[Pasado] [+18] - Danza de hielo y fuego
#1
Día 27, 23:04h, verano, año 8
West Blue | Reino de Ilisia | Ciudad Akarui


OST DE LA ESCENA

     Restos de espuma de la cerveza se posaban sobre mi labio superior. Los limpié con la punta de la lengua mientras dejaba la jarra en la mesa. A continuación, introduje la mano en la pequeña bolsa de cuero que llevaba conmigo, a la que no quitaba ojo de encima, y saqué lo que contenía su interior. Entre mis manos, disfruté de su tacto, aunque sin exponerlo demasiado ante ojos indiscretos. Con todo, una no sabe quién podría estar mirándola ni cuándo. Por eso, devolví aquel pequeño, perfecto, suave y rojo rubí a su escondite.
     Lo había robado, por supuesto. 
     Al llegar al Reino de Ilisia no tardé mucho en enterarme de su negocio de exportación de piedras preciosas, entre otras cosas. Escuché de refilón una conversación mientras paseaba por el puerto. Lo tomé como una provocación, un reto. Tras visitar diversas joyerías y evaluar las posibilidades, lo intenté en aquella que, por inexperiencia de los dueños, aumentaba mis probabilidades de éxito. No es que yo conociese a la gente de aquel lugar —de hecho, era la primera vez que lo visitaba—, pero el cartel que indicaba "¡Oferta de apertura, descuento en todos nuestros productos!" era indicativo suficiente. La segunda variable que jugó a mi favor fue que el dependiente había caído en mi encanto. Bueno, mi encanto... Una sonrisa tímida, una caída de ojos y colocar un mechón de mi cabello detrás de la oreja fueron mis armas. El resto, tan solo juego de manos.
     Mi pequeño botín le sentaba muy bien a mi buen humor. Qué pena que el estar rodeada de gente me lo amargara.
     Sí, soy consciente de que si frecuento tabernas o tugurios similares, gente va a haber. Posiblemente gente odiosa, babosa, sucia, asquerosa y un sinfín de adjetivos similares. Incluso en una ciudad como Akarui, existía ese tipo de lugares. Irónicamente, y a pesar de la fauna, también era donde prácticamente más cómoda estaba. No en vano me pasaba media vida en sitios de mierda como aquel como si me pagaran por ello, cuando en realidad lo único que hacía era gastarme el dinero. Si no me marchaba sin pagar, claro.
     Dinero que era mío y que, antes de que se lo arrebatara, solía ser de otro.
     Otras veces, como aquella, la cerveza (o lo que se me antojase) me salía gratis, porque llegaba el pegajoso de turno y me invitaba con la esperanza de poder llegar a algo más conmigo. Las mujeres solían ser más sutiles, pero si buscaban lo mismo, utilizaban idénticas estrategias. En cualquier caso, yo solía beneficiarme y esos idiotas se quedaban con las manos vacías. Y los bolsillos, todo sea dicho.
     La taberna en la que me encontraba recibía el nombre de El Dragón Rojo. No era tan ponzoñosa como otras que había visitado. Sucia y algo rancia, pero con un alma algo más decente. La iluminación otorgaba cierta calidez al lugar y lucía grandes telares con dragones rojizos que le hacían honor a su nombre.
     No nos emocionemos: seguramente esto era obra de la ciudad, pues tenía pinta de que en aquella isla la gente se comportaría más. Un poco, al menos. Eso sí, gilipollas hay en todas partes y Akarui no iba a ser diferente. ¿Es que no sabían tener una conversación sin dar voces, joder?
     Eso sería como pedirle al Gobierno Mundial que se preocupara por el pueblo.
     Me llevé la jarra de nuevo a los labios. Era una cerveza fuerte, nada de esas gilipolleces de color claro que saben a meados. Miré a mi alrededor. Podrá cambiar el lugar, pero el tipo de gente permanecía.
     Se podría decir que, si yo frecuentaba tanto las tabernas y similares, podría entrar en ese grupo de miserables. Puede ser, por qué no. Pero mucho más hermosa y más letal que el noventa y nueve por ciento de ellos. Ah, y sola. Siempre me sentaba sola. La soledad es mucho mejor compañera que la mayoría de los mortales. 
     El verano estaba golpeando con su calor habitual, incluso por la noche. Mi corsé negro dejaba al descubierto los brazos y los hombros, y la falda corta de encaje, también negra, permitía a la piel de mis piernas respirar. Aun así, mi propio cabello largo y las botas altas y oscuras de tacón eran casi un suplicio. No sufrí por mi maquillaje negro, pues no me preocupaba que no luciera perfecto.
     Me abaniqué con una mano mientras con la otra recogía mi pelo blanco en una coleta improvisada que desaparecería en cuanto soltase.
     Necesitaría otra cerveza.


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#2
Un joven Zorak de diez y nueve años, aun sin su máscara característica. 

