[Pasado] [+18] - Danza de hielo y fuego
#11
OST DE LA ESCENA

     No he tenido un sueño profundo desde hace más tiempo del que puedo recordar. No cuentan aquellos casos en los que me quedo inconsciente. Pero yo, a diferencia del chico pelirrojo, no había caído en tales tinieblas en aquella ocasión. 
     Volando como pude, y cada vez podía menos en aquellas circunstancias, la noche anterior había entrado en una casa abandonada de Ciudad Akarui. Sí, en lugares como aquel también se daban aquella clase de cosas, aunque fuesen menos vistosas, por suerte para nosotros. Había entrado por un hueco enorme que las tejas caídas habían dejado en la construcción. Mi aterrizaje no había tenido nada de vistoso, pero al menos no fue accidentado, teniendo en cuenta mi dolor y que cargaba con un peso que no acostumbraba.
     Como casa que era, por muy desamparada que estuviese, mantenía todo aquello que en su día sus antiguos dueños utilizaron para vivir. Entre ellas, camas. Pero necesitaba algo más. Por fortuna, en aquel lugar quedaban más cosas que simple mobiliario. Busqué productos con los que poder tratar las heridas. No tengo ni idea de medicina, pero no intentar curarlas podía acarrear consecuencias fatales, y no habíamos escapado de allí para eso.
     Al final, encontré alcohol. No el que yo quería, pero había valido. Un par de botellas de whiskey. En una de las habitaciones, ropa y utensilios de costura, entre otras herramientas que no me servían de nada. Me dediqué a convertir camisetas en jirones. Después, me había llevado todo a la habitación donde había dejado al muchacho tumbado en la cama. Esperando que el remedio no fuese peor que la enfermedad, había comenzado con la ardua tarea de tratar de cerrar sus heridas después de desvestirlo de cintura para arriba.
     Mojé la aguja elegida en whiskey, el hilo también. Cuando empapé los cortes con el mismo alcohol, el chico se retorció, pero no llegó a despertarse. Respiré hondo. Introduje una aguja en su carne, dando puntadas e intentando no hacer ningún estropicio. Primero me encargué del estómago, que era la que peor pinta tenía. Me resultó jodidamente difícil, porque me temblaban las manos del agotamiento, de mi propio e incesante dolor en el rostro y de no saber muy bien lo que estaba haciendo. Cuando terminé, envolví su abdomen con una de la vendas improvisadas a partir de las camisetas. Luego repetí operación con su hombro izquierdo, en concreto, con la zona de la escápula. Tuve que alzarlo de nuevo para colocarle bien el vendaje.
     Y luego la cara. El hijo de puta del pelo morado también había cortado la suya. Le había hecho lo mismo que a mí, pero en el lado contrario, en el derecho. Sujeté su pálido rostro y, con un temblor aún mayor de mis dedos, cosí con el mayor cuidado que pude. Me resultó más complicado, pues su estructura mandibular era diferente. Aunque, bueno, no es como si yo hubiese cosido caras en algún momento de mi vida. Una vez más, él había fruncido el ceño por el dolor, pero tampoco fue suficiente para rescatarlo de los oscuros mundos de la inconsciencia. No quise vendarle ahí, pues al despertar se creería amordazado. Ese no es un buen despertar para nadie.
     Después, me situé delante de un espejo destartalado e hice lo mismo con el whiskey, la aguja, el hilo y la herida de mi cara. Mi determinación fue mayor. Al fin y al cabo, era mi cuerpo. Y aunque no tengo reparo alguno en herir a otra gente, debo querer hacerlo; de otro modo, es infligir dolor gratuito. En mi caso, suturarme la cara me dolía como mil demonios, y de hecho tuve que detenerme un par de veces para que mi visión no zozobrara. Al final, lo conseguí.
     Lo siguiente que hice fue desplomarme en un rincón, sintiendo cómo el cansancio se apoderaba de cada una de mis fibras. Aún con la botella de whisky en la mano, bebí un trago largo. Me ayudaría a calmar el dolor, a conciliar el sueño. Aunque el sueño se apoderó de mí sin más alicientes apenas segundos después.
     Como decía al principio, mi sueño es ligero, lo que hizo que, cuando el chico gritó algo que no entendí, mis ojos se abrieran de par en par, sobresaltada. Mi pulso se había acelerado, preparado por si tenía que crear una respuesta de ataque o de huida. 
     Lo vi incorporado en la cama durante unos instantes y luego se dejo caer hacia atrás con muecas de dolor. Parecía que no me había visto a pesar de estar mirando a su alrededor. Parecía desorientado. Al fin y al cabo, lo último que debía de recordar, si es que su memoria no le jugaba una mala pasada, era encontrarse en El Dragón Rojo. 
     Me apoyé en la madera sucia del suelo para poder levantarme. La herida cosida de mi rostro palpitó con fuerza. Las piernas me ardían, tal había sido mi esfuerzo cargando con él mientras volaba en forma híbrida.
     —No te muevas tanto, se te saltarán los puntos —le dije mientras caminaba hacia la cama.
     Teniendo en cuenta que era la primera vez que cosía a alguien, la probabilidad de no haberlo hecho muy bien era alta.
     Cuando me situé cerca pero a una distancia prudencial, me quedé mirando su rostro: piel clara, ojos de un azul intenso y un cabello rojo y peinado hacia arriba, aunque ahora más alborotado. Observé su boca, recordando lo que era capaz de hacer con ella a los enemigos que se pusieran por delante. De hecho, la sangre de los matones todavía rodeaban esta, manchaban su cuello y, en general, su ropa. Aunque, en realidad, no sabía cuál era la sangre de aquellos imbéciles y la suya propia, igual que en mi caso, que también estaba bastante sucia por la misma razón.
     En realidad, ni siquiera sabía por qué estaba allí, por qué me había quedado en lugar de haberme marchado a la habitación por la que había pagado. No es que yo sea una hermana de la caridad precisamente, pero... irme sin más, dejándolo ahí herido y solo cuando había intercedido por mí, me parecía inapropiado. Igual de inapropiado que si esos miserables hubiesen hallado mi alojamiento y me esperasen por allí para capturarme definitivamente.
     —Diste buena pelea.
     Le dije eso como podría haberle hablado del calor que hacía. Las interacciones sociales se me dan bien a veces, y esta no era una de ellas, con un chico con el que había compartido violentas escenas aun sin saber quién era. Uno a quien había decidido rescatar en lugar de huir por mi cuenta, y con quien había preferido quedarme por cortesía en lugar de buscarme la vida en otro sitio. Cosas impropias de mí, pero hechas, al fin y al cabo. ¿Cómo se habla con alguien así?
     Mis ojos recorrieron las vendas caseras de su abdomen, donde la sangre había calado ligeramente.


