[T4].[Aventura] Recuerdos del infierno (Presente Absoluto)
#51
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Finalmente y tras unos segundos, recuperé la visión. La sangre de Minaya, que había manchado mi cara, estaba disipándose de mis ojos, permitiéndome ver de nuevo al párroco, agarrándome con el látigo que previamente utilizó para azotarme. Conforme mi transformación avanzaba comenzaba a percibir los cambios en mi cuerpo. Sentía como el látigo se estrechaba, debido a mi aumento de tamaño y peso. Poco a poco comenzaba a verlo todo desde una altura superior, calculo que cerca de los tres metros de altura. Mis manos, o lo que podía ver de ellas por los guantes mitones, comenzaron a volverse blancas y llenas de pelo creciendo unas garras que por poco hinco en mi propia mano al apretar los puños. Cada segundo que crecía en fuerza y poder, la habitación se tornaba fría y podía notar en la expresión de Blackmore como ese control del que parecía hacer gala instantes atrás se desvanecía por locura y desesperación.

Sin previo aviso, desde la zona donde antes se escuchó la explosión y suponía que Joe se encontraba, se escuchó otra mucho más fuerte. Ahora sí pude ver, gracias a la onda expansiva de la explosión, como uno de los tapetes se movía y revelaba la ubicación de mi compañero y el mink jirafa. Sin embargo la explosión que aconteció se sucedió con un impacto de piedras y se hizo el silencio. Silencio que solo Blackmore se atrevió a romper mientras sacaba una pistola que dirigió directa hacia mi y mi nueva estatura. — ¿Joe..? — Hasta yo temía lo peor. Sin sonidos desde la zona cabía esperar cualquier desgracia. No fue hasta unos segundos después que Joe se pronunció desde la lejanía. Cuando escuché mi nombre de su boca algo en mí se activó. Quizás era el espíritu del animal en mí, quizás la rabia por la derrota de mi compañero, quizás era mi puta conciencia. O quizás solo quería cargarme a ese tipo. Y eso fue lo que me empujó a avanzar contra el párroco, lento y seguro, mientras Joe me pedía que lo derrotara y encontrara mi familia. — Has cometido dos errores, el primero fue enseñarme la fruta. — dije mirando atentamente al arma de fuego frente a mi, apenas a un par de metros de distancia. — La segunda fue traer jirafas y avispas contra un lobo. Mala suerte. — y con esa amenaza implícita, la batalla se tornaba en un uno contra uno. El blanco contra el negro. La furia contra la fe. La espada contra el látigo.

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#52
Aquella explosión no pasó desapercibida para nadie en la estancia, y menos aun para Therens, quien, identificando al momento lo que pasaba cayó preso de la locura y del desenfreno. Le dolía el corazón, quizá estaba próximo a darle un infarto súbito y a dejarlo tirado en el suelo legando su fortuna a alguien más, pero seguramente sólo fuera el dolor de la pérdida y la frustración por no poder hacer nada. El dolor por la pérdida de su sobrina, Minaya, quien era la luz de sus ojos y la fuerza de su fe. La frustración por el sacrifício de Hawks, alguien a quien con el pasar de los años había podido considerar un amigo y su único aliado en su carrera por derrocar el imperio de Nimda. Ahora los dos se habían ido y no había forma de conseguir contactar con el idiota anarquista despreocupado de Sax o con el niñato llorón de Volcano, pues si desatendía durante un sólo instante a aquel tipo, posiblemente le cortaría la cabeza como acababa de intentarlo con Minaya.

Sin pensarlo mucho disparó directo a su rostro tirando del gatillo de su flintlock produciendo otro pequeño estruendo y otra nube de pólvora pequeña entre él y la bestia que ahora caminaba. Un disparo que impactó de lleno justo entre los ojos del cánido albino y cuyo proyectil cayó al suelo tras el choque, sin herir al monstruo, reflejando en la cara de Blackmore al ver cómo se acercaba el cazador de recompensas, una ira desatada, mientras escuchaba sus palabras.
— No creas que conseguirás nada con tu perorata barata de galán de taberna que se siente ingenioso, buscando el chascarrillo forzado para tratar de amedrentarme con su impactante oratoria — y al deshacerse el agarre del ataque del látigo, lo recogió de un movimiento seco con la mano y lo blandió sobre su cabeza con vigor y furia — Purgaré el camino de los impíos con la santa caricia de mi fe — y asestó el latigazo, un corte descendente directo a rajar por en medio y de arriba a abajo al cazador — ¡Allanaré el camino eliminando a los pecadores para que Nika en su llegada sólo encuentre almas que merezcan su liberación! — sentenció, recogiendo el látigo de nuevo, dispuesto para realizar otra acometida.





