[Pasado] Feliz No Cumpleaños
#1
Leyenda


Primavera, Año 12
Ballywood beach, a bordo del Rémora Fatua
Día 12, 3:05 AM

Tras la ajetreada sesión de compras y el absolutamente necesario y placentero baño de después, la tarde fue realmente tranquila a bordo del barco que ahora era nuestro hogar. La cena de ese día fue pechuga de pollo empanada con patatas fritas. Era un plato sencillo, pero era posiblemente mi plato estrella, y diría que a mis amigos les encantaba.

Me encontraba sentada en la cubierta del barco, con la espalda apoyada en la pared. Me tocaba hacer guardia esa noche, por lo que trataba de no perderme ningún detalle. Tenía prohibido por la capitana leer en las guardias, después de aquel incidente con la lámpara, y Mandarina se encontraba dentro, durmiendo en el hombro de Peteiro, quién parecía estar algo enfermo los últimos días. - Tal vez la mayonesa del pescado del otro día no estaba del todo buena - una sonrisa se dibujó en mi rostro recordando al gyojin zamparse toda la fuente de un bocado, fuente incluída. Como no nos había dejado ni las espinas, ni Maeve ni yo pudimos llegar a probar aquella mayonesa, así que no estaba segura a ciencia cierta.

En una extremadamente apacible soledad. Divagaba en mis ideas, a medida que mis párpados se hacían más pesados y, antes de poder siquiera darme cuenta, Morfeo me había acogido en sus brazos. Dormía plácidamente, en una postura en la que seguramente mi cuello me daría los buenos días a la mañana, lo cual tampoco resultaba tanto problema pues la gran mayoría de sonidos me sacaban de aquel relajante estado. Por primera vez, aquel mecanismo de defensa que mi cuerpo desarrolló era útil para algo más que para darme sustos de muerte.

Había ciertos animales pequeños (y no tan pequeños), como búhos y roedores, que escapaban a mi extremadamente fiable (para nada) radar de peligros, pero un buitre no era uno de ellos. Y menos aún uno que conocía de sobra. Tan pronto se posó en cubierta, a escasos siete metros de donde me encontraba, abrí los ojos súbitamente. Me golpeé en la cabeza con la barandilla, al ir a levantarme. Por unos instantes me asusté, pues confundí al animal con un halcón blanco, pero tras parpadear dos veces pude reconocer perfectamente aquel buitre albino de ojos no tan bonitos, y cómo me miraba fijamente

Me levanté, tras lo cual me agaché, haciendo una reverencia. - Bienvenida a casa, capitana - aproveché para peinarme y levanté bruscamente la cabeza - El fuerte está a salvo. - sonreí. Miré brevemente a Maeve, quien, a mis ojos, parecía algo cansada. - ¿Tarde movidita, verdad? - pregunté con una risita. - Yo también he tenido una mañana... - añadí. - La cena está preparada. Hay pollo empanado con patatas, me dices y te caliento. - expliqué, dando la vuelta para dirigirme hacia dentro. - Ah, y he comprado cerveza, me han dicho que es al mejor. No la he probado así que no te se decir.

Tan pronto puse la mano sobre la puerta que daba a la bodega, algo en mi mente me recordó lo que había comprado - ¡El perro de goma! - me dije a mí misma - No, eso no, tonta - parecía que la voz crítica de mi cabeza empezaba a portarse mejor. Posiblemente fuera a causa del clima, o de que ahora realmente tenía gente en quien confiar y estaba menos alerta. - Es verdad - murmuré. Rebusqué en mi bolsillo derecho y cogí la cajita.

Me giré nuevamente, y tras ponerme de cuclillas para estar a la altura de la mujer le miré a la cara. Esos ojos... sentía cómo mi cara se ponía más y más roja y como mis nervios florecían. Era un momento extremadamente importante, por lo que reuní todo el valor que tenía, para no apartar la mirada. - ¡Fe... Feliz Cumpleaños Maeve! - exclamé. Seguramente esta pensaría que era tonta o me había olvidado de la fecha de su cumpleaños. O incluso tal vez bromearía sobre si me había dado un golpe demasiado fuerte en la cabeza. - Sé que todavía queda mucho para el 82 de verano, pero he encontrado una cosa que creo que te iba a gustar, y no quería que lo vieras sin querer. - hablé rápidamente, antes de levantar ambas manos y entregarle la cajita que contenía el regalo.


