30-10-2023, 11:55 AM (Última modificación: 30-10-2023, 01:08 PM por Triana Tempesta.)
Había sido un alivio comprobar que no todo en aquella isla eran rocas, tierra yerma, plantas resecas y cactus. No tardamos demasiado en encontrar un pequeño pueblo y dar una vuelta para recorrerlo. Era demasiado rústico para mi gusto, pero mucho mejor opción que tener que pasar el tiempo en una isla deshabitada. Rápidamente comenzó a anochecer. En nuestro paseo por el pueblo habíamos visto un humilde hostal en el que podíamos hospedarnos el tiempo que fuese necesario hasta que estuviese listo el Log Pose. El día había sido duro, habíamos desembarcado tras un cansado viaje y el resto del día lo habíamos pasado caminando, pero todavía no tenía ganas de irme a descansar. Ya que teníamos que quedarnos un tiempo en aquel lugar trataría de adaptarme.
—He visto una especie de taberna aquí al lado. Yo voy un rato, acompañadme si queréis —les dije a los demás mientras me ponía a caminar en dirección a aquel lugar. Era ligeramente diferente a las tabernas a las que estaba acostumbrada, pero, al fin y al cabo, era lo mismo: un lugar para beber. No tardamos demasiado en llegar, el lugar era bastante llamativo, se encontraba en una calle ancha donde se veían los porches de algunas casas y los escaparates de comercios, sin embargo, a pesar de tratarse de una calle principal estaba vacía y en completa oscuridad. El silencio era casi total, tan solo se escuchaba un murmullo proveniente de aquella taberna a la que en esta isla llamaban “salón”. Las únicas luces también salían de ese local, era lo único que iluminaba lo que parecía un pueblo fantasma. Ni siquiera la luna, que se encontraba oculta entre las nubes oscuras de la noche. Seguramente a las horas que eran la gente decente estaría durmiendo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, no estaba acostumbrada a tanta tranquilidad, una tranquilidad que resultaba inquietante. Caminé hacia la entrada del salón y empujé la puerta batiente de madera desgastada que daba acceso al lugar. Crujió con bastante fuerza, pero no la suficiente como para despertar el interés de los que se encontraban en el interior. El ambiente era animado, algo que contrastaba con el exterior. Todo el lugar era de madera, el suelo también crujía con cada pisada y daba la sensación de estar algo pegajoso. En peores sitios había estado. Había una buena iluminación gracias a las numerosas lámparas de aceite y candelabros. Las paredes de madera estaban decoradas con rifles, escopetas, cabezas de animales y carteles de wanted que parecían bastante antiguos. Con suerte, los nuestros no estarían entre ellos. Todo el lugar estaba lleno de mesas redondas y, al final de la sala, había una gran barra con taburetes. Al lado izquierdo había una pequeña tarima donde algunos músicos tocaban canciones animadas y, a la derecha, pegada a la pared, una escalera que subía hasta el piso de arriba, donde había algunas mesas más. La gente charlaba animada, aunque algunos estaban ya bastante pasados de rosca y se limitaban a balbucear y dejar caer su cabeza en la mesa.
Había bastantes sitios libres, así que me dirigí a una de las mesas situada en una zona algo apartada, cerca de la escalera, para sentarme y esperar a que viniese la mujer que se pasaba por el resto de mesas sirviendo bebidas. Cuando se aproximó todavía no sabía qué pedir, una de las bebidas que había en una mesa cercana había llamado mi atención, pero no sabía qué era. Estaba servida en un vaso largo y era de un tono rojizo. —Ponme lo que está bebiendo ese hombre de ahí —le dije señalando al tipo que bebía aquel extraño licor. Imaginaba que era licor por la actitud extremadamente animada del hombre y sus mejillas coloradas, así quería acabar la noche. Miré por la ventana y volví a sentir un escalofrío. No sabía por qué me inquietaba tanto el contraste entre la vivacidad del interior y la espeluznante calma del exterior, que parecía teñir el ambiente del local con un manto de perturbación, como si el propio salón luchase por escapar de aquella opresiva oscuridad apacible que lo rodeaba sin conseguirlo.
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Con cada movimiento de mis espadas, escribo mi leyenda en las páginas del tiempo, cada paso que doy es un trueno en el estruendo de la batalla. Aparta de mi camino, o lo lamentarás.
30-10-2023, 07:47 PM (Última modificación: 30-10-2023, 08:02 PM por Aspros.)
