13-11-2025, 12:03 AM
Kaiser Panzer; Quirófano.
87 de Otoño del año 16
El aire dentro del Kaiser Panzer olía a metal recalentado y aceite nuevo. La cubierta superior estaba quieta, pero aquí abajo, en la sala del quirófano, todo palpitaba como un corazón de hierro. El barco entero era una bestia dormida, y yo era su pulso. Respiraba conmigo.
El brazo que me faltaba seguía pesando, aunque ya no estuviera. Cada respiración me lo recordaba: el hueco, el eco que se arrastraba desde la carne hasta el pensamiento. Con el tiempo aprendí a ignorarlo, a fingir que no me faltaba nada, aunque el cuerpo sabe cuándo lo engañan. Esta noche no sería diferente… salvo por el hecho de que todo estaba preparado para cambiar. No lo mismo, pero algo mejor.
Sabía que Shoto había estado horas ajustando piezas, calibrando cosas con esa cara de concentración suya que siempre parece estar a medio camino entre la genialidad y la locura. Y desconocía donde estaba Viktor tras haber entregado la pieza de metal oscura al genio. Sabía que ambos estaban satisfechos y orgullosos de nuestra situación actual. Y yo también, aunque nunca lo admitiría en voz alta.
La habitación estaba llena de metal y luz blanca. Herramientas limpias, alineadas con precisión, esperaban su turno. En la mesa reposaban las piezas que se volverían parte de mí: articulaciones, cables trenzados, placas oscuras con reflejos dorados. Todo tenía un orden exacto, un propósito que hoy se cumpliría. Me quedé observándolas un largo rato y pensé en lo irónico que resultaba todo esto: yo, un hombre cuyo poder era emanar calor, dependiendo de acero frío para volver a estar completo. Y tal vez eso era lo que me faltaba, equilibrio, o tal vez solo necesitaba un arma más. La frontera entre ambas cosas ya no estaba clara pero sabía que era algo que merecía y que mis compañeros habían trabajado en conseguir.
El ruido del mar y la isla apenas llegaban hasta ahí, pero el crujir de la madera del navío llegaba amortiguado por el casco, haciendo que cada golpe de las olas sonase como un tambor lejano. El Kaiser Panzer - que desconocía los hermanos que iba a tener en breve - se movía con una calma pesada, como si también esperara por esto, como si fuera uno más del grupo. Allá por su recovecos estaría Lustig tratando de cazar alguna alimaña polizona.
Entonces pasé la mano por la venda seca que cubría el muñón, chasqueé la lengua y resoplé. La piel, endurecida y retorcida por la quemadura que yo mismo me propicié, era un recordatorio de debilidad que yo mismo detestaba ver, y que llevaba dos años observando a diario... y casi me había acostumbrado a no necesitar esa mano derecha. Cerré los ojos un instante y respiré hondo: Un instinto primitivo me decía que el cuerpo recordaría cómo arder, incluso con hierro en lugar de hueso. Abrí los ojos y la luz parpadeó, las sombras se alargaron sobre las paredes metálicas, el barco crujió bajo mis pies y mi podía sentir como mi espíritu, mi ambición, gritaban dentro de mi como una jauría de bestias queriendo salir.
Todo estaba listo. Y yo sabía que en cuanto esto se completara, algo en mí dejaría de ser humano.
Pero no me importaba. Me incliné hacia adelante mirando las piezas una última vez. Aquello no era una prótesis, era una promesa. Una deuda que el mundo iba a pagar conmigo entero.
— De ahora en adelante — dije, cerrando el puño — cada deuda se paga con hierro y fuego — y el brazo chispeó una vez, como si entendiera el juramento.
Miré mi reflejo en la superficie del metal... Y ya no veía un hombre.
Veía al Emperador.

![[Imagen: mz3XEoL.png]](https://i.imgur.com/mz3XEoL.png)