Resumen

El regalo

Karmas Relevantes

Akuma
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#2
     Matar a unos hijos de puta, rescatar a unas pobres esclavas sexuales y escoltarlas, por los cielos, hasta el cuartel de alguna autoridad (que resultó ser la Marina), no había entrado en mis planes cuando salí a ver qué se cocía en East Ballywood. Pero la vida tiene la costumbre de darnos algunas sorpresas.
     Me acordé de Kisuke y de lo sucedido el año anterior, por supuesto. Cómo no hacerlo. Aquella fue una de las experiencias más macabras que he vivido. Y a la vuelta, cuando me dirigía por fin a Ballywood Beach volando, otra clase de pensamientos cruzaban mi cabeza. Unos relacionados de forma indirecta con aquel pozo de mierda. Unos que prefería enterrar, porque cada vez que se atrevían a asomarse por mi cabeza, todo lo que encerraban mis costillas comenzaba a protestar. Y asesinaba esas protestas, porque no soportaba que rescatasen ciertos recuerdos después de ¿cuántos años? Cuatro. Y, como estúpido, mi cerebro se empeñaba en contarlos.
     El aire fresco de una primavera recién nacida se sentía agradable en mi cara, en mis plumas, en mis alas. En mi cuerpo. En mi alma. Volar me regalaba una de las mayores sensaciones de libertad que se pueden tener, y cuanto más me alejaba del suelo, cuanto más pequeña me parecía la civilización, más me encontraba conmigo misma.
     Nuestro barco, nuestra flamante Rémora Fatua, no tardó en aparecer en mi vista de buitre. Incluso tan oscuro como era, pude vislumbrarlo atracado. Me apetecía seguir surcando el aire, pero debía reconocer que aquella noche me había dejado cansada, así que comencé a descender hasta que mis patas tocaron la cubierta.
     En el momento de la llegada, descubrí a Eaa despertándose justo cuando llegaba yo.
     —Qué guardia tan bonita, ¿eh? —le dije a modo de saludo. Luego, recuperé mi forma humana.
     Estaba visto que en aquella isla había que tener mucho cuidado, ya fuese por la ingente cantidad de desgraciados que había (en unas zonas más que en otras, por supuesto), o por la presencia de la Marina. Los peligros que acarreaba cada una eran muy diferentes, pero conducían a lo mismo: problemas. Y, la verdad, estaría bien descansar de vez en cuando.
     Pues no te metas en mierdas como la de esta noche, me reprendí.
     En cualquier caso, Eaa, con la amabilidad que la caracteriza, se limitó a ignorar mi comentario y a darme la bienvenida a casa. A casa. No sonaba mal. También me explicó que todo estaba en orden y que su mañana había sido... algo, porque no terminó la frase, sino que habló de la cena. Si no quería hablar de ello, yo no preguntaría. Ya sabemos cómo funcionan las cosas. 
     Pero había dicho cena y cerveza. Nada podría hacerme más feliz en ese momento que aquello.
     O tal vez me equivocaba.
     Cuando se agachó frente a mí y me felicitó por mi cumpleaños, no entendía nada. Iba a decirle que su memoria era nefasta, pero se ve que tenía algo... para mí y no quería esperar para dármelo. De la fecha se acordaba perfectamente.
     Incliné la cabeza hacia un lado, mirándola a los ojos. Su reacción ya no me sorprendía, era consciente de que ella sentía algunas cosas cuando esto sucedía, pero no se puede aceptar un regalo sin mirar directamente a su remitente.
     —No tendrías que haberte molestado —respondí, seria. Pero cogí la cajita.
     ¿Cuándo fue la última vez que alguien me había regalado algo?
     Preferí no continuar por ese camino y prestarle atención a Eaa, que era la que tenía delante y la que había decidido gastar tiempo y dinero en mí.
     El envoltorio era un tanto extraño, con un lazo torcido cubriendo sus colores suaves. Luego, una cajita de madera con algo grabado en la parte de arriba: "Para que nos guíes hacia nuevas aventuras". Estas mierdas a mí no se me hacen. Tragué tratando de eliminar el pequeño nudo que se instaló en mi garganta. De puertas para fuera, me mantuve impertérrita. Con cuidado, abrí la caja para descubrir que, además de un agradable aroma, en su interior descansaba un bonito Log Pose. Lo acaricié con mis dedos, despacio, sin apenas tocarlo. Fue cuando descubrí un diminuto grabado: un gato negro.
     Levanté la vista para volver a mirar directamente a Eaa. No sabía qué decir, qué hacer, qué nada. No se me da bien recibir regalos —siempre que sean regalos sinceros, no un intento de soborno—, así que los siguientes segundos fueron en silencio, únicamente rotos por el sonido del mar en la noche.
     —Es... muy bonito. Y útil. A donde vamos, lo necesitaremos seguro. —Una manera muy ridícula de mostrar agradecimientos. Esfuérzate más—. Gracias, Eaa.
     Acababa de darme cuenta de que nunca estaría a la altura de esa chica, además de físicamente, a la hora de ser detallista. Si tengo algo que demostrar, lo hago de otras formas. Esperaba que, llegado el caso, fuesen suficientes, porque a estas alturas, de algún modo me habían llegado a importar sus sentimientos. También los de Peteiro, pero hablar en esos términos del gyojin era meterme en terrenos pantanosos, pues lo que él guardaba dentro solía ser todo un misterio a desentrañar.
     Me guardé la cajita en el bolsillo de la chaqueta.
     —He tenido una noche un poco... movidita. La cena me vendría de puta madre, y la cerveza más.
     No sabía si aún tendría restos de sangre por la cara y, de ser así, si Eaa los habría visto.
     Esperaba que aquellas chicas estuvieran bien. Les había tocado conocer el veneno del mundo muy jóvenes. Hay cosas por las que una no debería pasar nunca. Jamás. Pero no quería pensar más en ello. Ni en nada. Solo en la cena, en la cerveza, en el barco, en mis compañeros y en la palabra que la pelirroja había utilizado: casa.