Seguí a Triana por las oscuras y desoladas calles de aquel remoto pueblo perdido de la mano de dios. Durante el día, el sol había azotado con dureza aquellas áridas tierras, pero la noche era otro cantar. Y es que mientras paseábamos en busca de un lugar en el que cobijarnos, sentí como una lengua fría recorría mi espalda y me hacía tiritar; ir en top por la vida a veces no era la opción más inteligente, por mucho que permitiese exhibir mi monumental cuerpo esculpido por los dioses. Seguí a la espadachina hacia el único punto de luz de la zona, como polillas desorientadas, que resultó ser un nido de bullicio y celebración. El ambiente era cálido, aunque denotaba una atmósfera cargada de tabaco y alcohol que hacía que mis ojos desprendiesen alguna que otra lágrima. Sentado frente a Triana en una de las mesas próximas a la escalera, miraba de reojo a los desfasados habitantes del lugar. Algunos mantenían acaloradas conversaciones apostados frente a la diana de los dardos, zarandeando los afilados objetos como si de espadas se tratase; otros eran incapaces de construir correctamente una oración, por lo que emitían sonidos dignos del ganado. ¿Sería Jolyne capaz de entenderles? Seguramente sí. Cuando la camarera se aproximó aún no había tenido la oportunidad de consultar la carta de bebidas, aunque dudaba muchísimo que tuviesen una.
- Eh, sí…yo tomaré un San Mariejois con cereza. Agitado, por favor – ante la mueca de desconcierto de la camarera y su penetrante silencio, no pude más que recular. - O ponme lo mismo que a ella -sentencié señalando con la cabeza a la espadachina. Para evitar seguir mirando la vacía expresión de la empleada, dirigí mi mirada hacia una de las ventanas próximas a nuestra mesa. Tal vez hubiese sido un árbol cercano a la misma o una sombra proyectada desde el interior del local, pero por un instante me pareció ver una extraña figura que nos observaba tras el cristal. Cuando me percaté de su presencia, ya había desaparecido en la noche.
Miré a Triana, pero parecía que no se había percatado del extraño suceso. Tal vez hubiese sido mi imaginación, pero se instaló en mi mente la incómoda sensación de que alguien me observaba. Cuando la camarera regresó con las bebidas, extendí mi brazo para alcanzar uno de los vasos de dudosa pulcritud y lo acerqué a mi nariz. Del brebaje carmesí ascendió un potente olor que se me hizo similar a la colonia que usan las mujeres de avanzada edad antes de ir a la iglesia. De nuevo, una lagrimilla surcó mi mejilla, incluso generó una potente tos con solo inhalar su aroma. Retiré mi rostro del vaso con un gesto brusco, volviendo a ver durante el movimiento aquello que se había movido tras la ventana segundos antes. Estaba casi convencido de que ahora la figura parecía tener dos enormes protuberancias sobre la cabeza, como si de cuernos se tratase.
- Tri… Triana, ¿has visto eso? -pregunté a mi compañera en un susurro, mientras señalaba la ventana de la cual era incapaz de despegar mis ojos.
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¿Mi objetivo? Deslumbrar al mundo, ¿Mi bandera? El glamour querida, ¿Mi teléfono? Ya quisieras.
Había empezado a caer la noche en aquel pueblo tan peculiar. Nos teníamos que quedar allí un tiempo antes de poder continuar nuestro viaje, pero, para ser sincera, me estaba empezando a gustar ese sitio. Sentía una curiosidad por empaparme de la cultura de los lugareños y tal vez llevarme algún souvenir de nuestra estancia antes de marcharnos. El hostal en el que nos alojábamos parecía tranquilo a simple vista, pero no conseguía quitarme la idea de que había algo siniestro en él, como un mal augurio, optando por no decir nada al resto de mis compañeros temerosa de que creyeran que estaba loca o delirante.
Triana nos propuso ir a una taberna cercana y yo acepté su oferta sin titubear, ansiosa por escapar, aunque fuera por unos segundos, del ambiente del hostal. En las calles desiertas, a penas se escuchaban murmullos como de un jolgorio lejano y las densas nubes ocultaban la poca luz que podía dar la luna, dejando unas sombras mucho más difusas que alimentaban mi imaginación. Tanto era así, que ignoré la sensación de que una de esas sombras nos seguía. No quería ser la única paranoica del grupo.
