[EVENTO LOCAL - MAGNA] - El camino a ser el más fuerte del mundo
#51
Decepción y resignación, probablemente esos dos sentimientos eran los que más afloraban y se palpaban en la pequeña biblioteca cuando Sohem vio tendida en el suelo e inconsciente a la Shichibukai. Y es que, Ren Wansot, a pesar de haber sido traída al mundo con una aptitud innata con el manejo de armas y para sendas habilidades combativas y bélicas, lo cierto era que si que no había sido bendecida con la capacidad para ser una reina y, mucho menos, para poder soportar el poder de aquellos que si posean esa capacidad. Con ello, sin poder hacer nada e indefensa, una vez que Viktor se marchó en busca de los supervivientes del bando de Nitobo, Sohem buscó saquear todos los útiles y bienes que poseyera, además de humillarla activamente arrancándole la ropa de cuajo para dejarla con su cuerpo completamente desnudo, dejando a la vista sus piel suave y tersa, que hacían brillar su tonificado y bien trabajado cuerpo.

Por su parte Viktor, que avanzaba a una gran celeridad hacia dónde su Kenbunshoku Haki le indicaba, subió hasta la primera planta de la mansión, no sin antes hacer un pequeño cambio en la decoración del edificio haciendo que, los cuadros que adornaban los pasillos de la planta baja, se cayeran uno detrás de otro, siendo un preludio de lo que estaba apunto de acontecer. Una vez el lobo antropomórfico pudo alcanzar el plano dónde se encontraba el magnate milmillonario, Viktor pudo otear, a pocos metros de él, a más de dos centenares de hombres trajeados, cargando con varios sacos cada uno - con el símbolo de berry dibujado - a sus espaldas. Detrás de ellos, se hallaba el Emperador del Inframundo, Nitobo Ilime, vigilaba a sus hombres, procurando que ninguno de ellos se llevara ni un sólo berry a su bolsillo - lo que él atribuía como el Berryshoku Haki -, mientras daba palmadas para acelerar el ritmo de sus hombres.- ¡Vámonos! ¡Cómo os vea metiéndoos un solo berry en vuestros bolsillos daros por despedidos-yen! - Ordenaba a sus subordinados hasta que, de repente, todos ellos se pararon, al haber visto a la figura el lupino inmaculado irrumpir en su campo de visión.- Señor Ilime, parece que tenemos visita de uno de los intrusos. - Comentó uno de ellos, soltando abruptamente los sacos de dinero que portaba para, seguidamente, sacar su maletín y ponérselo en la mano, como si de un escudo se tratara.- ¡Pero cuidado con el dinero, botarate! - Se llevaba las manos a la cabeza el anciano hombre, completamente alterado por ver como dos billetes se salían del saco al impactar con el suelo, hasta que ese fue el menor de los problemas.

Sin ser plenamente consciente de las cualidades que poseía, Viktor, en una demostración de que poseía las facultades para ser un rey e imponerse a los demás, provocó un estallido de su Haoshoku más primitivo y sin pulir, dejando a todos y cada uno de los presentes a su completa merced.- ¿No me digas que este chico lo posee-yen? - Se cuestionaba mentalmente el dios y señor de la moneda, al no poder ser capaz ni de articular ni una palabra para, acto seguido, presenciar como todos y cada uno de sus hombres, en un simple parpadeo, eran completamente aniquilados, tiñendo todo el suelo del rojo carmesí propia de la sangre derramada por Shima Kaeru, al igual que los propios sacos con el dinero y al propio Nitobo Ilime. Los cuerpos sin vida de los Lobos de Foodvalten, caían en peso muerto al suelo, haciendo descender junto a ellos el dinero y riquezas que se salían sin control de las bolsas que portaban.- ¡El dinero-yen! - Se hallaba más aterrado Nitobo, por el hecho de ver billetes y oro cayendo al suelo y manchándose de sangre, que por ver a sus hombres siendo partidos por la mitad con la misma facilidad que se parte una naranja.

Sólo fue cuando Viktor le agarró de la parte inferior de su cara que el Emperador del Inframundo se dio cuenta que, más que el dinero, lo que corría un verdadero peligro era su vida.- No puedo moverme-yen… - Seguía paralizado, hasta que el cazador volvió a emprender su marcha hacia el líder de Magna, con su presa ya entre sus manos, momento en el que cesó aquel pulso abrupto de Haoshoku. Al ver que aquel efecto que le impedía moverse ya había desistido, Nitobo comenzó zarandearse - haciendo que sus gafas se cayeran en el trayecto - como pudo para liberarse de tal agarre, sin éxito alguno dada a su baja complexión física, a la vez que intentaba hablar o pronunciar, también con un resultado fallido, al tener Viktor tapada su boca, pudiendo escuchar tan sólo farfulleos y ruidos inentendibles.

Al volver a entrar en la biblioteca, fue que Nitobo vio aquella dantesca escena de, su agente y guardaespaldas de máxima confianza, tendida en el suelo y desnuda, con un hombre de pelos rosados y ojos amarillentos sentados sobre ella mientras comía y reponía fuerzas.- Maldita Ren-yen… - Maldijo hacia sus adentros, justo antes de que Viktor le lanzara hasta que este acabara a los pies de Sohem y al lado del costado izquierdo de Ren, no pudiendo ver su rostro, sino su cogote. El Emperador buscó levantarse, apoyando sus dos rodillas y manos sobre el suelo, mientras seguía observando con incredulidad el cuerpo de la Shichibukai.- ¡Ya te vale, Ren! ¿¡Para esto te pago-yen!? - Fue lo primero que recriminó nada más entrar en la sala, pasando a continuación a alzar su mirada hacia la imponente figura de Sohem.- Al fin pongo cara al muchacho que ha osado asediar mi querida residencia, ¿no es así? - Tragó saliva.- Reconozco que tienes maderas chico, ¿qué quieres? ¿Oro? ¿Fama? ¿Poder? Bajo mi cuidado, podéis tener tú y tu gremio todo eso-yen. - Intentó empezar a negociar con el líder del gremio.- Por mucho que te quedes con mi isla y mis riquezas, ¡sin mis contactos y gestiones lo perderás todo-yen! - Titubeaba, siendo notoria la falta de seguridad en sus palabras.- ¡Además! ¡No saldrás impune si la Marina y el Gobierno Mundial se enteran de que has acabado conmigo! Y créeme que se acabarán enterando-yen - Esbozó una sonrisa incómoda, esperando que el cazador entrara en sus cabales y se amedrentara ante las amenazas de Nitobo Ilime.

Mientras todo esto ocurría, el birkaniano, Shoto, iba recuperando la consciencia, paulatinamente, hasta que se pudo despertar pasado un moderado tiempo, encontrándose en el mismo punto en el que cayó rendido ante el Haoshoku de Sohem, a pocos metros de la fachada de la Mansión del Botín, justamente en el punto en el que confluían las dos avenidas. No obstante, para lo bueno o para lo malo, Shoto no era la única persona que recobraba la consciencia.