Apariencia de Zorak con 19 años


Llevaba varios días siguiendo la pista de una persona que se rumoreaba estaba involucrado en las armas ilegales de su isla natal, había recorrido casi todo el west blue en ese año, buscando algo de donde tirar, desde hacía varias horas este estaba en la taberna del dragon rojo, en la mesa más apartada, solo mientras saboreaba un café y fumaba un cigarro, atento a cualquier movimiento sospechoso, desde su posición podía ver la puerta de entrada, esperando que entrara el hombre rubio que le habían descrito, movía la pierna derecha en un movimiento parecido al de una bujía, arriba y abajo en un movimiento nervioso, no le gustaba estar con tanta gente junta en el mismo punto, le ponía visiblemente nervioso, pero si a algo se había acostumbrado ese año, era a hacer cosas que no le gustaban, así como estar en tabernas o asesinar a sangre fría.

No era algo de lo que se sintiera orgulloso, tampoco algo que le permitiera dormir bien por las noches, pero de todas maneras, tampoco podía pegar ojo apenas, aun tenía demasiado presente su duelo contra su antiguo maestro y sobre todo, la muerte de su pequeña amiga Powder, cada vez que cerraba los ojos podía ver el cadáver de la joven sin lengua, no sabía quien podría haber sido tan cruel de hacerle algo a una pobre niña como esa, pero si sabía lo que significaba un cadáver con la lengua cortada, se enteró de lo que no debía.

Casi como acto reflejo, Zorak golpeo la mesa con el puño cerrado, haciendo que el ruido resonara por la taberna, disimulo como pudo alzando la mano y llamando al camarero, haciéndole una seña para que le sirviera otro café.

Al bajar la mano, se quedó con ella a medio camino de bajar, justo frente a sus ojos quedaba su muñeca, con una de las pulseras de Powder, respiro profundo, apoyo su frente en la palma de la mano y continuo vigilando la puerta, con la sensación de que estaba siendo una perdida de tiempo estar allí, no solo no estaba a gusto sino que aquel hombre no aparecía.

Acaso se había equivocado por décima vez? Podria acaso encontrar algo de lo que llegar a tirar? El joven mestizo se preguntaba esas cosas, inundado de dudas por todas partes, dio una última calada y apago el cigarro, para sacar otro al momento y reemplazar al anterior, estaba nervioso y se le notaba a leguas, era mala señal, cuando se ponía de esa manera no sabía frenarse a la hora de "sacar información" y debía ser cuidadoso, pues los muertos no hablan.

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#3
     Un fuerte golpe interrumpió el hilo de mis pensamientos, tendentes a divagar entre todas las cosas excepto el presente.
     Miré hacia los lados intentando averiguar quién había sido el causante de tal estruendo momentáneo. ¿Cómo saberlo? Allí, cada persona con la que se topaban mis ojos era más rara que la anterior. Tal vez hubiese sido la mujer rechoncha a dos sitios del mío, cuya mesa estaba plagada de copas que nadie se había molestado en recoger. O quizá se trataba de alguno de los dos hombres peludos que discutían en una de las posiciones cerca de una ventana. O puede que fuese el mink cabra, que a lo mejor no había controlado sus cuernos, cerca de la barra. O tal vez el chico pelirrojo que se sentaba en una de las mesas del fondo, solo, y que parecía no quitarle ojo a la puerta. O cualquiera de los demás que habían decidido ir esa noche a llenar las arcas de la taberna.
     Suspiré.
     Me puse a pensar acerca de cómo iba a organizarme al día siguiente, en qué podía gastar mi tiempo en una isla como aquella. Tras mi éxito de ese día, era imposible no plantearme repetir la operación. ¿Por qué conformarme con una piedra preciosa cuando en mi bolsa cabían muchas más? Y si me resultaba tan fácil como en mi primera experiencia allí, podría llegar a hacerme con un buen botín. Para ello, tendría que visitar otras joyerías, claro, otra cosa podría llegar a ser sospechosa. En especial, si el dependiente había reparado en que faltaba una de sus piezas.
     Como otras tantas veces aquella noche, la puerta de El Dragón Rojo se abrió. La atravesaron tres tipos, tres nuevos clientes que comenzaron a mirar en diferentes direcciones. En el centro, un hombre rubio de cabello corto, vestido con chaqueta negra y pantalones marrones. Su expresión era dura, desafiante; es decir, como otros tantos en lugares como aquel. Tanto él como los otros dos hombres que lo acompañaban eran altos: los de ambos lados bien podrían acercarse a los dos metros, mientras que el tipo rubio era como unos veinte centímetros más bajo. En cualquier caso, los tres miraban en diferentes direcciones, como buscando algo. O a alguien.
     Alcé la ceja izquierda, sorprendida, cuando los vi caminar en mi dirección. Hacia mi mesa. Hacía mí.
      De inmediato, me puse en tensión. No conocía a esa gente de nada, pero, a juzgar por cómo no me quitaban los ojos de encima, ellos a mí sí.
     —No has sido fácil de encontrar, gatita —me dijo con voz ronca en cuanto llegaron a mi altura—. Pero supongo que entenderás que no hay muchas mujeres como tú en esta isla.
     Ah, sí, la eterna flecha que apunta en mi dirección por mi inusual color. Nada nuevo.
     —¿Y tú eres...? —pregunté. Aunque trataba de no mostrar ninguna emoción, todos mis músculos permanecían alerta.
     —Quien va a cobrar un dinerito hoy —contestó esbozando una sonrisa torcida—. Has sido una chica mala y alguien quiere recuperar lo que es suyo. ¿Te va sonando?
     El rubí. Mierda.
     —No sé de lo que me estás hablando.
     —Oh, ya lo creo que sí. Tu descripción es muy precisa y eres la única que la cumple por aquí. Lo que no me habían dicho es que eres tan bonita. Una pena, ¿verdad? —Su sonrisa se esfumó—. Vamos, te vienes conmigo.
     Y me agarró el brazo derecho con la mano, yo aún sentada, a la altura del bíceps. Aparté el brazo de forma muy brusca y me levanté de golpe. La silla cayó hacia atrás y golpeó contra el suelo. El tipo me miró de arriba abajo y los otros dos dieron un paso hacia delante. Pensé en mis dagas, ocultas bajo los pliegues de encaje de la falda.
     —No me toques. —La orden sonó a amenaza. Lo era.
     El rubio intensificó su ceño fruncido, como si no esperase una reacción así. Acto seguido, volvió a sonreír.
     —Así que eres de las que oponen resistencia. Me gusta. Pediré más dinero por tu captura, entonces.