En medio de la oscuridad, divisé unos destellos de luz que provenían de una especie de salón. Sus luces nos llamaron igual que faros en medio de la oscuridad, atrayéndonos como si fueran un reclamo para las ovejas descarriadas. Triana entró al lugar sin pensárselo dos veces y yo fui detrás. -Vaya, qué animados están por aquí. Quién lo diría. Con el silencio y la oscuridad de fuera, parecía que entrábamos a otro mundo. Aquella taberna me recordaba a mi pueblo, pero a pesar de la música y las risas, algo en el ambiente me llenaba de inquietud, como si estuviésemos solo en una ilusión. Mientras nos sentábamos, pude ver a la gente animada, bebiendo y pasándolo bien mientras un puñado de músicos tocaban cancioncitas la mar de contentos.
En una de las mesas me pareció ver a un señor que nos observaba mientras bebía algo, aunque no me sorprendió, éramos forasteros después de todo. Volví a poner mi atención a nuestra propia mesa y Triana no tardó en pedirse algo para tomar. Aspros pidió lo mismo y yo los miré con extrañeza al ver la pinta más rara que tenía esa bebida. -Para mí un agua con hierbas, gracias. No era una aficionada al alcohol y, francamente, tampoco es que me sentara muy bien. La música del salón acompañaba al crujido de la madera cada vez que el viento mecía las puertas y hacía que los cristales de las ventabas temblaran ligeramente. Aspros se asustó por ver algo en la ventana, por lo que yo me giré rápidamente para comprobarlo. Miré a Aspros fijamente y le contesté de forma seria. -No digas esas cosas, que luego traen mal augurio. Me podría poner a enumerar las infinitas experiencias extrañas en mi granja, pero en su lugar me puse a mascar algo de mi tabaco e intenté cambiar de tema. -Bueno, ¿y si pedimos una bajara a alguien para matar el tiempo? Con suerte, si se enfadaban, podríamos empezar la típica pelea de bar que reforzaría los lazos entre nosotros.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
En aquella isla remota, la luz del Sol resplandecía con fuerza deslumbrante, mientras que la oscuridad, como un manto frío y misterioso que lo envolvía todo. Bajo el cielo nocturno, aún con el fuego eterno a mis espaldas, su luz parecía desvanecerse. La densa oscuridad, como alquitrán impío, me traía recuerdos de aquella isla remota, donde mi padre me halló. En aquel rincón sin civilización, se extendía una selva enigmática y sombría, y la única luz que conocíamos en la noche emanaba de la hoguera y mi propio ser.
Avanzábamos hacia una taberna cálidamente iluminada. Nuestros pasos resonaban en la oscuridad silenciosa. A medida que nos acercábamos a la taberna, la luz se filtraba como un faro amigable en la penumbra, pero resaltaba mucho en contraste al paisaje nocturno. Parecía una pequeña isla de vida en medio de un mar de incertidumbre. La luminosidad de aquel refugio iluminaba los rostros de los parroquianos que reían y compartían historias en el interior, arrojando sombras inquietantes a través de las ventanas polvorientas.
Mis compañeros cruzaron el umbral de la puerta, siendo yo el último en pasar, agachándome en el acto para poder entrar en el edificio. En cuanto entré me recibió un acogedor bullicio. La gente reía y charlaba, y el sonido de los instrumentos llenaba el aire con una melodía vivaz. Los rostros de los clientes irradiaban alegría, como si estuvieran refugiados de la tormenta en aquel rincón iluminado.
Mi grupo y yo elegimos una mesa cerca de una ventana. Nos acomodamos en nuestros asientos, permitiéndonos disfrutar de la calidez de la taberna y del misterio que aún persistía en el aire. La música y el murmullo de las conversaciones se convirtieron en una banda sonora acogedora para nuestra velada, mientras observábamos el mundo exterior envuelto en sombras. Mientras ellos pedían de beber yo me fijé en una presencia en la otra punta de la taberna, que no me quitaba ojo… parecía un individuo solitario y siniestro. Era un hombre de avanzada edad, y su apariencia era tan desagradable como su actitud. Su mirada inquisitiva y perturbadora no auguraba nada bueno. Parecía estar aislado de los demás, como una sombra en medio de la luz. La presencia de aquel hombre solitario y su mirada incómoda hicieron que el ambiente en la taberna se tornara un tanto inquietante, pero decidí mantenerme alerta y disfrutar de nuestra velada, consciente de que algo oscuro acechaba en algún rincón de aquel lugar.
-Yo no quiero nada, gracias. -le dije a la camarera con un tono de voz serio mientras intentaba evitar con la mirada al viejo.