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#52
Todo a mi alrededor estaba oscuro y vacío, como si el escenario estuviera preparado para partir abandonar esta mísera vida. Tenía la certeza de que mi hora final había llegado y, lejos de estar amedrentada o aterrada lo único que sentía era curiosidad, ¿existiría la vida después de la muerte? Y, en ese caso, ¿sería capaz de volver a ver allí a todas las personas que había matado con mis propias manos incluyendo a mi padre? La verdad, aquello sería una experiencia realmente graciosa y digna de presenciar. De repente, empecé a notar un ligero frío que me envolvía de forma metafísica, como si fuera un preámbulo de que hasta aquí ya había llegado.- Pues hasta aquí llegaste, Ren-bang. - Dije en ese mundo que mi subconsciente debía haber creado para mí, sintiendo como ese frío se intensificaba cada vez más y más. Cerré los ojos, dejándome llevar hacia dónde quiera que acabara y, entonces, pude notar un cambio de aires.

Abrí los ojos lentamente, manteniendo los ojos entrecerrados durante unos instantes. Tenía la visión emborronada y lo veía todo como si estuviera girado en 90 grados. Fue en ese momento que me fijé en que estaba tumbada, con mi oreja izquierda apoyada sobre el suelo.- ¿Dónde… Dónde estoy? - Intentaba ubicarme, mientras seguía notando el frío del propio suelo en mi piel.- ¿Estoy en bolas? - Me preguntaba a mí misma a la par que sentía algo de peso sobre mi espalda, mientras escuchaba a alguien detrás de mi. Era Nitobo, podía reconocer esa voz en cualquier momento. Activé y usé mi haki de observación para, sin necesidad de moverme, sentir la presencia de aquellos que se encontraban en la sala. Excluyendo a mi jefe, pude reconocer al momento las dos auras que hasta hace unos momentos estaba leyendo, la del lobo a unos tres metros detrás de mi, y encima de mi, aquella aura que rugía como un volcán en erupción.- Genial, estoy desnuda, desarmada y con el señor de la máscara encima. - Pensé en la situación tan desfavorable en la que me encontraba. Aunque, por otro lado, una parte de mi sonreía al sentir la emoción de estar aparentemente acorralada. Sensaciones y emociones de esa índole, eran las que hacía que me sumergiera más en el campo de batalla y que saliera relucir mi sed asesina. Con ello, agudicé, cuanto podía, mis sentidos y mi concentración.

Con mi vista ya 100% recuperada, miré hacia cualquier rincón de la habitación que podía observar sin moverme, dentro de mi campo de visión. Lo único que podía ver desde mi perspectiva era una ventana completamente rota - a unos dos metros - que daba a la avenida de Ciudad Rupia, y varios escombros en el suelo, asumiendo que debía ser debido al destrozo que realizó el hombre lobo momentos antes de que cayera inconsciente. De entre los escombros, a excepción de mis pequeñines, pude encontrar algo que, sin duda, hizo que esbozara una sonrisa, todo mientras el anciano de mi benefactor seguía implorando por su vida, de forma completamente patética.- Haz el favor de callarte, anda, no sabes la vergüenza ajena que me estás dando-bang. - Interrumpí, de forma escueta cuando terminó de hablar sobre las represalias que le podían caer por usurpar su trono, mientras enderezaba y extendía mis dos brazos hacia los lados, y ambas piernas hacia abajo, contrayendo y extendiendo los dedos de las cuatro extremidades a su vez, buscando estirarme después de la siesta que me había pegado. Suspiré, en ese momento, y giré mi cuello hacia el otro lado - apoyando ahora mi oreja derecha en el suelo - y mirando detenidamente a los rincones de ese lado de la habitación por si veía algunas de mis armas.- No es que seas mi tipo, ni mucho menos. - Dije a la persona que se sentaba sobre mí, mientras tanto.- Pero ya podrías haberme invitado a una cerveza antes de desnudarme-bang. - Añadí, mirando al apuesto hombre peliblanco - que se encontraba bajo el marco de la puerta.- ¿O ha sido cosa tuya-bang? - Miré de reojo la persona con el trasero sobre mi espalda - estando el hombre orientado hacia la puerta - y viendo en ese momento que, el hasta ahora hombre enmascarado, se había quitado el casco que mantenía oculta su identidad, pudiendo vislumbrar sus distinguidas facciones, no pudiendo evitar fijarme sobre todo en su pelo de tonos rosados y en sus iris de color ámbar.

Siendo parte del Ouka Shichibukai no era raro que, de vez en cuando, nos convocaran en alguna reunión a lo que denominaban como la cima del mundo y residencia de los Dragones Celestiales, Marie Geoise. Durante muchas de esas reuniones, había podido discernir que, de entre todos los Tenryuubitos, había algunos que tenían lo justo para cagarse encima, y otros que inspiraban verdadero terror. De este segundo grupo, una de las familias que sobresalían era una distinguida justamente por tener el pelo de distintos tonos de rosa y los ojos de ese amarillo con el que parecía penetrarte. Él sólo sentir sus auras era como mirar hacia las mismas puertas del infierno directamente, sobre todo el que aparentaba ser el patriarca y una mujer con un parche en el ojo derecho. Esos dos estaban a otro completo nivel. No sabía con certeza si ese hombre sería uno de ellos pero, viendo ese Haoshoku tan apabullante, no era algo descabellado el pensarlo. Pero, sólo podía asegurar algo y es que, siempre, tuve la curiosidad de enfrentarme a uno de ellos. - Creo que empiezo a entender de dónde sale ese poder tuyo, ¡MOAHAHAHA! - No pude evitar soltar una sonora carcajada, demostrando mantener una actitud más optimista y relajada al contrario que al gallina de mi jefe.

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#53
Comí con calma y sin exabruptos. Shoto debía de estar tirado en la calle y, la verdad, si hubiera tenido a Lustig conmigo lo habría mandado hacia él para traerlo... pero no estaba y ya había movido a mi otro perro a hacer algo más importante.
La Shichibukai seguía dormida bajo mis posaderas, y Viktor... bueno, ni tan siquiera tenía mi Kenbunshoku activo para tratar de averiguar cómo le estaba yendo: Sabía de sobra que cumpliría y lo haría a la perfección. De hecho, aquella sensación de presión con su aura desde la lejanía me indicaba que le iba demasiado bien. Pero ya hablaríamos de eso en otro momento.

Ahora sólo tenía que traerme a este hombre. Esperaba que lo hiciera con vida, porque lo necesitaba al menos consciente para poder conseguir su firma. Claro que tenía la carta bajo la manga del Vicealmirante senil que me dio su palabra de proveer llegado el momento, aunque hubieran pasado dos años, y no me preocupaba matar a este anciano ni a su séquito, pero necesitaría su firma para poder hacer una transición diplomática de todos sus bienes a mi nombre. Y después de eso, habría que entregarlo al pueblo... un pueblo que lo ajusticiaría y que terminaría de ganarme por completo por entregarles a su agresor y explotador. Después ellos arreglarían la mansión, limpiarían los cadáveres y se encargarían de todo el trabajo sucio. Para algo estaban ahí. Después de todo, las personas eran recursos.