INFORMACIÓN
  Responder
#12
Esos ojos comenzaban a acercarse a mí y no podía hacer otra cosa que estar hipnotizado por ellos, hasta que la chica hablo y como si una burbuja estallara salí de mis pensamientos.
Que no me moviera o se me abrirían los puntos, acaso había sido ella la que me había ayudado? Pero.. por qué?, luego comento que había dado buena pelea cosa que me hizo recordar a la chica al momento.

"Eres la del dragón rojo" una mueca de dolor. "qué mierda?"

dije mientras llevaba mi mano derecha hacia la comisura del labio derecho, escocia al tacto y notaba una sutura, que es lo que había pasado?

"Oye, que ha pasado? Ganamos la pelea?", subitamente me acordé. "¿Donde está el rubio?"

Al mirar a la chica me di cuenta de que ella también tenía la comisura del labio suturada, podría ser que los hubieran capturado? Pero no tenía sentido, había escuchado perfectamente al tipo del pelo morado dando la orden de matarme, pose mi mirada en la chica de ojos grises, mirándole directamente a los ojos. Eran unos ojos parecidos a los de Powder, pero estos tenían un deje rojizo y una mirada mil veces más fría que la cálida mirada de la muchacha, aun así mi cara empalideció recordando que vi a Powder en la taberna, cosa que no tenía sentido, pero, sin embargo, recordaba unos ojos grises y... una cuchilla que sé acerba a unos labios, justo en el punto donde la chica tenía el corte.

Metí la mano en el pantalón y saque el paquete de tabaco, llevándome un cigarro a la boca y acto seguido busque en mi pantalón el zippo de papá, por una décima de segundo pensé haberlo perdido, pero allí estaba, al sacarlo se pudo ver un zippo dorado, con una letra "Z" grabada con letra muy estilizada, lo acerqué a mis labios y lo besé mientras cerraba los ojos, era un alivio no haberlo perdido, encendí el cigarro y di una profunda calada, acompañada del punzante dolor del corte en mi cara. La chica no parecía un enemigo, aunque debía estar atento por si las moscas.

"Soy Z" soltó el humo de la calada y levanto como pudo el brazo izquierdo ofreciéndole un cigarro a la chica. "¿Como debería llamarte?".

Al bajar el brazo, note un dolor en el estómago y al mirar estaba claro que se me habían saltado los puntos, comenzaba a verse bastante sangre.