Aspros parecía asustado por algo del exterior y preguntó a Triana si lo había visto. Jolyne en cambio le quitaba hierro al asunto diciendo que no dijera esas cosas que atraeríamos a la mala suerte, y para distraernos pidió una “bajara”.
-Querrás decir una baraja, ¿no? -pregunté, sin saber muy bien si se había equivocado o en su pueblo se dice así.
Aspros decidió ceder y pedirse lo mismo que yo tras ver que no llegaría a entenderse con la camarera. Jolyne tampoco se puso exquisita y se pidió un agua con hierbas. No entendí a qué se refería hasta que caí en la cuenta de que en su pueblo nos llevó a una taberna y se pidió lo mismo. La camarera de allí le sirvió un té, así que eso sería lo que querría, pero estaba bastante segura de que nadie llegaría a esa conclusión. A saber lo que le servían. Yamamura fue el único que no pidió nada. Había sido el más listo de todos, todo tenía pinta de estar asqueroso.
Miré a Aspros cuando me llamó para preguntar si había visto algo por la ventana. Volví a dirigir mi mirada al cristal. Había estado fijándome en la calle, pero no había visto nada fuera de lo normal. —¿El qué? —le pregunté con curiosidad. Tal vez todavía había alguna persona por la calle o algún animal, un borracho perdido o un perro callejero. Aquello alertó a Jolyne, que era bastante supersticiosa. Aunque pusiese los pelos de punta, me gustaba aquel ambiente. Pasar miedo podía llegar a ser divertido, pero era mucho más divertido asustar a los demás. Eso sería mejor que jugar a las cartas.
La camarera volvió con nuestras bebidas. La de Jolyne se parecía de forma muy literal a lo que había pedido: agua con hierbas. Era bastante semejante al agua de los pantanos, pero seguro que se lo bebía sin hacerle ascos. Di un trago a mi bebida mientras miraba alrededor. Me fijé en otra de las ventanas que estaba más alejada y parecía dar a un cementerio. El pueblo no parecía muy grande, tenía sentido que el cementerio se encontrase dentro del propio pueblo. En ese momento, me vino una idea a la cabeza.
—¿Habéis visto eso? —les dije señalando hacia la ventana —. ¿A quién se le ocurre montar un local como este tan cerca del cementerio? Esto me trae malos recuerdos —dije fingiendo rememorar una anécdota de hacía varios años —. Hace cuatro años comencé a trabajar en un bar de un pequeño pueblo que se encontraba a las afueras. Me extrañó que no estuviese en una zona residencial y no era el único. En todo el pueblo no había ni un solo bar, todos estaban a las afueras, pero esto no fue siempre así y la prueba de ello eran los restos de un antiguo bar del que ahora solo quedaban algunos tablones y un terreno vacío en el que nadie había querido volver a construir junto al cementerio del pueblo. Cuando empecé a trabajar pregunté por qué motivo los bares estaban tan alejados de las casas y aún recuerdo con exactitud lo que me dijeron. “No están alejados de las casas, están alejados del cementerio”. Cuando el bar junto al cementerio estaba en pie era un lugar alegre de reunión donde los habitantes del pueblo iban a pasar el rato o ahogar sus penas tras un día duro de trabajo. Un día, debido a un fallo con las cañerías se cortó el agua de todo el pueblo durante unas horas. Era verano y hacía calor, así que el bar se llenó de gente deseando pegar un trago. En el bar había varios tipos de bebida y algunos barriles de agua, pero pronto se agotaron debido a la demanda. El camarero, en un intento por solucionar el problema, recordó que había una fuente en el cementerio de la que salía agua de un pozo cercano y que se solía utilizar para limpiar las tumbas. Rellenó sus barriles gracias a la fuente y pudo seguir sirviendo a los clientes, contentos de poder beber agua fresca. Todos bebían sin parar, un vaso tras otro, ávidos de aquella bebida, con las mejillas llenas hasta tal punto que el agua escapaba de sus bocas en finos regueros que se deslizaban por las comisuras de sus bocas. Incluso el camarero bebió de ella y no pudo parar hasta que una picazón en su ojo le hizo dejar el vaso para rascárselo. Sintió un pequeño bulto bajo su párpado. Continuó palpándolo, esta vez con cuidado y sintió cómo aquella protuberancia se deslizaba hasta la parte superior del lagrimal. Se giró para mirarse en el espejo que había en la pared de la barra. Se aproximó