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#4
Zorak seguía nervioso, hasta que la puerta se abrió y entraron tres gorilas, dos de ellos fácilmente de dos metros y otro que hizo que una macabra sonrisa llena de dientes afilados asomara en la cara de joven, "bingo" pensó, los tipos parecían buscar a alguien y parecía que la habían encontrado, una hermosa chica, blanca como la nieve fresca.

Aprovechando la situación, Zorak se levantó y aun con su cigarro en la boca agarro el respaldo de la silla y levanto el brazo hasta pasarlo por encima de su hombro, dejando la silla a la espalda y se encaminó hacia la mesa donde estaba esa mujer con el objetivo de Zorak, mientras caminaba el tipo intento agarrar a la chica y esta dijo que no la tocara, los imbéciles no sabían la que se les venía encima y andaban acosando a una chica, llego a la mesa y calmadamente, mirando hacia arriba, puesto que eran mucho más altos que él dijo.

"Algún problema caballeros?" Una sonrisa más falsa que un berri de plástico asomo en su rostro, esta vez manteniendo su dentadura oculta.

"Quita de aquí enano! No te importan los asuntos que tengamos" Dijo el rubio sin mirar siquiera a Zorak.

"Entendido..." dijo el pelirrojo mientras daba media vuelta, al hacerlo bajo la silla y con toda la inercia que llevaba al bajar, alzó la silla, lanzando por los aires la mesa y estampándosela en la cabeza al hombre que quedaba a la izquierda del rubio.

"El problema es que sí me interesan tus asuntos." Dijo enseñando esta vez la dentadura, una larga fila de colmillos afilados en una macabra sonrisa.

El tipo que estaba derribado comenzó a levantarse y Zorak lo agarro por el cuello de la camisa, alzándolo y abriendo la boca al punto de que pareciera que su mandíbula se había desencajado, le dio un mordisco en el cuello al pobre infeliz y estiro hasta arrancarle un trozo de carne, haciendo que la sangre salpicara su rostro y comenzara a brotar a borbotones.
Lanzo el cuerpo hacia el lado opuesto de donde estaba la joven y cuando fue a abalanzarse contra el hombre rubio, este sintió una punzada en el estómago, miro hacia abajo y ese bastardo lo había apuñalado, dio unos pasos hacia atrás, tambaleándose y cuando pudo mantener el equilibrio se llevó la mano izquierda a la boca, agarrando el cigarro y apagándoselo en la herida, mientras su fina cara comenzaba a mostrar facciones más marcadas, todas por la rabia, estaba apunto de perder el control.