"No me jodas." dije con el cigarro entre los dientes.
  Responder
#13
     Parecía que mi intervención le había confundido más. Me reconoció, eso sí, porque nombró la taberna. De lo que no pareció acordarse fue del corte que aquel desgraciado le había hecho en la cara, pues lo tocó con sus dedos con mezcla entre sorpresa y dolor.
     —No, no ganamos —me vi obligada a responder; se me oscureció la mirada—. Conseguí acercarme a ti y salir de la taberna. Huimos. O, más bien, hui llevándote. —Por el momento no proporcioné más detalles. Primero debía asimilar la información que le faltaba, entenderla, y después ya veríamos—. No podíamos ganar. Si nos hubiésemos quedado, tú estarías muerto y yo en una celda de mala muerte, con suerte. —Suspiré—. El rubio... No sé qué sería de él, imagino que se marcharía de allí con sus compañeros gilipollas. —Me encogí de hombros.
     El chico me miraba y, por alguna razón, me hacía sentir incómoda. No, no era incomodidad, era... inquietud. Tal vez fue porque clavaba sus iris azules en los míos sin retirarlos, o porque lo hacía con una intensidad arrolladora, hasta que rompió el contacto visual. Para mi sorpresa, sacó un paquete de tabaco junto con un mechero dorado. Era de los rectangulares, de estos que hacen que fumar se vea con más clase. Luego le dedicó un gesto cariñoso y encendió un cigarro, disfrutando del humo que entraba en sus pulmones como si lo revitalizase. Luego, me ofreció uno a mí.
     No estaba entre mis vicios fumar, pero de vez en cuando podía aceptar, y las posibilidades aumentaban si me lo ofrecían. Me negaba a pagar por tabaco. Ni siquiera robarlo. Pero ese día, después de lo que habíamos pasado, decidí que no me sentaría mal.
     Siendo consciente del esfuerzo que le suponía mantener el brazo en alto —sus gestos lo delataban—, yo también alargué el mío para aceptar su ofrecimiento. Incluso dejé que lo encendiera. A juzgar por lo que parecía significar para él el mechero, no se me pasó por la cabeza pedírselo prestado. Cuando lo hubo hecho, acerqué el cigarrillo a mis labios, aspirando y dejando que la sustancia entrase en mi cuerpo, reteniendo la respiración unos segundos. Luego, expulsé el humo lentamente mientras este tomaba formas espectrales.
     Se presentó como "Z". Nadie se llamaba "Zeta" —que yo supiese—, así que deduje que estaba siendo cauteloso al evitar revelar su nombre real. Y, por cómo se había agitado en sueños, con mi correspondiente sobresalto, también pensé en que, quizá, en su interior guardaba esa clase de cosas que uno prefiere no recordar, o que se castiga recordándolas. Tengo experiencia en esas mierdas.
     —Maeve —le respondí. Que supiese mi nombre no cambiaría nada, así que había decidido dárselo.
     Y también se fijó, igual que yo había hecho hacía unos minutos, en que la venda de su estómago estaba pasando del blanco al rojo.
     Me encaminé hacia el rincón en el que había dormido (de aquella manera, pero dormido al fin y al cabo), y cogí la botella de whiskey. Regresé y me coloqué a su lado. Me senté en el colchón. Había dejado más tela en la mesita de noche, igual que los utensilios de costura.
     —Te dije que no te movieras —le solté tras dar otra calada al cigarro. Después lo sostuve con los labios, pues necesitaría las manos.
     No era lo mismo encargarme de él si estaba dormido que ahora que tenía los ojos abiertos mientras me miraba y, tal vez, mientras me juzgaba. Pero ya que había empezado el trabajo, debía seguir con ello, ¿no? O bien podría dejar que se las apañase como pudiese. Escogí la primera opción.
     Quizá había sido impresión mía, pero noté algo de recelo cuando me acerqué. Sin embargo, seguí adelante.
     Aproximando ambas manos a su abdomen, comencé a deshacerle el vendaje que con tanta maestría —mentira— le había colocado antes. A diferencia de mis dedos, su piel estaba caliente. Esperaba que no fuese porque su herida se hubiese infectado o similar, porque mis conocimientos de esas cosas eran limitados. Por suerte, no era así. Simplemente, mi grandísimo trabajo de sutura había fallado en algunos puntos y por ahí escapaba la sangre.
     —Aguanta —le dije con una voz desprovista de emociones mientras seguía sosteniendo el cigarro humeante entre los labios.
     Acto seguido, derramé un poco de whiskey sobre su herida. Su reacción fue tal y como esperaba.
     —Aguanta —repetí. 
     Luego, utilicé la parte limpia de las vendas sucias para secarle el exceso de whiskey. Desinfecté otra vez la aguja y el hilo.
     —Aguanta —pronuncié una vez más.
     Me esforcé porque pareciese que sabía lo que estaba haciendo. Hundí la aguja en su piel, casi sintiendo en mis propias carnes el dolor que le podía estar causando. Pero era eso o que se terminase de abrir la herida. Elegí el mal menor.
     No tardé mucho, pues tan solo había perdido un par de puntos, pero a mí se me hicieron eternos. No quería imaginar lo que habría supuesto para él. Luego, volví a vendar la zona, necesitando pasar las tiras blancas por debajo de su espalda, así que esta vez sí le pedí colaboración, ahora que podía. Además de cálida, su piel era suave.
     Me reprendí de forma interna por fijarme en esos detalles.
     —Ahora sí, hazme caso o a la próxima te lo coses tú —le advertí.
     El cigarro casi se me había consumido en el proceso, así que di una nueva calada larga y agoté el cilindro. Luego, lo tiré al suelo de madera y lo pisé. No necesitábamos un incendio, gracias.
     —¿Qué ha hecho el tipo rubio que merecía tu ira de esa forma? —le solté de repente. Tal vez no quisiera responderme, pero me arriesgué de igual forma.


INFORMACIÓN
  Responder
#14
La chica comentó que habíamos huido, más bien que ella me había sacado de allí, cosa que me dejo pensativo a media calada, mientras el humo del tabaco, el cual no había tragado por la sorpresa, comenzó a filtrarse por las pequeñas agallas que poseía bajo mis pómulos, por qué se había jugado el pellejo así por un desconocido? Mirándola, estaba llena de sangre y recordé como blandía esas dagas con tanta destreza, no parecía el tipo de persona que hace algo altruista por qué si, de hecho yo mismo no haría una cosa así y por su mirada, parecía que estaban forjados con golpes similares de la vida, también comento que el rubio probablemente estaría con sus compañeros, había vuelto a fallar.

"Mierda" bufe con algo de rabia al enterarme de la situación.