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Blackmore


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#D86700
#53
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Las miradas se entrecruzaron, quizás por última vez antes de que la inevitable batalla comenzara, y todo estalló como si de una carrera se tratara: con un disparo. El párroco, sin ningún tipo de compasión, tiró del gatillo de su arma que apuntaba directo hacia mi cara. El estallido fue fugaz y se movió hacia mi entrecejo, podía verlo claramente, pero por alguna razón, quizás la rabia, quizás el animal apoderándose de mí, no sentí ninguna necesidad de moverme. Dejé que la bala golpeara en mi frente y cayera frente a mí, ante la ira de Blackmore, mientras comenzaba a enfundar a Shimei Kaeru en su saya. Movimiento poco inteligente que, aunque comprobé que no sería peligroso, no repetiría. No iba a subestimar al payaso de Blackmore. Justo en ese instante, el cura impío elevó su látigo sobre la cabeza. — Ahí viene. — Mientras Blackmore pronunciaba una retahíla de palabras sumamente organizada, haciendo gala de un léxico perfecto, terminé de enfundar mi filo y sosteniendo la saya con la mano izquierda, avancé lo más rápido que había corrido en mi vida, fruto del poder de la akuma no mi, buscando adelantarme a su ataque.
 
No es necesario ser un maestro en batallas para entender que si un látigo se carga es para atacar. Cuando Blackmore lanzó su ataque, un latigazo vertical, sumamente preciso, pero terriblemente lento para mí, yo ya había recortado la distancia y pude dar un ligero paso diagonal a mi derecha, dejando pasar el látigo a mi lado izquierdo y, justo cuando estaba llegando al suelo en el lugar que se suponía yo debía estar, desenfundé a Shimei Kaeru mientras pivotaba sobre mí mismo, propinando un terrible tajo sobre la mano que blandía el mortal arma que el párroco portaba. — ¿Ahora quién sangra? — pensé, mientras retrocedía dos pasos y le miraba fijamente. — ¿Has perdido la cartera? —

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#54
En el parpadeo en que una gota cae al suelo, Viktor se desplazó realizando una de sus técnicas rápidas y certeras con la katana mientras Therens no pudo más que levantar su látigo por encima de su cabeza, dispuesto a asestar un golpe que nunca sucedió. A una velocidad que ni toda la fe del mundo le habría ayudado a preveer a Blackmore, Viktor realizó un corte directo a su mano buscando quitarle el látigo que portaba en ella. Pero su suerte era más fuerte que su fe. En un arrebato del miedo, el susto o quizá el sumo cuidado que sintió al verse amenazado, Blackmore inclinó su cuerpo hacia atrás por instinto elevando sin pensarlo el otro brazo que portaba la pistola, anteponiendo esta al corte del espadachín y perdiendo el agarre y la maestría de la misma, que cayo al suelo deslizándose varios metros.
Ante esto y de forma automática, el párroco aun con el látigo en alto optó por hacer descender su mano herida hacia la cara del monstruo ante el que ahora amenazaba su vida, mientras le oía pronunciar otro de sus chascarrillos sin gracia que tanto le molestaban, dispuesto a realizar una defensa que no sucedió, pues su suerte era abundante y poderosa pero no era omnipotente.

El corte del cazador de recompensas dejó una herida profunda en la muñeca del párroco que rápidamente comenzó a sangrar de forma abundante y descontrolada, y el impacto en este fue tanto como para quedarse viendo su herida, confuso durante unos breves instantes, tras los cuales desvió sus aquilinos ojos hacia el lobo blanco — ¡Tú! — dijo preso del desconcierto y de la furia, dándose cuenta en ese instante que le había arrebatado la pistola y había acortado la distancia entre ambos a solo un par de pasos. Sabía que no podía ganar este combate con pura fuerza bruta, así que tenía que ingeniárselas para sobrevivir a cualquier costo. Atravesar cualquier barrera, por cristalina que fuera.