Cuando masticaba el último pedazo de la comida, Viktor en su forma medio-hombre y medio-lobo apareció en el lugar arrastrando a un anciano, sujetándole la cara con sólo una mano. Sonreí mientras masticaba y le miraba de lado... El chico estaba aprendiendo de mí. Ciertamente había tenido mis dudas con él, y sin dudas él las había tenido conmigo, pero actualmente podía decir casi con seguridad que el lobo conocía su lugar y respetaba la jerarquía que le había impuesto.
Para cuando tragué, Viktor lhabía arrojado a Endongo frente a mi, y el anciano había comenzado a soltar una verborrea insoportable e innecesaria. No le presté especialmente atención, si no que mi vista estaba clavada en Viktor mientras dejaba el recipiente que había contenido la comida a mi lado — Buen trabajo, descansa un rato — dije haciendo un gesto con la cabeza hacia la puerta invitando al peliblanco a bajar la guardia un rato y dejarme a mi gestionar la situación, aunque conociéndolo, sabía que su terquedad y lealtad lo iban a mantener en su sitio — ... y diviértete un poco — dije, sacando el cuchillo de mi bota y tendiéndoselo, ofreciéndoselo para que pudiera examinarlo como gran fanático de los filos que sabía que era.

Mi mirada entonces pasó a Endongo, y cuando iba a responderle, suspirando con pesadez sacando la pistola de mi espalda, la mujer bajo mis pies empezó a hablar diciéndole al anciano que estaba dando vergüenza ajena. Chasqueé la lengua, esperando mirando la pistola. Hubo un silencio largo en el que, sentí que iba a poder empezar a hablar. Pero el montón de mierda bajo mi trasero tenía otros planes, no dejaba de moverse, y volvió a abrir la boca. Ni la escuché.
Lancé la pistola todo lo lejos que pude y me levanté mientras llevaba la mano - ennegrecida por el uso del Busoshoku - hacia Ein Hauch a mi espalda, como un resorte, y así sacaba mi arma de mi espalda propinando, como un barrido de lado a lado abanicando con el kanabo, dando tres golpes sobre la parte posterior de su cráneo — ¡¡Cierra...! — uno — ¡...la puta...! — dos — ¡...boca!! — y tres. La secuencia de golpes comenzó con un movimiento de apertura, de derecha a izquierda - ya que mi único brazo era el izquierdo - seguido de otro en sentido contrario, y un tercero imitando al primero. Brotó de mi con una ira tal que lanzó a cuatro metros desde mi posición mi Haoshoku en su forma más básica, y ahí lo mantuve, ejerciendo la presión correspondiente.
Exclamé cada parte de la frase con cada golpe, furioso y sin reprimirme absolutamente nada, mientras la saliva salía despedida de mis labios y mis cabellos - peinados hacia atrás como siempre - empezaban a moverse un poco. Algo extraño, ya que no acostumbraba a usar mi arma con la cabeza descubierta.
Ahí, de pie junto a ella, que yacía desnuda y desarmada a mis pies, solté mi arma tras el último impacto y me arrodillé clavando la rodilla izquierda para asestarle un puñetazo en la misma zona, con mi única mano. El impacto sonó igual de crudo que los golpes con mi arma, y pude sentir como o su cráneo o el suelo cedían un poco.

Mi puño se abrió dando paso a mi mano, que agarró el cuello de aquella tipa por la nuca y me erguí cargando con ella en esa posición, levantándola un poco del suelo y encarando al magnate.
— Me parece que no entiende usted la gravedad de la situación en la que se encuentra, señor Endongo — dije, y chasqueé la lengua de nuevo — Es un placer conocerle por fin, mi nombre es Saint O'Heil Emerec Mars, séptimo hijo de la familia O'Heil, de los Tenryuubitos de Mary Geoise, dueños entre otras cosas de la famosa casa de subastas Hell's Paradise en el Archipiélago Sabaody, y me atrevería a decir... — sorbí por la nariz mirando en derredor en la habitación — ...que también son los responsables de cualquier esclavo del Gobierno Mundial en mayor o menos medida en todas las partes del mundo... — añadí, en un tono más bajo y volví a mirar hacia él, chasqueando la lengua nuevamente  — Pero seguramente me conozca más como Sohem Burnedead, Líder del Gremio de Cazadores Magna, que hoy se encuentra en esta preciosa isla con sus socios mayoritarios para hacer una sucesión pacífica y organizada de su imperio, con su colaboración, obviamente, en la que me cederá absolutamente todas sus posesiones, fortuna, y tratos comerciales de buena gana y voluntariamente, por escrito — sentencié firmemente y con autoridad, apretando los dedos en la nuca de la Shichibukai — Si lo hace, no sólo le permitiré salir de aquí con vida, con su propio pie y una buena parte de su fortuna y sus hombres como para poder vivir el resto de su vida tranquilo en cualquier lugar. Si no que le permitiré follarse aquí y ahora a esta zorra y desquitarse por todas las veces que su sucia lengua lo ha contradicho bajo su propio y lujoso techo — moví un poco el brazo para alzarla algo más y que pudiera ver su cuerpo desnudo, agitándola ligeramente a los lados, como el que enseña un premio a un perro. Entonces volví a bajarla a mi lado — Si no lo hace, le partiré todos los huesos del cuerpo uno por uno, creo que acaba de ver que sería perfectamente capaz sin mucho esfuerzo. Después lo embarcaré en mi navío, y pondremos rumbo a Sabaody, donde acabará siendo un esclavo más en Hell's Paradise dentro de una semana — di dos pasos para colocarme justo frente a él, bajando previamente mi brazo por completo y arrastrando el cuerpo de la Shichibukai conmigo, inclinándome previamente para acercar mi rostro al del anciano.

— Espero que lo haya entendido porque no lo voy a repetir — dije calmadamente clavando mis ojos en los suyos — ¿Acepta el trato, Emperador? — le pregunté, girando la cabeza un poco, sin retirar mi Haoshoku ni un sólo momento.
Sólo tenía que decir que no, para que tanto la Shichibukai como él muriesen automáticamente en ese mismo instante. Pero si era inteligente y aceptaba mi oferta, nos dirigiríamos a su despacho para realizar el papeleo. El resto sería una aventura digna de contar.





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#54
*Chaf Chaf* - El sonido de los flashes de las cámaras fotográficas, en una alfombra roja, una musica de fondo de piano y cientos de personas haciendo cola en un verjado preparado para el photocall. Allí estaba yo totalmente vestido de gala unos zapatos de piel que relucían como el sol más brillante, un traje cruzado de color negro, acompañado con un fajín oscuro y una pajarita haciendo juego. A mi izquierda me acompañaba la Srta. Byte con un vestido abierto por la espalda, y marcando toda su silueta femenina. Cuando de repente un periodista acreditado del periódico apareció con una boina de color rojo y unas pintas de patán que no podía con ellas. Era un mink mapache, me resultaba familiar. - Doctor mi armahh como ce siente? - Zu invento cambiara el mundo, la fama le prezedera de por vida. - Pero como ha sido posible ezto, de donde ha sacado el dinero. - Me saque la mano del bolsillo y al empezar mi discurso para el periódico note como un movimiento involuntario me llevaba la mano a la boca. Intentando cambiar mi destino empece a decir - Todo esto es gracias a Nitadsfasd. - A quien? - A Nitofogogog. - Mi mano me tapaba totalmente la boca y cada vez estaba mas empapada. La situación no mejoraba y me estaba entrando un ataque de ansiedad aparte de que todo mi traje estaba empezando a estar baboseado......