La chica acepto mi cigarro, lo llevo a sus labios y mientras se encendía el cigarro, estando ahora cerca pude contemplar bien su rostro, una tez blanca que contrastaba con las manchas de sangre seca, unos labios carnosos, facciones que parecían talladas sobre el mismo mármol y unos salvajes ojos grises, dio una profunda calada y sentí un cosquilleo por todo mi cuerpo, la visión de esa mujer fumando llena de sangre produjo una sensación que no había experimentado antes, placer, un placer que no sabía que era capaz de sentir y no entendía tampoco la situación, pero la visión era simplemente hipnótica.

Se presentó como Maeve, tras dar una calada y dejando el cigarro sobre sus carnosos labios, fue a buscar algo al rincón de donde vino y la vi acercándose con una botella de alcohol, "NO NO NO NO" pensé mientras la miraba extrañado, aunque me calme al ver que era para desinfectar y no para ofrecérmelo, comentó que me había dicho que no me moviera y se acercó aproximando sus manos a mí estómago, yo seguía hipnotizado por verla con el cigarro en la boca, qué narices me estaba pasando? De pronto un contacto, suave y frío me hizo estremecer, haciendo que un par de bultos asomarán en la entrepierna del pantalón, cosa que trate de disimular, seguramente sin éxito, pero tampoco podía moverme así que seguí contemplando a Maeve, esta comenzó a suturar la herida y repetía que aguantara, aunque el dolor quedaba en segundo plano.

Una vez acabo, aparto se frio toque de mi abdomen y me dijo que si se volvían a abrir me cosería yo solo, no pude más que sonreír y contestar.

"Lo que usted diga, doctora." Deje caer el cigarro junto al suyo.

Y preguntó sobre el rubio, no sabía si contestar, pero si estaba metida en el ajo con esa gente... quizás debería avisarle, pero lo justo y necesario.

"Tengo un soplo de que tiene información que busco, sobre gente que trafica armas ilegales en mi ciudad." La miré a los ojos nuevamente. "Tienen una gran deuda conmigo que me pienso cobrar, aunque tenga que abrirme paso por el mismísimo infierno para ello." dije esta ultima frase con una mirada triste.

Acto seguido y sin apartar la mirada de ella, pregunté

"Y tú qué asuntos tienes con ellos? Por que te buscaban?."

Me sentía extrañamente tranquilo, después de cerrar mis heridas frente a mí, me quedo claro que por lo menos la chica no era una amenaza para mí.

resumen
  Responder
#15
     A Z pareció no hacerle mucha gracia saber que el rubio no había muerto. Bueno, qué sabía yo, igual se había muerto por las heridas, pero la cuestión era que no había quedado rematado en aquel suelo de madera desgastada. De hecho, aquella información parecía haberle afectado más que los propios pinchazos en la herida, tan reciente como la tenía. 
     Quién sabe, igual tiene una tremenda tolerancia al dolor, me dije. Recordando su actuación en El Dragón Rojo, tampoco era una idea tan descabellada.
     "Doctora" fue como me llamó ante mi anterior orden. Levanté una ceja. A la vista estaba que se me daba mejor abrir heridas que cerrarlas. No tenía muy claro si él había pronunciado ese comentario con matices de burla o si solamente intentaba ser amable. ¿Se podía ser amable en una situación como esa?
     Tú sí, no le has dejado morir desangrado.
     No, eso era ser práctica y devolverle el favor a alguien que había evitado que el cabronazo de pelo morado me desfigurase la cara. No está en mi naturaleza ser amable. Bueno, a veces sí, pero no es de mí de quien estamos hablando.
     Entonces, su siguiente explicación encendió una de mis alarmas. Así que esa gente traficaba con armas ilegales en la que fuera que fuese la ciudad del pelirrojo, y parecía que le debían algo. Sus palabras estaban cargadas de odio. Pero no era su odio lo que me preocupaba, sino que estuviera en búsqueda de traficantes. ¿Qué significaba eso? Si resultaba ser un marine, le cortaría el cuello allí mismo. ¿Con qué? No lo sé, porque había perdido mis dagas, y a bocados no lo iba a hacer, de eso se encargaba él.
     En ese momento fue cuando me di cuenta de que no eran solo las dagas lo que había perdido, sino también la bolsa con mis cosas, mi rubí. Mi dinero.
     —¡Joder! —exclamé. Di un puñetazo en la mesita de noche. Las cosas de su superficie botaron, algunas volcándose.
     Si había perdido mis putas cosas, mi puto dinero, por culpa de un marine o algo parecido, no solo lo mataría sino que me aseguraría de que sufriera. Haría que me pidiese que acabase con su vida.
     Y ahora estaba preguntándome por mis problemas con esa gente.
     Mi puto problema es un puto robo a un puto pánfilo de mierda que ni siquiera sabe cuidar de su propio género, y unos putos desgraciados han venido a capturarme porque se ve que el puto joyero les ha ofrecido una puta recompensa por llevarme viva.
     Pero no le diría eso. Si quería ajusticiar el tráfico de armas, un robo en una joyería quizá haría que quisiera sumarse a mi captura, aunque fuese bajo el nombre de una organización uniformada de mierda.
     ¿Y para qué me quería esa gente viva? Si lo que interesaba era el rubí, con quitármelo habría sido suficiente, pero ¿llevarme a mí? ¿A cuento de qué? Que era un puto joyero, no un mafioso. A no ser que quisiera entregarme a los marines. Por favor, si ni siquiera tenía cartel de recompensa. O que fuera todo mentira y el joyero no me hubiese incluido en las condiciones de la recuperación del rubí, sino que ellos mismos me querían viva.
     Joder, de la que me había librado.
     Y si el tal Z resultaba ser un agente de la ley, pronto su organización tendría una persona menos. De su respuesta dependería mi reacción, no estaba para gilipolleces.
     —¿Que por qué me buscaban? —repetí, conteniendo a duras penas el enfado que iba en aumento—. La pregunta es: ¿por qué tú los buscabas a ellos? ¿Tráfico de armas? ¿A quién le importa el tráfico de armas si no es a quien las vende, quien las compra o quien las persigue? ¿Tú las persigues, Z? ¿Querías detener a esos putos traficantes? —Si era así, desde luego, sus métodos eran de lo más peculiares—. ¿Eres un puto marine o alguna de esas mierdas?
     De mis ojos prácticamente saltaban chispas mientras los clavaba en los suyos.
     La repentina ira me producía visión de túnel y en mi cabeza no había lugar para más hipótesis que la que me estaba quemando las venas en ese momento. Apreté los puños.