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#5
OST DE LA ESCENA

     Mi cuerpo y mente se estaban preparando para una inminente pelea, porque tenía muy claro que lucharía antes de que me volviesen a poner un dedo encima, y más cuando el gilipollas había revelado sus claras intenciones.
     Entonces, apareció en escena alguien más.
     Dirigí mi atención al intruso. Para mi extrañeza, se trataba del tipo pelirrojo que había visto anteriormente en una de las mesas del fondo, esas que me gusta ocupar a mí cuando algún idiota no se las ha llevado antes. Lo primero que pensé fue que no necesitaba otro amiguito de aquellos imbéciles, pues si ya estaba superada en número y fuerza por esa gente, otro más no me lo ponía nada fácil. Sin embargo, las palabras afiladas del rubio hacia él habían estado lejos de resultar amistosas, así como la respuesta del recién llegado.
     Y la declaración de intenciones del pelirrojo no tardó en llegar: estampó la silla que llevaba consigo sobre uno de los mostrencos de dos metros. A decir verdad, nadie carga una silla porque sí, tal vez tendría que haber adivinado antes que no era un aliado de esos tres, pero desconfiar de todo el mundo formaba parte de mi credo.
     Retrocedí un paso con el impacto de la silla. 
     Empecé a preguntarme quién cojones era realmente esa gente.
     Y el atacante sonrió. Una sonrisa como ninguna antes había visto: siniestra, cargada de unos dientes puntiagudos capaces de helar la sangre a cualquiera. No podría haber esperado algo así con tan solo mirarlo a la cara. Un rostro marcado por dos ojos que irradiaban furia.
     El hombre golpeado, entonces, comenzó a levantarse y lo que sucedió a continuación fue... inesperado. El pelirrojo hizo de su boca unas fauces implacables y, sin permitir a su presa ningún margen de movimiento, mordió su cuello.
     Sangre.
     Gritos.
     Los presentes en El Dragón Rojo comenzaron a abandonar sus mesas, espantados por lo que, de pronto, había comenzado a suceder. Pero yo me quedé clavada en mi sitio, procesando lo que mis retinas recogían, fascinada por un ataque tan preciso, tan cruel.
     Y el atacante se deshizo del cuerpo como un despojo.
     El rubio, sin duda el líder de esa banda de tres —ahora de dos—, con un gesto despectivo, actuó muy rápido, antes de cualquier represalia. Había apuñalado al chico, quien retrocedió por el ataque. Gotas de su sangre fueron a morir a sus pies.
     Aquello no podía ser bueno.
     No tenía ni puta idea de quién era el chico a quien había visto desgarrar una garganta, y no podía decir que estaba de mi lado porque no lo había visto nunca antes, pero si se posicionaba en contra del miserable que quería darme caza, estábamos en el mismo bando. De momento. Por tanto, no podía permitir tenerlo fuera de combate.
     Sin dudar, me coloqué delante del pelirrojo, cuya altura se asemejaba a la mía. Las dagas ya estaban en mis manos en el momento de encarar a la fuente del problema.
     —No seas estúpida —escupió el rubio—. ¿Quieres otra raja tú también? Puedo darte las que quieras. Me pidieron que estuvieses viva, no ilesa. 
     —No seas estúpido —le devolví—. Nunca cobrarás la puta recompensa porque estarás muerto antes.
     El hombre soltó una risotada.
     —Gilipolleces.
     No esperé a que su ataque me cayese primero. Al moverme, dejaría de hacer de barrera para el herido, pero también atraería la atención del gilipollas. Siendo dos como eran y con el chico sangrando, la desventaja parecía ser clara. No era algo que pudiera permitir que me frenase. 
     Con un rápido movimiento, me lancé con el pie derecho por delante para barrer los tobillos del hombre, pero él fue más veloz. Me esquivó, lo que resultó en que yo me deslicé hasta colocarme por detrás de él. Me levanté de un salto con la intención de clavarle una daga por la espalda, pero el matón número dos que había llegado con él me frenó en seco con un golpe en el hombro, desestabilizando tanto mi ataque como a mí. Trató de agarrarme, pero mi agilidad era bastante superior a la suya, así que escapé a sus intenciones.
     Mierda, el tonto ese me estaba entreteniendo, lo que significaba que el rubio tenía vía libre para ir contra mi único apoyo contra esa gente. Ni siquiera podía quedarme mirando si el pelirrojo podía defenderse o qué coño estaba sucediendo a mi lado, pues el mostrenco se había obcecado conmigo.
     Se me echó encima, pero de nuevo pude esquivarlo. Fui contra él con ambas dagas. Para su tamaño, no se desenvolvía mal, así que consiguió apartarse, pero no tan a tiempo: le clavé una en el muslo izquierdo. Un bufido de dolor precedió a su siguiente arremetida. Con la daga todavía hundida en su pierna y con mi mano aún sujetando esta, volvió a la carga. Esta vez no fui más rápida que su placaje al estar empuñando la daga y me derribó, cayendo encima de mí. Mi mano perdió el agarre con el arma.
     Más de cien kilos de puro músculo me aprisionaban contra el suelo.
     Sentía su cálido y asqueroso aliento sobre mi cuello.
     —No juegues a cosas que no puedes ganar —me gruñó al oído.
     Tal era su afán por atraparme que no recordó que todavía me quedaba una daga en la mano izquierda. Sentí cómo la hoja se hundía en su abdomen a pesar de la coraza muscular. La sangre cayó sobre mi cuerpo. Gritó. Encolerizado, trató de llevar una mano a mi cuello con la intención de ahogarme, pero giré la daga, ensanchando su herida y provocando un mayor aluvión rojo. 
     —Fin del juego.
     Conseguí apartarme antes de que esos dos metros de tío me aplastasen. Con su cara sobre la madera del suelo de la taberna, la sangre ahora también se escapaba por su boca. No sabía si sus ojos abiertos y desenfocados todavía podían ver algo, pero perder el tiempo en comprobarlo no estaba dentro de mis prioridades. Me levanté y, jadeando, centré mi atención en el rubio y el pelirrojo.