.... *Chof Chof* Empecé a despertarme de ese sueño o pesadilla, me estaba mordiendo la mano y la tenia totalmente mojada. Me incorporé levemente hasta sentarme con los pies cruzados en el suelo y llevarme las manos en la cabeza. - Pero que cojones ha pasado. - Me duele la puta cabeza... - Por lo que veo no estoy en una alfombra roja.... - Mi organismo se estaba reseteando tras haber recibido aquella explosión de Hasoku. - OH MIERDAAAA ESE CABRONNN ME HA MANDADO A DORMIR SERA...... - Con las mismas me levante y empece a comprobar que seguía totalmente vivíto y coleando. Además de comprobar con ambas manos que no me faltaba nada. Recordé como corría en dirección contraria a Sohem y fundido a negro así que seguirían en aquella mansión. Camine en la dirección por la que el jefe había pasado anteriormente y vi como la puerta había sido destrozada, además de como la mansión había sido parcialmente derrumbada. Al llegar mas o menos al frontal de la casa empecé a escuchar unos golpes con bastante fuerza. 

Al llegar a la totalidad de aquel estropicio vi desde fuera como Sohem sostenía a una mujer desnuda y escuche con atención cada palabra. Me dolía mucho la cabeza para procesar la información de que si Tenryuubito, que si hijo de no se quien, que si casa de subastas, en esos momentos todo me sonaba a chino. Al otro lado estaba Viktor el cual parecía que le había pasado una horda de elefantes por encima a pesar de estar en su forma híbrida. Por ultimo un hombre mayor que no llegaba al enanismo de un Tonttata pero vamos podía sacar las conclusiones necesarias para saber que era el magnate multimillonario. Escuche por ultimo el ofrecimiento del trato y antes de que pudiera decir nada mas Nitobo. Entre a la biblioteca que parecía de siglos pasados, pero desde luego estaba totalmente destrozada. - Con permiso Buenas Tardes. - Mientras me recolocaba el pelo con mi zurda. Me acerque a una distancia prudencial de los cuatro colocándome a tres metros de Sohem y la que parecía la Sichibukai, la mire de arriba a abajo y su cara era un poema, tenia mas cardenales, que la cúpula eclesiástica de Bidoof. Aparte de estar desnuda... - La verdad que por mi trabajo he visto todo tipo de cuerpos femeninos pero reconozco que ese cuerpo era un diez a nivel anatómico. Antes de que pudieran sorprenderse mucho más por haber aparecido en escena pregunté. - ¿Porque hay una mujer desnuda y un enano llorando, acaso esto es un circo?

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#55
Ahora es cuando comenzaban las negociaciones.
Sohem, que se estaba terminando una ración de comida cuyo origen no quería ni preguntar por si acaso, estaba sentado sobre la Sichibukai, totalmente desnuda cuando yo llegué con Nitobo. Tras soltarlo a sus pies, el Tenryubito fijó su mirada ambarina en mi y alabó mi trabajo, cosa que rara vez hacía públicamente. No por antipatía, si no porque tenía la plena confianza de que lo haría diligentemente. No había nada que felicitar cuando, a ojos de una persona pragmática, era mi deber. Sin embargo, me reconfortaron las palabras de Sohem mientras me acercaba a él a escaso metro de distancia y este alargaba su brazo para permitirme coger un cuchillo de grado militar que sacó de su bota. Lo sostuve con la diestra dejando el pomo hacia mi pulgar y lo examiné durante unos instantes mientras todos estaban en silencio mientras lo giraba con mi mano. Primero dos veces alrededor del dorso de la mano, una a un lado, otra al otro, y después dejando que girara completamente sobre mi mano hasta frenar su movimiento en seco. — Le sobra medio gramo en la empuñadura. — farfullé para acto seguido girarme hacia la puerta de entrada, a la que Sohem había señalado sutilmente cuando me pidió descansar mientras éste comenzaba a arrear con potencia a Ren usando a Ein Hauch. Al jefe le gustaba demostrar su autoridad y posición de poder. De hecho, estaba seguro que desnudar a la Sichibukai respondía más a una humillación que a un protocolo de seguridad por saber si llevaba algo de valor o peligro. Era una manera tácita de decirle a alguien poderoso “no eres nadie, estarías muerta si yo quisiera”. Congeniaba con esta manera de pensar, pero no con el método. Pero no se puede estar de acuerdo con todo, supongo. — Me has dado hambre, voy a buscar algo de comer. — dije señalando la ración de comida de Sohem mientras me dirigía al umbral, aunque más para mi que para informar al jefe, ya que no sabía siquiera si podría escucharme inmerso en sus… negociaciones agresivas.

Al llegar a la puerta Sohem se había levantado y con él, había elevado a Ren en volandas para dirigirse a Nitobo. Me detuve en la puerta mientras Sohem comenzaba a hablar. Normalmente, me hubiera quedado hasta el final y más con una Sichibukai en la sala, pero dadas las circunstancias, que no había más soldados, que el pueblo estaba de nuestra parte… con Ren derrotada y el enano millonario a merced del infierno de dos patas podía descansar, como el jefe me había sugerido. Escuchar a Sohem entablar negociaciones era intrigante. Tenía su método muy marcado y bien medido. Primero se presentaría y comenzaría siendo aparentemente amable y considerado. Pasaría a exponer su trato, uno que era imposible de rechazar pues, el colofón de las negociaciones serían argumentar qué ocurriría en caso de no completar sus exigencias. Ni siquiera esperé a saber qué quería con exactitud o cual sería el castigo de no aceptar. Me limité a cruzar el umbral y girar a mano izquierda mientras jugaba con el puñal cambiando su posición de hoja hacia arriba y abajo. Shoto debía estar bien si Sohem había llegado solo. No consideraba al jefe tan absurdamente negligente para dejar al científico a merced de los enemigos, así que me limité a no preocuparme por él. Continué por el pasillo hacia mi izquierda y al llegar al final, crucé la puerta izquierda, dispuesto a rebuscar todo lo necesario a ver qué encontraba.