INFORMACIÓN
  Responder
#16
Maeve se puso furiosa, se puso visiblemente nerviosa con mi pregunta y comenzó a decir que lo importante eran mis asuntos con ellos y se atrevió a llamarme marine.
Un movimiento fugaz de mi brazo derecho agarro a la chica por los mofletes de esta, mientras la mirada de Zorak se oscurecía en rabia y enseñaba los dientes.

"Ni se te ocurra volver a llamarme marine, son escoria." Soltó un poco el agarre mientras la mirada se me calmaba

"Me importan una mierda esas armas, pero mataron a gente importante para mí, entiendes?" La mirada paso a ser triste, la mirada de alguien que se culpa por haber tomado malas decisiones.

No pensaba contarle más, pero pensándolo fríamente, la chica me había ayudado, llevaba un año cargando con todo él solo, llevando el peso de su mala elección sobre sus hombros, una culpa que me recorría cada segundo del día, casi sin ser consciente, aun con la mirada fija en Maeve mi boca comenzó a hablar casi por sí sola.

"Mataron a mi padre." Que estaba haciendo? "Y sospecho que también lo hicieron con mi hermana." De esta parte no estaba seguro, pero un cadáver sin lengua deja poco que imaginar.

Seguía con mi mano en la cara de la chica, ya no apretaba en absoluto, notaba su frío tacto y la piel suave, aparte la mano y volví a recostarme en la cama, suspirando mientras volvía a colocarme la mano sobre los ojos.

"Ahora ya sabes mi parte, solo quiero saber si te puedo considerar alguien en quien confiar." No mentía, aunque la chica tenía algo que hacía que me sintiera cómodo, necesitaba quitarme de dudas.

Seguía notando la boca seca y el hambre comenzaba a abrirse camino en mí estómago, supuse que esta era la casa de la chica, así que mientras rugían mis tripas, pregunte.

"Tienes algo de café o algo para comer? Me muero de hambre" el cansancio también comenzaba a aparecer de nuevo, estaba en un estado deplorable y el cuerpo demandaba nutrientes

"Cualquier cosa servirá, solo distingo el sabor del tabaco y del café" Esperaba no haber asustado de más a Maeve, a veces costaba controlar al monstruo de mi interior.