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#6
La chica se puso delante de Zorak, haciendo que a este le llegase un tenue olor a manzana, la chica estaba en posición de ataque, con dos dagas empuñadas y estaba... protegiéndolo?
Tonterías, debía de ser simplemente que el enemigo de tu enemigo es tu aliado, la chica se movía bien y no le temblaba el pulso a la hora de acabar con alguien, ya me preocuparía después de ella, por lo que ahora respecta, parecía que era mi aliada.

El rubio se abalanzó sobre mí, intentando volver a apuñalarme, pero para su mala fortuna ya estaba preparado para su ataque, con un golpe seco de mi puño en su codo derecho, el mismo brazo en el cual empuñaba el puñal, hice que su brazo se doblara de una manera extraña, le agarre por el cuello de la camisa con ambas manos y antes siquiera de que pudiera comenzar a gritar por el brazo roto, apoye mi pie derecho sobre su rodilla izquierda y empuje hasta que un sonoro ruido de huesos rompiéndose se hizo presente, el tipo cayo al suelo gritando como si fuera un cerdo.

La puerta se abrió tras de mí, al girar la cabeza vi entrar a varias personas, la gran mayoría gorilas como los dos que yacían muertos, que comenzaron a avanzar hacia Zorak, este con cierta dificultad para hablar miro a la chica y le espeto.

"Ni se te ocurra matar al rubito, le quiero vivo."

Se giró hacia los hombres que entraban y se puso en guardia, eran más de quince personas y con la herida que tenía el pelirrojo en el abdomen... estaba en clara desventaja.

"Qué mierda está pasando aquí, que es todo esto?", preguntó ;una voz grabe a la vez que entraba un tipo de por lo menos dos metros y medio, pelo morado y cuerpo atlético, el tipo llevaba unos mitones en las manos de los que nacían 3 largas garras de metal, de unos 20 centímetros cada una.

"Qué cojones..." el tipo se quedó mudo cuando vio la escena, uno de sus compañeros parecía una fuente de sangre y le faltaba un trozo de cuello, otro estaba con el brazo y la pierna rota lloriqueando en el suelo y otro yacía muerto junto al objetivo que habían venido a buscar, era un maldito baño de sangre.

"Acabad con el de inmediato, pero no matéis a la chica, la quieren con vida."

siete de esos gorilas se encaminaron hacia Zorak y otros siete hacia Maeve.

Aún estaba mareado, las piernas no me respondían como normalmente, pero no podía morir aquí, no hasta que cumpliera mi objetivo, así que apreté los dientes y metí mis manos en los bolsillos, sacándolas con unos puños americanos vistiendo mis dedos y entonces llego el primero de ellos, el cual se llevó un golpe seco con mi puño derecho en la tráquea, cayendo desplomado al momento, otros 3 se abalanzaron y logre romperle la rodilla a uno con una fuerte patada, mientras con el codo golpeaba la tráquea del compañero de este, un golpe se hizo presente en mi mentón, haciéndome bailar la vista por un segundo, pero me recompuse y con un grito que era más parecido a un rugido gutural, me abalancé sobre él mordiendo su rostro.

"GRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH"

Tras separarme de él escupí hacia mi derecha, dejando caer la nariz del tipo, cuatro menos, quedaban tres.