— “La basura de un hombre…” —

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#56
La situación no podía ser más desfavorable para la resistencia que aún quedaba del Imperio de Nitobo Ilime. El magnate multimillonario, no sólo se hallaba indefenso y rodeado de sus feroces enemigos y usurpadores sino que, por cada segundo que pasaba, veía que las amenazas y tretas a las que podía recurrir, al ser un eje clave en la economía global, no surtían efecto con aquel hombre que se tendía ante él. Con otra explosión de Haoshoku  - aunque más débil y primitiva que la anterior - estallando desde el interior de Sohem, tanto Nitobo como Ren Wansot no podían hacer otra cosa que observar y esperar a un destino oscuro y aciago que se cernía irremediablemente sobre ellos.- ¿Él también lo tiene? - Se preguntaba Nitobo, con cada fibra de sus músculos agarrotadas por el increíble choque de energía espiritual, mientras Ren era apalizada sin escrúpulos por el líder de Magna, quién le mandaba a callar la boca lleno de furia.- Tendría que haber intentado negociar con Utakata para comprar sus servicios-yen. - Miró - sin mover ni la cabeza ni el cuello - a la Shichibukai - quién estaba siendo alzada por el cuello, con la única mano del cazador -, con una mezcla de decepción y pavor por lo que podía avecinarse.

En ese preciso momento, Sohem comenzaría a clamar y señalar la situación tan grave en la que ambos se encontraban, causando que Nitobo desplazara sus pupilas - de un lado a otro - al escuchar el nombre que pronunció el hombre de cabellos rosados.- ¿Endongo? ¿Se refiere a mí? - Terminó por volver a fijar sus ojos en los ambarinos de Sohem.- ¿Es esto acaso una broma-yen? - Pero no había tiempo para la ofensa cuando la vida de uno estaba en juego y es que, si el panorama no era lo suficientemente trascendente, al escuchar que no estaba frente a un cualquiera, sino a un Tenryuubito, Nitobo pudo sentir como su piel palidecía.- ¿U-un Saint O-Heil dices-yen? - Titubeó con dificultad, descendiendo sobre su arrugada frente una gota de sudor frío. No habría hecho falta ni que Sohem mencionara la casa de subastas de las que disponía la familia de los 20 santos originales pues, en las profundidades del Bajo Mundo, no era raro escuchar sobre la extravagante y lujosa mercancía con la que traficaban en la Hell’s Paradise.

Tras haber revelado su verdadera identidad, el Dragón Celestial reincidió en su pseudónimo y su puesto como líder de Magna, hablando sobre como se encontraba allí en Foodvalten para realizar una sucesión sin daño ni prejuicios - o como quiera que se diga - y con la pretensión de que el Dios de la Moneda le cediera toda su fortuna y tratos comerciales de forma voluntaria. Nitobo pasó a recorrer su mirada pasando, en primer lugar, por la desnuda y alzada Ren Wansot para, seguidamente, mirar hacia la ventana de la biblioteca, rota en pedazos gracias a Viktor, y por último, al tejado, que presentaba un gran boquete, de nuevo, por culpa de la mano derecha de Sohem. Por no olvidar a los hombres que habían muerto delante de sus ojos y, sobre todo, los fajos de billetes que se habían manchado de sangre. - ¿Pacífica? Vaya sarta de mentiras y patrañas-yen. - No se atrevió a exteriorizar su mensaje por miedo a las represalias que le podían acontecer, y aún menos al estar presenciando como el cazarrecompensas apretaba como si nada la nuca de la shichibukai.

Al exponer los hechos que le llevaban ahí, tan sólo restaban las dos opciones que tenían. La primera, ceder y aceptar, pudiendo Nitobo escapar con vida y recuperar gran parte de sus fortuna e incluso poder copular con su guardaespaldas, o bien, sufrir el peor de los destinos posibles, al formar parte de la subasta de esclavos de su negocio familiar. El emperador en sus últimas, dirigió su mirada momentáneamente hacia su guardaespaldas, mirada que retiró, rápidamente, para devolvérsela a Sohem. Si aceptaba su oferta, perdería gran parte de sus riquezas pero, gracias a su anterior estatus, podría empezar fácilmente de nuevo.- No me subestimes, hijo, puedo volver a surgir otra vez aunque me quedara sólo un berry-yen. - Pensó con determinación.- Yo soy el Señor de la Moneda-yen. - Añadió, confiando en su propio bienestar.- Sólo necesito salir con vida. - Concluyó, estando preparado así para anunciar su respuesta.- Acepto, señor Burnedead. - Dijo, de forma concisa.- ¿O Saint Emerec Mars? - Preguntó, al no saber ahora como dirigirse hacia él.- De cualquier modo, dirijámonos a mi despacho, allí podremos hacer el papeleo y las transacciones necesarias-yen. - Añadió, manteniendo un semblante, sorprendentemente serio, como para lo aterrorizado que estaba hasta hace unos momentos.- Para llegar allí, sal de esta biblioteca, hasta dar con el pasillo del Ala Oeste, gira a la izquierda hasta dar con el Pasillo Central y, ahí, darás con una puerta que dará con el Ala Este-yen. - Indicó, pausándose durante tres segundos, para asegurarse de que, el cazarrecompensas, había entendido todo bien.- Deberías encontrar una oficina donde trabajan… Mejor dicho, donde trabajaban mis hombres. Crúzala, y darás con mi despacho-yen. - Terminó de informar.

Si Sohem seguía al pie de la letra todas sus instrucciones, acabaría llegando a una habitación cuadrangular, de 3 metros de ancho y profundidad, con exóticas paredes, cubiertas de telas de oro de 24 quilates, y con sendas joyas preciosas incrustadas en él. En ambas paredes laterales, se acoplaban dos estanterías hechas de un material casi legendario, algo que sólo alguien con sus contactos y poder podía permitirse. La mismísima madera Adam, considerada todo un tesoro por su rareza, su gran calidad y resistencia, con un sinfín de libros sobre inversiones financieras y enciclopedias colocados ordenados por gamas de colores. En el suelo, cubriéndolo en su totalidad, podía ver una alfombra de seda de tonos rojizos de la más alta calidad, exportada directamente de uno de los gremios artesanales más reconocidos del Reino de Arabasta. Y sobre esa alfombra, en la mitad del despacho, se levantaba una mesa cristalina, fabricado completamente de diamantes extraídos de las minas de Ilisia. Sobre la mesa, encontraría varios papeles amontonados, varias plumas y un tintero, además de un par de macetas con dos especies de bonsáis que se creían extintos. Además, dos esculturas del propio Nitobo, sobresalían por detrás de la mesa cristalina.