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Blackmore


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#D86700
#55
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Cuando el negro filo de Shimei Kaeru seccionó parte de la mano de Blackmore, sentí cierta satisfacción. Satisfacción que se vio truncada debido a la suerte (la mala suerte), de nuevo, pues mi corte, que había sido dispuesto hacia la mano que portaba el látigo, terminó cortando en la otra. El párroco se defendió de manera intuitiva del ataque en un gesto que dejó palpar el miedo entre sus movimientos, llevando la mano del arma de fuego a cubrirse y hacer que mi filo impactara contra ella. Causa de esto fue que su pistola salió disparada y se deslizó por el suelo, alejándose de su dueño. El hombre de negros cabellos miró su mano, desesperado, observando un sangrado profuso desde su muñeca, como si de un intento de suicidio se tratase. Había sentido el dolor y percibido el peligro de la muerte en la hoja de mi katana, sabiendo que cualquier movimiento en falso le acercaría a su Dios, si es que este hombre tenía uno.

Ante la mirada de Blackmore a su mano, un par de segundos que no desaproveché, llevé mi espada junto a su saya que portaba invertida en mi mano izquierda, a mi costado izquierdo y, justo cuando el párroco se giró para increparme con los ojos inyectados en la misma sangre que brotaba de sus heridas, realicé un movimiento horizontal preciso, dirigiendo mi filo hacia su pecho y la saya hacia la corva de su rodilla derecha. El súbito giro golpeó y cortó al mismo tiempo a un desconcertado Blackmore que todavía no se reponía del anterior ataque. El corte sobre su pecho creó un nuevo sangrado, mucho más amenazador que el primero sobre su mano, y el golpe sobre su rodilla barrió sus piernas, haciendo que el ahora aterrado hombre cayera al suelo, golpeando súbita y patéticamente con sus costillas sobre el piso, mientras yo finalizaba el movimiento y retrocedía a una prudente distancia dando tres pasos atrás mientras comenzaba a enfundar de nuevo mi arma.
El plan es simple: cortar, trocear y repetir. Hasta que no queden migajas de él.

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#56
La acometida era constante e incesante sobre el cuerpo de Blackmore, quien tras recibir el tajo en la muñeca y mirar iracundo y desesperado al cazador no obtuvo si no que otra acometida similar, un golpe doble al pecho y a las piernas que lo hizo caer de espaldas, chocando con sus hombros y nuca en el escritorio grande que había tras él, haciendo caer las cosas sobre el mismo al suelo, a su lado. Abatido, derrotado, sumido en la desesperación y en la más profunda desesperanza, Blackmore observó como la sangre de su pecho brotaba y se mezclaba con la sangre que ya tenía manchando su sotana, proveniente de la luz de sus días, su sobrina. El zumbido de sus oídos fruto de la explosión que había sucedido a sus espaldas, producto del sacrificio de su amigo, aun perturbaba su conciencia. ¿Hasta qué punto se iban a torcer tanto las cosas? Aquella mañana había recibido una llamada de que el hombre que había orquestado el fracaso de Slingerland y su banda de muertos de hambre estaba en la isla Toko e iba a ir hacia su encuentro. Sólo tenían que matar a ese estúpido marine, cobarde rata que había contratado a un cazador para que le acompañase y protegiese. Y ahora Minaya y Hawk habían muerto, y los idiotas de Sax y Volcano no sobrevivirían por su cuenta sólo teniéndose el uno al otro. Tenía que sobrevivir como fuera.

Estando tirado en el suelo, viendo a su enemigo frente a él, al hombre causante de su desgracia y optando por realizar un movimiento desesperado lanzándole a la cabeza el den den mushi que ahora yacía a su lado — ¡Yo te maldigo! — grito con furia tras lanzar el caracol con fiereza — Arderás en el infierno de los impíos — y tosió sangre, llevándose la mano herida a la propia nueva herida del pecho — ¡Y yo lo celebraré desde las alturas! — finalizó sonriendo clavando su mirada con determinación ante la lupina nueva forma de Viktor.