a este para escrutar su ojo con más detalle. Efectivamente, algo alargado se movía y salía de su párpado. El reflejo que el espejo le devolvió fue el de su rostro con varias de estas protuberancias que se agitaban y, en su ojo, un gusano retorcido de piel pálida y viscosa se deslizo por su cuenca ocular hasta salir y caer al suelo. Se volvió a girar aterrorizado, buscando pedir ayuda, pero lo que vio fue peor que lo que cualquiera haya experimentado en sus peores pesadillas. Todos los que allí estaban tenían esos bultos palpitantes en su piel, pero nadie parecía darse cuenta, ni siquiera se percataron de la mirada de terror del camarero, que se quedó completamente mudo observando la escena. Las personas continuaban bebiendo y riendo, sin darse cuenta de que aquellos gusanos estaban luchando por salir y no tardaron en conseguirlo. El camarero vio cómo aquellas alimañas repugnantes destrozaron la piel de las personas para emerger a través de ellas. En ese momento todos se dieron cuenta de lo que pasaba. Los gritos inundaron el bar, gente desesperada rascándose el rostro para quitarse los gusanos de encima, pero solo conseguían rascarse la piel y arrancársela aún más. Eran tantos que no solo comenzaron a salir por el rostro, sino también por todo el cuerpo, por los brazos, las piernas, el estómago.... El lugar se convirtió en un infierno repleto de gente gritando y llorando mientras el cuerpo se les abría para dejar paso a los miles de gusanos blancuzcos que acabaron con sus vidas en ese mismo momento, devorándolos tanto por fuera como por dentro. Más tarde se investigó el caso, los gusanos fueron analizados y se descubrió su origen. Eran los mismos gusanos engendrados a partir de la descomposición de los cadáveres, criaturas insaciables que nutrían de esta carne corrupta. Estaban por todo el subsuelo del cementerio y también en el pozo que daba a la fuente, retorciéndose y esperando la oportunidad de volver a alimentarse de carne humana. Desde aquel fatídico día, nadie volvió a beber de aquel pozo y la gente sentía recelo por los bares, que, ante un posible fallo en las cañerías o simplemente por el hecho de ahorrar agua, podrían verse tentados a abastecerse de esta agua, sobre todo si esta historia se perdía en el tiempo. Los bares se fueron, pero no aquellas criaturas cuya presencia es inevitable en cualquier lugar del mundo que haya visto una muerte, que oculte un cadáver en sus entrañas. Es por ello que las sombras de estos gusanos, criaturas de la decadencia eterna, persistían como un eco lúgubre en los corazones de todos, recordándoles constantemente que algunos horrores nunca descansan y que la muerte puede acechar en los lugares más inesperados, esperando el momento adecuado para emerger y consumir todo lo que toca.
Al terminar la historia pegué otro gran trago de la bebida. Me había quedado sedienta de tanto hablar.
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Con cada movimiento de mis espadas, escribo mi leyenda en las páginas del tiempo, cada paso que doy es un trueno en el estruendo de la batalla. Aparta de mi camino, o lo lamentarás.
03-11-2023, 10:48 AM (Última modificación: 03-11-2023, 10:49 AM por Aspros.)
Mi mirada se perdió en el fondo de aquel vaso rebosante del brebaje rojizo que Triana y yo habíamos pedido a la camarera. Pequeñas burbujas de gas ascendían hasta morir en su imperturbable superficie. Sin despegar la vista del relativamente limpio recipiente de cristal, escuchaba como Triana relataba aquel tenebroso relato inspirado en el cementerio que se podía ver por una de las ventanas del salón. Sus palabras comenzaron a arremolinarse en mi mente, recreando cada escena narrada. ¿Aquello que se movía dentro de mi vaso era un gusano? Mi vivida imaginación podía hacerme pasar un mal trago.
- Eks -exclamé mientras empujaba lentamente el vaso con mis dedos para alejarlo de mí- Que horror, toda esa gente… tan fea. Lo cual me recuerda…
Me acomodé en la silla y adelanté mi cuerpo para apoyar los codos sobre la mesa y ocultar parte de mi rostro con mis manos, entrelazando los dedos. El microambiente de suspense generado en nuestro rincón del bar era perfecto para seguir narrando este tipo de historias. Fuese verdad o ficción, contaría mi propia historia para avivar las llamas del miedo.