Por su parte, Viktor, quién conocía completamente las facultades negociadoras de su jefe, decidió abstenerse de presenciar las habilidades persuasivas de Sohem para salir de la biblioteca momentos antes de que el discurso del líder de Magna comenzara. Agenciado con Crimson River, una de las dagas predilectas de la Shichibukai, Ren Wansot, el peliblanco giraría 90 grados hacia su izquierda, hasta llegar al final del pasillo del Ala Oeste y toparse con las dos puertas más alejadas del pasillo central. Indiferentemente de cuál hubiera escogido abrir, las dos llevaban hacia el mismo sitio, uno de los baños públicos de Nitobo y sus hombres. Habiendo entrado, podría encontrarse con una habitación de 5 metros de profundidad y 10 de ancho, dividida por la mitad por un fino tabique del que, a cada lado, sobresalían una total de dos filas de encimeras, con 10 lavabos cada una, de porcelana blanca exportada del País de Kano. Sobre estos, y colgando de los dos lados del tabique, habría varios muebles dónde se podrían encontrar distintos utensilios higiénicos como jabón, cepillo o pastas de dientes. En las paredes laterales, por otro lado, Viktor podría ver un fila de urinarios, también de porcelana inmaculada, incrustados en la pared, de los que sobresalían un intrincado sistema de tuberías que llegaba hasta el techo. Al fondo de los aseos, a cada lado del tabique, sería posible encontrar un mueble de madera oscura, con sus esquinas ornamentadas en oro, dándole un aire de ostentosidad para algo ubicada en un sanitario. En su interior, daría con utensilios y kits de primeros auxilios que, a pesar de estar ya fuera de peligro, podrían servir para acelerar su velocidad de curación y recuperación.

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#57
Este tío tenía probablemente menos humor y paciencia que yo, y mira que lograr esa hazaña era complicado. Antes de que pudiera acabar, o siquiera, empezar a bromearle sobre mis gustos amorosos y mi desnudez, pude sentir como su aura se estremecía violentamente hacia mi, tanto en forma espiritual como física y tangible. De repente, pude sentir como mi espíritu flaqueaba y, con ello, todos los músculos de mi cuerpo, no respondían a las señales de peligro que les mandaba mi cerebro.- Haoshoku… - Concluía hacia mi misma sintiendo, consecutivamente, sobre el cielo de mi cabeza, un impacto duro y frío que, a pesar de tener mi Kenbunshoku Haki activo premeditadamente, la sorpresa de estar bajo los efectos del Haoshoku me hicieron bajar la guardia en ese primer golpe, no pudiendo ser capaz de hacer nada frente aquel. Afortunadamente, el daño que sentía fruto de aquel garrotazo, no fue suficiente como para hacerme dejar de usar mi haki por lo que, ante los siguientes y venideros ataques, aunque me era imposible esquivarlos debido a mi estado inmóvil, si que utilicé mi energía espiritual para cubrir la zona de mi cuerpo en la que predije que iban a ir dirigidos sus ataques. De esta forma, una la parte superior de mi cráneo, se cubriría de un negro mateado, que brillaría en representación de mi Busoshoku Haki, colisionando, en un sonoro choque de voluntades, que reduciría enormemente el daño ocasionado por los dos siguientes ataques del cazarrecompensas, quien instaba a que cerrara el hocico, furioso y con su compostura completamente por los suelos. Mi agresor, si no se había desquitado lo suficiente con esos tres bateos, soltó su arma para, seguidamente, arrodillarse y propinarme un puñetazo también recubierto en Busoshoku Haki. Un puñetazo con su zurda - o mejor dicho, única mano - que, en esta ocasión, ni me hacía falta el Kenbunshoku para poder verlo venir. Un puñetazo que iba dirigido hacia la misma zona que sus anteriores ataques dejando, por tanto, mi Haki de Armamento para mitigar el daño lo máximo posible. Puede que él tuviera la sartén cogida por el mango, pero yo iba hacer todo lo posible - e incluso lo imposible, si es que lo imposible es también posible - en resistir y salir de allí.

Fue entonces que empezó a hablarle a mi propio jefe, el gallina que prácticamente estaba suplicando por su vida, recurriendo a tretas que no llevarían a ningún lado. Sentir como me cogía de la nuca y me alzaba por encima del suelo, como una muñeca de trapo, dejaba bastante claro que, en efecto, las amenazas de Nitobo valían una mierda. Mi asombro fue mayúsculo cuando, respaldando las ligeras sospechas que me surgieron al ver sus facciones, efectivamente, aquel hombre era nada más y nada menos un Tenryuubito, un Saint O’Heil y, aunque no sabía el nombre de la familia a la que pertenecían aquellos dos individuos de poder inconmensurable, era mucho más probable ahora que debía estar relacionado con ellos. Sonreí fervientemente hacia dentro, desactivando el haki de armamento de mi cabeza, pero sintiendo como mi sed de sangre y de batalla crecía en mi interior, de sólo pensar en lo que sería combatir de igual a igual con alguien de su linaje. Un deseo un tanto estúpido, dada la situación, pero que no podía esconder debido a mi espíritu beligerante, que empezó a visualizar en mi mente la posible coreografía bélica que surgiría entre los dos, ayudándome esa imaginación a entrar incluso en un estado zen y de tranquilidad. Al final, mantener el “mental” por el mero hecho de pensar en la propia batalla, era algo que me había ayudado desde siempre.

El Dragón Celestial, siguió informando al anciano de mi benefactor sobre sus “buenas” y “poco hostiles” intenciones, las cuáles se traducían en quedarse con el trono, fortuna y contratos comerciales del Emperador del Inframundo, culminando con plantearle las dos opciones que tenía. Aceptar y cederle todo para sobrevivir, a cambio de llevarse parte de su fortuna, hombres, e incluso con la opción de convertirme en una especie de esclava sexual - momento en el que el cazador me levantó más y zarandeó, como si fuera uno de sus premios - o, en cambio, que fuéramos los dos brutalmente apaleados para, eventualmente, convertirse en un esclavo de su negocio familiar. Conforme Sohem cesó de enumerar las dos disyuntivas que se le presentaban a Nitobo, pude notar como la mirada del anciano, rápidamente, se clavaban sobre mí, no pudiendo evitar en devolverle una mirada asesina.- Intenta hacerme algo, eres hombre muerto-bang. - Transmití con mi mirada. Ante la oferta del Saint O’Heil, desesperado y como si se estuviera aferrando a un clavo ardiendo, Nitobo decidió aceptar su trato, no pudiendo evitar que mis pupilas rodaran ante la falsa esperanza que le estaba dando el invasor.- Pero será iluso… Está claro que, nada más firme ese contrato, seremos hombres muertos-bang. - Para mi era un hecho que Sohem estaba jugando con nosotros o, al menos, es algo que habría hecho yo en su lugar. Arrebatarle la esperanza a una persona cuando cree que se ha salvado de una muerte segura, es un sentimiento placentero que jamás me cansaría de experimentar.- No puedo juzgarte, Sohem Burnedead. - Y desde luego, que no podía. Ahora, lo único que restaba era ir hasta el despacho de Nitobo, los tres y el pipiolo de pelos alborotados y alas que acababa de llegar y esperar a nuestro destino después de que hiciera firmar a Nitobo.- Quizás, esa es mi única oportunidad… -