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#7
OST DE LA ESCENA

     —¿Quién te ha nombrado jefe? —le solté al pelirrojo.
     No recuerdo haberle dado permiso para ordenarme nada. Por alguna razón, quería al rubio imbécil. ¿Lo conocería? Estaba claro que algo había, pues de otro modo no se habría metido de lleno en el problema, dudaba mucho que fuese porque le preocupaba que esos tipos quisieran llevarme a la fuerza. Pero se desenvolvía bien, el cabrón, incluso herido como estaba. Había dejado al rubio en el suelo con un par de miembros rotos, lloriqueando, gritando.
     Una vez más, me habría detenido a admirar aquella nueva obra de arte, pero parecía que la situación estaba lejos de resolverse. Muy lejos. Otro grupo de matones con pinta de armario entraron a la taberna, y esta vez el número sí era alarmante. Como jefe, el rubio berreante quedaba en vergüenza frente al nuevo que había entrado: bastante más alto que el resto, bastante más mazado y con el cabello morado. Todo eso, sumado a las largas garras de metal que portaba en cada mano, le hacía imposible pasar desapercibido.
     Estábamos jodidos, bien jodidos.
     Y el tipo enorme volvió a repetir lo que ya se sabía: mi captura.
     Las intenciones para con el pelirrojo eran bien distintas, lo querían muerto.
     Miré al chico durante una milésima de segundo, pues más tiempo resultaría un error. Él tenía la vista fijada en los siete tipos que venían hacia él. Y descubrí que otros tantos, hacia mí. ¿Cómo se suponía que el pelirrojo iba a sobrevivir a aquello? No tenía tiempo para averiguarlo, mi propia supervivencia clamaba mi atención.
     Pero le escuché gritar. No era un grito de dolor, ni de cualquier otra cosa que no fuese pura ira liberada.
     Con un nuevo vistazo, demasiado corto para captar detalles, vi a varios de esos tipos por los suelos. Me habría quedado impresionada porque alguien herido pudiese actuar de esa forma, si no fuese porque tenía a mis atacantes encima. 
     Veloz, me agaché frente a uno de los muertos, aquel a quien había apuñalado en el abdomen, para recuperar la daga de su pierna. Todos esos putos hombres fueron a por mí al unísono, como autómatas programados con un mismo objetivo. No lograron alcanzarme. Derrapé al esquivar y utilicé la inercia del movimiento para apuñalar a uno en la espalda, a la altura de los riñones. El sofocante calor pegaba mi cabello al cuello y sus camisetas a sus cuerpos, haciendo que la herida fuera visible de inmediato. El hombre apoyó una rodilla en el suelo, así que no pude desaprovechar la oportunidad de agarrarlo por el pelo con la mano izquierda (aun empuñando una de las dagas) y degollarlo con la derecha.
     Otro fue a agarrarme por detrás. Me agaché en el momento justo. Él se desestabilizó hacia delante, pues había esperado tener como tope mi cuerpo. En menos de un segundo, desde mi baja posición, alcé la mano derecha de golpe, haciendo que el filo se introdujese por la entrepierna del pantalón y alcanzase su mayor tesoro. Hice fuerza al sentir cómo cortaba la carne. Su alarido fue, posiblemente, el más aterrador que se haya escuchado nunca en El Dragón Rojo.
     Pero la superioridad numérica, tarde o temprano, afecta. Uno de los tipos que seguía en pie me agarró del corsé por detrás, acercándome a él en un movimiento brusco. De inmediato, traté de zafarme de su agarre. Otro vino en su ayuda, colocándose delante para intentar ayudar a su compañeros. Eran bastante más voluminosos que yo, pero mis movimientos les estaban dando guerra y querían asegurarse de detenerlos. El que venía de frente traía una brida, dispuesto a inutilizar mis manos. No podía permitirlo. Como pude, de un salto me impulsé con las piernas y, aunque aún me sujetaban desde atrás, aparté al de la brida con una patada en el estómago con ambos pies. Resbalé de las manos de mi intento de captor y me giré enseguida, asestándole dos puñaladas con ambas dagas en el pecho. Cayó al suelo.
     Ya no sabía ni los que quedaban, el cansancio estaba comenzando a hacer mella en mí.
     —¡No os pago para que hagáis el ridículo, panda de inútiles! —bramó el tiparraco del pelo morado.
     Su enorme envergadura no fue obstáculo para una agilidad asombrosa y, cuando pude percatarme de que estaba a mi lado, ya me había agarrado por la nuca y levantado en el aire.
     Mierda, joder.
     Traté de apuñalarle la manaza que me sujetaba con ambas dagas, pero me dio un golpe tan fuerte que salieron volando las dos armas. Cerré los ojos durante un instante, sintiendo cómo el dolor se apoderaba de mi cuerpo. Me levantó más, acercándome a él, hasta que mi espalda quedó a la altura de su pecho y mi cabeza peligrosamente cerca de su cara.
     Me reí sin hacer ruido. En vaya puto lío me había metido el puto rubí.
     —¿De qué te ríes, zorra? ¿Te hace gracia haber masacrado a mis hombres? —me gritó prácticamente al oído; cerré los ojos con fuerza—. ¿Quieres reírte? Vas a reírte con razón.
     Abrí los párpados de pronto al notar un intenso dolor en la cara. El desgraciado había hundido una de sus afiladas cuchillas en la comisura izquierda de mis labios. Muy despacio, subía el corte hacia la mejilla, recreándose en el daño, en la sangre que brotaba de mi rostro, en el grito que no pude contener en mi garganta.
     Me estaba pintando una sonrisa.
     El dolor era insoportable. Pataleaba, pero tan solo servía para sentir la cuchilla más dentro en mi carne.
     De pronto, me encontré cruzando el aire a gran velocidad. El golpe contra el suelo me cortó la respiración. Quedé a los pies de aquellos matones a los que no me había dado tiempo a matar.
     —Atadla, que no se vuelva a mover —ordenó el hijo de puta del pelo morado.
     La parte izquierda del rostro me ardía, la herida me latía con violencia. Vi cómo las gotas de sangre se precipitaban contra el suelo, ahora tan cerca de mis ojos. Traté de ponerme en pie, zafarme de sus garras, pero el dolor de la herida, de la hostia y el cansancio no me lo pondrían nada fácil.
     Las sombras de tres matones se cernían sobre mí.