- … a una historia de hace unos cuantos años, diría que 15. -miraba hacia arriba entrecerrando los ojos, como si intentase recordar una fecha verídica- En una isla cercana a la nuestra -continué mientras le dedicada una breve mirada a Jolyne- vivía una de las familias más adineradas del East Blue. Si bien era conocida por su gran capital y enorme influencia, lo que más destacaba de aquella familia era su belleza. Los ojos de su estirpe radiaban el color del mar y sus marmóreos rostros eran enmarcados por finas hileras de cabello dorado. Un hombre y una mujer hermosos, bendecidos con una hija más bella aún, de sonrojadas mejillas y palpitante corazón. Una noche de tormenta, un errático rayo comenzó un incendio en su villa de ensueño. Pero no os alarméis, nadie en aquel hogar encontró la muerte, más si un destino peor. Las llamas no solo calcinaron parte de la mansión, sino el rostro de aquella criatura angelical. Ahora, terribles arrugas cruzaban su infantil piel, calcinada. Sus ojos ya no reflejaban el mar, sus cabellos no parecían oro. Sus padres, horrorizados por el cruento destino de su pequeña hija, soñando noche tras noche con aquel rostro que los observaba a los pies de su cama buscando su amor, decidieron quitarse la vida bajo el cobijo del árbol más alto de su jardín, donde sus cuerpos flotaron como si ascendiesen hacia el cielo. Nunca más se supo de la niña.
- Años más tarde, tras la reconstrucción de la mansión, fueron varias las familias que gustaron de vivir en aquel rincón en el cielo, pero que encontraron allí un aciago y misterioso final. Unos padres hermosos, una hija igual de bella y una noche de tormenta. Un fuerte estruendo y un grito despertaron a los progenitores de su profundo sueño. Confusos, miraron a su alrededor, como buscando la procedencia de aquel desgarrador sonido, pero la oscuridad no les dejaba ver a más de un palmo de distancia. La noche era fría, pero podían sentir como el calor se extendía por sus pies y por entre las sábanas. Poco a poco sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, por lo que fueron capaces de ver qué era lo que estaba ocurriendo. El cuerpo de su hija reposaba a los pies de la cama, como una muñeca sin vida, desprovista de aliento y de rostro. Del desnudo cráneo emanaba sangre, empapando las sábanas en un color escarlata oscuro que calentaba los pies de los acongojados padres que, ante aquella horrible visión, no se habían percatado de la presencia que los observaba de pie desde el marco de la puerta. Era una niña, igual de pequeña y ahora, igual de bella. Portaba pegado en su cara el arrancado rostro de su querida hija, enmarcado por chamuscados mechones de pelo de oro viejo. Su voz, profunda como la muerte, hablaba como arañazos sobre la madera: “Papas… ¿soy guapa?”
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¿Mi objetivo? Deslumbrar al mundo, ¿Mi bandera? El glamour querida, ¿Mi teléfono? Ya quisieras.
Escuché el relato de Triana completamente horrorizada, reteniendo en la boca el sorbo a mi agua que no me atrevía a tragar por si sufría el mismo desenlace que las personas de su historia. Cuando acabó de contarla, agaché mi cabeza y escupí toda esa agua al vaso de vuelta. Se dio en mí una contradicción por mi manía de no querer desperdiciar un alimento con mi miedo por la repugnante historia de Triana. Así que tomé la que creía que sería la mejor opción. -Toma Yojimbo, para ti - dije mientras le pasaba el vaso a mi compañero. Por si fuera poco, Aspros también siguió el juego aportando otra historia terrorífica. No podía quitarle la vista de encima mientras hablaba, imaginándome a aquellos ricachones guapos pasar por aquellas penurias. – ¡Ay!, no, no, no, no…– empecé a repetir en bucle al visualizar la escena final. Realmente la gente que se preocupa tanto por la apariencia podía llegar a dar mucho miedo. Respiré profundamente y miré a todos los de mesa.