Resumen
  Responder
#17
     No vi venir el movimiento. 
     La reacción de Z a mi acusación fue instantánea: me agarró de la cara. Pese a su estado, la presión me hacía daño, pero ni me aparté. Solo podía mirar cómo una sombra se cernía sobre sus ojos, convirtiendo el azul en un océano nocturno. Dejó ver sus dientes, aquellos con los que había asesinado sin piedad a algunos de los imbéciles de la noche anterior.
     Y lo que me dijo al señalar mi error de haberle supuesto marine sonó a amenaza aunque no lo fuese.
     Al menos no era uno de esos putos desgraciados.
     Aflojó la sujeción, pero yo continuaba quieta, mirándole. Retándole y odiándome a la misma vez.
     No esperaba que me fuese a contar que esos tipos habían asesinado a personas importantes para él; fue más allá: su padre y su hermana, aunque no tenía muy claro esta última parte. Joder. No me hacía falta haber pasado por lo mismo para entender el profundo dolor que debía de estar sufriendo. Una herida abierta que el paso del tiempo no cierra, solo camufla, a la espera de hacerte sangrar de nuevo.
     Hubo un momento en el que ya no apretaba, sino que entre su mano y mi rostro solo había contacto. Luego, nada.
     Se cubrió los ojos. El gesto no me pasó desapercibido. Entre aquellas confesiones, tapar aquella parte del cuerpo que dejaba entrar al alma era un acierto si no quería que nadie se asomase. A mí no me hacía falta. A pesar de la apariencia feroz que él podía llegar a adoptar, ahora me parecía vulnerable.
     Quería saber si podía confiar en mí. Y tenía hambre. Y no distinguía más que un par de sabores.
     —Siempre puedo mentirte y decir lo que quieres escuchar, ¿no? Si te respondo que sí, ¿te sería más fácil confiar en mí? —respondí mirando a la mano que le cubría los ojos—. En realidad, no sabrás si puedes confiar hasta que lo juzgues por ti mismo. Y lo mismo me pasa a mí. —Suspiré sin hacer ruido; mi siguiente intervención podría cambiarlo todo o absolutamente nada—. Me perseguían porque había robado una piedra preciosa a un imbécil. —Recordé mis recientes elucubraciones—. Ya no tengo muy claro si me buscaban viva porque formaba parte del trato por la recompensa o porque esos gilipollas me querían para ellos. Si esperabas una damisela en apuros, te confundes conmigo. Ah, y si vuelves a tocarme, te corto la mano.
     Que alguien me tocase sin mi permiso —y no hace falta que sea con turbias connotaciones— era algo que me molestaba mucho. Me enfadaba, me encolerizaba en según qué ocasiones. Esta vez, sin embargo, habiéndome pillado desprevenida, habiéndome hecho daño y por algún motivo que no sabía especificar, no fue tan desagradable. Pero la advertencia quedaba dicha y no supondría ningún trauma para mí cumplirla.
     Incluso cuando había algo en ese chico que captaba mi atención.
     —Sí, claro, tengo todos los manjares que te puedas imaginar, qué pena que solo distingas el café y el tabaco, porque es justo lo que no me queda —ironicé, cruzándome de brazos—. Te he dicho que huimos de aquel lugar, ni siquiera sé dónde estamos. Esta es una casa abandonada que, convenientemente, apareció en mi camino.
     Entonces, me di cuenta de que yo también tenía hambre. Joder.
     Sin dedicarle ninguna otra palabra, me levanté, me di la vuelta y salí de la habitación. No conocía aquella casa, y solo había abandonado el cuarto para ir al cochambroso baño, así que me dediqué a recorrerla en busca de algo de comer. Fue complicado, ya que ni siquiera sabía desde cuando estaba deshabitada. Había que olvidarse de cualquier cosa fresca, tal vez tuviera más suerte con alimentos enlatados. ¿Tuve suerte? No mucha. A no ser que un bote de galletas rancias, una lata de judías en conserva y una botella por la mitad de a saber qué refresco se considerase suerte. Ah, y cinco bollos de chocolate envueltos en plástico cuya fecha de caducidad era un insulto para nuestros estómagos. Nada de café. Lo que sí que era suerte fue que las cañerías aún funcionasen, lo que me permitió llenar un vaso de agua. Dos, por deferencia hacia ese Z. 
     Sujetándolo todo como podía, teniendo en cuenta que mis manos ya estaban ocupadas con los vasos, subí las escaleras. Sí, ese desastre de casa tenía dos pisos y desconocía si también sótano. Obviamente, la habitación donde nos resguardábamos estaba arriba, pues era a la que me dio acceso el agujero del tejado. Que, en verano como estábamos y con el calor que hacía, era una delicia que entrase el aire por allí arriba, ventilando aquel lugar que olía a rancio y abandono.
     Al llegar, dejé las cosas en la mesita de noche.
     —Esto es lo que hay, si queremos otras cosas habrá que salir.


INFORMACIÓN
  Responder
#18
Maeve soltó una verdad como un templo, si quería saber si era de fiar, debía comprobarlo por mí mismo, luego hablo sobre el robo de una piedra preciosa y sentencio que si volvía a tocarla me cortaría la mano, esa amenaza hizo que mis comisuras dibujaran una sonrisa, aun con el punzante dolor que nacía en mi lado derecho, tras comentar que era una casa abandonada, salió de la habitación y me quede pensativo.


Todo lo que me había pasado comenzó por intentar robar una joya junto a mi maestro, sería posible que estuviera relacionado? Una manera de costear las armas, quizá? Casi sin darme cuenta me incorpore y me quede sentado con la espalda apoyada al respaldo de la cama, pose mi mano sobre la herida de mi estómago, recriminándome internamente por no ser más fuerte, por no poder controlar los impulsos cuando algo tenía que ver con el tema de esos malnacidos, por no ser capaz de controlar a su monstruo interior, aun en una situación de calma como estaba ahora, con la habitación a solas, con cerrar los ojos podía verlo, un torbellino de furia, como una bestia que se arrastraba suplicando por sangre, en que me estoy convirtiendo?

La puerta se abrió y Maeve apareció con un bote de galletas, una lata de lo que parecían judías en conserva y un líquido el cual esperaba que no fuera o por lo menos no contuviera alcohol, también llevaba lo que parecían unos bollos, pero no había café, Maeve comento que eso era todo lo que había y tendríamos que salir para conseguir algo más.

"Sobre lo que comentaste antes, no creo que fuera bueno que esa gente te echara el guante y tranquila, se ve a la legua que no eres una damisela en apuros." que se lo digan a los gorilas del rubio, pensé.

"Qué tal si comemos ahora y descansamos?" El cansancio estaba comenzando a apoderarse de mí nuevamente. "Mañana saldré a robar algo."

Agarré uno de los bollos y resulto ser de chocolate, recordé con melancolía el sabor del chocolate mientras metía el bollo en mi boca y al morder, lo mismo de siempre, no sabía a nada, pero por lo menos el estómago estaría lleno.

