacia la izquierda y continué reptando. 

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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 5591 + 99 = 5690
Energia: 3579 - 136 = 3443
Espiritu: 2161 + 54 = 2215
#13
Y de nuevo, decisiones. Los condicionantes de nuestra vida, las autoras de nuestros éxitos o fallos, de nuestras victorias y derrotas... las decisiones. Estaban en todas partes, a todas horas, todos los días, y hasta la más insignificante de ellas podría ser crucial años más tarde ¿quien sabía cómo funcionaba esa ciencia?. Era la obra magna de la causalidad. Lo que hagas hoy tendrá su peso más pronto o más temprano, pero siempre se tienen consecuencias al tomar decisiones. Pero ¿era bueno tomar tantas? Quizá para alguien despreocupado y dicharachero como Jolyne no, pero de nuevo, nada era porque si y cada paso que había dado, y cada decisión que había tomado la había llevado hacia un punto concreto. El aquí y el ahora.

Terminó su recorrido por el tubo llegando a una boca de ventilación bastante similar a por la que había entrado, solo que lo que había debajo era muy diferente: Una habitación muchísimo más grande, más amplia, y más alta, llena de máquinas, cables, luces y pitidos y... ¿una explosión? Desde la posición que tenía, Jolyne pudo ver como una explosión en uno de los costados de la pared destrozaba una de las paredes de la misma y frente a esa explosión su capitana y amiga Triana con las espadas descruzadas delante de ella haciendo que los pitidos se apagasen por completo y que, la otra persona en esa habitación, dejase de hacer lo que estaba haciendo frente a una consola de trabajo y se girase para dirigirse hacia Triana.

Junto a la consola, un tarro enorme repleto de cables que salían por todas partes en la habitación permanecía con un cerebro flotando en él gracias a un líquido que tenía, parecido al agua. La distancia de la consola a donde estaba Triana eran cuarenta metros y el robot que había en la habitación tardaría solo unos segundos en llegar hasta donde estaba la capitana de Jolyne, con intenciones poco amigables con ella, por lo cual, de nuevo: Decisiones.
Si la tiradora miraba con suficiente atención vería un pequeño botón de suministro y mantenimiento a su derecha, que abriría la puerta de la ventilación tras despresurizarla soltando un chorro de vapor y podría salir a ayudar a su compañera... o podría volver sobre sus propios pasos y buscar un escenario mejor para descender.
¿Qué escogería esta vez?





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