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Blackmore

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#57
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El sufrimiento en los ojos del párroco.
Estaba claro que, el hasta hace poco altivo criminal, estaba caminando la calle del dolor. Caminando descalzo por senderos espinosos y que le debían estar llevando a pensar en sus momentos más oscuros. Tras mi ataque sobre su cuerpo y sus piernas, todo su peso había volcado y cayó golpeando con su espalda el escritorio sobre el cual mostró la herramienta de su propia destrucción. No hacía prácticamente nada que el ensotanado había puesto sobre la mesa el cofre de madera con la fruta del diablo que esperaba fuera la llave para controlarme o sobornarme. Se notaba el insaciable y voraz apetito de control del hombre que, presa del pánico, de la sangre y la desesperación, comenzaba a maldecirme derribado con la espalda contra el escritorio. Pero lamentablemente mi apetito era mayor. Mi hambre de poder era infinitamente más grande que él, que aquel lugar y que su supuesto Dios. Tras increparme, el desconsolado hombre arrojó con furia y poco acierto un Den Den Mushi hacia mí que, sin mucho más que un pequeño gesto de mi Shimei Kaeru, se desvió hacia su diestra a varios metros, cayendo al suelo y rompiéndose en añicos con el impacto. En cierta parte sentía pena por Blackmore, pero era consciente de que este hombre era peligroso, dañino y traicionero y no podía subestimarlo. Más allá de que pudiera tener una sustanciosa recompensa por su cabeza y pudiera cobrarla, o que simplemente me llevara la recompensa que ya había digerido, tenía claro que no podía dejarlo vivir. No sabía si lo merecía. Pero no podía.
 
— ¿Arder en el infierno? Esto es el infierno. — dispuse mientras Blackmore me miraba — Y como puedes ver, el infierno es frío. — Como una centella, llevé mi mano derecha al mango de mi arma y desenfundé su filo oscuro como el alma del ser que rebanaba, propinando un profundo corte diagonal desde el costado hacia el cuello, buscando los órganos vitales y acentuar todo lo posible su ya irremediable sangría. El movimiento finalizó con mi brazo en alto para, con un grácil giro de muñeca, sacudir la hoja hacia abajo en dirección a los pies de Blackmore, sacudiendo su líquido vital contra su propio cuerpo y poniendo mi arma entre él y yo, dando un mensaje claro: Voy a seguir cortándote.


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#58
Viktor desvió el Den Den Mushi sin saber la suerte que había tenido con esto. El objeto cayó a un lateral y la parte del comunicador del mismo, del teléfono, se rompió haciendo que el caracol que lo portaba se asustase sobremanera y tratase de huir ridículamente a la velocidad que los caracterizaba. Blackmore veía cómo primero le había abandonado su luz, después su confianza, luego su lealtad, actualmente su fe, y podía sentir cómo su propia suerte, por loco que sonase, estaba empezando a desaparecer también.
De nuevo, como un tortuoso momento o un destino aferrado al infierno condenado a repetir la misma tortura una y otra vez, el espadachín continuaba cortando y desgastando al párroco, un hombre de fe, quien yacía en el suelo lleno de heridas pero aun así no era suficiente como para acabar con su vida. Sus cortes llevaban la maldad y el dolor de mil víctimas a su paso, pero no eran capaces de cercenar a un hombre fortalecido en sus convicciones como él.
Un hombre que todavía no estaba ni muerto, ni derrotado.

— Así que frío — dijo, cuando el tajo lo cortó de forma tosca y superficial, al terminar por escurrir su cuerpo ligeramente por la inercia de su propio peso, tosiendo sangre y mirando hacia la cristalera del techo — No es tan frío si el calor de la fe en mi sangre me mantiene — dijo en un susurro — No eres tan bueno ¿eh? — preguntó retóricamente sonriendo y tosiendo — No eres capaz de matar a un hombre desarmado con un corte limpio — musitó, tratando con un último movimiento desesperado de blandir su látigo de un lado al contrario, buscando dar un latigazo al torso de aquel lobo blanco que ahora esperaba frente a él, como un mensajero de muerte.