"Siento lo de antes, llevo un tiempo bastante alterado" agarre un par de galletas y me las lleve a la boca, tras tragar continúe. "¿Eso no llevará alcohol, verdad? Soy abstemio"

Tras comer mis parpados comenzaban a volverse pesados, volví a recostarme en la cama y antes de caer dormido susurré un "Que descanses Maeve"

Todo se volvió negro, el sueño reparador tendría que ser suficiente para hacer acopio de fuerzas para salir a por comida

Resumen
  Responder
#19
Día 31, 19:47h, verano, año 8
West Blue | Reino de Ilisia | Ciudad Akarui


     —¿Ah, sí? ¿Y dónde dices que tienes tierras? —pronuncié con voz estúpidamente melosa.
     Delante de mí, un tipo calvo, alto y fornido, tanto que sus brazos parecían un conjunto de sandías superpuestas. La camisa abierta y con cordones cruzados dejaba ver la pelambrera del pecho, oscura y rizada. Quizá su cabello hubiese sido así cuando todavía lo conservaba.
     —En País de Kano. Tengo a unos jornaleros contratados para que las cultiven, aren y cosechen. Yo me vine aquí para dedicarme a la alfarería en cuanto me enteré de que podía hacer de mi pasión un negocio —respondió el hombre. Su pecho peludo se hinchó de orgullo.
     No podría importarme menos.
     —¿Y tú? Nunca te había visto por aquí... Y, créeme, me acordaría.
     Podría ser mi padre. Literalmente, nunca lo había conocido.
     —Ya, bueno, esta no es mi isla. —Ni ninguna, pero eso no tenía por qué saberlo.
     Era el día del mercadillo en aquella ciudad. No era un mercadillo cualquiera, sino que se celebraba por "la estación del fuego". Así lo llamaban. No vendían solo alimentos, sino también espadas de madera para niños, bisutería para quien quisiera iluminar su imagen, hacían juegos, corralitos con diferentes animales, espectáculos con fuego, venta de flores, exposición de diferentes máquinas y herramientas del pasado que servían para castigar o invitar a la gente a hablar (vamos, de tortura de toda la vida, pero preferían ser políticamente correctos), puestos de artesanía de todo tipo: cristal, madera, arcilla, piedras preciosas, etc. Un lugar de lo más curioso.
     Obviamente, cuando nos enteramos, Zorak y yo decidimos que sería un lugar muy apropiado para adquirir cosas para nosotros, y no necesariamente pagando por ellas. Incluidos berries.
     Así es como me acerqué a Lionel, el tipo con el que estaba en ese momento. Le había echado el ojo al verlo gastar multitud de berries en diferentes puestos, enterándome después de que tenía uno propio en aquel gran mercadillo. Mi máxima era camelármelo lo suficiente como para arrebatarle esa gran bolsa de monedas que llevaba consigo.
     —No te preocupes, princesa, puedo prepararte una ruta turística para otro día, de modo que puedas conocer todas las curiosidades del lugar. Llevo aquí unos cuantos años, puedo manejarme bien.
     Después de su oferta, me pasó la mano por la cintura, atrayéndome hacia él. Sentí el clic en mi cabeza y tuve que utilizar todo mi autocontrol para no meterle una hostia y apartarme. 
     —Sí, sería una gran... idea —mentí como una bellaca.
     —¿Verdad? —Comenzó a mirar a los lados, parecía que buscaba algo—. Acompáñame, quiero que pruebes la mejor hidromiel de la ciudad, la hacen en aquel puesto, Martillo de Tormenta. Invito yo.
     Deshizo el contacto.
     No diría que no, por supuesto. Bebida gratis era bebida gratis y, seamos sinceros, parte de lo que le pensaba robar iría destinado a beber algo, así que era como un adelanto.
     Le seguí entre toda la gente, pues el Mercadillo de la Estación del Fuego estaba abarrotado, intentando no perderlo de vista. También miré a mi alrededor, preguntándome dónde estaría Zorak.
     Lo conocía desde hacía cuatro días, y debe de ser que meternos de hostias con una banda organizada era un elemento de unión pues, por alguna razón, desde entonces habíamos pasado los días juntos. Me acompañó hasta mi habitación de hostal cuando estuvo un poco mejor. Que con tremendas puñaladas, no sé cómo podía moverse los días siguientes, pero la cuestión es que lo hizo. Y yo también. Ya me había acostumbrado a los puntos y al dolor de mi cara, pero había que sobrevivir, no estaba la cosa como para andar quejándose por las esquinas. Y yo no me quejo.
     Lionel me había preguntado precisamente por esa herida, diciéndome, palabras textuales: "no te resta belleza, princesa, te convierte en más exótica". 
     La cuestión es que Zorak y yo nos habíamos instalado en la casa abandonada que encontré en la huida. Así, él tenía un lugar donde quedarse y yo también sin que nadie me preguntase cosas indebidas. Llevé allí las pocas cosas que me quedaban, aquellas que no había perdido en El Dragón Rojo. De alguna forma que no puedo entender, congeniamos. Y yo no congenio con nadie. Resultó ser una compañía agradable. No mentiré: me producía mucha curiosidad alguien tan... peligroso. En aquel momento, no sabía qué edad tenía, pero seguro que era más joven que yo. En algunos aspectos, tenía mucho que aprender. En primer lugar, controlar esa ira que lo dominaba. No me entendáis mal, la ira es un gran propulsor, pero mal gestionada puede llevar a la perdición. Sin embargo, yo no era quién para solucionar eso, puesto que nadie me había pedido opinión. Y todos tenemos nuestros monstruos, ¿verdad?
     —¡Mellon, ponnos dos hidromieles de las tuyas! —gritó alegremente Lionel al llegar al puesto.
     —Vaya, qué bien acompañado te veo —le respondió su conocido. Era un hombre pequeño pero robusto, con cabello y barba verdes, a quien también se le veía especialmente contento ese día.
     —HIAHAHAHA, ¡hoy los cielos me han sonreído! 
     Lionel volvió a agarrarme por la cintura y a apretarme contra su musculoso cuerpo. Sonreí por no matarlo. Aunque... bueno, quizás aquello me facilitaba las cosas. También yo rodeé la suya y... ¡bingo! Mis dedos rozaron su generosa bolsa de berries. Tan inflada, tan gordita, tan... potencialmente mía. Solo debía jugar un poco más.
     Me separé de él para coger la jarra de hidromiel que me tendía. Bebí, necesitaba hacerlo. Joder, qué cosa más deliciosa.
     —Y, dime, ¿a qué te dedicas, princesa? —Lionel había bebido también.
     A desplumar a tipos como tú. 
     Lógicamente, reprimí esa respuesta. En su lugar, le mostré una sonrisa.