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#8
Zorak estaba cada vez más cansado, seguía perdiendo sangre y el moverse de la manera en que lo hacía no ayudaba, por lo menos parecía que la chica se defendía bien y no debía estar pendiente de ella, así que siguió a lo suyo mientras llegaban otros dos gorilas.

Me abalancé contra uno de ellos, golpeando con una serie de puñetazos, primero, izquierda y luego derecha, directas a la nariz, pero mi fuerza ya estaba menguando y no logre acabar con el tipo, que me soltó una patada en la herida de mi abdomen haciéndome gritar de dolor.

"AAAAAAHRG" posé la mano izquierda en la herida, mientras con la derecha agarraba al tipo por los pelos, atrayéndolo hacia mi rodilla y golpeándole en la nariz, de abajo a arriba, hundiéndole el tabique directo hacia su cerebro.

Antes de poder siquiera incorporarme el otro me propino dos potentes golpes con sus puños, directos a mi mentón, comenzaba a perder el sentido, comenzaba a perder el equilibrio y estaba por caer, este era mi límite? Se supone que así podre vengar a papá y a mis chicos? La esperanza se escapaba de mis manos y mientras caía solo pude ver unos ojos grises y una cuchilla próxima a ellos. "POWDER!", fue el único pensamiento que se repetía en ese momento en mi mente.

[Imagen: a2e53348979f3e03cd909cd94559087b.png]

Zorak estiro la mano hacia aquellos ojos y la cuchilla que ahora se posaba sobre sus labios, otra vez ese mal sueño, otra vez se veía corriendo hacia ella sin poder hacer nada, la perdería de nuevo. Sin darse cuenta comenzó a correr hacia la dirección de esos ojos grises, el tipo que le había knockeado le apuñalo en el omóplato izquierdo, pero el hizo caso omiso al dolor punzante,
el mestizo estaba soñando despierto y lo único que había en su mente ahora mismo es que debía apartar a Powder de esa afilada cuchilla.

Un grito, casi como un rugido logro escapar de la garganta del mestizo.

"SUELTALAAAAAAAAAAAAAAAAA" no la volvería a perder.

Un sutil, pero efectivo movimiento y se produjo un corte en la mejilla de la que el mestizo pensaba que era la mismísima Powder, este abrio las fauces y las cerró sobre la muñeca derecha del tipo, que lanzo a la chica volando y dio la orden de que la ataran.

Así el mestizo, ya exento de fuerzas, se desmayó, apresando la muñeca del hombre con las fauces, con su último hilo de voz, no pudo más que decir unas palabras con voz débil y quebrada.

"Corre...." Todo se volvió negro.

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#9
OST DE LA ESCENA

     Los tres tipos se tomaron su tiempo, sabían que yo estaba hecha mierda y, a pesar de que debían cumplir unas órdenes, se recreaban en una victoria que no habían originado ellos. En los segundos que tardaban en acercar sus manos en mi dirección, eché un último vistazo hacia el pelirrojo. No sabía si le había ido tan mal como a mí, o si estaría vivo siquiera.
     Entonces lo vi colgando de la muñeca del enorme gilipollas del pelo morado. ¿Estaba... inconsciente? ¿Qué habría ganado atacándolo si ya tenía suficiente con los matones, si ya estaba a punto de caer ante ellos?
     Até cabos y supe que lo había hecho por mí. Por eso había salido volando contra mis inminentes captores, por eso no tenía la sonrisa completa en el rostro.
     —Idiota... —susurré, mirándolo entre oleadas de dolor.
     Había firmado su sentencia de muerte, era imposible que sobreviviera al mostrenco al que estaba enganchado. Este, furioso, intentaba quitárselo de encima. Y vi cómo las cuchillas de este se colocaban en posición de rematar al chico.
     Se había lanzado a los brazos de la perdición solo para evitar mi sufrimiento.
     Apreté la mandíbula, lo cual incrementó mi dolor, llevándome al borde del mareo.
     Noté cómo los brazos de los tres gilipollas que me rodeaban querían levantarme.
     Las cuchillas del jefe cada vez más cerca del muchacho.
     No puedo dejarle morir, él me ha ayudado.
     Puedes morir tú en el intento.
     Que así sea.