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Blackmore

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#59
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Cabrón persistente.
Justo cuando estaba comenzando a sentir algo de lástima por el miserable de Blackmore, justo en el momento en que los recuerdos de aquellos que cacé sin necesidad me acechaban, justo cuando podía haberme planteado que las cosas fueran distintas. El ensotanado, que recibió mi corte de manera casi estoica, tenía mucho más aguante de lo que cabía esperar de un flacucho de metro setenta. Sangrando ríos y ríos, el desgraciado criminal se reía en sus adentros mientras me increpaba que no tenía el frío suficiente. ¿Frío? ¿Qué sabrá el de frío? Del frío, del hambre, de los golpes y palizas, de la falta de amor, de la ausencia total de esperanza. Tenía toda la pinta de un niñato mimado que ha vivido entre sedas toda su vida y cuando tuvo la ocasión, comenzó a manejar los hilos que finalmente se convirtieron en soga y que se anudó al cuello en el momento que me trajo a su presencia y me permitió echar el guante sobre la fruta. Tras esto, dijo algo entre dientes sobre no ser capaz de matarlo y ahí recuperé parte de mi ego, que me hizo fruncir el ceño seriamente.

Blackmore lanzó un estúpido golpe horizontal a mi cuerpo con su látigo desde el suelo, ausente de fuerza y velocidad por, seguramente, las heridas recibidas durante la batalla. Este golpe fue casi una cámara lenta para mí y no tuve más que alzar de manera precisa y contundente la funda de mi arma hacia arriba, impactando sobre su arma y desviando su latigazo en dirección vertical, elevando su brazo con la inercia y dejándolo a la altura perfecta para tajarlo, esta vez, algo más débil, pues, aunque no quisiera admitirlo, estaba sumamente agotado y al borde de mis fuerzas. Sin embargo, los dos golpes eran más que suficientes para mantenerme en la pelea y hacerle tragar sus palabras de nuevo. — ¿Decías? No te oigo desde aquí arriba. — dije con un tono jocoso y asumiendo la misma mirada fanfarrona que el mismo Blackmore esbozaba unos segundos antes mientras enfundaba mi espada y la preparaba hacia atrás, cerca de mi cadera, mientras flexionaba mis piernas para acercarme a un ángulo de corte perfecto.  — Se acabó, Blackmore. ¿Última voluntad? —

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#60
Cuando Viktor desvió el latigazo lento, flojo y torpe que Blackmore lanzó entre las dos aguas de la desesperación y la oportunidad, como negándose a asumir una derrota que parecía cada vez más plausible, se dispuso a asestar otro movimiento para tajar el cuerpo del párroco que yacía en el suelo sin poder incorporarse ni escapar, instante en el que él, Blackmore, decidió mover de nuevo su muñeca con brusquedad y un giro con maestría suficiente para, en esta ocasión si, inducir en una poderosa inercia su arma flexible, extensa y letal para lanzar un último ataque a la desesperada con todas sus fuerzas buscando herir la cara del cazador con el extremo filoso con forma de crucifijo del final de su látigo, en dirección a su ojo derecho buscando cercenarle el futuro en dicho orbe sin piedad, compasión ni miramiento, aprovechando que este provenía de un flanco inadvertido, inesperado y desfocalizado para el lobo albino quien centraba su atención en golpear al hombre que portaba la palabra de algún dios.

Mientras el cazador efectuaba el segundo corte en el cuerpo del párroco, efectivamente el extremo de su arma se clavó en su pómulo derecho y desgarró de forma ascendente hacia la ceja cortando por encima del globo ocular, y aun así se las ingenió para preguntarle que cuales eran sus últimas palabras.
Con la respiración entrecortada y el pecho zumbando como el de un animal herido, Blackmore tosió sangre y sonrió, recordando que haría unos pocos minutos casi lograba su objetivo de matar a aquel marine, y soltando su látigo dejando caer sus dos manos a sus lados, habló.
— Deja... que te de un consejo... — dijo de forma fatigada y cansada — ...o más bien una advertencia — añadió, inspirando con lentitud por la nariz cerrando los ojos — Si realmente te consideras su verdadero amigo... será mejor que te acuerdes de algo —  y volvió a abrir los ojos para clavarlos en el que no estaba herido del cazador — Cuando el sueño de ese hombre se haga pedazos... entonces a ti te llegará la muerte — sentenció con semblante serio y sosegado — Una muerte de la que como yo, no podrás escapar — finalizó, y volvió a cerrar los ojos centrándose en realizar profundas inspiraciones y expiraciones por las fosas nasales y la boca, respectivamente, tratando de encontrar su momento de paz antes de marchar a reunirse de nuevo con su hermana, su sobrina, y todos aquellos por los que siempre luchó y se esforzó por proteger. Pues sabía que todo el mal que había causado, lo había hecho para conseguir un bien mayor, y estaba en paz.





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Blackmore

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