– Está bien, me toca – en el fondo, disfrutaba con ello. - Hace unos años vivía en mi pueblo un niño llamado Tim. El chico era algo tímido y no tenía muchos amigos, pero le gustaba estar con las ratas del granero. Un día, mientras jugaba con ellas, le pareció que las ratas le guiaban hacia un montón de paja donde se encontraba otra rata grande y peluda. Tenía los bigotes enmarañados, su pelaje despeinado era grisáceo y carecía de brillo, y sus ojos estaban nublados, revelando su avanzada edad. El pequeño Tim, preocupado por ella, fue a acariciarla para mostrarle algo de cariño en sus últimos días de vida, pero, sin previo aviso, la rata se lanzó hacia él, mordiéndole el brazo. El pobre niño se puso a gritar de dolor, viendo cómo las marcas de los dientes de aquella rata ya se habían quedado grabadas en su piel. A la mañana siguiente, Tim se dio cuenta al mirarse al espejo de que sus dientes incisivos habían crecido, pareciéndose a los de un roedor. Este cambio preocupó a sus padres e hizo que los otros niños se rieran aún más de él, lo que provocaría un profundo dolor en Tim. Cada noche notaba cambios en su cuerpo, que se agrandaba y se encorvaba, sus manos comenzaron a transformarse en garritas, su piel empezó a cubrirse de un pelaje gris y áspero, y su cara se estiró hasta que le salieron bigotes. Se había convertido en una rata. Confundido y aterrado, Tim huyó de su casa, evitando la luz del día y escondiéndose en los graneros y casas abandonadas, en los desvanes y en los sótanos. Fue entonces cuando empezaron a suceder las desapariciones en el pueblo. Los vecinos aterrados, eran testigos de cómo los niños se alejaban de sus casas guiados por ratas. Los rumores sobre la existencia de una rata humana se extendieron por el pueblo, creándose atmósfera de miedo y paranoia, por lo que decidieron contratar a un exterminador de plagas, que rastrearía sin descanso a aquel monstruo.
-Tras una larga y aterradora búsqueda, el cazador encontró finalmente al pequeño Tim en uno de los graneros, quien seguía siendo un niño atrapado en el cuerpo de una rata. No dejaba de llorar y de suplicar con sus patitas, pero el exterminador, completamente aterrado, disparó su escopeta considerando que ya se había despojado de todo rastro de humanidad. A su lado, yacía una pila de huesos humanos roídos por aquel ser, revelando el trágico desenlace para los desaparecidos. Cuando los vecinos se adentraron al granero con antorchas y rastrillos, no vieron, para su sorpresa, ni a la rata gigante ni al exterminador. Tan solo quedaba un agujero grande en la pared trasera. Prendieron fuego al lugar, pero a día de hoy todavía se puede escuchar entre las paredes, en los suelos, en los techos, e incluso dentro de cualquier granero, el ñom ñom ñom y de una bestia royendo sin parar. Justo así. - dije para después pegarle un bocado rápido a Yojimbo en la mano.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
La camarera regresó con las bebidas en mano, su sonrisa amable contrastaba con la atmósfera tensa que se cernía sobre nuestra mesa. Los vasos chocaban entre sí en un brindis forzado, y aunque el líquido ámbar destilaba calor, no lograba disipar la gélida sombra que parecía haberse apoderado de la taberna. Por algún motivo todos estábamos más serios que de costumbre y, al menos yo, tenía una sensación de malestar extraña. Aquel hombre no paraba de mirarme, y mis ojos se desviaron involuntariamente hacia el rincón donde aquella figura solitaria seguía imperturbable. Su sonrisa, tan maliciosa como el reflejo de la luna en un lago oscuro, no se borraba de su rostro. Parecía estar disfrutando del malestar que su presencia imponía, como si fuera un maestro de marionetas manipulando las cuerdas invisibles de nuestras emociones. Me estaba poniendo francamente nervioso, poco quedaba para que me levantara a pegarle un puñetazo. Abrí la boca y mascullé un “qué” mientras le mostraba con un pequeño gesto mi intención de ir a desintegrarle la cabeza. No me gustaba ser violento así porque así, pero me su actitud me estaba empezando a asustar.
Pese a mi gesto la mirada del hombre no dejaba de perseguirme. Aquel rincón de la taberna se volvía cada vez más claustrofóbico, como si las paredes mismas cerraran el espacio a su alrededor. Opté por lo más sensato, dejar de mirar e intentar ignorarlo. Fue fácil ya que enseguida Triana llamó nuestra atención preguntándonos si habíamos visto el cementerio que había fuera, y tras esto nos contó una historia terriblemente asquerosa. Agradecí no haberme pedido nada para beber. Tras esto Jolyne me dio su repugnante sopa, y mientras Aspros comenzaba a contar otra historia abrí la ventana que teníamos al lado y tiré el vaso por ella. No quería ese líquido cerca, por si las moscas… y los gusanos.