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#3
Leyenda


No tendrías que haberte molestado. Aquellas palabras y sobre todo la seriedad con la que las dijo, sonaron como una losa. Cogió la caja y no dijo una palabra. Pum pum. Mi pulso se aceleró - ¿Le gustará? - Cuando lo vi en aquel escaparate estaba completamente segura de que sí, pero a cada segundo que pasaba mi confianza se resquebrajaba. Mi mirada seguía fija en su rostro, y en cómo esta miraba la caja. Contuve la respiración. Lo único que podía escuchar era el sonido del papel desenvolviéndose, el papel desenvolviéndose y mi corazón gritando para salir disparado de mi pecho. Tras retirar el papel se quedó mirando la caja unos instantes. Ni una palabra. Supuse, por el tiempo que estuvo mirándola, que lo había leído. Tragó saliva antes de abrirla. - Mala señal -  Tragué saliva. Pum pum, pum pum. Los latidos sonaban más fuerte todavía, podía sentir como el sonido retumbaba en por toda mi cabeza. Seguía con mi mirada clavada en su rostro. Si hubiera podido pensar, me hubiera sorprendido de haber podido mirar tanto tiempo seguido a la albina, aunque, siendo sinceros, tampoco estábamos cruzando miradas. Por sus movimientos estaba tocando el Log Pose - Sí, es sorprendentemente suave - fue lo que yo pensé la primera y única vez que lo tuve en mis manos. Obviamente, no dije nada. No hice siquiera el esfuerzo pues sabía que aunque lo intentara ningún sonido iba a salir por mi boca.

Entonces alzó la mirada y volvió a mirarme directamente. Me miró con esos bonitos ojos suyos. Grises, tan claros como la nieve misma, con un leve tono rojizo. Una mancha de sangre sobre la nieve. Ni me inmuté. "Tal vez la solución a mi problema era encontrar algo que me pusiera infinitamente más nerviosa" posiblemente esa sería la conclusión a la que hubiéramos llegado mi crítica voz interior o yo, si alguna de las dos tuviera una neurona operativa en aquel momento. Hacía ya rato que me había olvidado de respirar. Mi vista comenzó a nublarse un poco. Parecía que iba a decir algo. Pum pum, pum pum, pum pum. Todos y cada uno de mis músculos se tensaron, como si preparándome para recibir un tremendo golpe. - Ahí viene - Cerré incluso los ojos. No quería ver lo que a todas luces estaba a punto de suceder.

"Es... muy bonito. Y útil." fueron sus palabras. Tardé medio segundo en procesarlas. Todos mis músculos se relajaron de golpe, y una marea de calambres recorrió todo mi cuerpo. Volví a respirar.
Tras eso, me agradeció el regalo. Estaba realmente feliz. Mis dos impulsos principales fueron echarme a llorar de felicidad y saltar a abrazarla con todas mis fuerzas. Descarté ambos, obviamente. - Qué susto, pensaba que no te iba a gustar - poco a poco recuperaba la movilidad en los dedos de la mano. Mencionó que había tenido una noche movida, y habló de la cena. Me levanté de un salto, o eso hubiera hecho si mis piernas me hubieran respondido a la primera. en su lugar me senté en el suelo y me puse de pie.

- Vale - asentí, sin poder ocultar la sincera sonrisa de mi rostro. - ¿Voy calentando la cena mientras te lavas y luego me cuentas qué tal ha ido tu noche? - pregunté, genuinamente interesada. - Si quieres luego yo te cuento qué tal me ha ido a mí la mañana, aunque a decir verdad, no tan tensa como estos cinco minutos de ahora - expliqué, mientras me dirigía nuevamente hacia la puerta de la bodega.  Como era de esperar, se echó a reír. - ¡Oye, no te rías! - respondí, tratando de mostrar enfado, aunque no pudiera quitarme aquella tonta sonrisa de la cara, a la vez que abría la puerta para entrar ambas.


FIN DEL TEMA



Resumen

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