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#58
Obviamente alguien que se hacía con ese nivel de poder no era alguien estúpido, pues aunque fuera heredado - cosa que desconocía - había que tener un mínimo de inteligencia y de picaresca para poder mantener algo tan complicado como un imperio... y más durante los años que este hombre había acaparado el mercado. Viktor me había contado que eran famosas sus artimañas financieras y la forma en la que ejercía una brutal presión a la competencia, haciendo pasar a estas por un cuello de botella y reduciendo sus posibilidades, para finalmente comprar esas empresas por una misera y eliminar su competencia al mismo tiempo que ganaba otra sede.
El problema es que cuando tienes una ambición tan grande, y un negocio que engloba el mundo, necesitas algo más que un único soldado capaz. Si Mikodos hubiese tenido a dos personas como Glen, la Shichibukai que tenía agarrada de la nuca, las cosas habrían sido radicalmente distintas. Y eso sólo hablando de tener a una persona más como ella... que ese cupo ya lo conseguíamos llenar Viktor y yo. Pero yo pensaba ampliar ese número bastante más.
Y ni que decir tiene que el cambio de un viejo inutil y un gran guerrero, a dos grandes guerreros hacían que yo mismo pudiera defenderme sólo y no necesitase de un "Shichibukai" a mi lado para protegerme, lo cual permitiría a Viktor encargarse de otras cosas. Pero eso era un simple razonamiento intrusivo. Yo iba a convertir Foodvalten en un hervidero militar. Un ingente campo de soldados preparados y dispuestos, entrenados y capaces, que irían de un lugar del mundo a otro para mantener mis sedes, mis dominios, mis intereses y sobre todo, mi dinero, seguros.

El viejo decrépito aceptó sin muchos miramientos el trato, lo cual me hizo sonreír arrugando la cicatriz del rostro y deformando este aun más, en una mueca desagradable, y pronto accedió a darme indicaciones para que fuera a su despacho... como si yo fuera un pobre pardillo gilipollas — Oh, no, no, no... — dije negando con la cabeza, aun sonriendo, y me erguí, caminando hacia donde había arrojado a Ein Hauch.
Viktor y Shoto habían salido de la habitación - suponía que a entretenerse por ellos mismos mientras yo terminaba con esto - y hacían más que bien por si tenía que utilizar mis poderes de la fruta del diablo... no quería tener que afectarles, ni por la debilidad natural de Shoto, ni por el estado en el que se encontraba Viktor.
— ¿Y si me estuviera tendiendo una trampa? — le pregunté reduciendo parte de la presión espiritual de mi Haoshoku, al mínimo, a un aura concreta que me rodeaba lo justo para poder tener controlada a la perra desnuda que llevaba en la mano, dejándola caer para liberar mi mano y poder agarrar mi arma y colocarla de nuevo en la espalda — ¿Y si me estuviera dirigiendo usted a una emboscada, una habitación minada, o algo parecido? — volví a preguntar, agachándome para volver a agarrar a la Shichibukai, esta vez del cabello, enrredando todos los mechones de su lacia melena en mis dedos, uno de los cuales portaba ahora su precioso anillo de oro — Mueva el culo señor Picolo — dije caminando hacia él, y le di una patada con la suela del pie derecho, como un empujón o un pisotón más bien, para moverlo unos metros de su posición — Nosotros le seguimos — añadí, y miré de reojo mi yelmo en el suelo. Chasqueé la lengua y volví a mirar al magnate.
Esta transacción debía ser sin 'máscaras'.

Seguí al anciano en las especificaciones que él mismo me había dado, y él cómo guía, la shichibukai como fardo, y yo como acompañante, acabamos llegando a una habitación cuadrada. Podría tener de dos a cuatro metros por lado, lo que equivalía al ancho y al fondo... probablemente tres metros, de hecho. Sus paredes estaban cubiertas de telas de oro de calidad y adornadas con joyas preciosas incrustadas, de múltiples colores. En las paredes laterales había unas estanterías hechas en una bella madera. Estas estanterías contenían un sinfín de libros de economía, inversiones, y demás títulos que sólo observé brevemente por encima de pasada, apreciando su orden por colores. Si aquí tenía sus libros de cuentas, iba a tardar muchos días en ponerme al tanto de todos sus negocios. El suelo estaba cubierto de una alfombra de color rojo. Sonreí al verla, el color disimularía las manchas.
Finalmente, sobre la alfombra, en el centro de la habitación, había una robusta mesa de diamantes. Arqueé una ceja al verlo. ¿Quién coño se hace una mesa de diamantes? Con ese mueble podría comprar tres barcos llenos de hombres para proteger su puerto mejor. Lo miré y negué con la cabeza, ese viejo era un inútil que se había corrompido por el brillo de sus riquezas. La enfermedad del Dragón, la llamaban en mi tierra.

Sobre la mesa había papeles, documentos, plumas y tinta en un tintero, un par de plantas, y dos estatuas de lo que parecía ser él mismo — ¿En serio? — pregunté retóricamente, y suspiré de forma pesada. Un instante después subí a Tren a la mesa con brusquedad, dejándola boca arriba y manteniéndome agarrando su cabello. Su precioso cuerpo desnudo sobre aquella cama de diamantes seguramente fuese alguna especie de hedonismo, al igual que algún fetiche de ricos, pero permitía espacio para algunos papeles y poder escribir en ellos — Póngase a ello — le ordené señalando a los papeles con la cabeza — Le dejaré llevarte cien millones en efectivo, si es que tienes esa cantidad aquí. Ni un berry más... Creo que es una suma razonable para poder comprar navío, tripulación para manejarlo y poder pagar a tus hombres — dije con claridad, esperando de igual forma averiguar donde guardaba el dinero en efectivo y cuánto tenía. Si era menos de cien millones... pues era lo que se llevaría — Y cuando acabe traiga un Den Den Mushi de vídeo... — le ordené — Seguro que tiene alguno entre tanta puta gilipollez — dije, mirando ahora a la Shichibukai observando su rostro. Clavando mis ojos en ella, observé su cara, después todo su cuerpo, y luego finalmente de nuevo, su rostro — Te prometo que te lo vas a pasar genial — chasqueé la lengua de forma muy sonora, sonriendo, y estallé en una pequeña carcajada incapaz de contener la sensación — ¡Wryy ha ha ha! — volví a mirar a Endongo y en él dejé mi atención puesta. Esperaba que terminase pronto de crear y firmar el documento que me hacía su heredero, aun tenía unas cuantas gestiones que hacer.