     Recurrí a las pocas fuerzas que me quedaban, a la voluntad, o algún ser superior del cual siempre negué la existencia. Mi cuerpo comenzó a tomar más envergadura, las plumas blancas crecieron en casi todo mi cuerpo, el pico rosado apareció en mi rostro haciéndome tanto daño que creí que yo también perdería el conocimiento. Pero me mantuve en pie. La transformación se completó en rápidos segundos.
     Los tres matones que me habían rodeado ahora se habían apartado, espantados por mi forma híbrida. Mis ojos gris hielo ahora se veían rojo sangre, y miraban directamente al tipo del cabello morado. No tenía tiempo de discursos de mierda, así que simplemente cogí carrerilla con mis patas rosáceas de buitre y me estampé contra él. Ahora nuestra altura era parecida, pues con esta forma alcanzaba los dos metros y medio.
     El tipo no lo esperaba y perdió el equilibrio, cayendo de culo contra el suelo. Yo extendí las alas, ocupando un gran espacio para mantener el equilibrio. Descubrí que no solo se trataba de sacar al chico de las garras de ese cabrón, sino también de devolverle, aunque sea, una pequeña parte de lo que me había hecho. El intenso dolor de mi cara no remitía, lo que me recordaba que llevar a cabo cualquier intento de venganza era cavar mi propia tumba.
     Me acerqué al pelirrojo, lo levanté con un ala y me lo coloqué al hombro. No acostumbraba a llevar tanto peso encima, pero de ello dependía nuestra supervivencia. Luego, corrí hacia la puerta sin mirar a nada ni a nadie más. No podía perder el tiempo recuperando mis dagas. En mi recorrido, noté varios golpes de los matones en pie, que, gritando, se atrevieron a arremeter contra mí. Los ignoré.
     Al salir, el calor de la noche de verano nos recibió, instándome a salir volando, huir de allí.
     Dejé al chico en el suelo con cuidado para, a continuación, cerrar mis garras en torno a él, batir las alas y alzar el vuelo.
     La puerta sonó cuando estaba despegando, así como unos cuantos disparos en mi dirección que se perdieron en la negrura de un cielo cargado de estrellas.
     No sabía dónde ir, dónde llevarlo, dónde esconderme. Escondernos. Tenía alojamiento en un motel de la zona, pero era demasiado peligroso poner rumbo allí. ¿Cómo cojones pasaría con esas pintas y cargando un joven herido? Yo tampoco estaba bien y cualquiera que viese mi cara ensangrentada, sumado al resto de mi apariencia, diría haberme visto si le preguntaban. Eso si estaba de forma humana, en forma híbrida simplemente se espantarían y llamarían a las autoridades. No tendríamos ninguna oportunidad.
     Puse rumbo a ningún sitio, pensando en que me detendría en algún lugar que me pareciese seguro. No podía tardar mucho, pues el pelirrojo había perdido mucha sangre. Ni siquiera sabía si respiraba. Y, aunque sentía mucho dolor y agotamiento, volé más rápido.


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#10
Cuatro días después, 
en algún lugar de Ciudad Akarui

Lentamente, abrí los ojos mientras la consciencia volvía a mí, notaba la boca pastosa y no comprendía bien que había pasado, intente hacer memoria, pero no lograba recordar más allá de unos ojos grises, mi torso se movió como un resorte al incorporarse, mientras tenía el brazo derecho totalmente alzado y estirado, haciendo el gesto del que intenta atrapar algo al vuelo.

"POWDER!"

Me quedé inmóvil por un momento y un fuerte dolor se imprimió en mi abdomen, así como en mi omóplato izquierdo y un quemazón nacía en la comisura derecha de mis labios, no pude hacer más que retorcerme.


Al posar mi mano sobre el vientre, pude notar unas vendas, de hecho, tenía todo el torso vendado y estaba en una cama, que estaba pasando aquí? Me dolía todo el cuerpo y aunque quería no podía seguir sentado, me desplomé sobre la cama, notando un aguijonazo en el omóplato izquierdo, el cual casi me dejo sin respiración, levante mi brazo derecho y lo pose sobre mis ojos, cerrando estos mismos en un intento por recordar que había pasado, debía recapitular.

Esperaba a un tipo, me metí en una pelea y ya no recordaba más, solo unos intensos ojos grises y un sutil olor a manzana. Comencé a mirar a mi alrededor, estaba en una habitación, a mi derecha un cesto con vendas sucias, en la mesita hilo y agujas de costura, que estaba pasando, donde estaba? Acaso me habían capturado?

Volví a intentar incorporarme sin éxito, estaba demasiado dolorido para moverme, así me quede tumbado boca arriba, con la impotencia a flor de piel, la impotencia de no saber si estaba a salvo o si me estaban manteniendo con vida para sacarme información, cuando de repente desde un rincón de la habitación unos ojos grises se posaban en mi.

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