Aspros continuó con su historia y me quedé boquiabierto, completamente aterrado… esta gente con la que me había juntado era muy siniestra. Triana le daba a la botella mientras Jolyne repetía una y otra vez “No”, controlada por el miedo que nos había provocado la historia del navegante. Cuando paró respiró profundamente y comenzó con su historia, historia que me asustó como la que más… en mi isla natal había visto toda clase de bestias salvajes. Mezclas de animales cualquiera y monstruos fuera de la comprensión de la gente mundana, pero un hombre rata ya era el acabose. Una abominación asquerosa y corrupta que…
-¡OUCH! -grité mientras me ponía en pie sobresaltado, dejando suspendida en el aire a Jolyne que me estaba mordiendo la mano poseída por el espíritu de la rata. -Quiiiita… -le dije mientras la separaba de mi mano y la sentaba en su sitio, como si fuera una muñeca. Inmediatamente después me senté yo. Me coloqué bien el cuello de la camisa y carraspeé.
-Esto lo soñé cuando tenía cuatro años y nunca he olvidado el horror que me produjo. Era muy flaca, llena de arrugas y de una blancura enfermiza que recodaba la luna llena. Llevaba un vestido de flores mustias, una rebeca roja, un pañuelo alrededor de su cabeza sin pelo y unas gafas negras, negras como las encías de sus dientes. Yo la miraba desde la ventana de casa cuando me descubrió. Quise escaparme y no pude. Cruzó la hoguera y avanzó hacia mí. Metió su mano huesuda a través del marco de la ventana y yo corrí sin moverme del sitio, como si fuera el personaje de un cuento para niños… -dije, con un tono de voz calmado y siniestro, dejando una leve pausa y que el silencio invadiera la mesa antes de continuar. -Tenía los labios pintados de rojo y las uñas larguísimas. Hace años que desperté a gritos y todavía no consigo olvidarla… Ni siquiera esta noche que me encuentro aquí, sentado en la silla de una taberna, a miles de kilómetros de mi isla natal y en mi adultez. Acaba de entrar en este salón -continué serio, mirando a la puerta batiente de la entrada, que se movía de un lado a otro, mecida por el viento que provenía del exterior. – y de nuevo extiende su mano, aunque no hacia mí. ¡Dios mío, no estaba dormido! -grité mientras pasaba mi largo brazo por detrás de Jolyne y le tocaba con firmeza el hombro. -¡Kiiikikikiki! -comencé a reír.
Tras mi historia, los demás se animaron y compartieron las suyas. Todas daban algo de miedo, o tal vez fuese la sugestión de aquel lugar. Mi intención era, principalmente, asustar a Jolyne, algo que parece que conseguí a medias. Estaba animada y no demasiado impresionada, pero había apartado su vaso de té tras escuchar mi historia. Por lo menos había hecho que reaccionase, aunque no tan asustada como esperaba. Al final aquella noche se había convertido en una velada tranquila entre amigos. Qué aburrimiento.
Algo de lo que también me había percatado era de la actitud paranoica de todos ellos. Aspros parecía que había visto algo por la ventana y Yamamura se había empezado a mosquear con un señor con pintas espeluznantes que nos miraba fijamente. Sería un viejo borracho del pueblo, yo también me giré para mirarle, pero no le sostuve la vista por mucho tiempo, no me generó el suficiente interés. Aquello me dio otra idea para continuar con mi propósito inicial. Ya tenía casi todo el trabajo hecho, solo había que darles un último empujón. Me bebí de un trago lo que me quedaba en el vaso y acerqué mi cabeza hacia el centro de la mesa para que todos pudiesen oírme sin necesidad de alzar la voz.
—Creo que pasa algo en este pueblo —susurré mirándoles uno a uno a los ojos —. Algo siniestro que no nos quita la vista de encima. No solo es ese hombre de la mesa de atrás, también hay algo fuera. No sé si seremos capaces de escapar, al igual que no podemos huir de la muerte, pero deberíamos irnos lo antes posible.
Me había quedado demasiado melodramático para mi gusto, pero de esta forma el camino de vuelta al hostal también sería divertido. Si tenía suerte, hasta podía arruinarle a alguno de ellos hasta las horas de sueño. Sin embargo, aunque yo misma había empezado esta tontería, algo dentro de mí comenzó a creer, en parte, la advertencia que les acababa de lanzar.
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Con cada movimiento de mis espadas, escribo mi leyenda en las páginas del tiempo, cada paso que doy es un trueno en el estruendo de la batalla. Aparta de mi camino, o lo lamentarás.