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—
#D86700
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Vitalidad: 13073 + 0 = 13073
Energia: 5839 + 0 = 5839
Espiritu: 1035 + 95 = 1130
#59
Cruzar el umbral y… premio para el caballero, si lo que buscaba era encontrar los aseos. Suspiré al observar mi hallazgo. Varios metros de profundidad amuebladas con encimeras y lavabos de inmaculada porcelana, además de utensilios de higiene personal por doquier. Comencé a avanzar por el habitáculo, abriendo con el pie los armarios inferiores mientras metía la diestra en el bolsillo del pantalón y seguía jugando con la Crimson River de Ren en la zurda. — Nada por aquí... — jabones y toallas en el fondo del mueble del lavamanos. — Nada por allí… — peines y tijeras en el cajón de la encimera. Continué avanzando por el ostentoso lavabo y observé los urinarios incrustados en la pared, también de fina porcelana. Mi vista finalmente se fijó en un llamativo mueble de color caoba, que parecía desentonar levemente con la decoración, como si fuera totalmente ajeno a la habitación. Guardé la daga de Ren en el cinturón y me dispuse a buscar en el armario de oscura madera. Al abrirlo pude encontrar un kit médico que, en manos de alguien experimentado como Shoto, podría ser de gran utilidad. — ”Pan al que no tiene dientes...” — dije pensando en voz alta mientras lo lanzaba un par de veces a escasos centímetros de mi mano y lo guardaba en el abrigo. — Bueno, supongo que seguiré buscando hasta dar con la cocina mientras el jefe hace lo suyo… pero antes... — dije girándome hacia uno de los urinarios -el del fondo, lógicamente- y comencé la ardua tarea de descargar mis fluidos sobre él. Pensándolo fríamente, nunca había hecho mis necesidades en un artefacto que valiera más que un barco. Tampoco es que supiera bien cuánto valía, pero coño, era caro, y eso molaba. Justo cuando estaba inmerso en la tarea Shoto apareció en escena. — ¡Yo! Socio. — dije saludando al birkaniano volviendo a lo mío. — Respeta la regla y un urinario de distancia. — dije con absoluto tono humorístico mientras terminaba y golpeaba con la zurda el botón de descarga del urinario y me acercaba a los lavamos con las manos en alto como un cirujano.

— ¿Has visto al jefe? Le he dejado haciendo sus mierdas. — dije mientras me lavaba las manos. — Tenía ganas de comer pero he terminado en el baño. — dije mientras, con las manos ya limpias me frotaba la frente donde Ren me había disparado, viendo el enorme raspón que me había dejado. — Ya sabes, buscas un pollo y terminas en el baño, lo de siempre... — mascullé irónicamente. — ¿Tú que? ¿Cómo vas? — dije girándome a él. El inventor, para sorpresa de absolutamente nadie, estaba preparado y me ofreció algo de comer que llevaba desde nuestra charla con Tomás. Tras esto, usó uno de sus botiquines para ayudarme a curar mis heridas más rápidamente. Engullí la comida de un solo bocado mientras el birkaniano hacía lo suyo y después crují mi cuello de lado a lado. — He encontrado otro, mira a ver si está en condiciones y si eso, me das un segundo repaso de chapa y pintura. — dije lanzando el botiquín que encontré a Shoto mientras me dirigía a la puerta y salía cruzando al otro lado del pasillo y entrando por la puerta, dando con lo que a todas luces era un enorme comedor.

— Ahora sí que si, a ver si hay algo con qué ponerse las botas. — dije animado mirando a Shoto esperando que me siguiera. Sin embargo, mi actitud desenfadada no debía confundirse con falta de profesionalidad pues, al cruzar el umbral del comedor emití un pulso de Kenbunshoku, como si de un radar se tratase, buscando a Sohem, Ren y Nitobo, observando que se dirigían hacia el despacho del magnate. Sohem había comenzado a hacer su movimiento. — Busco algo rápido de comer mientras me curas y nos reagrupamos. — dije, esta vez con un tono mucho más serio y apegado a lo habitual.

El tiempo no espera. Y dudo que Sohem lo haga.


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Energia: 3726 + 460 = 4186
Espiritu: 990 + 78 = 1068
#60
Aún estaba algo descolocado y sinceramente por primera vez en mucho tiempo sobraba en aquella habitación, está claro que como me pasó en Marineford la batuta de la dialéctica la llevaba el jefe, así que el negocio es el negocio. No sé lo que pasara con aquella joven o simplemente con el puto Nitobo el cual le había dado completamente igual mi presencia o mi comentario quitándole hierro totalmente al asunto. - Vaya panda de gentuza. - Pensé mientras apretaba con fuerza mi puño. Al final la codicia es el motor del mundo y ver como estos dos posiblemente acaben muertos, no es mi maldito problema. En caso de que alguno quedara vivo me tocaría curarlo. Viktor salió muchísimo antes que yo de la habitación, mucho antes incluso del discurso sobre su historia familiar que después de dos años conozco.

Les dejé parlamentando el futuro del gremio y salí por donde había salido mi compañero albino, sé que ha tenido que recibir bastante daño si ha sido de una tiradora. Sí que es grande esta mansión mirando cada una de las puertas de aquel pasillo largo. - Joder aquí huele a opulencia. - dije mientras, mis ojos se perdían en aquel mar de decoraciones valoradas en millones de berries. Empecé a caminar buscando donde podía estar mi socio, tampoco creo que se haya escondido en el fin del mundo. Fijo que está en alguna de estas habitaciones. Con cierto desdén ví que había una puerta abierta, así que me acerque con mi mejor sigilo, para mi sorpresa al cruzarla me encontré a Viktor echando una meada. - Hola!. - dije saludando al albino con una cara de asombro que se me caía la mandíbula al suelo. - ¡Que reglas ni que cojones! - Con la que tenemos y te pones a echar un caño. - Manda huevos..... -dije mientras me llevaba la palma de mi siniestra a la cara. 

- Si sí,  me dolía la cabeza, me ha dejado seco el cabrón con su haki. - Es más, me han ignorado los tres. - dije mientras valoraba desde la distancia una de sus heridas, en la frente para ser más concretos, mientras hacía un sarcasmo sobre que tenía hambre y buscaba un pollo. - Mmmmmmmmm, pues tengo una mercancía de primera. - dije mientras abría mi gabardina y sacaba con mi diestra una bolsa zip donde se veía un pollo gigante, era una de las provisiones que nos había dado Tomás en agradecimiento. - No tendrás una navajilla no... - Que no te la incauto... -Dije en un tono sarcástico. Mientras degustaba el pollo hasta el último hueso y cartílago,  saque de la gabardina uno de los botiquines que había preparado antes de atracar en el puerto. Me acerqué con suma delicadeza y observé la herida de la frente. - Para haber sufrido un disparo en la frente, más en concreto entre ceja y ceja, ¿Estás muy entero, no?. - Dije con cierto tono de duda, abrí el botiquín y saque unas gasas para poder hacer una limpieza profunda al mismo tiempo que comprobaba si tenía una herida abierta. Lo cual me sorprendió porque no había ningún fragmento de bala ni nada parecido. - ¿Con qué coño lo ha parado?. - Pensé mientras acababa las curas en el rostro de su cara. Al acabar me lanzo un botiquín nuevo, algo rudimentario y nada preparado, era el típico botiquín de primeros auxilios, pero que me vendría de perlas, ya que por lo que veo parece que necesita otra revisión más a fondo.

- Espera, espera que no hemos acabado, o que pasa que le tienes miedo a las agujas!!!! - Mientras cruzaba la puerta del baño en dirección a la siguiente puerta.  Recogí como pude las cosas y le seguí. Acabamos en un grandísimo comedor. - Oye, me está dando hambre porque no me buscas también algo de picar, y así te curo. - Expresé mientras buscábamos algo por la zona. - Ah, y si encuentras un poquito de vino nos lo guardamos para celebrarlo. - Dije mientras le guiñaba un ojo.


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