INFORMACIÓN
  Responder
#20
OST de la escena

Llevaba ya unos días con Maeve y la verdad la chica no paraba de sorprender al mestizo, habían hecho de la casa abandonada su guarida y por azares del destino se enteraron del festival de la estación del fuego, aún seguía dolorido por los cortes, pero podía moverse con cierta normalidad, el joven estaba en su salsa con tanta gente a la que desplumar en un mismo sitio, le resultaba extremadamente fácil pasar desapercibido e ir agarrando bolsas de gente al azar cuando se encontraba una aglomeración de gente mirando algún puesto, simplemente se acercaba a la multitud y mostraba falso interés por los artículos, al igual que el resto que estaban allí agrupados, seleccionaba la víctima que tenía más pinta de tener dinero y sin dudar con movimientos rapidísimos les quitaba la bolsa y se largaba, llevaba ya varias cuando vio a Maeve con un hombre que era más músculo que persona, con la camisa abierta mostrando una mata de pelo en el pelo, seguramente el que le faltaba en la cabeza.

El hombre abrazo a Maeve y el mestizo sin darse cuenta apretó su puño, se quedaron un rato hablando y Maeve se mostraba melosa con el hombre, "Tsé como si me importara" pensó el chico.
Cuando comenzaron a andar vio a Maeve mirar a su alrededor y le dio la impresión de que trataba de encontrarle, Zorak sonrió y comenzó a seguirlos.

Se pararon en un puesto donde servían esa bebida del diablo, el tipo volvió a abrazar a la chica y Zorak dio un paso hacia adelante con ciertas intenciones, pero vio a Maeve rozar la bolsa del tipo y ato cabos, bueno en ese caso podría ayudarla a dar el golpe, "No lo hago para que la deje de tocar, solo la estoy ayudando" se engañó el joven.

Zorak metió su mano en el bolsillo trasero derecho y de allí saco su vieja baraja de cartas, y paso a un escaso metro de donde se encontraba Maeve con aquel imbécil, se posicionó en medio de la calzada y suspiro un momento, no le gustaba llamar la atención de esa manera, pero si hacer trucos con cartas, le traía recuerdos de épocas mejores, se aclaró la garganta y dijo con una voz segura.

"DAMAS, CABALLEROS, BIENVENIDOS AL SHOW DE MAGIA DEL MAGO Z!" La gente se giró mirando al mestizo y comenzaron a dejarle un poco de espacio.

Zorak comenzó a barajar el mazo como si fuera un crupier experto, dejando caer las cartas en cascada, recogiendo la mitad del majo y mezclándolo con el resto usando su dedo meñique, acercándose a una niña y ofreciéndole el mazo.

"Escoge una"

le dijo con una voz muy tranquila y la niña agarro una carta

"No me la enseñes vale?" La niña asintió, miro la carta, Zorak separo la baraja por la mitad y la niña puso la carta en la separación que el mestizo le ofrecía.

Zorak comenzó a barajar de nuevo la baraja a unas velocidades vertiginosas, pues tenía las cartas marcadas y sabía exactamente cuál era la que le había tocado a la niña,
paró de barajar y saco dos cartas, pegadas la una a la otra y le enseño el 3 de picas a la niña, la cual negó con la cabeza.

"Vaya, entonces puede que sea esta?!" Zorak dejo caer la carta del 3 de picas y tal como se separaba de su mano, con la otra aún oculta bajo su palma alargo el brazo hacia la oreja de la chica,
el 3 de picas cayo al suelo boca arriba y el mestizo al retirar la carta de la oreja de la niña mostraba el 7 de corazones.

"ES ESA, QUÉ PASADA!!" Decia la niña con los ojos brillantes.

Zorak se incorporó y miro a Maeve, esperando que aprovechara el show para desplumar al calvo

Resumen

Karmas usados
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)